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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

19/4/17

la Mina Conchita

El camino a todas las cosas grandes, pasa por el silencio.
Nietzsche.


Fué el día del Señor del 16 de abril de 2017; Domingo de Resurección, para los creyentes. 
Después de recoger por dos veces mi corazón de la cuneta, convine conmigo mismo que, de no matar al Sherpa, el Sherpa… un día de estos, me mataría a mí.

Pero esas cosas no se hacen con los amigos; a los amigos se les disfruta, o se les sufre, sin importar de qué lado sopla el viento. Incluso amigos, que como este, te digan convencidos que cada paso que les aleja de la civilización, del tráfico, del ruido, de la muchedumbre, le acerca más a Dios. Que es tanto como decir que les acerca a ellos mismos.
La banda sonora de estos guacabaud’s, es evidente, sólo puede ser el ruido del viento o el respirar de la naturaleza. Hay días, o ratos, en que comparto esa teoría.


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Sentados estos antecedentes, estas premisas aceptadas, la idea era volver al Nicio. El Nicio es una muerte a pellizcos que escribimos en el año 2012 y que pueden encontrar en este mismo blog (octubre 2012).

Pero alcanzadas las primeras cotas, el Sherpa se me vino arriba:
-Oye, Juanito, que digo yo que el Nicio ya lo conoces. Qué te parece si en vez de ir allí vamos a la mina Conchita.
-Qué coño es la mina Conchita?
-Una mina de wolframio abandonada; una pasada.
-Y eso qué esfuerzo supone?
-Bah… facilito… más o menos el mismo que subir al Nicio… pero vamos despacito y, ya sabes, donde no llegan los pedales llegan las zapatillas.

Pues vamos. 
Se ve que el no estar aún lo suficientemente cansado, no acordarme de anteriores sufrimientos, la llamada de la naturaleza, el cariño a la aventura o, definitivamente, que me va la marcha, me hizo aceptar la apuesta.

Dejamos la ruta del Nicio a la derecha y tras vadear el río Padrón comenzamos la subida al Puerto las Palmas, antesala del camino que nos llevaría a la mina. Aún éramos felices.

Parece oportuno hacer un paréntesis para contarle, siquiera sea brevemente, los antecedentes del lugar que luego íbamos a visitar. De cualquier manera, el lector viborilla podrá encontrar en la red numerosos trabajos que la estudian y de los que, al final, ofreceré bibliografía.

“La mina Conchita, bautizada así en honor a una de las hijas de Domingo de Orueta, su descubridor, se sitúa en la falda oriental del Cerro del Lentisco, en el corazón de la Sierra Bermeja, y a unos 800 metros de altura sobre el nivel del mar. De ella se extrajo la schelita, mineral de color caramelo claro del que se obtiene el wolframio o tungsteno, material de extraordinaria resistencia por lo que se empleaba en las aleaciones de acero para la construcción de tanques de guerra.
El descubridor, ingeniero malagueño, llegó a explotar la mina en los años veinte, pero de forma puramente artesanal. Fue más tarde, durante los años 1944 y 1945 –Segunda Guerra Mundial-, cuando se aceleró la producción, vendida íntegramente –con la oposición de los aliados- y a cambio de oro al gobierno de Hitler. El uso que se le dio al wolframio está constatado. No así el destino del oro que se recibió a cambio mientras en España se instalaba la más jodida de las hambrunas”.

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Hacía rato que habíamos dejado atrás y a la derecha las alturas en las que se asienta el castillo del Nicio cuando convinimos, vista mi falta de fuelle, que sería lo más sensato dejar amarradas las bicicletas y continuar la subida a golpe de zapato. Era eso o la mariconada de volver sin consumar. Esa fechoría aún no está escrita en nuestro vocabulario.

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jara pringosa

Comprendo a mi amigo cuando se entrega a estos paisajes. La naturaleza se presenta exuberante y donde no se cubre de pinadas lo hace con lujuriosas extensiones de cistus ladanifer o, lo que es lo mismo, jara pringosa; que en esta época del año lucen en todo su esplendor.

Al final haríamos unos tres kilómetros a pie. La antesala de la propia mina la constituye la Casa del Minero, muy bien conservada, junto a la cual se encuentra una piedra tallada que despertó mi curiosidad. La fotografié pensando que luego, en la red, encontraría los porqués de la misma. No ha sido así, pero dejo la foto por si alguien puede alumbrar en el pozo de mi ignorancia.

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La entrada principal de la mina, por razones obvias, se encuentra cegada. El único acceso a la misma se realiza a través de un respiradero. Dada la falta de entibación de las galerías, la antigüedad, las filtraciones y todos los impedimentos que a vuesa merced se le pudieran ocurrir, está absolutamente desaconsejada la entrada a su interior. Aviso a navegantes.

