Buscar este blog

DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

4/12/16

nihil prius fide

Hoy, 1º de diciembre de 2016, he hecho testamento.
Que no es que entre dentro de mis planes inmediatos morir de aquí ha pasado mañana, pero era algo pendiente a lo que ya dejé de dar largas.

A partir de esta mañana, mis herederos lo tendrán un poquito más fácil a la hora de sustraer de las garras de Hacienda los derechos sobre los cuatro cortijos, el chalet de Matalascañas, el de Puente Romano, el piso del Paseo de la Castellana con derecho a palco en el Bernabéu y las acciones del Club de Golf de Sotogrande. No entran en esta relación los medios de locomoción (el jet privado, el yate y los coches) porque funcionan todos en modo renting.

La cosa sería mucho más fácil si bastara con un papelito firmado por mí en el que yo te lo dejara a tí. Pero se trata de complicar el asunto. Complicarlo hasta la exageración. Y eso, doy fe, sólo lo puede hacer un notario.
Porque sólo un notario puede enrevesar la digna lengua de Cervantes hasta el punto que no logres entender nada de lo que allí hay escrito. Eso sí, te tienes que fiar porque para eso lo ha escrito el notario.
A cambio de tamaño enrevesamiento, el notario te sopla cincuenta euros del ala y te desea larga vida y prosperidad.

Por si creen que he exagerado un pelín siquiera el asunto, les he fotografiado una de las claúsulas del testamento en cuestión: Si de verdad hay algún cristiano que entienda lo que ahí pone, ruego encarecidamente que le den no ya una estrellita de la fama, sino el firmamento entero.
Y de título: Iluminado por la sabiduría.

16nov-200*

12/11/16

lo del Cristo

Otra vez va de sentimientos.
Tan de cerca y tan de lejos.
Al hilo de los capillitas sevillanos, del lánguido de Bécquer, hablaba el otro día con un colega allende el Guadalquivir acerca del color especial.

Esta gente, los sevillanos digo, no tienen bastante –nunca lo han tenido- con la semana santa, la feria, el rocío, la navidad, la escapada a Matalascañas y los toros en La Maestranza.

Lo de ayer fue de traca. Esas calles llenas de gente llorosa paseando el Cristo, un Cristo, por el centro de la ciudad… es pa arremangarse. La televisión andaluza, que esa es otra, subtituló el reportaje como “acontecimiento histórico”. Al día siguiente aún no había dimitido nadie. Doña Susana dice que la televisión, su televisión, es de TODOS los andaluces.

Nadie quiera ver en mi comentario una falta de respeto, ni mucho menos. Debo puntualizar que estos excesos de fe, de pasión, o de lo que ustedes quieran llamarle, a mí no me parecen mal. Es más, los respeto y casi los envidio. La pasión es algo que siempre he admirado; tanto me da que sea a la Macarena como a la camiseta del Betis. No sería yo quien les quitaría de las calles ni de las puertas de las capillas.
Pero estos arrebatos me caen tan lejos como la danza Haka de los maorí de Nueva Zelanda. Y, desde luego, le doy el mismo valor.

Seguramente por ser conocedor de eso, mi amigo, el becqueriano, me transcribió una historia real que sacó de un diario sevillano. Quiero que mis nietos la conozcan algún día.

En Sevilla, en el 2009, se ha muerto el último protagonista de una leyenda becqueriana.
Bécquer, después de muerto, siguió escribiendo en su tierra rimas de amor en forma de vencejos de la primavera y leyendas trágicas y hermosas en forma de un trozo de dolor en la vida de un gran delantero centro del Sevilla F.C.

Este último becqueriano que se ha muerto era Juan Araujo Pino, aquel 9 glorioso al que llamaron "El Pato" porque corría sobre los talones hacia el área contraria, en la mítica alineación del viejo Nervión: Bustos, Guillamón, Campanal, Valero, Ramoní, Enrique, Liz, Arza, Araujo, Domenech y Ayala.

