La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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29/10/09

El tren del aceite.

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Muy a mi pesar, La Vidriera s’está convirtiendo en el diario tonto de un ciclista poco cualificado. Pero, qué quieren ustedes, tocan ahora estas emociones y no es cosa de obviarlas por repetidas. Ya llegará el momento de contarles como fue la búsqueda del santo Grial.

Esta vez, que ya es noticia, se apuntó a la aventura el Bosco chico. Pero apuntado en primera persona, a golpe de camino y pedal, para lo cual se trajo del brazo una rucia urbanita, sacada de la boutique del Cortinglés de Puerto Banus, muy fina pero con las patas demasiado delgadas, a decir de su propietario.

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En orden de marcha, no serían aún las ocho de la mañana cuando hacíamos los preceptivos honores a las hermosas tostadas con aceite de Cabra del Santo Cristo que Nicolás, el factor de circulación de la estación de Luque, había colocado sobre la barra del mostrador. Habrán sus mercedes conocido aceites, pero como el de esta tierra, ninguno. Afuera, aún anochecido, se hacía notar el frío de octubre de la sierra. Cincuenta y tantos kilómetros nos separaban del final de la Vía Verde de la Subbética, allá por Navas del Selpillar, y no era cosa de comenzar a pedalear con el estomago vacío.
Particularmente, había descansado mal; un persistente dolor de cabeza me tuvo toda la noche con un ojo abierto, como los conejos. Quizás las espera, los nervios. Quizás la edad. Quizás que sea un clásico el no dormir la víspera de los acontecimientos esperados, el umbral de la gloria. O que tocaba, vete tú a saber.
Alguien se sonrió al vernos con las sudaderas colocadas.
-Que vais a dejar para Diciembre?, nos reconvino.
-Cuando llegue Diciembre, si llega, ya hablaremos, le contesté un poco mosca.
El caso es que hacía frío. Y cuando hace frío, moscas cojoneras aparte, toca abrigarse. Ande yo caliente…

Repararan los lectores en unas bolas de tenis sobre el manillar de Lagartija. No tienen nada que ver con el deporte de la raqueta. Pero el asunto sólo puede referirse a los íntimos. Quizás más adelante.

La tarde anterior, a nuestra llegada a la estación de Luque, sobre la carretera N-332, nos sorprendió la animación que reinaba en el lugar. El andén de la estación, ahora terraza de la cafetería, se encontraba repleto de cicleros y caminantes que, en animada sobremesa, referían las anécdotas del camino y del día. Una gozada.
Por nuestra parte el plan era simple; llegada a la estación de Luque, alfa de la vía verde de la Sub-bética, cada uno con su coche y bicicleta. Toma de posesión del alojamiento en el hotel Nicol’s. Apeo de los ruchos. Luego, cada uno con su coche llegar al final de la vía, Navas del Selpillar. Allí, dejar uno de los coches y volver en el otro hasta Luque. Recorrido turístico por la localidad. Cena en el casino de Luque. Descanso… que no lo fue. Y a la mañana siguiente, bicicleta y manta. Llegados a Navas, las bicis al coche que la tarde anterior habíamos dejado allí, y vuelta a Luque. ¿Genial, verdad?.

A veces, la modernidad, esta vez en forma de GPS, se empeña en torcer lo que naturalmente debe discurrir derecho. El caso es que el GPS del Bosco chico s’estuvo cachondeando de nosotros y llegar a Navas del Selpillar para dejar allí uno de nuestros coches, se convirtió en algo así como la cuadratura del circulo. Al final, ya bastante cabreaos, optamos por mandar el GPS a la guantera y optar por el método tradicional, o sea, preguntar al lugareño. Llegados a Navas, después de marear la perdiz una eternidad, comprendimos el porqué de las tribulaciones del GPS dichoso; Navas es un punto en ninguna parte, algo escondido, no señalizado, ignoto. Navas es la nada.
De cualquier manera, el fin justifica los medios, demos por bien empleado el sucedido. Ya de vuelta en Luque, una buena cena, con postre de risas y cuentos, recondujo las cosas a su sitio.

