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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

24/10/11

Una de fantasmas

Música para ambientar...


No, no se me alarmen. No voy a tratar de nadie cercano. Ni me crean influenciado por la presencia de fantasmas a mi alrededor. Los fantasmas con los que me trato, y puedo por tanto traer a La Vidriera, son fantasmas de mucha prosapia y poca malaje; fantasmas de calidad, en todo caso, y no fantasmillas de tres al cuarto.

El caso es que ya que andamos por tierras de la Alcarria, acabaremos el ciclo tratando el terrorífico asunto del fantasma del castillo de Zorita.

Hace unos días les hablé de doña Ana de Mendoza, princesa de Éboli. El castillo que ven abajo, a la orilla del Tajo –me ha salido un pareado-, fue en días de su marido, Ruy Gómez de Silva, el portugués. Hoy es de propiedad privada, se puede visitar libremente y está hecho… con perdón, una mierda. Son más las piedras que ya cayeron que las que se mantienen, y su conjunto sólo inspira compasión.

Compasión y miedo, porque sobre el susodicho castillo se cierne -se estremecerán la noche del 2 de noviembre- la tenebrosa leyenda de su fantasma.

Bien, pues como les decía, cuentan los viejos del lugar que la noche del 2 de noviembre de 1572 llegó a las puertas del castillo un carromato ocupado por un noble que, tras raptar una monja del convento de clausura de Alba de Tormes, huía de la justicia. La monja, se supo luego, había sido internada en clausura tras no querer acceder a los requerimientos del rey (…al pobre se le negaban todas. Es por eso que, para entretenerse, se fue al Escorial a construir un monasterio).
Quiso la mala suerte que los amantes fueran descubiertos por un correo del rey, que enmalahora se hallaba en el castillo.

Puesto el hecho en conocimiento del señor feudal, la inquisición con el aliento en su cogote, hizo que el conductor de la calesa fuera apresado y ahorcado aquella misma noche, el noble quemado en la pira y la monja encapsulada viva en las paredes del castillo. Mientras esto ocurría, el agua del Tajo comenzó a hervir y la temperatura en el interior del castillo bajaba a tal punto que hasta el vino se congeló en las jarras, fenómeno dicen que, cada noche del dos de noviembre, cuando las ánimas se pasean por el olivar que rodea el pueblo, vuelve a repetirse mientras en el aire, lejana y como enterrada, se oye la voz de la monja que solloza: Sólo era amor… sólo era amor…

¿Entienden sus mercedes de amor?


Castillo de Zorita

18/10/11

la historia según Mairena; doña Ana

Esta mañana, que me he levantado histórico, voy a hablarles de doña Ana.
Doña Ana de Mendoza de la Cerda –con perdón-, condesa de Melito; personaje al que me ha llevado, por aquello de la lógica contagiosa, el machaqueo continuo al que me someten con la vida de otra aristócrata, doña Cayetana, tan avanzada a su tiempo como mi protagonista.

Doña Ana, de quien cuentan las crónicas que estaba de toma pan y moja, casó por imperativo social a los doce años con un portugués pleyboy y gilipollas que nada más bajar del altar se marchó a estudiar inglés a la city –de ahí lo de gilipollas-, circunstancia por la cual Anita se plantó en los 17 sin comerse otras roscas que las que su natural curiosidad y deseo le proporcionaron. Y, también a decir de las crónicas, se comió unas cuantas.
No sería justo dejar de mencionar que cuando el portugués regresó, con el inglés ya aprendido, recuperó el tiempo perdido y le hizo a doña Ana diez hijos como diez soles.

Por esas, y otras nimiedades, se llevaba a partir un piñón con otra top-woman de la época, Teresa, Teresita de Ávila, ya saben… aquella del vivo sin vivir en mí.
Tan a partir se llevaban que las lenguas –malas, desde luego- aseguran que en alguna que otra ocasión se agarraron de los pelos, para jolgorio de la corte de Felipe II, el buen rey.