El Pato Araujo colgó un día sus botas de delantero centro y su camiseta con cordoncillos como de pescadora playera, y puso un garaje.

Tenía una vida próspera, cuya felicidad... ay, pronto se vio truncada con la grave enfermedad de un hijo. Lo llevó a los mejores médicos, sin que hallaran remedio. Con un hilo de esperanza en su desesperación, acudió muchas tardes a la iglesia de San Lorenzo, a pedirle al Señor del Gran Poder que lo curara. Un día y otro, hasta que el pobre muchacho murió. Entonces, enrabietado por el dolor de la guerra de la vida en la que los padres entierran a sus hijos, fue de luto a San Lorenzo y, encarándose con el Gran Poder, le dijo:

-Que sepas que ya no vengo más a verte porque no has querido salvar a mi hijo. Así que si quieres verme, vas a tener que ir tú a mi casa...

Pasaron los años. Se celebró en Sevilla una Santa Misión en la que las imágenes de Semana Santa fueron llevadas a los barrios, para mover la devoción. Y llevaban al Señor del Gran Poder en modestas andas hacia Nervión cuando la noche se abrió en agua. Los hermanos que portaban al Señor buscaron inmediato refugio para la imagen bajo la tromba. Y vieron la puerta de un garaje. Llamaron. Era el garaje de Juan Araujo, quien oyó los intempestivos aldabonazos. Bajó a abrir, preguntó quién era y oyó que le decían desde el tormentón:

-Venimos con el Gran Poder, abra, por favor, para que no se moje el Señor. 

A Juan Araujo le entró por el cuerpo un repeluco de emoción muy distinto a cuando marcaba los goles de cabeza al Atlético Aviación. Recordó sus palabras encorajinadas por el dolor en la iglesia de San Lorenzo, abrió la puerta y se encontró con el Gran Poder que, como cumpliendo un desafío de Hombre, venía a verlo a su casa.

Juan cayó de rodillas y lloró. Como habrá llorado ahora, en los verdes campos del Nervión definitivo, cuando se haya encontrado de nuevo al Gran Poder y, esta vez sí, con aquel hijo que murió.


Hay veces en que la muerte es una devolución de visita.


13sevilla-28ph
-un Cristo sevillano

Otro amigo allende el Betis, al hilo de este Cristalito, me hizo llegar esta foto del Garaje Araujo -ya derribado- allá por el año 1973. Lo inserto a modo de documentación y fe notarial de lo que contamos. Si, listillo, me pregunta cómo pretendían meter la imagen por la puerta del garaje, les diré que en aquella ocasión -como quedó dicho- el Cristo era trasladado no en su trono, sino en andas o parihuelas que facilitaran su paso por los barrios de Sevilla.

gar-araujo*

... de bien nacido, es ser agradecido.

Lo decía mi abuela, doña Concha.

Ha muerto Leonard Cohen. Un artista dicen que genial, pero un mejor hombre.
Y su muerte –por ecos del pasado- me ha traído a la memoria, otro tipo, un ingrato patético llamado Fernando Trueba que no ha mucho me insultó públicamente como persona y como español.
Alguna de sus mercedes dirá que no fue para tanto, y estará en su derecho. Yo también estoy en el mío, de sentirme ofendido. Aún perdura la ofensa… digo.
No les voy a remitir a la vomitona del tal Trueba, pero sí al discurso de Cohen el día que recogió su Príncipe de Asturias.
Hoy, en que los cielos se cierran sobre mí, terminando una etapa de mi vida, apenas sin tiempo para rezar por él un PadreNuestro al dios en el que no creo, sin música y sin foto, les leo…


"Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades,
Miembros del Jurado,
Distinguidos premiados,
Señoras y señores,

Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero lo haré lo mejor que pueda como artista en solitario hoy.

Anoche me quedé en vela, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las chocolatinas, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras. No creo que tenga que hacer referencia a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación. Pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de mi gratitud; creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y voy a intentarlo.

Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles, tenía cierta sensación de inquietud porque siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.

Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: «Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia». Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.

Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.
Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.
Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.
Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.
Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.

Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: «Déjame oírte tocar algo». Yo intenté tocar algo, y él dijo: «No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?». Yo le dije: «No, la verdad es que no sé tocar». «En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada», dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: «No es una mala guitarra». No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: «Toca ahora». No pude tocar mejor, la verdad.
Me dijo: «Deja que te enseñe algunos acordes». Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: «Ahora hazlo tú». Yo respondí: «No hay duda alguna de que no sé hacerlo». Y él dijo: «Déjame que ponga tus dedos en los trastes», y lo hizo «y ahora toca», volvió a decir. Fue un desastre. «Volveré mañana», me dijo.

Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.
Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.

Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.
Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.
Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.

Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.
Muchas gracias, señoras y señores".

10/9/16

Otra vez Las Nutrias

Charca de las Nutrias

Fue el 1º de septiembre de 2012 la última vez que subí a la Charca de las Nutrias.
Ni me acordaba ya lo lejos y lo alto que estaba. Dios bendito. Y con la caló que jase.

La zona norte de Estepona presenta una orografía atormentada. Muy atormentada. Las estribaciones de Sierra Bermeja llegan prácticamente a la playa y ello hace que, cien metros adentro, ya te encuentres unas cuestas del copón.
Así, la Charca de las Nutrias es uno de los lugares a los que nunca te podrá acompañar quien no esté por pasar antes un mal rato... o dos.

Entre el lugar donde iniciamos la ruta y el escondrijo en que dejamos las bicicletas, tienes tiempo sobrado de echar el bofe y recoger tu corazón de la cuneta como media docena de veces.
Después de subir 12 kilómetros hacia el norte, hay que dejar las bicicletas –bien candadas, desde luego- y subir el curso del río Castor, como dios –con minúsculas- y la Naturaleza –con mayúsculas- te van dejando.
Lo dicho… sólo para adictos.

Como esta vez no llevábamos más que las zapatillas de ciclismo optamos por bichear en vez de vadear. Esto nos obligó a subir escarpadas rocas cortadas sobre el cauce del río con el muy cercano peligro de perder pie y terminar donde no querías… con las zapatillas mojadas. Ello en el mejor de los casos, que es caer en el agua. El peor no conviene siquiera imaginarlo.

Es verdad que merece la pena. Una vez en la Catedral que supone este rincón del río Castor, el tiempo se detiene. El silencio sobrecoge; sólo se oye el correr del agua de la cascada que alimenta la poza. Una piscina de agua fría y clara se ofrece a tus ojos y tus agostados músculos. Nadie se puede resistir al baño.
No importa no hayas traído traje de baño; no lo vas a necesitar.

nadar y guardar la ropa

Naturalmente también tengo fotos en bolas; pero La Vidriera se encuentra en permanente horario de emisión infantil.
Lo que sí vendría de perlas –y tomo nota para la próxima- es hacerse de unos escorpines, los zapatos esos ideados para bañarse en playas donde la arena brilla por su ausencia y son las piedras las que te joden los pies. Me han dicho que los venden en el Decathlon.

La vuelta es más fácil. Los deberes hechos, el espíritu reconfortado, el desnivel medio en descenso, Julieta vuela buscando la línea de costa. No estaría de más echar el casco para la vuelta; por si un acaso.

16nutrias-4*

1/9/16

¡¡¡ EUREKA !!!

Escribir de uno mismo –o de sus obras- en un lugar como este puede perseguir un fin exculpatorio, de reconocimiento, o justificativo. En cualquier caso, lo que si representa es un ejercicio de pedantería. Y aunque asumo el último, rechazo de plano los tres primeros.
Deberán tomar este cristalito como el ¡eureka! de Arquímedes; sólo que a mí no me verán correr desnudo por las calles; no estimo la cosa para tanto.