El castillo de Luque, entre la bruma nacida del olivar, nos sirvió de pistoletazo de salida. A partir de aquí no existe la posibilidad del extravío, no ha lugar el gps, sólo hay que seguir el trazado del antiguo tren del aceite.

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Es conveniente decir, y decirlo ahora, como ayuda a quien nos quiera seguir, que durante los 52 kilómetros que nos separan del final de la Vía, no podremos dejar de pedalear ni un solo metro. Si bien es verdad que no existen rampas pronunciadas, también lo es que no hay bajadas, ni siquiera mínimas, que permitan descansar un poco el atormentado culo. La mayoría del trazado pica en un imperceptible ascenso que, si bien no resulta penoso, tampoco permite el navegar a vela. Así pues el perfil altimétrico que nos enseñan en la página web de la Vía, es una falacia, un burdo cuento que no hará sino cabrearte.

A unos siete kilómetros de Luque, nos sorprende la serrana villa de Zuheros. No podemos contarle sobre el pueblo porque las casas se sitúan en una cota superior a la de la vía, pero su castillo, vigía sobre ella, nos dejó con la boca abierta. A su sombra, un viaducto de 150 metros salva el vacío sobre el arroyo Bailón, en una impresionante garganta hendida en la sierra. A este seguirán el de La Sima, el de Los Dientes de la Vieja y el del Alamedal, bueno cualquiera de ellos para practicar el vuelo sin motor.

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Al poco nos espera la estación de Doña Mencía, cuidada y coqueta, con numeroso tráfico de señoras de culo espléndido paseando sus aledaños en un intento, vano, de abandonar tanta esplendidez.

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Ya rebasada Doña Mencía nos encontramos con el único túnel de todo el trazado, el del Plantío. No hará falta iluminación alguna pues sólo tiene 140 metros y ya desde la entrada se adivina el agujero de salida.

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La vía discurre encajonándose entre elaboradas trincheras en cuyos muros de sillería aún cuelgan restos de los postes que sostenían el tendido telegráfico que unía las estaciones del trazado ferroviario, trazado que por cierto fue puesto en vida en el año 1893, según consta en una placa colgada en la estación de Cabra.
Salpicadas en el trayecto, nos llaman igualmente la atención cuidadas casillas de agentes ferroviarios, ahora convertidas en oficinas de turismo (Zuheros) o explotaciones ganaderas (Doña Mencía).

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La estación de Cabra es una de las alegrías del camino. Para empezar se encuentra abierta, que ya es un logro. La estación ha sido reconvertida en una moderna cafetería y la plataforma del andén sirve, y de que forma, de excepcional terraza cafetera. Un tramo de vía junto al andén, sobre la que descansan –ya conocen de mis genes ferroviarios- una locomotora de vapor Alco-141 del año 1917, otra –esta diesel- de la serie 301, y un vagón de mercancías tipo Arnold de caja cerrada, todos ellos aceptablemente conservados, nos hacen imaginar sin esfuerzo los tiempos en que los trenes cruzaban la estación egabrense moviendo los cargamentos de aceite que, en esta tierra, amén de comida… es cultura.
Como todo no podía ser perfecto, el centro de interpretación del tren del aceite se encontraba cerrado, así que ajo y agua, o carretera y manta, que viene a ser lo mismo.
A la salida de Cabra no podemos dejar de reparar en un moderno anfiteatro, anuncio prometedor de maravillosos espectáculos al aire libre. Lo anotamos en el cuaderno de bitácora como punto de referencia al futuro viajero.

Me he quedado parado, las algas de la pereza se han enredado en mis dedos y no me dejan escribir. Dejemos pues de escribir y hagamos memoria, un guiño al alzheimer que nos espera a la vuelta del camino.

Entre Doña Mencía y Cabra la rucia del Bosco chico pinchó por primera vez. Nosotros, tíos precavidos donde los haya, echamos mano de una de la media docena de cámaras que guardábamos en la mochila. Nos hicimos a un lado del camino y nos dispusimos a reparar la desgracia. Tengo que hacer notar que ni uno solo de los cicleros que pasaron a nuestro lado, y fueron unos cuantos, dejó de parar para preguntar si necesitábamos ayuda. Como dentro de lo malo, no fue lo peor, y había sido la rueda delantera la chafada, desfazimos el entuerto en un pis-pas y continuamos echando leches hacia el oeste, preguntándonos eso si, a cada rato, dónde coño estaban las anunciadas pendientes que se dibujaban en el perfil altimétrico de la web.

