La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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28/5/07

Místicas.

He aprovechado estos días para retirarme al Monasterio de Santa María de las Penas, y realizar los ejercicios espirituales que mi confesor, fray Ambrosio, me receta periódicamente para el sosiego de mi espíritu y del suyo, pues de la salvación de mi alma ha hecho el hombre una cruzada personal. Está claro que el pobre hombre se condenará conmigo.

El claustro del Monasterio me confunde y abruma. Mi ánimo tribal, definitivamente primitivo, se diluye entre los aromas del incienso que emana de la capilla, y el del puchero que fray Tomás macera en la cocina. Esta mezcla tan irreal de lo divino y lo humano obran en mí prodigios, y el propósito de enmienda, tras abandonar estos protectores muros, llega incluso a durarme tres días. En ocasiones he logrado que la pobreza y la obediencia permanecieran en mí casi una semana, pero no puedo decir lo mismo, loado sea Dios, de la castidad, auténtico fin del enclaustramiento. Mosén Ambrosio me lleva de la mano durante el tiempo que logra que mi impía persona aguante en el retiro.


Empieza la jornada del eremita a las 03’30 horas (han leído bien, a las 3’30 horas) con los maitines. Vendrán luego la primera, la tercia, la sexta, nonas, vísperas y completas. Finalizando las completas, si bien el alma de este humilde siervo debe encontrarse cercana al Altísimo, el cuerpo, mucho más chapuza, se encuentra sin lugar a dudas completamente destrozado. Ello, no obstante, permite que confunda el camastro de mi celda con un Pikolín 4ª Generación.

Así, sin más lecturas que la Biblia y vidas de santos, sin Internet, sin prensa, sin radio ni televisión, sin mujeres, sin el Marca y sin el As, van transcurriendo los días. Los tiempos de trabajo los paso en el scriptorium, traduciendo del latín oficios divinos del alto medioevo. Los iletrados acuden al huerto, a la herrería o al corral de los animales, de modo que doblando el espinazo encuentren la cercanía de Dios.

Este ciclo no lo he comenzado bien. Sólo llevaba dos días de retiro cuando, caminando hacia el coro para cantar Laudes, advertí en un rincón del claustro la presencia de un repollo de coliflor, posiblemente dejado en el suelo por algún irresponsable al que la llamada al oficio pillaría de improviso. Iría yo pensando en lo que había hecho el Madrid el fin de semana, pues saliéndome un poco de la fila y al más puro estilo Zidane, le arreé un zurdazo al repollo, con el exterior del pie, que mandó el esférico hasta la urna que preserva el dedo incorrupto de San Cleofás y, si bien el dedo resultó indemne (bendito sea el Hacedor), no puede decirse lo mismo del cristal de la urna, que se vino abajo con gran estrépito. La mirada, severísima, del Prior ahogó en mi garganta un incipiente grito de ¡Gooooooool ¡. Me fue impuesto un día de ayuno absoluto, y dos a mi confesor Fray Ambrosio, por no transmitirme adecuadamente el espíritu de la Orden.

La vida de Mosén Ambrosio es de cojones. Y oscura, muy oscura. Valiéndome de perversas maquinaciones conocí, en mala hora, algunos episodios de ella. Fue abandonado en su cuna junto al torno del convento de las Mercedarias. Se habló que su madre fue una noble dama, tan noble como caliente, que dejó junto al torno el fruto del último de sus pecados. Entre las ropas del bebé fue encontrado tanto dinero que bastó y sobró para reparar el total de la techumbre del convento y comprar para su anexión las tierras que hoy sirven de huerto. Mosén vivió con las Mercedarias hasta que, rozando la pubertad, fue sorprendido por Sor Camila entregado al vicio solitario mientras espiaba el baño de una novicia. Lo tratado entre Sor Camila y el entonces impúber Ambrosio no ha trascendido, pero sospecho hubo un requerimiento no satisfecho que originó el chivatazo de la hermana y el que el joven Ambrosio fuera desterrado al Monasterio de Nuestra Señora de Iguacen, alejado de la perniciosa influencia que las mujeres ejercían en su incipiente vida monacal.

El frio del Pirineo no fue suficiente para que al joven Ambrosio se le desprendiese ni de su cabeza, ni de su corazón, la imagen de la novicia amada (nunca me confesó su nombre) y, mira tú por donde, recién cumplidos 19 años, con ocasión de una visita del Obispo de Aragón, al que acompañaba, a la ciudad de Sevilla, volvió a encontrar a su novicia, ya profesada, en el convento de Santa Clara, de la capital andaluza. No hay cadenas ni yugos capaces de sujetar la llamada de la carne ni el gozo de la juventud. Propiciado el encuentro, arremangaos los hábitos de él y ella, se fundieron en tan apasionao abrazo que, bien por el tamaño del cirio de Mosén Ambrosio –nunca mejor empleada la expresión-, bien por el fuego de la pasión, bien por el summun del éxtasis al que llevó a la novicia, el caso es que la pobre allí quedó, inane entre las piernas de Mosén y sobre la mesa de la sacristía en que se consumó el fornicio; los ojos, las piernas y la boca abierta. Con su último empujón el joven Ambrosio se había llevado por delante el himen y la vida de la novicia.

Al apercibirse incrédulo de lo que había pasado, cegado por el dolor y la confusión, tratando de explicarse lo inexplicable, reparó en una guillotina de las utilizadas para recortar las hostias que se encontraba sobre un anaquel (¡Jesús bendito!). Y ya que estaba con el miembro fuera, en su locura y para expiar la culpa, no tuvo otra ocurrencia que introducirlo en la guillotina y....... rebanar el cirio.

Ni que decir tiene que de lo que allí pasó no se enteró ni Dios (es un decir). La Iglesia es muy suya para algunas cosas. Mosén huyó al monte y allí hubiera muerto desangrado de no ser encontrado por los miembros de la Santa Compaña que, inconsciente, lo arrastraron hasta las puertas de la catedral de Sevilla. Cuando despertó de su delirio, muchos días más tarde, Mosén Ambrosio no recordaba ni como se llamaba.

El tiempo, cruel e ingrato esta vez, le fue devolviendo poco a poco sus recuerdos, pero no le devolvió ni el báculo guillotinado ni la paz consigo mismo, que pretende recuperar alejando de la lujuria a tipos tan lujuriosos como yo. Pero ese es asunto que tiene su intríngulis y no tiene cabida en esta entrega. Ojalá que del relato obtengan ustedes beneficiosas conclusiones. Mi penitencia, por hoy, acaba aquí. Amén.


En la imagen: Convento de San Esteban.- Salamanca.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Nada. Sigue sin conocer el secreto. Sus textos son mas aburridos que los bancos de una iglesia.