Convendrán sus mercedes conmigo en que cualquiera podría afirmar que un cuadro es de Dalí sin ver la firma.
Cualquiera puede asegurar que un texto está escrito por Pérez Reverte, sólo leer los dos primeros párrafos.
Cualquiera también puede aventurar que una fotografía es de Domingo Leiva o Ramón Masats sin más que ponerle los ojos encima.
Y Dalí, Reverte o Leiva pudiera ocurrir que le caigan a Cualquiera talmente como el culo. Pero una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra.

Todos los que andamos en el mundo del artisteo, seas profesional o por pura afición, persiguen aquello que se da en llamar definición de estilo. Podrá gustar más o menos, de aplaudir o abuchear, pero si consigues trazar un resultado definido, estas bastante cerca de la meta… dando por sentado que a la meta no se llega nunca.

Tengo motivos, subjetivos, para estar contento.
¡EUREKA! Estoy bastante cerca de conseguir lo que quería, alcanzar lo que tanto perseguía y adoptar, definitivamente, una definición de estilo. Fotos que son tales, pero con ínfulas y sueños de pintura, dibujo, quizás de comic; donde el color cobra protagonismo –la vida es en color- y los perfiles se acentúan como lianas que pretenden amarrar al espectador.

Ello no podría haber sido posible, evidentemente, sin las herramientas adecuadas. Estas herramientas no son otras que el Photoshop, el plugin de filtros de Nik Collection y alguna pócima más de las que guardo en el más íntimo de mis baúles.

Hay, habrá, algunos lienzos que no admiten el tratamiento ni a las malas. Paridos igualmente, siempre serán hijos bastardos a los que reconoces, pero quieres un poquito menos y casi te da vergüenza presentarlos en sociedad. Son esos que alguno de ustedes pediría… no lo toques por favor.

Les dejo dos ejemplos de los primeros, de los queridos, de los que me llenan el alma de gozo y justifican, al fin, una jartá de años de desvelo.
Podrías decirme… ¿y tanto para esto? Pues sí, primo, tanto para esto. Que no se trata que te guste a tí –que si también, mejor-, se trataba de llenar mis ojos con los colores de mi paleta.
Y que tú, crítico sañudo y feroz, al contemplar mi obra, pudieras decir dándotelas de chulo:
Esto lo ha perpetrado el Mairena.

Calle Mayor
Calle Mayor de El Burgo de Osma, Soria. La piedra y el alma castellana, tan sola, como protagonistas.

el vendedor de nardos
Pensé llamarla La Violetera; pero algún insensible me reprocharía una inexistente falta de respeto. Así que la he llamado “el vendedor de nardos”. A las puertas del Santuario de la Virgen del Mar, los ofrece, casi por la voluntad, a los que no sabemos rezar.

25/7/16

Gorrioncillo

Música para acompañar,



Lo encontré a las once de la mañana cuando salía de casa. El calor ya apretaba y el futuro, pese al sol, por el sol, se presentaba francamente quemado.
Intenté agarrarlo pero aún era pura chulería. Aunque caído del nido, el mundo parecía ser suyo. No hubo manera. Así que, reclamado por ineludibles obligaciones, allí quedaron… él y el mundo.

Cuando volví a casa, sobre las cuatro de la tarde, el sol no es que quemara, es que fundía el acero. Pero el gorrioncillo continuaba allí. Ya menos chulo, menos saltarín, con menos ganas de juerga. Pero aun así no le pude poner la mano encima; se refugió bajo una jardinera y acabamos el segundo asalto.
Con todo subí a casa, llené un pequeño cuenco con agua y lo puse en las cercanías del fugitivo. A mi modo de ver las cosas, algo así como un aro salvavidas.

