La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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20/4/23

Érase una vez

Érase una vez un pueblo de honda y antigua tradición marinera. Situado por la fortuna en la puerta de entrada al mediterráneo, allí se veneraba… y se venera de forma especial a la Virgen del Carmen. 

El 16 de julio, su festividad, es fiesta grande en el pueblo. Se saca a la Virgen en procesión y, si los dioses del mar lo permiten, se la pasea por las aguas costeras para que las bendiga. A partir de ese día, los niños ya se pueden bañar sin peligro en sus playas.

 

Tal es la comunión entre el pueblo, la Virgen y el mar, que desde la puerta de su ermita mira continuamente el piélago del que forma parte, ora tranquilo… ora tempestuoso, durante los 365 días del año.

 



Pero entonces llegó un alcalde. Un alcalde cojonudo la mayor parte del tiempo, todo sea dicho. Un alcalde que mejoró, en mucho, la trayectoria de munícipes anteriores y que hizo grandes cosas por el pueblo… si obviamos la cosa aquella del tobogán y algún desliz más sin importancia; todo el mundo se equivoca en alguna ocasión. 

 

Tan bueno era el tío que una mañana se despertó con sueños faraónicos y, viniéndose arriba, se dijo que debía perpetuar su mandato con algo mastodóntico que le hiciera memoria cuando ya no estuviera. Una pirámide, o un aeropuerto, o una base de la OTAN… o algo…

 

Y ese algo fue una grandiosa torre-mirador que, además, albergaría el museo más fashion de la Costa del Sol. 

 

Tenía nuestro alcalde 23 kilómetros de costa para situar su invento. Y cuál cree mi avispado lector que fue el sitio elegido?  Acertaste; justo delante de la imagen de la Virgen del Carmen de nuestros marineros. Pero justo… justo. 

 

Así que donde antes sus divinos ojos se perdían en las azules aguas del mediterráneo, ahora no ven más que la cola que se forma a las puertas del recién inaugurado edificio para subir al mirador o contemplar, con una ceja levantada, las pinturas de la Thyssen.

 

Mientras, entre sorprendido y resignado, el esteponero de a pie, porque es de Estepona de lo que estoy hablando, aún medita con la papeleta en la mano si votarle en las próximas elecciones o arrojarle desde el mirador.