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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

9/5/13

calle Papuecas

calle Papuecas

Venía a contarte que hace unos días arrastré mis pasos por la calle Papuecas y ello me trajo memoria de Francisco Gentil. Francisco Gentil vivía abajo de la calle, antes de subir la empinada cuesta, en una de las primeras casas de la –iba a decir- acera derecha. Y digo iba porque esa calle nunca ha tenido aceras, que las calles de los pueblos, cuando son muy pueblos, prescinden de las aceras por ser un requisito innecesario.

El tal Gentil era compañero de clase cuando estudiábamos Preu; del último preu que se estudió en España. Le recuerdo como un chico modosito, casi afeminado… y no digo con esto que lo fuera. Pero persiste en mis recuerdos que nunca formaba jaleos, se peleaba por las chicas –ni por ninguna otra cosa- o participaba de las competiciones deportivas de las que uno era tan fanático. Y eso, automáticamente, te colocaba en el bando de los potencialmente… raritos. El buen Gentil era hijo de un calero, de los de alpargatas calientes, un calero de los que vendían cal viva en su propio domicilio. Y debía irle de puta madre porque mi compañero Gentil tuvo dos cosas que yo no tuve en mi puñetera vida; una lata en la cómoda de su casa de la que podía coger las monedas de cinco duros que le diera la gana y, pasado el tiempo, un Citroen Dyane 6 que para quien no pudo ser propietario de una mísera bicicleta, era algo así como la encarnación de Rockefeller bañado en oro de 24 kilates.

No he vuelto a verle desde entonces. Lo he buscado sobre el propio escenario, en el fasebuk de los demonios y en otros lugares de la red; sin rastro. A veces pienso que se fugó –pese a lo modosito- con María Gloria, aquella medionovia mía de amor inconfesado. Algún propio me contó que estudió filología y era profesor de griego en un instituto de enseñanza secundaria. Si le viera Merche Auzmendi, nuestra profe de griego de entonces, se le caerían las bragas de la impresión, si es que no se le cayeron ya por cualquier otra causa. En cualquier caso, algo muy alejado de la cal de sus progenitores que tantas monedas de cinco duros y tan envidiado Citroen pusieron en sus manos.

Nada que ver los muchachos de entonces con los de ahora. Ni aquella Papuecas descuidada y animalera con la de ahora, reventada de geranios y acicalada al punto del erotismo callejero pese a que al principio de la calle, a mano derecha y cerrada a cal y canto –nunca mejor dicho-, resiste la puerta de Gentil el calero.

16/4/13

la bicifestación

El otro día anduve rebuscando en el baúl de los disfraces hasta dar con el de perroflauta. Luego, investido de tal autoridad, fui a reunirme con el resto de raritos que, convocados por la asociación Alpedal, como cada trimestre, se pintan solos para formar un pifostio del copón que recuerde al Ayuntamiento lo mal que andamos de infraestructuras cicleras en este culo del mundo.
El alcalde, y su corte, terminan pasándose por el forro a todos los cicleros juntos –que otras cosas más importantes tienen ellos donde fijar su atención- pero nosotros nos divertimos un rato a costa de la Administración; cosa, como bien saben sus mercedes, muy rara de ver y menos de disfrutar.

La convocatoria era en la Puerta de Purchena, y allá acudimos Lagartija y el menda para, cuando menos, hacer bulto. Don Nicolás, testigo pétreo de los más simbólicos hitos de la ciudad moderna, mostraba su asombro ante tan desinhibida muchedumbre.
Los de Alpedal habían pedido la colaboración –previo pago, claro- de una trouppe cirquense que al grito de “Alicia en el país de las Marabicis” montó un espectáculo paranoico que, por unas horas, invadió las principales calles de la ciudad. Allí estaban Alicia, la Reina, el Conejo –más loco que nunca- y el resto de personajes del cuento. Y allí estábamos nosotros, cientos de enamorados de la bicicleta, y no por ello menos merecedores de ser oídos.

A los gritos de “no contamina, ni usa gasolina”, “el que pedalea no se cabrea”, “menos coche y más pedales”, “alcalde, cabrón, asómate al balcón”, “por caridad, carril bici en toda la ciudad”… y otros al uso, los ciento y la madre que hacemos de la bicicleta una filosofía de vida pasamos por encima de semáforos, vehículos de cuatro ruedas, guardias urbanos y sin urbanizar, conductores rabiosos y asombrados espectadores que -desde ambas aceras- tomaban partido bien para el aplauso, mal para escupirnos, pero sin quedar indiferentes. Por unas horas, pocas, llenamos la calle con algo muy parecido a la primavera y dejamos tras de nuestras pedaladas un rastro de la sencillez y la inocencia de la que tan necesitados vamos estando.