Buen rey que no dudó en encerrarla durante largo tiempo en el palacio ducal de Pastrana.
Aquí la historia se muestra confusa; no quedan claros los motivos que llevaron a Felipe a firmar la orden de encierro. Algunos historiadores apuntan a la vida desenfrenada de doña Ana una vez enviudó, otros a que se metió en política y se afilió al partido republicano. Mis pesquisas sobre el asunto, que beben de fuentes de todo mérito y confianza, apuntan más bien a un ataque real de huevos una vez el monarca recibió la negativa de doña Ana a que plantara nabos en su huerto y si se lo permitiera, sin embargo, a su secretario Antonio Pérez; hombre este que podría poseer nabos de extraordinaria calidad, pero no era más que secretario.

Allí, encerrada en aquel caserón, doña Ana vivió los últimos años de su vida asomada al balcón desde el que se le permitía –una hora al día- la contemplación de la vida alcarreña. Es por eso que aquella plaza, desde entonces, se conoce por la Plaza de la Hora.

Contemplación -he dejado a propósito este apartado para el final- que sólo podía hacer a través de su único ojo con visión, el izquierdo. Leerán por ahí que el derecho lo perdió, de niña, en desafortunado lance de una sesión de esgrima. Más mentira que el evangelio.
El ojo lo perdió en el transcurso de un partido de fútbol femenino. El entrenador del equipo contrario, Mouzinho, portugués y colega de su marido, enterado de las fogosas andanzas de doña Ana, quiso vengar las afrentas a su amigo y lo hizo metiéndole un dedo en el ojo en el transcurso de una algarada tras que el árbitro pitara un discutido penalti. Sólo le castigaron con dos partidos de suspensión.


De la hora.

Palacio Ducal de Pastrana.- Guadalajara.- Plaza de la Hora.- Balcón de la Princesa.

9/8/11

la cosa esa del Freestyle.

Lo que les voy a contar hoy quizás no represente más que el episodio de babas de un abuelo chocho. Asumiré el riesgo de que así sea.
Con todo, eso se verá pasados unos años, cuando mi nieto… a quien finalmente va dirigido este cristalito, se encuentre en condiciones de leer… y entender, la experiencia mágica –no voy a decir religiosa- de una noche de verano.

Porque la noche del pasado sábado, cogidos de la mano, nos fuimos a ver… como moteros de toda la vida que somos , un espectáculo de Freestyle en el circuito de Cuevas del Almanzora.

Y es que a Sergio le cautivaron las motos desde que vio, y oyó, la primera de ellas en la calle. Él las clasifica en tres categorías, las motos que corren, las motos que saltan… y las demás. En esta ocasión tocaba disfrutar de sus preferidas, las que saltan.

Y los mejores de los mejores, Torronteras, Dylan Trull, Pedro Moreno…, nos hicieron disfrutar viendo la de tonterías que se pueden hacer –sabiéndolas hacer- con una moto. El Torronteras se tiró el detalle, además, de regalarnos una divertida e inesperada sesión de showman vocal.
El Freestyle es un espectáculo de música, luz y acróbatas en motocicleta; el Freestyle es magia.

Empero, el espectáculo, para este abuelo chocho, no estuvo en la pista sino en la grada. En la cara y en los ojos de Sergio, alucinado por la borrachera de sensaciones que se le venían encima empapándole como una tormenta de verano y de la que tuve la fortuna de disfrutar.

Ni siquiera la presencia de un grupo de tontos del culo, sentados a nuestra vera, pudieron amargarnos el rato. Los muy capullos no tuvieron otra idea más original que acudir el espectáculo acompañados de una motosierra dispuesta al sacrificio. Desprovista de la hoja de serrar, la maquinita fue utilizada –hasta la extenuación- como un artilugio de producir ruido. Y tanto ruido produjeron los muy anormales que terminaron por reventar la dichosa maquina, que terminó con las bielas fundidas y el aceite esparcido en los asientos que los descerebrados ocupaban. Ojala hubiera pasado bastante antes.

