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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

31/5/07

El loco de la estación.

Colgado en El Café del Foro > mayo/06

Ahí lo tienen. Se llama Alí Oudai, y su principal y única ocupación es dar vueltas, una y otra vez, a la plazoleta que tienen ante su vista. Mientras lo hace recita, incansadamente, una extraña letanía que pone los pelos de punta al mismo profeta.

Alí Oudai hace jornada de mañana o tarde. Esto quiere decir que si está por la mañana, no lo veré por la tarde, o viceversa, pero aún no pude averiguar que particulares razones le hacen escoger un horario u otro.

Alí es moro. Quedaría tal vez más fino, más políticamente correcto, que les dijera que es magrebí. Pero no, es moro. Quizá magrebí también, pero más moro que Muza. A saber como el señor Alí Oudai, del que consta que tiene la cabeza como un cencerro, arribó a las costas de la vieja Europa. Sólo tenemos la evidencia de que no sólo llegó, sino que se quedó. También es seguro que no vino en patera. Nadie embarcaría con un orate en su cayuco, pues como tienen sabido sus mercedes, eso trae un mal fario que te cagas. Y mucho menos en una travesía en la que la Parca tiene asiento reservado a la popa. Así que le suponemos hizo el viaje en clase turista de la Transmediterránea y con 5.000 dirhan’s en el bolsillo de la chilaba.

Tampoco les puedo dar detalle de con qué subsiste. Si reparan en la foto verán que sostiene un vaso en su mano derecha. Aunque lo fácil sería suponer que es güisqui, con cuyos efluvios estaría justificada la razón de su desvarío, el verdadero contenido del vasito es café con leche, siempre café con leche, donado graciosamente por el propietario de un bar cercano.

Así, mientras Alí continúa dando vueltas a la plaza como borrico a su noria, su gori-gori en la boca, los inquilinos del consulado de Marruecos, aledaño al lugar; los civiles, también aledaños; y el público en general, miran hacia otro lado. El loco porque lo es, los otros porque se hacen...... ¡vaya mundo de locos!
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-Intermodal de Almería / El loco.

20 de Septiembre.

Me han contado los más viejos del lugar que él se llamaba Andrés, Andrés Rabiate. Y ella Lucía. Me han contado que él hacía lo que casi todos allí, faenar en la mar.

Lucía, la menor de seis hermanos, apenas cumplidos los diecisiete, huérfana de madre, ayudaba en las cosas de la casa y en las salinas aledañas a la aldea; que todas las manos eran pocas para subsistir en aquellos años. Cuando el sol se asomaba cada mañana, despuntando tras el promontorio en el que se asienta el faro de Cabo de Gata, el Califato Segura ya hacía tiempo que se mecía en las aguas de la bahía.
Pero para Andrés amanecía mucho más tarde. El día no era tal hasta que Andrés no lo veía en los ojos de Lucía; y eso nunca ocurría antes del mediodía, cuando el barquichuelo aproaba al refugio de Monteleva para dejar en tierra las pocas melvas, sardinas y pulpos que aún saltaban en su sentina. Cuando Andrés se acercaba a puerto cada mediodía, sus ojos entrecerrados para protegerse del sol en su cenit, nunca tomaron como referencia el espigón de los gatos o la torre de Vela Blanca. Su referencia siempre fue la falda de Lucía, agitada por el viento mientras la chiquilla corría hasta el amarradero que sujetaría al Califato.

La tarde se iba, su mano en su mano, sus ojos en sus ojos, entre sueños y huidas a cualquiera de las pequeñas calas que esconden los acantilados del Cabo, y en las que ellos mismos se escondían. Así pasaba la vida hasta el aciago anochecer en que el señor Ramón, el padre de Lucía, le anunció –como quién recita un avemaría- que quince días más tarde se desposaría con Don Bernardo, treinta y cinco años mayor que ella, afincado en Madrid y, lo que es más importante, dueño de las salinas que daban de comer a su padre, sus cinco hermanos y ella misma, dueño de la casa que habitaban, dueño de los trajes que vestían, dueño de sus almas y de sus voluntades. Era eso, o eso. Lágrimas o lágrimas.