Antes de dar con la respuesta avistamos la villa de Lucena. Si hasta aquí el camino olía a olivo y alpechín, ahora huele a barniz y viña, barniz de las fábricas de muebles y viñas del señorío Moriles-Montilla, que ya toma posesión de la tierra.
La vía verde la bordea por el este y pasa justo tras la tapia del cementerio y a mayor altura que este, por lo que no tuvimos inconveniente alguno en saludar a los que allí descansaban, gente por otro lado que, con esto de la vía, permanece muy entretenida.

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Es justo decir, para no tratar a todos por igual sino como merecen, que si bien municipios como Luque, Zuheros, Doña Mencía o Cabra han hecho de la vía verde parte de su cultura y de su paisaje, pareciera que el de Lucena más que disfrutarla… la soporta. La zona de vía correspondiente a su término municipal es la más descuidada del recorrido, y el tramo entre Lucena y el paraje de Los Sauces, unos dos kilómetros hacia Navas, es de absoluto abandono. Aquello no lo triscan ni las cabras del Pascasio.
Quizás sea que con la crisis no está el horno pa bollos ni las arcas pa excursiones, pero dice uno que en las mismas circunstancias estarán el resto de los Ayuntamientos y, sin embargo, han dado con la tecla para que aquello sea bonito, parezca bonito y atraiga a más visitantes.

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El edificio de la estación de Lucena, donde por cierto pinchamos por segunda vez, misma rueda, misma bici y mismo ciclero, se encontraba cerrado a cal y canto, circunstancia esta que nos trajo memoria de otras estaciones, otros cierres y otros abandonos. Sinceramente, para estos aprovechamientos, no hubiera hecho falta el dinero ya invertido en el camino.
De este segundo pinchazo, originado por una mínima y puñetera espina de rosal, pudimos obtener la correspondiente información gráfica que, como no, acompañará estas letras para sonrojo, desdoro y mala fama de las muy finas y elegantes, pero poco prácticas, bicicletas urbanas.

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En el tramo entre Lucena y los Sauces pensamos dejar las ruedas de las bicicletas, los doloridos culos y las pocas o muchas fuerzas que nos quedaran.
Entre Lucena y las Navas no vimos un alma en la vereda, pero ya en los últimos kilómetros, abrazadas en medio del camino, atisbamos las rucias de Otto y Mariana, dos alemanes septuagenarios que hicieron el recorrido a la par de nosotros, adelantándonos las más de las veces y mirándonos, pese a la edad, por encima del hombro. Los alemanes, abandonados los ciclos a su suerte, se afanaban en trapichear algo en un huerto cercano.

No paramos a preguntar.
-Arrea hermano, que es ahora o nunca.
Y allí los dejamos a su aire. Cuando tras dar gracias al altísimo, refrescar el gaznate y colocar las bicis en el coche abandonamos Las Navas del Selpillar, aún no habían hecho su entrada los abueletes. Los más abueletes, quiero decir.


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Cinco horas anduvimos en la vía, parándonos en cada curva para fotografiar y en la estación de Cabra, tan ricamente, a desayunar por segunda vez. No era cosa de andar atropellados, ni de competir por nada.
Era cosa de pasarlo bien, era cosa de pasear.
Era, y es, el camino del tren del aceite.


17/10/09

Un hombre antiguo.