Sergio, cada vez que veía la intención de uno de ellos de arrancar el artefacto, se llevaba los deditos a los oídos y me miraba como preguntando… ¿tenemos que aguantar esto?.
Pues no tuvimos más remedio que aguantarlo porque no nos fue posible cambiar de ubicación dado que el recinto estaba hasta la bandera. Para el año que viene, si repetimos, ya andaremos más avisaos en cuanto a la ubicación.

Ya casi al final, de postre, como bálsamo infalible para olvidar la banda del motosierra, Hugo Arriazu nos regaló la originalidad de realizar un back-flip pilotando un… quad; lo nunca visto.

Por si a mi cuidado acompañante le quedaba algún hueco donde guardar emociones, a la salida del evento le compré una pequeña moto de juguete -réplica de las que había visto- en uno de los tenderetes que rodeaban el circuito. La noche del sábado durmió sobre esa moto, mientras realizaba arriesgadas piruetas a la luz de los focos.

El mágico sueño de una noche de verano.
Tan mágico como el momento en que Sergio llegue a abrir esta ventana para recordar que, su primera asistencia a un espectáculo de este tipo fue de la mano de su abuelo. Y que su abuelo estuvo encantao.

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5/8/11

la piel a tiras

Disculpen que les hable bajito, es que no me sale la voz del cuerpo… aún.

Desde ayer conozco la sensación –ad litere- de lo que uno pasa cuando le arrancan la piel a tiras.
También sé, esto ya de antes, que el hombre es el bicho que tropieza dos veces en la misma piedra. Pocos días antes de practicarme la vasectomía, un amigo, pongan lo de amigo entre comillas, me aseguró:
-No te enteras de ná.

Llevaba razón. Tras recibir cuatro banderillas negras en el perímetro de los huevos, a modo de anestesia, perdí el conocimiento y cuando desperté –ya en la sala de reanimación- lo mismo daba que hubieran hecho una vasectomía, una ligadura de trompas o una capadura en toda regla. Ni que decir tiene que a este "amigo" no he vuelto a dirigirle la palabra.

Ayer pasó algo parecido. A las cinco de la tarde, hora taurina y premonitoria donde las haya, estaba citado en el Instituto Glamourmen para depilarme la espalda… a la cera.
Vaya por delante que uno es hombre de pelo recio, abundante, varonil, algo parecido al hombre-lobo.
Pregunté si iba doler y ella, candorosa, susurró… un poquito. A los quemados de la Inquisición, a los desollados en el potro, debían decirle lo mismo.
Tendido sobre la camilla, decúbito prono, indefenso, me dejé hacer… y la confianza mata.

La marmita de la cera hervía, y el burbujeo de aquel mejunje anaranjado y espeso me puso la mosca detrás de la oreja; luego vino lo que vino.
El primer alarido se oyó –dicen los vecinos- en casi todo el barrio. Cuando ya el grito no era posible porque mi garganta se había secado, se me escaparon dos lágrimas como puños, y cuando quedé sin lágrimas lo que escapó –creo-, al tiempo de un nuevo arrancamiento en las partes blandas, fue un estruendoso peo que debió sonar a alarma de fusión nuclear porque puso a la esteticien en fuga por los pasillos dando grititos de horror, no sin antes tirar la cuchara en el cazo de la cera y salpicar de mala manera la inmaculada limpieza de la sala.

Esta vez no perdí el conocimiento, aunque si la compostura. Me quejé amargamente a la dirección.

De cualquier forma, la culpa no es mía. Estas cosas se avisan, se previenen, se amortiguan, se citan en la publicidad.
-Mira Juanito, que esto duele.

Y ya uno se hace su composición de lugar y sube a la piedra del sacrificio sabiendo que le espera… si es que sube.
Luego lo quisieron arreglar con masajitos en la espalda, caricias varias y mimos comerciales, pero ya el mal estaba hecho; yo ahí no vuelvo.

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Camilla de terapia del Instituto Glamourmen. El agujero del centro pueden imaginar para lo que es.