Hubo quien paseó a su perro, a sus hijos, a su novia, a su gato. María, de apenas dos años, se afanó durante casi todo el recorrido en cabalgar sobre su bicicleta sin pedales con una maestría que avergonzaría a más de uno con pelos en las patas. Uno no tenía a quien pasear, por lo que se vio en la necesidad, para no perderse entre tan alocada muchedumbre, de tomar –desde el inicio- un adecuado punto de referencia. Sus mercedes, sin lugar a dudas, lo entenderán.

Allá quedó Alicia con su espejo roto, el Conejo con sus locuras, la Reina confusa y despechada… y uno vino a contárselo a ustedes.

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Don Nicolás, testigo pétreo...

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los ciento y la madre que hacemos de la bicicleta una filosofía...

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llenamos la calle con algo muy parecido a la primavera...

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Hubo quien paseó a su perro...

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María, de apenas dos años, se afanó...

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de tomar –desde el inicio- un adecuado punto de referencia...

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Allá quedó Alicia con su espejo roto, el Conejo con sus locuras, la Reina confusa y despechada…

6/4/13

La Fresquita

Debo construir este hilo desde los cimientos de no ser creyente. No, al menos, un creyente al uso; de aquellos que tuvieron la fortuna de ser tocados con la varita de la fe. Y sin ser creyente, acabo de sacarme una espina que hace tiempo hurgaba por donde a otros les dan mordiscos sus pasiones perdidas.

Hace unos días tuve la oportunidad, largamente esperada, de visitar la taberna La Fresquita; mágico y estrecho tugurio ubicado en la calle Mateos Gago, del sevillano barrio de Santa Cruz. Pido, desde ya, perdón a mis amigos sevillanos por no avisarles con tiempo. La cosa fue sin alevosía ni premeditación. No pude elegir ni el tiempo… ni la fecha… pero allí estaba, frente a la acera de La Fresquita, vestido de Domingo de Ramos.

Admirador y respetuoso de la gente que se apasiona, conocí un día el caso único de este bar sevillano donde se vive y se bebe por y para la Semana Santa. Porque, sin creer en lo que no creo, la gente de La Fresquita me merece el mismo respeto que el tío que se acuesta con el pijama del Betis… y tampoco soy bético. Gente apasionada –que no fanatizada-, gente para admirar, respetar, imitar.

Fue lo que esperaba y bastante más, pese a lo estrecho del local. Acodado en la barra, mientras alcanzaba el éxtasis del olfato gracias al incensario que pende sobre ella, mientras se perdían mis ojos en la colección de fotos y tesoros cofrades que cuelgan de las paredes y pueblan las estanterías, mientras acariciaba el paraíso del gusto trasegando un Barbadillo y unas albóndigas que estaban pa morirse, mientras intimaba con Matías el tabernero que me ponía al tanto de sus tiempos de armao de la Real, Ilustre y Fervorosa Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestra Señora del Santo Rosario, Nuestro Padre Jesús de la Sentencia y María Santísima de la Esperanza Macarena, que así se llama en buena ley, fuimos poniendo un algo de ajuste en el guión tan desajustado que nos tocó vivir. Y todo ello mientras fuera caía algo parecido al diluvio universal. Nada, desde luego, que pudiera ahogar emociones nacidas del calor de la pasión.

Alguna de sus mercedes considerará tan baladí asunto una más de las pamplinas que nos caracterizan. Pero es que –biblia dixit- también de pamplinas vive el hombre. Y de pecados, y de pasiones, y de enfundarse un pijama del Betis o colocarse detrás, o delante, del paso de La Macarena... según toque.

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13/3/13

el besapies

Hace mucho, muchísimo tiempo que tengo desatendido esto. Les voy a contar una historieta,

Mi Jefe, el Gran Jefe, me llamó la otra tarde a su despacho para comunicarme, con gran displicencia y ofrecimiento de café, que debería convertirme en su álter ego por obra y gracia del “las reclamaciones al maestro armero”. Así, me hizo saber que la empresa había recibido protocolaria y puntual invitación del obispo de la ciudad para acudir al besapies que, cada lunes santo, se celebra en la catedral. Y dado que él, para esas fechas, tendría otras muchas ocupaciones en las que distraerse, debería ser yo quien me ocupara de representarle del mejor modo y forma para mantener intacto –o aumentado- nuestro crédito institucional y corporativo.