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Allá anduvimos, como Pedro por su casa, olisqueando en las escombreras de la mina, o entre la maleza, ignorante entonces –por omisión del Sherpa- de lo que más tarde conocería a través del testimonio de un visitante anterior:
“La mina está en muy malas condiciones ( mucha precaución ) y creo que la visita merece la pena, no penséis en hacer grandes hallazgos, porque es en las escombreras donde podéis encontrar englobadas en la dolomita y las calcitas espáticas : Bismuto, Scheelitas, Condroditas, y diferentes Teluros, etc . En los últimos años ha disminuido el tamaño de los ejemplares , encontrar cristales de más de 1cm es una grata sorpresa. Lo que si podéis encontrar en mayor o menor medida son los Alacranes que en esta zona abundan (he contado en una noche de verano más de 40 individuos de diversos tamaños en 50m2)”.

De haberlo conocido hubiera hurgado debajo de las piedras por ver de traerme un ejemplar para documentar este cristalito. Y, sobre todo, hubiera tenido mucho más cuidado respecto del lugar donde ponía los pies… o el culo.

Capítulo aparte merece, “ya que estamos aquí”, la visita a Juan el Eremita, amigo de mi amigo el Sherpa. Y aunque los amigos de mis amigos no son mis amigos, creo que la visita mereció la pena aunque fuese a cambio de las pocas fuerzas que ya me quedaban.
Este eremita, desprovisto de cualquier componente religioso, habita un poco por debajo del nivel de la mina y en perfecta comunión con la naturaleza. Vive de lo que la tierra le da. Mantiene algunos animales y cuida el huerto del que se alimenta. Nunca baja a la civilización. Tiene agua, obtenida de los acuíferos de la zona, pero no corriente eléctrica. Se cobija en un cortijillo en consonancia a su persona y modo de vida y su única familia son los cuatro perros que siempre le acompañan.
Me cuenta el Sherpa que, de cuando en cuando, un cuñado del eremita sube desde Estepona y le trae tabaco o algún otro lujo de escasa necesidad. De paso comprueba si está vivo.


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Me abstuve, por descontado, de hacer ningún tipo de consideración.
El lector, por su parte, puede hacer las que le venga en gana. Incluso puede, si le apetece, dejarla aquí para que la conozcamos.

Luego tocaba hacer el camino de regreso. Mucho más liviano.
Liviano por la satisfacción del objetivo conseguido y porque una vez alcanzado el lugar donde estaban amarradas las bicicletas, costaba poco más de media hora llegar al nivel del mar.

Y si la aventura termina de este modo,

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… es que merece la pena vivir la aventura.

Gracias, Antonio. Las posibles quejas que hayas podido leer no son sino un ejercicio de estilo; requisito imprescindible para mantener entretenido al personal; miserias de la profesión de cuentista.


DATOS OBTENIDOS DEL GPS -RUNTASTIC-:
Hora inicio; 8.42 a.m.
Distancia alcanzada; 22'79 kms.
Tiempo empleado: 4h 13m 16s
Altura ganada; 779 metros
Velocidad media; 5'40 kms/h
Velocidad máxima; 46'8 kms/h

BIBLIOGRAFÍA:
1. https://static1.squarespace.com/static/54be61f8e4b096702d5145f5/t/555527c9e4b0eca34182cd3f/1431644105266/T2-01-Juan_Carlos_Romero_pp_9-39.pdf
2. http://www.mtiblog.com/2013/10/mina-conchita-estepona-malaga.html

10/2/17

naufragios

-Sobre la tumba de un marino no florecen rosas (Joachim Lehnhoff)
-Todo español de bien debe mear siempre mirando hacia Inglaterra (Blas de Lezo).

Tal día como hoy, de 1895, desapareció en aguas del estrecho el buque de la Armada Española “Reina Regente”. Hace la friolera de 122 años. Con él desaparecieron sus 412 tripulantes.

El buque, la estrella de la corona, pero según los entendidos en la materia mal concebido y peor realizado, no tenía más de siete años. Se había desplazado el día anterior desde Cádiz a Tánger para trasladar a una delegación marroquí. Urgía su regreso a Cádiz para unirse a los festejos por la botadura de otro buque, el Carlos V. Así, a la diez de la mañana, se hizo al viaje pese a la mala mar y al aviso de una gran borrasca en la zona.
Oficiales de otros buques que buscaban abrigo y se cruzaron con el Reina Regente, relatarían que evidenciaba claras dificultades de maniobrabilidad. El mar lo debió engullir entre las 12 del mediodía y las tres de la tarde.

Durante días se alimentó la esperanza de que el buque se hubiera podido refugiar, finalmente, en algún puerto de abrigo. Desgraciadamente y en días sucesivos, un rosario de restos del naufragio sembrado entre las playas de Conil y la de Estepona, confirmaron la fatal noticia.

De sus 412 tripulantes, sólo se salvaron dos. Absolutamente borrachos, no llegaron a tiempo de embarcar en Tánger. Lo que en principio les pareció causa de empuramiento por lo militar, se convirtió en un pasaje al resto de sus vidas.

En la Tacita de Plata, por aquellos días enfrascados en sus populares carnavales, una chirigota cantaba:
¿Qué barquito será aquel
que viene dando tumbos?
será el Reina Regente
que viene del otro mundo.