17/6/11

la ruta de El Quijote

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Los vientos en esta ocasión nos empujaron a Lagartija y al que les cuenta a las estribaciones de la sierra de Alcaraz, allá por donde don Alonso Quijano, a lomos de su enflaquecido Rocinante, hizo camino al andar tierras albaceteñas. Fue buena cosa presentarnos tan bien pertrechados como acompañados; las aventuras, si son en compañía, son doblemente placenteras.
Esta es también, por ello particularmente entrañable, la tierra de mi colega en las tareas de fotografiar don Francisco García (a) Recesvintus, poseído como yo por el demonio de la imagen; el cual, enterado de tan asombrosa singladura, me ha hecho la promesa de obsequiarnos, cuando sus obligaciones se lo permitan, con algún fragmento del viaje según su particular versión; fragmentos que traeremos aquí en cuanto nos sea posible.

A unos 80 kilómetros de Albacete, Alcaraz resulta una villa compuesta por una Plaza Mayor y unas cuantas casas que la rodean.
A pesar de la simpleza de la definición, que en ningún modo quiere resultar ofensiva para los alcaraceños, no encuentro otra que la defina mejor porque… señores míos, la referida plaza es razón bastante y suficiente para visitar la villa.

También es verdad que pueden admirar las ruinas del castillo árabe, las del acueducto, el santuario de Nuestra Señora de Cortes, la original plaza de toros, la tumba del sanguinario Pernales, la tienda-museo de don Antonio Tébar –con el que intimé al abrigo de la lluvia-, la torre de Gorgojí y, seguramente, algunas excelencias más, pero todas quedan empequeñecidas ante la majestuosidad de la Plaza Mayor, con sus torres de la Trinidad y el Tardón, los arcos de las tres lonjas y el portillo del Arco de Zapatería, que duermen todos vigilados por la atenta mirada de don Andrés de Vandelvira, verdadero impulsor de estas maravillas y cuyo busto se encuentra frente a la puerta de la iglesia parroquial.

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Esta vez fijamos nuestro cuartel general en el Hostal Mirador Sierra de Alcaraz. Del lugar destacaremos su patio interior y el comedor, de los que dejamos muestra gráfica por aquello de que más vale una imagen.
Llegados a la posada en la tarde del jueves santo, fue parar el motor del coche y abrirse los cielos hasta el punto que mucho dudamos que al día siguiente pudiéramos cumplir el objetivo que hasta aquí nos había traído, biciclear la Vía Verde de la Sierra de Alcaraz.

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Guarecida Lagartija y sus compañeras en las cuadras, me dispuse a una primera toma de contacto con el paisaje y el paisanaje. Dado que la lluvia torrencial que caía me impidió lo primero, prosperé en lo segundo, teniendo la fortuna de conocer a don Antonio Tébar, un pedazo viviente de la historia de Alcaraz que me impartió algunas lecciones sobre aquel sitio. Una historia, un lugar, que él pretende resumir en su tienda-museo, en el número 15 de la calle Mayor.

A la mañana siguiente la lluvia continuaba persistente, pero se abrían grandes claros al oeste. Ello nos animó a enjaezar las cabalgaduras y preparar la partida.
El trayecto a recorrer era desde Alcaraz a El Jardín y vuelta, sesenta y pocos kilómetros en total, por una vía perfectamente acondicionada pero escasamente –muy escasamente- informada. Baste decirles que para encontrar el inicio de la Vía, en las proximidades de Alcaraz, hubimos de implorar la intervención de la Virgen de Cortes, vecina del lugar.
A nuestras preguntas al paisanaje sobre el porqué de la inexistencia de señales, se nos advirtió que “no hacían falta”, ya que “todo el mundo” conocía cómo y por dónde se llegaba a los lugares que buscábamos.

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La vereda se inicia con uno de los numerosos y largos túneles que jalonan el recorrido. En la mayoría de ellos no funcionaba la iluminación, pues esta se alimenta de placas solares y, como ha quedado relatado, el tiempo no estaba para bromas. Tanto es así que tuvimos que guarecernos en él mientras preparábamos los aperos de guerrear… digo, viajar.

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De cualquier forma, del rey abajo ninguno, una vez sobre el viaducto de Solanilla dejó de llover y pudimos hacer el resto de la ruta con los neumáticos de seco.