He convenido con una de las voces de mi conciencia que sería oportuno traer esta foto a La Vidriera. Semejará una de aquellas fotografías, murales, que con el adusto rostro del antepasado escudriñando cada rincón, sirven de referencia en los salones de las nobles casas.
Tiene la friolera de 125 años, y está tomada una tarde de octubre de 1984.
Da un poco el cante que Lagartija es una bicicleta de última generación y que el fulano que galanamente la sujeta es de la generación que es; por mucho sombrero que el fotógrafo se haya empeñado en colocarle.
Hay otros gazapos, pero no quiero terminar de chafarles el cuento.
Así que, mientras unos examinan la historia, otros nos sumergimos en ella para contarles que no corrían buenos tiempos. Hace 125 años éramos un país tercermundista, y como tal nos sacudió un terremoto que dejó más de 800 muertos en las provincias de Granada y Málaga. A día de hoy seguimos siendo tercermundistas, y los terremotos tienen sus epicentros, principalmente, en las calles Ferraz y Génova de Madrid, para desdicha de todos nosotros.
Hace 125 años los fotógrafos, para retratarte, metían la cabeza debajo de una manta y eran mitad artistas mitad pirotécnicos, disparando a la par de la cámara un chute de magnesio, cortina de humo incluida, que convertía la sesión de fotografía en una de magia.
Ayer tarde uno de ellos se empeñó en recordármelo.
Así resultaban engendros como este, que nos les voy a decir que vaya a ganar ninguna edición del premio nacional de fotografía, pero sirven para que días como hoy, café endulzado con calma, templaico en el sur, el olor del otoño doblando ya la esquina del Cabo, me sirva a mí como excusa para colocar un cristalito en La Vidriera y a su merced, si acaso, dibujarle una sonrisa.
Quedará además testimonio de que, a veces, quise parecer un hombre antiguo.
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125 años

2/10/09

Lagartija.

Es americana. Americana de Sant Antoni de Vilamajor, que no sé por dónde queda… pero debe quedar muy lejos.
Andamos conociéndonos. Como ni ella habla castellano, ni yo inglés, pues la cosa va despacio.
La he bautizado Lagartija, por su vocación rural y caminera.
Ha llegado para que La Peregrina pase a segunda actividad, que le llaman ahora.
Cada vez que tengo ocasión, repito que mi ilusión infantil no cumplida fue tener una bicicleta. Los posibles, y los imposibles, impidieron que aquel sueño se hiciese realidad. Ya van años y aún recuerdo cuantas veces se me fueron los ojos, y las ganas, detrás de la bicicleta de otros más afortunados. Quizás por eso también llegue a la madurez, no sé si a madurar, con la dentadura completa.
En esto de las dos ruedas hice el camino al revés; llegué a tener moto sin haber tenido bicicleta. Muy posiblemente aprendiera a montar en la de un amigo.
Ya de mayor, de muy mayor, La Peregrina satisfizo ese arraigado sueño. Ahora, a los umbrales de la senectud, ya pocos sueños van quedando. Quizás ilusiones, caprichos, antojos, niñerías de persona mayor.
En cualquier caso, es definitivo es que la bicicleta es una buena compañera.
Hay veinticuatro razones, veinticuatro, por las que debe preferirse la compañía de una bicicleta a la de una mujer. Si su merced está interesado en alguna de ellas, yo no tengo inconveniente alguno en ilustrarle.
Por lo pronto, a modo de presentación, les dejo con una imagen de Lagartija.
La verán a menudo.
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10/9/09

Quince iguales.

Estos días, como es tradicional, se juega en mi empresa el torneo de tenis anual.
Como es igualmente tradicional, suelo formar pareja con mi hijo para jugar en la modalidad de dobles.
Uno, ya lo he contado otras veces, abomina de esa especialidad que viene a ser al tenis lo que el padel a los deportes de raqueta, esto es, una mariconada. Pero una no escrita obligación paternal me obliga, un año tras otro, a cometer el mismo disparate con tal de tener a mi niño contento. Mi niño, sépanlo sus mercedes, ronda ya los 35 tacos.

Aún se humedecen mis ojos cuando recuerdo como el año pasado nos ganó la final un cojo. Y los chascarrillos que hubimos de soportar hasta bien entrada la primavera a cuenta de tan sonado descalabro.

http://vidri.blogspot.com/2008/10/feos-torpes-y-malos.html

Pues este año, para no ser menos, pintan los mismos bastos. Quince iguales, que digo yo.
Mi niño, sigo informándoles, es un cualificado monitor de tenis. A uno, innecesaria modestia aparte, tampoco se le da mal la cosa. Acostumbro a decir que soy el mejor de los malos. Y, bajo estas premisas, ayer iniciábamos un nuevo experimento tenistico-paterno-filial.