Uno, más bien ateo y anticlerical, y con el insano propósito de mortificarle un rato en premio a la gracia que me concedía, le hizo ver la muy poca gracia que le hacía besar los pies al señor obispo, por muy obispo que fuese y por muy lavados que los tuviera. Mi superior, tras mirarme como se miraría a un extraterrestre, entre incrédulo y resignado, me hizo saber que no serían los pinreles del señor obispo los que debería besar, sino los de Jesús del Gran Poder, imagen muy venerada por la feligresía y por cuyo acto se me otorgarían taitantos días de indulgencia –que no sé muy bien que es ni la falta que me hacen- y el reconocimiento y calor de la sociedad a la que nos debemos –dixit-. Así las cosas aún le quise convencer que, tan alta y honrosa misión, debería recaer en alguien de más elevado espíritu religioso. Alguien deseoso de alcanzar la santidad o redimir sus pecados. Alguien lo suficientemente preparado y que no tendiera a confundir, entre el olor a incienso y la llama de los cirios, el culo con las témporas.

No hubo manera. Tras alegar algo sobre la espiritualidad de la milicia y directrices que inmediatamente traduje como “si la haces me la pagas”, me acompañó hasta la puerta y haciendo ver lo mucho que me estimaba, me puso de patitas en el pasillo; tras lo cual cerró decididamente la puerta a modo de punto y final. Allí quedé yo. Confuso y jodido. Con la invitación del señor obispo en una mano, el café en la otra y una mueca a medio camino entre la maldición y la tirria en los labios. Que eso de besar los pies al santo, por mucha santidad que allí se desparrame y mucho frote con el pañolito que procure el sacristán, no debe ser nada higiénico. Y además sé, de buena tinta, que el pañolito lo lavan poco o nada.
Luego les llaman putas a las putas.


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Repelús me da, sólo de pensarlo.

9/11/12

¡... agua va!

El 28 de septiembre de 2012 amaneció lloviendo en Puerto Rey y Pueblo Laguna, dos urbanizaciones del término municipal de Vera (Almería) acostadas sobre el Mediterráneo y separadas por el cauce, siempre seco, del río Antas. Nada del otro mundo, agua embarrada para ensuciar coches y fachadas. En un lugar donde la lluvia es la excepción, lo anecdótico, donde los hombres del tiempo habitualmente se estrellan, cuatro gotas mal contadas no es motivo suficiente siquiera para sacar el paraguas. Aquí, al cauce del río Antas, se le conoce entre despectiva y banalmente por la rambla.

Otras circunstancias, sin embargo, iban a contribuir en hacer tragedia de lo cotidiano. De un lado la cantidad de agua caída no a nivel del mar, sino en la sierra, en el interior; de otro, la cantidad de elementos extraños acumulados, tras años de sequía, en el cauce seco del río o, lo que es lo mismo, en la rambla. El sobrevenir de la crisis, la falta de mano de obra, la de previsión, el nunca pasa nada, son abonos más que suficientes para cosechar una desgracia.

A lo ya expuesto vamos a añadirle que tanto Puerto Rey, como Pueblo Laguna, como otras urbanizaciones de la zona están construidas en terreno descaradamente anegables. Hecho este vox populi, de conocimiento general, porque raro es el invierno que los vecinos no se ven abocados al achique de agua de sus viviendas. Pero circunstancia que peligrosa e imprudentemente se ignoró cuando de construir y llenarse el bolsillo se trataba por la panda de avariciosos e irresponsables que florecieron como setas al calor del boom urbanístico.

Aquí se cumplió el refrán de “Septiembre valiente seca las fuentes o lleva los puentes”. Así que el cielo dijo “agua va” y el agua comenzó a caer a cántaros en el embudo que conforman las estribaciones de la Sierra de los Filabres y la de Lúbar, agua que se fue canalizando en los naturales cauces de desagüe de los ríos Antas y Almanzora. Hasta 130 litros por metro cuadrado se vertieron en esta zona. El río Antas, repleto de porquería en su cauce, no fue capaz de digerir tanto líquido. La crecida fue arrastrando cañas, árboles, matorral, desechos múltiples y todo cuanto, inoportunamente, se encontraba en el lecho del río.