No volvió a hacerse a la mar el Califato. Los muchachos barajaron mil formas de salir de la trampa. Eludir el compromiso por parte de Lucía suponía dejar en el paro a su padre y hermanos. Y un paro de 1942 era mucho paro. Andrés se arrodilló ante Don Bernardo y le ofreció, a cambio de su novia, todo lo que tenía; el Califato y lo que pudiera faenar de por vida. Ni siquiera recibió contestación. Amablemente, un criado, le puso en la calle.

El 20 de Septiembre de 1942, inusualmente para aquella fecha, amaneció nublado. Una espesa calima se pegaba a la playa, a las humildes casas y a los barcos varados en la arena. El mar, de puro quieto, no se oía. En la puerta de la pequeña iglesia de San Miguel, solitaria, enhiesta y orgullosa, Don Bernardo y sus allegados, la familia de Lucía y unos pocos lugareños, los obligados por el salario del cacique, esperaban la llegada de la novia. Lucía se hacia esperar. Don Bernardo miró por tres veces, impaciente, molesto, su reloj de bolsillo. Pasaban veinte minutos de las doce del mediodía, la hora fijada para la boda. Presagiando la tragedia, sin cruzarse una palabra siquiera, la comitiva nupcial tomó camino desde la iglesia a la humilde casa de los salineros. Caminaron despacio, como temiendo llegar. La encontraron descalza, vistiendo el traje de novia, y colgada de una viga de su dormitorio. Había utilizado para asegurar su último viaje el velo del vestido.

Tampoco el Califato estaba en su amarradero, ni se supo más de él. Se lo tragó el mar con su patrón en la cubierta. No oyeron tocar a duelo en la aldea porque el primer golpe de badajo hizo añicos una campana que durante la noche había cristalizado y salinizado. También cubrió la sal, en días, el crucifijo de la iglesia, el sagrario, los vasos sagrados, la iglesia toda, que permanece hierática, muda, monumento de sal en el paraje, abandonada y sin que su altar, ahora petrificado por la sal, haya vuelto a ser testigo de ningún oficio religioso. El pequeño cementerio aledaño a la iglesia por poniente, sólo alberga una tumba, ahora cubierta por las ortigas y las malvas: la de Lucía.

Así me lo han contado. Así se los cuento.
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La iglesia de las Salinas tras su abandono. Foto de mi amigo y maestro Domingo Leiva, obtenida de la red.

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La iglesia, remozada, en la actualidad.- Foto del autor.

30/5/07

Ella, cruel.

Colgado en El Café del Foro > julio/06
Terminaba hace unos días de jugar mi vespertino partido de tenis. Había perdido y, lo que es peor, había jugado mal, muy mal, estilo tuercebotas. En esos trances, poco comunes, mi humor oscila entre el gris marengo y el marrón aplatanao.
Al salir de la pista me estaba esperando uno de los operarios de mantenimiento para recriminarme, sin delicadeza alguna, que me había pasado veinte minutos sobre el horario programado. Y yo estaba cabreao, muy cabreao.
De lo que allí se dijo conviene no entrar en detalles. Baste decir que la tensión arterial, ya de por sí subida, subió algunos enteros más.
Y entonces llegó ella. Vestida de negro y amarillo. Pequeñita y culona, efectista, chula. No estaba invitada. Ni yo le había hecho nada. Ni a ella ni a nadie de su familia. Lo mío era con el de mantenimiento y con mi propia incompetencia. Y va, la hija de la grandísima puta, y me clava el aguijón en un sitio muy delicado…… muy delicado, sin cruzar una palabra.
De inmediato desaparecieron de mi vida el mal partido que acababa de jugar, mi humor marrón aplatanao, el tipo de mantenimiento….. y la madre que lo parió.
Ya sólo tenía ojos, pensamiento y corazón para ella. La sentí entrar en mi piel al tiempo que la sorpresa y el escozor. Llegó, me lo clavó….. y se fue. Cruel e insensible como todas, ni siquiera esperó para ver en que terminaba aquella tragedia. Alguien sugirió que debía de poner barro sobre el beso traicionero, otros que amoniaco, los más osados que amputar directamente. Ninguna de las tres opciones, por diversos motivos, me convenía.
Resolví morir de pie, abrirme la camisa e invitarla a que disparase otra vez. Pero se había ido….. ya sólo estábamos yo y su irritante recuerdo.
Inflamación, dificultad respiratoria, hinchazón inocular. Pero... pa valiente yo, que soy del campo, que me pican los alacranes y se retiran acojonaos con el aguijón desmochao de por vida.
-¡Aguanta, Juanito!, que no se diga, no te va a poder ella, tan pequeña, tan poca cosa. Y aguanté. Digo que si aguanté. Aguanté hasta que, salva sea la parte, se puso como el globo terráqueo. Se me nubló la visión, me entró miedo….. y acudí a Urgencias. En Urgencias me tocó una médico también pequeña, también delgada, pero sin culo, sin tetas y feucha... tarde aciaga, pardiez. Podía haber resuelto en un pis-pas, pero no quiso. Lo que quería era verme el culo. Y me lo vio…… claro que me lo vio. Urbasón inyectado. Corticoides. Polaramine.
Acabé con el ojo en la mano, las lágrimas en los ojos, los pantalones en las rodillas, el ego en los tobillos, y las manos de la galena toqueteándome el culo.
-Hombre de Dios, me dijo, la próxima vez que le vuelva a picar una avispa, no intente arreglarlo tomándose una aspirina... so bruto.