De admirar el referido viaducto (una grandeza), el firme de la totalidad de la vía (ya puede caer agua que la resistirá gracilmente), la trinchera derruida del Salinero, las estaciones ruinosas del Salinero y El Jardín, la reconvertida en alojamiento rural de El Robledo, la laguna del Arquillo y la arboleda de Los Chospes.

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Llegados a El Jardín, con más hambre que pillabichos, resultó clamorosa –nuevamente la falta de información- la ausencia de carteles indicadores de por donde quedaba la zona de restauración. A falta de estos carteles, tuvimos la desventura de conocer un erudito de la ruta que nos aseguró que, a las dos, fijo que llovía. E iba a llover de forma cierta porque su Aipod de la leche estaba conectado con no sé cual satélite –pa satélite él- que así lo aseguraba.
Ante esta más que cierta predicción, logró meternos las cabras en el corral, y nos apresuramos en la vuelta; dejando atrás –según conocimos luego- una excepcional área de servicio de la carretera N-322, que se encuentra oculta por un bosque de chopos y a la que la generalidad de los cicleros no llega porque no se encuentra ni medianamente informada. Ya nos quedó claro al inicio que no hacen falta tales indicadores; to el mundo sabe donde están las cosas.

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Una vez en el Robledo, ya de vuelta, acuciados por el mordisco de la hambruna, y ante la permanente ausencia de información sobre el particular, abandonamos de forma temporal la vía verde y nos internamos en la carretera N-322 que nos llevó a la Venta Bonanza, donde comimos de lujo por precio de pobre. Recomendamos sinceramente el lugar y el gazpacho manchego que allí nos ofrecieron. Para el profano, advertir que nada tiene que ver –y menos que nada en el nombre- con el gazpacho andaluz, pues una es comida de invierno y la otra de verano.

Bien comidos y bebidos, muy a nuestro pesar, nos vimos obligados a cabalgar de nuevo para regresar al punto de partida, objetivo que logramos sobre la hora torera de las cinco de la tarde y sin que cayera una gota sobre nuestras monturas; detalle este que deja en bochornoso lugar al erudito del Aipod.

Fue luego, las cabalgaduras ya en los corrales, duchaos… limpiaos y perfumaos, más bonitos que un san luis, cuando el cielo decidió que el tiempo de clemencia había concluido. Pero para entonces ya estábamos sentados a la mesa de una cafetería en la calle Comedias, haciendo los honores del típico atascaburras.
Y con un atascaburras en el plato, ya puede caer agua.

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13/6/11

sucesos.

Como este año sólo vivo para mis alergias, y es mi deseo que esto no se convierta en la “Guía Perfecta del Ciclero Piltrafilla”, parece el momento oportuno de añadir, a forma de cristalito y por aquello de la variedad, el sucedido que me acaeció hace tan sólo unas horas.

La primavera, o la madre de todas las primaveras, me tienen acogotado. Paso el día en un estornudo, me pican atrozmente la nariz, los ojos y la garganta, duermo mal y navego el día en un estado de semi inconsciencia mas propio de un ser de ultratumba que de un gentleman decente. Tanto es así que mi compañera sentimental es una caja de kleenex.

Para colmo, en un acceso irrefrenable de estornudos, la última costilla flotante se me ha clavado en el músculo serrato y estoy en un dolor que se origina en el costado, se eleva por la subclavia hasta el cerebro donde riza un rizo, baja por el oblicuo mayor, se pasea por la pelvis, desciende por una pierna pellizcando el pectíneo, asciende por la otra, me muerde en los huevos y vuelve a clavarse en el costado dolorido.
Con estos antecedentes, resulta que a tenor del tiempo entre primaveral y ártico que disfrutamos en el sur del sur, en mi empresa es preceptivo trabajar con camisa y corbata.
¿Cuándo se ha visto un tarugo con corbata?