Y el agua que no caía del cielo en Pueblo Laguna o Puerto Rey llegó brava y envasada por el río. Las dos urbanizaciones, junto a la playa, están separadas únicamente por el río que salva un puente sin pretensiones. La suciedad que arrastraban las aguas fue taponando los ojos del puente que, desgraciadamente, resistió. Sencillamente la riada desbordó el puente por ambos lados, salió del cauce y anegó la zona de las urbanizaciones pegadas al río. Si el puente hubiera reventado toda esa agua hubiera ido directamente al mar, con lo que los daños se hubieran minimizado. No fue así y el resultado final fueron tres personas muertas, daños materiales incontables, daños morales aún más elevados, conductas heroicas, cruce de acusaciones entre los distintos responsables de la tragedia y barro para enterrar a Zafra. Pueblo Laguna hizo honor a su apellido.

Diez días después de aquello, Nikita y yo nos dimos una vuelta por el lugar. Lo que vimos lo he querido resumir en diez imágenes.

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esto era la playa de Vera

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y esto una pista de tenis... ¡tie break!

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¡adios Mercedes!

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y adios lavadora

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en esta foto y en la anterior pueden apreciar la altura que alcanzó el agua

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la cultura puesta a secar

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y los colchones también

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barro...

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...y desolación por cualquier parte.

Quede constancia en La Vidriera de tan desastroso suceso.

18 de septiembre de 2013

Tras la tempestad vino la calma.
Ha pasado tiempo, pero el lugar vuelve a tener, poco a poco, su habitual fisonomía.
El hotel México ha vuelto a abrir sus puertas y el Club Deportivo Puerto Rey luce sus pistas otra vez acondicionadas.
Ahora luce el sol.
Hasta otra…

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La primera de las pistas que vemos es aquella en la que antes lucían el cubo de basuras y el contenedor de las obras.

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30/10/12

De Piedra Paloma a Punta Chullera

Para aliviarnos un poco de las fatigas que supuso nuestra subida al Nicio –maldita sea su estampa-, esta vez elegimos una ruta de nivel cero, de esas que discurren al lado mismo del mediterráneo y cuyo mayor desnivel supone subir o bajar los escalones del paseo marítimo de turno. Las vistas panorámicas desde la altura quedan superadas, con creces, por el paisaje marino y el andar ondulante de las chicas por la playa. Algo menos de 30 kilómetros –ida y vuelta- sin otra dificultad que el posible viento –poniente o levante- que ese día quiera soplar.

El coche lo dejaremos antes de llegar a la Urbanización Buenas Noches. Sobre el km. 148’500 de la N-340 se ubica una rotonda en la que saldremos de la carretera hacia el lado de la playa. Tras los edificios del complejo Bermuda Beach, se inicia el paseo marítimo que nos pondrá en el camino a Punta Chullera. Aquí bajamos las bicis, enjaezamos las monturas, ponemos los contadores a cero… y a disfrutar del camino, y las vistas.

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Bermuda Beach

Este es el primer tramo –y el último- que habremos de biciclear. Corresponde a la urbanización Bermuda Beach y, comparado con el camino al Nicio, encontramos las mismas diferencias que entre Belén Esteban y Paloma Cuevas.

El paseo marítimo de Bermuda Beach enlaza con otro a medio construir, con firme de tierra prensada, y en el que ya se divisan los mejores referentes de nuestra ruta.

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Justo al terminar este tramo encontramos la presencia imponente de la Piedra de la Paloma, referente novelístico de contrabandistas de hachís como Santiago Fisterra, al que Pérez Reverte tan bien describe en La Reina del Sur; jugándose algo más que la libertad en un tablero de ajedrez limitado por las aguas del estrecho y en el que las piezas blancas son las turbo hélices y el molinillo de Vigilancia Aduanera y de la Guardia Civil.

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Piedra de la Paloma / ¿Qué les decía de las vistas?