Hay tardes que no debería uno levantarse de la siesta.

Trenes, ajos y alacranes.

Colgado en El Café del Foro > septiembre/06

Luego de reunirse uno con gente del club Amigos de los Arrieros, siempre se tienen cosas que contar.
Fue el caso este fin de semana. A la espera de la comida, que no de la bebida, tome muy buena nota que Pepe Ocaña, allá por 1950, era factor de circulación de RENFE en una estación de Jaén llamada Cabreriza, entre Vilchez y Vadollano, donde purgaba sus penas entre las siete de la mañana y las siete de la tarde.

Cabreriza, donde en verano hacia un calor del copón, era una estación dejada de la mano de Dios y la administración, allá donde Cristo perdió las chanclas. A pesar de ello era una estación importante. Tan importante que tenía hasta una vía de “estrellamiento”. Han leído bien, estrellamiento. El fin último de esta vía era que, si algún convoy perdía los frenos bajando Despeñaperros, fuera desviado sin ningún miramiento, daba igual pasajeros que mercancías, hacia esta vía, construida de manera que, si o si, de allí el tren no pasaba. Cuantos trenes metió Pepe Ocaña en la vía de estrellamiento no fue relatado, pero sí que en el edificio de la estación el calor hacía la estancia insoportable. Tan insoportable que el bueno de Ocaña se buscó un túnel abandonado y allí se encaminaba, día o noche, a echar la siesta o dormir la mona.

El problema era que en Cabreriza había muchos alacranes…. pero muchos…. muchos. Así que nuestro factor, además de la manta y la almohada, preparaba también una talega con ajos, por aquel entonces bien baratos. Colocaba la manta en el suelo y, rodeándola, aproximadamente cada treinta centímetros, colocaba una cabeza de ajo. Mano de santo. Según asegura…… y yo me lo creo, no hay cosa que más espante a un alacrán que el olor de los ajos y, cual si fuesen vampiros, huían despavoridos y el bueno de Ocaña dormía fresquito como una lechuga.

Pepe Ocaña, experto a lo que se ve en alacranes y meter trenes en la vía de estrellamiento, me contó más. Si quieres, me dijo bajito, saber si en cualquier lugar del campo hay alacranes, corta un pepino en rodajas y tíralo al suelo. Si los hay, por estas que son siete, en un pis-pas están los alacranes tirándole bocaos al pepino. Otro día les cuento la vez que torearon un macho cabrio, en celo, en la estación de Setenil, teniendo como burladero un montón de sacos de anís colocados en el andén.

A mí, por suerte, me pillo allí.

Una de tenis.

