Les voy a contar la historia de un fracaso. Del enésimo fracaso; y no por esperado menos doloroso.
Decía repetidamente doña Concha, sabía mujer mi abuela, aquello de no vender la piel del oso antes de tiempo. Y van...
La UDA es un equipo más bien cenizo. No sé si por llevar los mismos colores del Atlético de Madrid, sus trayectorias se solapan en lo anímico; el resultado es que sus aficiones han normalizado la derrota. Quizás es que esa sea la verdadera esencia del deporte; normalizar lo que es normal.
Con una afición que siempre estuvo muy por encima del equipo, este año… tampoco.
Se jugaba el partido final del play-off para el ascenso a Primera División entre el Almería y el Málaga; con todo de cara para los indálicos.
El presupuesto del Almería es tres veces el del Málaga, con un equipo construido a base de talonario, en contraposición a los blanquiazules que han construido el equipo en base a su cantera. Jugaba el Almería en su campo, arropado por su afición y, por si fuera poco, le bastaba con el empate para superar la eliminatoria. Pues nada de eso le valió.
Antes de todo esto la expectación era máxima y la esperanza también. Así que me eché a Nikita al cuello y nos fuimos a recoger ese fervor, ese entusiasmo, el de los prolegómenos.
Luego pasó lo que pasó. No hubo segunda parte. No hubo festejos ni fastos. Sólo hubo desencanto y resignación. El Málaga superó la eliminatoria porque fue mejor en los dos partidos.
Me quedo con esta imagen final; dos aficiones unidas por una mujer. Se me viene al campanario la canción del Aute…















