Corría la navidad de 1976 cuando di con mis huesos en la por entonces próspera y cosmopolita ciudad de Algeciras. La estancia se prolongó por un año entero. Aquello, entonces, no era ni por asomo lo que es ahora; entonces a mejor. Y eso que la VERJA, la famosa verja, permanecía cerrada a cal y canto; con siete cerrojos y llave de doble vuelta.
Aquella circunstancia me permitió observar, de primera mano, algunas vivencias insólitas: Como la tarde que hubo que buscar a toda prisa las llaves de los siete candados y abrir corriendo la verja para que una “llanita” fuera operada de urgencia en el hospital de La Línea. Se salvó gracias a Dios, The Queen y el ministro de la Gobernación, que autorizó la apertura y el auxilio.
O la parafernalia que cada tarde se formaba en el arriado de bandera en la frontera, pues mientras los bobbies recogían la suya con mesura y discreción, los españolos montaban un circo diario en el que no faltaba una sección del ejército de tierra con banda de guerra incluida.
O las entrevistas, a grito pelao, de familias que habitaban a un lado u otro de las alambradas.
Luego vino la apertura parcial de la frontera, el paso de los piojosos a trabajar en el Peñón, y de cientos de españolitos para comprar tabaco, guisqui y echar gasolina al coche. Y a la vez la salida en desbandada de cientos de british que empezaron a colonizar la Costa del Sol.
Todo eso pasó a la historia anoche 13 de junio a las doce. Anoche la frontera quedó abierta definitivamente y la verja -al menos de cara a la galería- cayó como el muro de Berlín en su día.
Voy a dejar este cristalino para recordarlo.