El primer partido no debía suponernos más quebraderos de cabeza ante rivales claramente inferiores.
Las calamidades aparecieron cuando antes de iniciar el calentamiento, de tapadillo, David –así se llama- me enseñó la palma de su mano derecha, la de agarrar. Una lacerante y sangrante llaga se mostraba en todo su esplendor.

-Apaga y vámonos. Ya jugamos otro año.
-Que no… que no… que yo puedo. Me pongo un apósito, o una venda, o algo.
-O la madre que te parió… ¿se puede saber cómo te has hecho eso?
-Se puede. Llevo todo el verano si tocar una raqueta, hace dos días que comenzamos las clases y llevo dieciséis horas seguidas con la raqueta en la mano. Resultado… una heridita.
-Una heridita dices? Y me duele a mí de verla.
-Anda ya, viejo. Que nosotros podemos.

Pudimos, pero con los ojitos de la cara.
A la llaga sangrante, para acompañar, mi niño le unió una desesperante caraja pre otoñal.
Perdimos, de largo, el primer set.
Gané veinte o treinta años de indulgencia plenaria aguantándome las ganas de soltar exabruptos. Porque, sépanlo también, en estas circunstancias hay que poner buena cara, sonrisa profidén y ternura a espuertas, que mi niño es muy sentio y cualquier mal modo le deja la moral en la arcilla.

En uno de los lances del encuentro, al acercarme a la grada, uno de mis amigos que seguía el partido me susurró bajito:
-Porque es tu hijo, si no ya lo habías matao.
-To se andará
, contesté yo mu contenío.

Ganamos los dos siguientes sets, y el partido, porque la Virgen existe y a mi me tiene ley.
Pero esto pinta mal… muy mal.
Estas cosas, estos sinsabores, ustedes lo saben, sólo se entienden desde el cariño.


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24/8/09

Zaframagón 2... ¡vamos, primo!

Este capítulo tiene su antecedente en el Zaframagón, cuya visita aconsejo al lector abriendo las estanterías de agosto de 2007. No hacerlo supondría merendar con el bollo, pero sin untarle la nocilla. Usté allá.

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Esta vez fue hasta el final. Y no fue lo más importante el paseo.
Si volver a disfrutar la Vía Verde de la Sierra, ahora de punta a rabo, desde Olvera a Puerto Serrano, recuperar las sensaciones ya vividas y empaparse del paisaje del lugar volvió a ser una gozada, aún lo fue más el retornar a vivir una aventura con mi hermano, tan escasas y tan lejanas, y recuperar un primo que tenía prácticamente perdido.
El primero en el apoyo logístico, y el segundo a mi vera en la bicicleta, hicieron que este 15 de agosto, el día de la virgen, fuera un día especial y no precisamente por el santoral.

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- En los parajes de Navalagrulla.

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Después de varios aplazamientos, de síes y noes, de a lo mejor y de a lo quizás, el camino se hizo pasos, pedaladas, vereda a las espaldas.
¡Hacía tanto tiempo que no hacía nada a medias con mi hermano!. A nada lúdico… me refiero.
¡Hacía tanto tiempo que no primeaba con este primo!
Bueno, pues las dos cosas sucedieron y las dos fueron regalos añadidos al agasajo del paseo.
El tiempo fue clemente con nosotros. Pese al 15 de agosto del calendario, el calor no se hizo notar hasta la hora del ángelus. Y para entonces, ya pisábamos las calles de Puerto Serrano.
Como no por mucho madrugar amanece más temprano, sucedió que encontramos problemas para desayunar en Olvera. De cualquier lugareño al que preguntábamos recibíamos la misma respuesta: que estaba todo cerrado porque era el día de la Virgen. A lo que se ve, la virgen en estos pueblos no desayuna.
Finalmente atinamos a dar con el bar La Jarrita, con un kiosco churrero aledaño, un pantaloncico corto y una gloria de desayuno.