A uno, que en su tosquedad, también es alérgico a los trajes y a las corbatas, se le juntó el hambre con las ganas de comer.
La cosa ya empezó a torcerse cuando, después de hacer el nudo de la corbata como media docena de veces, sin encontrar la longitud adecuada, opté por llevarla al modo de Pepe Targa, esto es, ligeramente larga. Se complicó cuando, con cien tareas por atender, decidí que el ir a mear podía esperar un poquillo más.
Cuando el poquillo más ya no daba más de sí, me encaminé -de urgencia, con los rotativos y la sirena puesta- al baño. Pero el baño estaba ocupado.
Y tuve que esperar otra miajilla.
Y la alergia me agarraba ya por la nariz, por los huevos y por la churra.
Cuando por fin pude entrar al baño, la urgencia había pasado a ser angustia.

No sabremos nunca si fue debido al estado de somnolencia producido por los antihistamínicos, a la precipitación propiamente dicha, o a que la tengo chica y escondía, en definitiva dificultosa de encontrar; el caso es que me vine a mear en el pico de la corbata.
¡Una porquería!

Si un tarugo con corbata es algo bochornoso, un tarugo con la corbata meada es algo deleznable. Opté pues -otra alérgica decisión-, por quitarme la chalina, hacerla un rollo y meterla en mi bolsillo.
Cuando salía del baño, meado, cabreado, y descorbatado, me di de bruces con el Gran Jefe Malrayoteparta.

El Gran Jefe, que no es alérgico, que no tiene mil asuntos que atender porque ya se los atienden otros, que tiene un baño para él solo, y que claro está, no se mea encima, me reprochó de forma explícita y con mucha mala follá que me paseara por ahí sin corbata.

Entre pegarle una patá en los huevos o pegarle una patá en los huevos, vine a decidir -hago memoria y creo que con enajenación mental transitoria- patear la puerta de mi despacho. A resultas de ello, he agujereado la puerta y tengo un esguince en el tobillo derecho.

Y no sé que hacer con la corbata meada.

7/6/11

la legua de oro.

Mientras el Bosco Chico se dejaba el pellejo del culo en la Vía de la Plata, intentando alcanzar a lomos de su rucia la plaza del Obradoiro y, ya de puestos, pasarle la mano por el lomo a Santiaguiño –otros caprichos más tontos se han visto- uno disfrutaba de otra recién descubierta ruta, esta mucho más cómoda y llevadera, que discurre a nivel del mar entre el paseo marítimo de San Pedro de Alcántara y el puerto pesquero de Marbella. La Legua de Oro, que dirían los pijos; treinta kilómetros –ida y vuelta- rodados mientras el mar te abraza, lejos de coches e infernales artefactos y, sobre otras muchas cosas, un regalo para la vista.

Esta ruta, que un día llamé la del boquerón, por discurrir junto al mar malagueño, se la dedico a mi amigo Roque, empeñado en hacerme subir a no sé que escarpados nidos de águilas y a mi amigo Antonio Atienza, también empecinado en hacerme subir al castillo del Nicio. A la vista de lo que les voy a mostrar, entenderán sus mercedes que ni águilas ni castillos; lo mío son los niveles cero.

30bicipedro
-iniciamos la ruta en el paseo marítimo de San Pedro; facilidad de aparcamiento y sombra para el vehículo en el que arrastramos la bicicleta.

41bicipedro
-vadeamos el río Guadaiza

1bicipedro
-rodaremos por pistas de albero

37bicipedro
-visitaremos a don Juan de Borbón

26bicipedro
-y haremos la ola con el cirigallo del puerto Banús

25bicipedro
-vadearemos el río Verde atravesando su afamado puente colgante

32bicipedro
-disfrutaremos del enorme placer de rodar sobre madera

3bicipedro
-viviremos el glamour

35bicipedro
-… y el glamour

14bicipedro
-seremos un tanto cosmopolitas

… y sobre otras muchas cosas, y antes de llegar al final del la vía e iniciar el camino de vuelta…

17bicipedro

… disfrutaremos de las vistas
20bicipedro

… seguiremos disfrutando de las vistas
10bicipedro

… y se nos nublará la vista…
12bicipedro


¿A qué castillo queríais subirme ustedes?