Colgado en El Café del Foro > enero/07
El mes pasao me trajo mi hijo del pueblo a la capital para ver un partido de tenis. En el pueblo sólo se juega a los bolos y al subastao, y dice mi hijo que ya va siendo hora que me culturice y explore los deportes de nuevas tendencias.
A mí el deporte siempre me ha parecido un absurdo. Un absurdo nada sano, además. Absurdo porque, básicamente, se trata de hacer un esfuerzo vano, ilógico, algo que no sirve para nada. El alpinista, ..... subir para bajar; el submarinista, bajar para subir; el corredor... para llegar primero a la meta. Y, digo yo, ¿es que la meta no estará mañana en el mismo sitio?
Insano porque no hay nada más perjudicial para el cuerpo humano que hacer deporte. Lo dicen las mujeres de todos los deportistas.
Y si hay un deporte que reúne como pocos las calificaciones de absurdo e insano, ese es el tenis. El tenis, me aseguraron, lo inventaron los ingleses. Y para empezar, en origen, no hay nada más raro que un inglés. Si, los ingleses son esos tipos que hacen todo al contrario; conducen por la izquierda, cuentan en libras y toman té en lugar de café y güisqui en vez de vino tinto.
El tenis es insano porque, pese a no haber contacto físico entre los contendientes (de hecho están separados por una red para que no se muerdan), ya antes de empezar puede cualquiera comprobar lo maltrechos que aparecen. De tal guisa los verán que se sujetan las articulaciones de codos y rodillas mediante extraños vendajes y se espolvorean los huesos y músculos con apestosos ungüentos. Algunos de ellos suelen incluso colocarse una cinta o pañuelo en la frente, debemos suponer que para mitigar los dolores de cabeza que el juego produce, o para que no caigan al suelo las escasas ideas que por allí les ronden.
Absurdo porque, también básicamente, el juego consiste en que el contrario se quede con una pelotica que ninguno de los dos quiere. Para conseguir este fin, se la lanzan uno a otro con persistencia rayana en la locura. Con cuanto más mala leche se la eches al contrario mayores posibilidades tienes de que se la quede. Echársela al público no vale. Volearla fuera del recinto del juego tampoco vale. Si al contrario no le gusta la forma en que se la has lanzado, por descortés o violenta, te dice –“jau”, y vuelta a empezar. Puntuar tampoco se puntúa como en otros deportes. Son, por decirlo de alguna manera..... raricos. En vez de contar los goles de uno en uno, los cuentan de 15 en 15, pero alguno hace trampa y yo oí a uno que ya contaba de 40 en 40.
El partido suele acabar cuando los dos raros se ponen de acuerdo en el tanteo o uno de ellos la endiña de “muerte súbita”, que eso debe ser ya la rehostia.
Es, además, incomodísimo de ver, porque como ninguno de los dos quiere la pelotica, esta va pacá.... pallá.....pacá...... pallá....., y a ti te entra una tortícolis de cojones y terminas mandándolos a esparragar mientras coges el caminito del bar a tomarte un tinto de verano. Lo único que me ha gustado del tenis ese es que, si juegan mujeres, lo hacen con unas falditas cortísimas. El juego continua siendo igual de malaje, pero ellas están pa comérselas.

¡Ay, Sharapova!

Colgado en El Café del Foro > enero/07
No sé si a sus mercedes les gusta la Sharapova. No sé siquiera si les gusta el tenis. Pero es seguro que a mí menda cortijera le gusta el tenis... y le gusta la Sharapova, a pesar de que tenga –un poco- cara de seta. A la mayoría de los chicos de este Café, es más, a todos menos al imbecil, les gusta la Sharapova.

Y es que la rusa, amén de jugar al tenis aceptablemente bien, está pa mojar pan. Un pastelito. Quizás, aunque no les guste el tenis ni la Sharapova, sepan que acompaña todos y cada uno de sus golpes con un quejido, entre erótico y angustiado, lamento existencial con el que pretende acentuar su afán stalinista de aniquilar a quien encuentra al otro lado de la red. Ese ay, ese suspiro, la verdad sea dicha no queda ni bonito ni elegante. Es, por decirlo de alguna manera, una nota que chirría en la imagen glamourosa de la tenista pues, dicho sea de paso, no es un suspiro quedo, disimulado, insinuado tal vez, sino más bien un berrido amenazante, el grito atronador del macho que marca su territorio. Algo en resumen que empaña la imagen de tan dulce bollycao.