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Toca decir que es una verdadera lástima que las tres estaciones que jalonan el recorrido se encontraran cerradas y en estado de semiabandono. Semiabandono funcional, que no estructural. Alguien nos dijo que se turnan para abrir, pero lo cierto es que las tres nos las encontramos cerradas a cal y canto.
En Puerto Serrano además, por ser las fiestas del pueblo, no sólo estaba cerrado el restaurante de la estación, sino todos los del pueblo y la piscina municipal. O sea, que ni siquiera pudimos darnos el esperado baño al terminar.

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Es la ya conocida canción; se hacen las cosas y luego, poquito a poco, se va dejando que la rutina, la pereza y la desidia las vayan vistiendo de nada.
Si un 15 de agosto, época de vacaciones, la caló, día de fiesta en toda España y con la comarca llena de visitantes no se cuidan los detalles… ¿cuándo los vamos a cuidar?... ¿Cuándo viene la tele?.
En fin, dejemos la apatía de la administraciones a un lado. El caso es que a las ocho y poco de la mañana, mi primo vestido del ciclista cuasi profesional que es, y el menda vestido de cualquier manera como suele, dábamos las primeras pedaladas dejando a nuestras espaldas la estación de Olvera.

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Esta vez si encontramos numerosos ciclistas en la ruta, incluso grupos de más de diez cicleros, entre ellos mujeres y niños, todos empapados del gusto que supone transitar este singular camino.
El centro de interpretación del Zaframagón, como suele también, se encontraba igualmente cerrado; más de lo mismo.

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Los pajarracos, quizás por lo temprano de la hora, se dejaron ver poco. Como esta vez tuve la precaución de poner unos prismáticos en la mochila, pude ver con detalle a los más madrugadores encaramados en los riscos del Zaframagón. El que no estaba para nada encaramado fue un buitre pintado en una roca situada junto al centro de interpretación y que no advertí la primera vez que pasé por aquí. Les dejo testimonio gráfico de la pintada carroñera.

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Junto a la estación de Coripe, cerrada por desidia pese a lo animadísima de cicleros, paramos a refrescar el gaznate y a preguntar sobre la existencia de una especie de bolsas de basura colgadas de algunos de los árboles del camino. Alguien del lugar nos explicó que eran trampas destinadas a putear a la mariposa de la procesionaria del pino, que entraba en la bolsa pero no podía salir, con lo cual se evitaba que las larvas del dichoso gusanito anduvieran luego por donde no debían de andar.

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También reparamos, observadores nosotros, que ninguna de las guías consultadas –nueva pifia de la organización- advierten al gozoso pedalero que si es su intención visitar el afamado Chaparro de la Vega, debe abandonar por unos momentos el trazado de la Vía Verde. Así pues, inmediatamente después de pasar la estación de Coripe, y justo antes de entrar en el viaducto, un camino a la izquierda (señalizado, eso sí), nos conduce hasta el cuatricentenario arbolito, que se encuentra como a 1.200 metros del trazado de la vía. A su sombra, en el mes de mayo, los coripeños celebran la romería de su virgen. Es pecado de excomunión pasar por aquí sin desviarse para visitar el arbolito.

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De Coripe a Puerto Serrano, un rio Guadalete desbordante de agua y frondosidad, un cortijo –el Maravilla Verde- venido a más, con su tentadero y todo, regentado por y para holandeses, nuevas sombras y nuevos túneles y, para finalizar, algo que tampoco se refleja en las guías del trazado; una cuesta del copón con una rampa del 10%, la única de todo el recorrido, pero suficiente para recordar al ciclero piltrafilla que, ni siquiera aquí, to el monte es orégano.

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Entre las anécdotas del camino, siempre agradables, les cuento la de un grupo de rucios que, escapados de alguna finca cercana, buscaron refugio de la solana a la umbría fresquita de uno de los túneles. Y lo hicieron tan suyo que, apretaditos como estaban, no nos dejaban pasar, ni atendían a nuestros ruegos de que se apartaran. Finalmente hubimos de descabalgar y prácticamente empujarlos de las ancas para colarnos con las bicicletas. Allí les dejamos, tan fresquitos.