Cuando desperté de mi breve siesta volví a bajar. El jodio gorrión me estaba dando el domingo. Próximo al k.o. continuaba en el mismo lugar, bajo la jardinera. El agua ni la había tocado. Esta vez me metí en faena. Aparté la jardinera y le eché mano cuando ya los gatos del entorno se relamían. Lo subí a casa y lo vaporice con agua a temperatura ambiente. Pretendí, sin conseguirlo, que bebiera un poco de agua.

Y ahora… ¿qué coño hago yo contigo?

Ni pensar colocarlo en la fachada oeste, la zona por donde habría caído de su nido; allí el sol daba de pleno y moriría de pura insolación. Así que lo lleve a la norte, a la sombra, y lo coloqué en el alfeizar de una ventana, sobre una maceta de cintas… cerré cuidadosamente la ventana y… a esperar.

16jul-123*

A los diez minutos comenzó a emitir lastimeros pio-pios de auxilio. A los quince llegaron los que supuse eran sus angustiados padres. Hice un par de fotos… desde la lejanía… y me retiré; no quería poner en peligro el rescate.

Durante más de una hora los dos gorriones adultos no hicieron más que ir y venir hasta el pequeño. Le alimentaron, le sobaron, le empujaron creo que con la idea de que echara a volar. Pero no había manera. Del tipo chulo de la mañana no quedaban ni los mimbres.
De verdad de la buena que me tenía preocupado.

16jul-124*

Tuve que ir al baño, tomarme un café, vivir.

Cuando volví el gorrioncillo no estaba; pero aún revoloteaban por allí los padres. Quiero pensar, debo pensar, que en un arranque de coraje, determinación o suerte, echó a volar y no le veré más las plumas. Y quiero pensar que hice lo que pude por él.
En ningún momento se contempló la posibilidad de encerrarlo en una jaula o una caja de cartón. Así que…

Como lo cortés no quita lo valiente luego disfruté con la faena de López Simón al sexto de la tarde en el coso del Puerto de Santa María. ¡Que torero!

-Quien no ha visto toros en El Puerto, no sabe lo que es un día de toros (Joselito el Gallo, filósofo y torero).

Nota del día después:
No sobrevivió. Lo encontré al día siguiente, muerto, en la rampa de acceso al garaje; bajo la ventana.
El Dios de los gorriones anda tan despistado como el nuestro.
Y a mí me queda el reconcomello de haber podido hacer algo más.

8/7/16

Cincuenta años no es nada... o si.

Esto lo he debido escribir en otro lado. Pero no lo encuentro; ni en La Vidriera ni en parte alguna. Así que, dixit doña Concha, quien no tiene cabeza, las piernas que no le falten. Y si alguien tiene pruebas de la repetición, le rogaría me documentara.

Un lejano día mi padre decidió viajar de Málaga a Huelva, para visitar a su hermana Teodora. Mi padre, poco viajero, tomó –y nos hizo tomar- aquel viaje como el de Colón al Nuevo Mundo; sólo le faltaba la carabela. Ya de paso, recalamos en Sevilla, donde dejamos besos, sudores y otros apechusques; también era verano.

Tendría entonces unos 13 años, y conservo una foto en los Jardines de Murillo, junto al monumento al Descubrimiento. El año pasado, que volví a pasar por el lugar de la mano de Nikita, me autofotografié –pura Vivien Maier- delante del mismo monumento; más de cincuenta años separan esas dos fotografías. Ya, evidentemente, no estaba el fotógrafo de la bata blanca y la silla plegable. El acompañante tampoco.
Pero cometí un error; me autofotografié del lado contrario, cosa que advertí en el procesado de la imagen y cuando el daño ya estaba hecho. Es que habían pasado unos cuantos años.

La semana pasada tuve ocasión de enmendar el entuerto, y aquí lo documento. Esta vez, las dos fotografías están tomadas desde el mismo lado. Y aún puedo dar gracias a los dioses porque, a pesar de todo, los años no me trataron mal.
Como dice la canción, cincuenta años –o más- no es nada.
O sí.

15mar-86ph

16sevilla-15