Es aquí también donde deberemos apearnos de la borrica, bajar con ella a la orilla de la playa, y seguir de la mano… como dos enamorados… hasta llegar a la altura de la urbanización Torre de la Sal, en que podremos volver a un paseo de albero exquisitamente acondicionado. El mismo albero que nos llevará junto a los pies de la joya de este paseo, la Torre de la Sal.

torre

La Torre de la Sal es un baluarte situado en un promontorio sobre el mar, entre el río Manilva y el arroyo Camarate. Muy posiblemente es de origen nazarí y anterior al año 1500. Cuenta de dos cuerpos cuadrangulares, mayor el inferior, y con una bóveda sobre el más alto. Su estado de conservación –restaurada- es bueno y los alrededores han sido urbanizados, lo que la pone en valor. Sabemos que en la actualidad está bajo la protección de la Administración, pero ignoramos –a pesar de preguntarlo aquí y allá- de donde le proviene el nombre. Sólo nos dijeron que, si no nos gustaba, también era conocida por el Salto de la Mora.

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Enlazamos, uno tras otro, los distintos y coquetos paseos marítimos construidos por otras tantas urbanizaciones –ahora les obligan a hacerlo- en sentido al poniente. Al terminar la urbanización Marina de Casares, nos veremos en la tesitura de rodear la desembocadura de una rambla pie a tierra y bajando a la playa, o bien rodearla subiendo –por el antiguo club de tenis- hasta la plataforma de la N-340, para volver luego hacia el paseo marítimo. Nosotros optamos, como más natural, por la primera de ellas.


Rebasada esta rambla ya estamos en el paseo marítimo de San Luis de Sabinillas. Saludamos el monumento al pescador, en el centro neurálgico de la barriada, y seguimos hacia poniente

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… por la archiconocida Colonia Infantil, que dejamos a nuestra derecha. Deberíamos apuntar que, en el núcleo urbano de Sabinillas, hemos dejado durante unos 300 metros el paseo marítimo y nos hemos internado en sus calles, ante la imposibilidad de seguirlo en bicicleta. Volvemos a retomarlo a la altura del edificio de la Colonia.

Sabinillas a la espalda, casi de seguido nos adentramos en las instalaciones del Puerto Deportivo de la Duquesa, que recorremos por el interior, a pie de amarre.

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Puerto de la Duquesa

Un poco más adelante deberíamos estar atentos al Castillo de la Duquesa y a la barriada que lo alberga, donde podremos admirar un enorme mural de cerámica

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… con bancos a juego,

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… y unas entrañables y humildes casas de pescadores –de los de antes-

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Rebasado el Castillo de la Duquesa y su poblado, otras urbanizaciones de paseos igualmente acondicionados, sencillos, coquetos, nos irán acercando a nuestro destino.

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Los últimos dos o tres kilómetros son de camino puro y duro. Atrás quedaron los paseos urbanizados y los residenciales de lujo. Ahora circulamos por caminos de los de siempre, pero muy aptos para andar en bicicleta. Y así rodaremos hasta llegar a la urbanización de Playa Paraíso. Desde aquí a la Punta de Chullera, 1.800 metros aproximadamente, no hay camino practicable. Se ofrecen al intrépido explorador dos opciones únicas: O sube por la calle Tubalitas al alto de la urbanización –lo que significa una pendiente del copón- para dejarse caer a Punta Chullera una vez alcanzado el alto, o sigue por la plataforma de la N-340 –tras el guardarrail, claro- hasta el punto de destino, lo que conlleva que en ocasiones se tendrá que bajar de la bici y arrastrarla. Nosotros practicamos las dos opciones, una a la ida…. N-340, y otra a la vuelta… subida al alto; pa gustos, colores.

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Alto de Playa Paraiso

Elijan la que elijan no pueden volver sin estar a los pies de la torre de Chullera. Esta, al contrario que la Torre de la Sal, está mal conservada, se encuentra cercada dentro de una finca que parece ser propiedad particular y no se permite el acceso.

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Eso si, fotografías, todas las que quieran y si llegan acalorados siempre se pueden dar un baño en alguna de las preciosas calas situadas a los pies de la torre.

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Ea, ahora les toca volver; ya conocen el camino.

3/10/12

¡... por fin, el Nicio!

Las ruinas del Nicio (Munt Nis), finales del siglo IX, se sitúan en las estribaciones de Sierra Bermeja, en el término municipal de Estepona, entre los ríos El Castor y El Padrón, y suponen un primer ejemplo de la cultura hispano-goda. Posteriormente ocupado por los árabes, que lo utilizaron como fortaleza defensiva de la frontera, es milagroso que sus ruinas hayan llegado a nuestros días, máxime cuando ninguna administración, en ningún tiempo, ha considerado oportuno ponerlo en valor. Si exceptuamos los trabajos de investigación llevados a cabo por Sánchez Bracho (1984) y la tesis doctoral del profesor Fernández (1987), nadie nunca se ocupó de que el Nicio subsistiera. Si ello ha sido posible no se debe más que a su aislamiento y su difícil acceso. Lo que les cuento a continuación es la crónica de mi primera visita a tan taumatúrgico lugar.