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Toca despedirse. Quizás esta sea una de las últimas aventuras de La Peregrina, a quien estoy pensando jubilar. Quizás sea verdad que no se puede tener todo. Quizás lo mejor del camino queda cuando no se acaba, cuando queda algo por descubrir.
Con la sensación del gozo, con las ganas de volver, espero a no tardar y a ser posible nuevamente acompañado, oirme otra vez decir…

-Vamos, primo.

7/7/09

Santiago Heredia (a) el Gitano.

Lo voy a traer aquí como ejemplo de la dignificación del trabajo.
Por la simpatía y empatía que siento por las personas que le ponen al curro de cada día el cariño, la atención y la alegría que los ennoblece. Como ejemplo que el trabajo dignifica en si mismo, si el que se lo echa a la espalda lo hace con la suficiente dedicación y profesionalidad.
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Me tope con él, o quizás sería más acertado decir que se topó él conmigo, en una terraza de la plaza Bib Rambla, a la sombra de la catedral de Granada.
Tras hacerle ver que acostumbro a llevar mis zapatos como si de pasar revista se tratase, él me explicó, y me insistió, que ese era un detalle intrascendente a la hora de dirigirse a mí. Que allí lo que importaba, y que importaba mucho, era que él tenía un montón de bocas que alimentar y que con tal de ganarse el jornal, me limpiaba los zapatos, me cantaba por el palo que eligiese o me ponía al día sobre los chismorreos que corrían aquella mañana por las orillas del Darro.
Como a esas alturas, mi legítima ya tenía abierto el monedero, no quedó más remedio que optar por el deperdidosalrío y contratar, a la par de una limpieza que no necesitaba, un rato de charla amistosa, un par de cantes agitanaos y un sincero apretón de manos para la despedida.
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Ahí lo tienen, más chulo que un ocho y tan profesional como el que más.
Juan José Santiago Heredia (a) el Gitano, granaino del Albaicin, 40 años en el oficio y con las ganas y el interés del primer día.
El Gitano sabe, y siente, que es importante lo que hace. Será así mientras él quiera.
El Gitano no tiene hijos, pero su gitana –que no es lo mismo- tiene diez, a cual con más ganas de comer.
El Gitano trabaja once horas al día andando, maletín a cuestas y la sonrisa en la cara, el trayecto que hay entre el paseo de Los Tristes y la plaza Bib Rambla. Haga frío o calor. Tenga penas en su casa o no las tenga. Y, supongo, diez hijos dan para muchas alegrías pero también para muchos sinsabores.
Ocho euros, y la voluntad, son diez euros calculados. Mil seiscientas sesenta y cuatro pelas de vellón... ahí es ná; que el señor Heredia hace bien su trabajo, pero no lo regala... ¡hasta ahí podríamos llegar!.
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Traigo aquí al Gitano como muestra de respeto, tontería esta de la que no pueden presumir otros “profesionales” -y lo de profesionales lo escribo con mucha ironía- que tienen colgado en su despacho, o en su casa, un diploma que acredita lo listos que son.
Don Juan José Santiago, a mi modo de ver las cosas, es un profesional como la copa de un pino y dignifica, por si mismo, la profesión que ha elegido… o que le eligieron.
Cuanta diferencia con otros que, creyéndose mejores (si serán estúpidos), no saben hacer la o con un canuto.
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elgitano

1/7/09

Velefique 09 > La espantá...

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DSC_0185 ... del Capitán Pedales > DSC_0069

Un año más, me invitaron los locos esos del Tikitaka para subir al alto de Velefique.
Subir y bajar, claro, que una vez en la cima no puede uno quedarse arriba.
La cita era el 28 de junio, cuando menog caló jase.
No acabo yo de entender el afán de los cicleros en triscar montes, cuanto más empinaos mejor, conocidas las excelencias turísticas que presentan rutas como las de Almería al Cabo, o a Las Salinas de Roquetas, donde a lo llano del terreno y a la compañía de la brisa del mar, se une la alegría para los ojos que supone una playa llena de bikinis.

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> la cita era a las nueve.