El caso es que, consideraciones estéticas aparte, ha llegado a mis oídos que los mandamases de la WITA están estudiando cortar, de raíz, los quejidos estentóreos de la Sharapova. O sea, prohibirle que grite. O sea, ordenarle por las claras que golpee la bola, pero calladita. Esta medida, la primera de este tipo que se toma en el circuito profesional de tenis, se encuentra avalada por las numerosas quejas recibidas de las adversarias de la rusa, que manifiestan que tanto aullido las descentra y las hace jugar en inferioridad de condiciones.

Apruebo, si es que llega, la medida. El tenis no es un deporte de brazo, o piernas, es un deporte de cabeza, como el ajedrez, y tanto griterío impide concentrarse a quien debe estar concentrado. Los suspiros de la Sharapova deben quedar para la intimidad de la alcoba, para susurrarlos al oído de su contrincante en la cama, y si ese contrincante fuera yo.... mejor que mejor.

Apuntado todo esto, sepa la foreria en general que esta madrugada ese cachito de queso que responde al nombre de Maria, juega la final del abierto de Australia contra un camionero llamado Serena Willians, negra pa más señas, de la que cada uno de sus brazos tiene el diámetro de mi cintura. La bella contra la bestia. El anís dulce contra el aceite de ricino. La poesía contra el haeve metal.

Allí estaré yo, pese a los grititos.

La historia según Tarugo: Alabez

Alabez, o Alavez, que tanto monta, fue el último rey moro de Mojácar.
Allí andaba este buen señor por el mil cuatrocientos y mucho pico, sin meterse con nadie, cuando hete aquí que Fernando, por mal nombre el Católico, se empeñó en la conquista de Granada y puso a su gente acampada en Santa Fe, qu’ entonces, dicho sea de paso, no se llamaba de este modo.
Como lo de Granada se les estaba poniendo durillo, ampliaron su área de joder unos cuantos kilómetros al este, hacia la costa, y dieron con el reino de mi amigo.


Fernando, por mal nombre El Católico, mando un emisario al moro con la siguiente misiva (más o menos):
“Dado que su merced es un moro mierda, y yo soy un rey cristiano en el ejercicio de conquistar, le emplazo para que en el tiempo más breve posible, o sea ya, coja el petate y trasponga al otro lado del Mediterráneo, que’ es su tierra y qu’ es donde tenía que estar. Puede llevarse a su gente y los enseres que le quepan en el bolsillo. Las moras en edad de merecer pueden quedarse, al menos por ahora”.


Ahí lo tienen ustedes. Puede que la traducción me falle en la forma pero les juro que no en el fondo. El bueno de Alabez, compungido de cojones, entrego al mensajero (en vez de cortarle la cabeza, qu’ es lo que tenía que haber hecho) un papelico que decía (más o menos):
“Ala sea contigo, hermano:
Me incitas, sin otra justificación, a que haga mis maletas y me exilie a “mi tierra”. Has de saber cristiano que “esta” es mi tierra. Aquí nacieron mis hijos, mi padres, mis abuelos y los abuelos de mis abuelos. Son míos, porque los plante y los vi crecer, el olivo y el almendro, y el cereal con el que alimento mis animales. Son míos el sol y la luna, y el mar que baña mi pueblo. Yo, ni mi gente, en nada te he ofendido, ni me apropie de nada que te perteneciera, ni a ti ni a los que te precedieron. ¿De qué coño m’ estas hablando?. Ni he luchado ni lucharé contra ti, ¿Porqué entonces me amenazas?. ¿Porqué no podemos vivir en paz? ¿Porqué no bebes de mis fuentes y yo de las tuyas?.

El mensajero, salió cagando leches y entregó el mensaje a su rey. Fernando, con un soplo de sensatez, meditó la respuesta del moro y en un principio accedió a su petición.

Pero nunca dura mucho la alegría en casa del pobre. Fernando, por mal nombre El Católico, y la gente de su entorno, terminó haciendo la vida tan imposible al morico que finalmente abandonó Mojácar y la entregó a los Cristianos. Su camino hacia el exilio no fue muy largo. Se ahorcó en un lugar conocido como Macenas, en la playa, a los pies del monte sobre el que se asienta Mojácar. Saquen sus mercedes sus propias conclusiones.

Otro día, más.