Me agradaría sobre manera que el lector, al discurrir por esta crónica, pusiera su voz en modo Félix Rodríguez de la Fuente. Es para dar ambiente… ¿sabe?


“Transcurrieron muchos días en que el avezucho… digo, el intrépido explorador, permaneció tras los cristales contemplando, amuermao, como la lluvia resbalaba sobre ellos. Una lluvia no por necesaria menos impávida, triste, cansina, descalabradora de aventuras. El cauce de los arroyos, secos desde hace meses, comenzó a correr con inusitada violencia. Bajo esa perspectiva, el capitán Pedales y su amigo y sherpa Antonio Atienza, convinieron la necesidad de permanecer al cobijo de un buen y seguro techo mientras una y otra vez se postergaba la cita con la cumbre del Nicio. Chocolate con churros, para los dos.


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correntías disuelve excursiones

El último día de septiembre, cuando el capitán Pedales ya había despedido al sherpa –que tenía obligaciones- y se apuraba en desmontar la tienda y recoger la mochila, amaneció radiante.

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horizontes menos lejanos

Miró el capitán al cielo y “entre uno en la mano o ciento volando”, no tardó en decidirse por lo primero. De este modo enjaezó de forma apresurada a Lagartija y ambos pusieron rumbo al norte, hacía las estribaciones de la Sierra Bermeja, sin sherpa y con la amenaza de un ejército de nubes traga-exploradores a las espaldas.

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Bien es cierto que en esta clase de recorridos, el no saber con seguridad que caminos se pisan cansa tanto o más que la propia dificultad del trayecto. Además, hubo tres omisiones graves por parte de las instrucciones recibidas del sherpa. La primera de ellas es que “en caso de duda, subir”. El no tener esta premisa en cuenta, máxime cuando la voluntad y el ánimo lo que piden es bajar, obligó al aventurero a volver sobre sus pasos en más de una ocasión. Cuando el camino se bifurca, es muy conveniente tener claro que ramal tienes que tomar. Lamadrequeloparió es la interjección más socorrida en estos casos.

A una subida puñetera sucedió otra subida más puñetera todavía. Ni un alma a quien pedir socorro, ni un triste cartelito indicador de la ubicación del Nicio. La aguja de la brújula en el norte y el espejo del mediterráneo en el sur. Y entre ellos un capullo en bicicleta preguntándose por la cuadratura del círculo y con las provisiones de agua peligrosamente escasas.


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Despojado ya de toda dignidad, muchas de esas subidas no se hicieron a lomos de Lagartija, sino ayuntado a su lado y sostenidos el uno en el otro.

La segunda de las omisiones graves del sherpa fue el advertir que las ruinas del Nicio están prácticamente cubiertas por la vegetación, y es por ello muy necesario andar con el ojo avizor para que el camuflaje no malogre el descubrimiento. A dios gracias, las ruinas de la llamada “Casa del Guarda”, en el cerro del Zagalote que se enfrenta al del Nicio, son bastante visibles y sirvieron de baliza para desvelar el misterio.


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Casa del Guarda y, frente a ella, el cerro del Nicio

La tercera cagada del sherpa fue el silenciar que, una vez llegados al cerro del Nicio, su contorno está cercado por una alambrada que impide el paso. Como el lector comprenderá, después de dos horas como puta por rastrojo, empapado por fuera del sudor y seco por dentro como la mojama, no hay valla que frene el impulso de clavar el piolet y la bandera en la cima. Así que desmontamos lo desmontable con sumo cuidado, y Lagartija y el menda avanzamos hasta el mismísimo patio de armas de lo que un día fue realidad y hoy es vestigio y recuerdo del castillo del Nicio. Luego, que uno es cuidadoso, dejamos la cerca como la encontramos.

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la jodida alambrada

Lo siguiente fue sacar el mini-trípode y la cámara y, a modo de ceremonia de coronación, dejar constancia de que estuvimos allí.

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Las imágenes que les dejo dan fe notarial de la veracidad de lo que les cuento. Fue en la mañana del día del señor del 30 de septiembre de 2012, festividad de San Jerónimo.