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Se lo consulté a la Peregrina, que me dijo, sin complejos, que allí iban a subir mis santos cojones. Que aún le dolían los pedales de lo del año pasado. Cada día se vuelve más lenguaraz y grosera. Será por vieja.
Se lo consulté a la Nikón, que me dijo que bueno… que siempre que la llevara a cuestas.

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> afilando pedales.

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Así que esta vez, abandonao de la Peregrina, oficie de intrépido reportero en zona de conflicto bélico, al acecho y vigilia de algún ciclista espachurrao, cosa de la que, a dios gracias, no tuvimos noticias.

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> tribus.

¿Saben sus mercedes quién fue Sidi Abuh Ishaq Ibrahim?
Pues si en lugar de subir y bajar trochas a lomos de una bicicleta, se sentaran a charlar con los lugareños, llegarían al conocimiento que fue el primer velefiqueño en salir en los papeles, en hacer hablar de su pueblo. Y sin bicicleta. Poeta y santón del Islam, quizás uno de los beréberes refugiados de la reina Kahima, ya se ocupó el buen hombre allá por el siglo VIII, que Velefique empezara a ser conocido allende el cerro del Portillo o el desierto de Tabernas.

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Les cuento esto por mitigar, en lo posible, la aridez de tanta bicicleta junta. Ciento setenta y cinco, según los organizadores. Organizadores que, esta vez si, ya tenían preparado un plan B para el acaso de que algún ciclista se descalabrara, más bajando que subiendo, en los barrancos de los Filabres.

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> aire puro, puro estilo, puro músculo, pura cuesta... pa que nos vamos a engañar.

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Lo que no varió la organización fue el eufemismo ese de “bajada técnica”, que tanta sorpresa me causó el año pasado y tanta gracia me hizo este. Bajada cabrona, deberían llamarle, y así ningún confiado pedalero se llamaría a engaño.
Y es que, el arroz de después, sabe mucho mejor cuando se conservan todos los dientes.


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> bajada técnica-2

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> bajada técnica-3

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También eche en falta el toque femenino. El pirata Miguelón me contaba –y yo que lo vi con estos ojitos- que Belén, que cerraba mi última crónica Cabogatera, se encuentra en estado de buena esperanza y que por ello había cambiado la bicicleta por la mesa de jueces. Acertada y obligada decisión. También me decía Miguelón, alma mater del invento este, que había otras dos chicas. Una de ellas, a la que se había entregado el trofeo a la ciclera más veterana, se había desplazado desde la manchega Ciudad Real atraída por el reclamo que supuso esta misma crónica el año pasado. Y ya tiene mérito… que Ciudad Real no está Pechina. Me habría gustado conocerla. Me habría gustado traerla aquí. Una crónica del Maestro Vidriero sin que aparezca una mujer por algún lado, en primera persona, desmerece un montón.

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> bajada técnica-4... o, éste si que sabe.

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> bajada técnica-5

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> consecuencia lógica de andar haciendo bajadas técnicas.

Así que este año, a falta de experiencias propiamente cicleras, les voy a dejar mis fotografías que, al fin y al cabo, es para lo que me llamaron.

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> teoría del esfuerzo - 1ª y 2ª parte

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Resumamos que fue un disfrute. Disfrutamos de la bicicleta, del paisaje, de la ruta, de los amigos, del arroz del maestro Antonio Gazquez y de la innegable hospitalidad de los vecinos de Velefique. Mi enhorabuena a José Antonio Ibañez, que llegó el primero, en poco más de dos horas. Y a José Antonio Hernández, que llegó el último (éste echó el día). Porque aquí tiene mérito llegar, aunque sea el último; y más mérito si llegas con todos los huesos en su sitio y la bicicleta de una pieza.

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> esperando a los niños de las bicicletas.

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> esperando el arroz del maestro Antonio Gázquez.


A mí, esperadme el año que viene... si ustedes quieren y puede ser.

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NOTA DEL MAESTRO VIDRIERO: Si cualquier persona reflejada en este reportaje -recogidas a puro azar- desea apearse del mismo, sólo tiene que hacermelo llegar a través de cualquier componente del club Tikitaka.

Como siempre, se agradecen comentarios.