La mayor parte de la marinería del Reina Regente era de Cartagena, ciudad que sufrió especialmente la perdida. Otro convecino notable, el pintor Manuel Wssell de Gimbarda, plasmó en un sobrecogedor óleo la tragedia de sus paisanos. El cuadro se conserva y expone en el Museo Naval de Cartagena.

naufragio

2/2/17

doña Concha -capítulo 2-

Les he dicho que don Bartolomé, el sobrestante, era el paradigma de la rectitud y legalidad; por tal, además, era tenido. Era el ying.
Las vicisitudes de la época, la miseria arraigada en las familias más pobres, la necesidad de sobrevivir, hizo que doña Concha fuera el yang.
Creo que fue eso que la empujó a contrabandear con las típicas “libras” de tabaco que desde el Peñón de Gibraltar se distribuían por toda Andalucía.

Un cronista de la época lo cuenta así:
En Bornos se decía “hacer un viaje”, el tomar el “coche de Ronda” hasta la estación de Montejaque y de ahí en “el corto” o tren hasta San Roque, donde en la posada de María Machuca se preparaban las cargas de aproximadamente 35 a 40 kilos por persona o espalda, además de comida para el regreso y la correspondiente manta, capote o cobertó.
El viaje de vuelta se hacía de noche y se iniciaba a partir de la señal del vigía, cambiando de itinerarios según los acontecimientos que se sabían desde las comarcas de Almoraima, Castellar, Jimena de la Frontera, Arcos, Alcalá de los Gazules, Paterna, San José del Valle, Ubrique… pueblos que pertenecían a la red de suministro y compra y a las que con no poco sacrificio se llegaba tras sortear los peligrosos Puerto de Galis, el charco de los Hurones, Los Frailes, La Mesa del Jardín, Las Anderas y hasta cruzar el Guadalete por su parte baja “la pasada de los cachones”.

U otro:
La gente de condición humilde se vio obligada a cruzar la línea roja que separa la legalidad de la ilegalidad, adentrándose en el mundo –muy concurrido en aquellos años- del estraperlo, el contrabando o el hurto.
En aquellos críticos días se intensificó también la práctica del contrabando desde Gibraltar a través de Cádiz y Málaga, principalmente de productos relacionados con la higiene -como las pastillas de jabón- y el vestido -fundamentalmente las telas y las medias de seda (solo lucidas en piernas pudientes)-, aunque también de medicamentos –penicilina y estreptomicina-, de tabaco y de alimentos de marcas extranjeras.

Con estos antecedentes, doña Concha decidió contrabandear, siquiera de cuando en cuando, con las libras de tabaco.
Y para ello tenía dispuesto un canasto, especie de maletín hecho de mimbre, que viajaba de un lado a otro de la comarca con la preciada carga en su interior.
Sucedió que el sobrestante, para portar la comida del día, utilizaba un canasto de idénticas características. Tan es así que a la provisión de comida para el día, la que se llevaban los operarios al tajo, se le llamaba sin más “el canasto”.

En los trenes de aquel tiempo, siempre viajaba, marcado por la ordenanza, una pareja de la Guardia Civil. Era común que, durante el trayecto, civiles y empleados ferroviarios –sobre todo los de cierta categoría- compartieran banco o compartimento.
Un mal día, el abuelo Bartolomé apañó el canasto de la cocina y se subió al tren. Como solía suceder, sus compañeros de viaje, sentados en la bancada de enfrente, era la pareja de la Guardia Civil.
Llegó la hora de comer y, en animada charla, el bueno del sobrestante abrió su canasto para acceder a la pitanza. Ni siquiera puso los ojos en el mismo, su vista estaba en los civiles que tenía enfrente y con los que charlaba.
Por dos veces sintió clavarse en su costado el codo del ordenanza, de Parra, al tiempo que le decía: Tate… tate…
Cuando el abuelo bajó la vista al canasto creyó morir. Expuestas como en un escaparate, vistosas y lleno hasta el borde, decenas de libras de tabaco se ofrecían como la manzana de Eva. Se había equivocado de canasto.

Don Bartolomé dejó caer la tapa del canasto, cambió de color y tomo el lívido de la cera. Alegó indisposición y aquel día no comió. Los picoletos tampoco dijeron nada. No vieron, o hicieron como que no habían visto. En aquel compartimento, aquel día, no comió nadie.

De lo sucedido entre don Bartolomé y doña Concha aquella noche, cuando el sobrestante regresó del tajo, no cuentan las crónicas, pero debió temblar el misterio. Y tanto tembló que el episodio se transmitió a puerta cerrada y en voz baja. Aquello acarreó un cambio de escenario en la vida del sobrestante.
Yo estaba allí y, ya entonces, me gustaba escribir las cosas.

Un canasto de la época,




Estación de Setenil de las Bodegas, Cádiz, en la actualidad.- La casa de los abuelos estaba situada, junto a otras, en el espacio que se extiende entre el edificio de la estación y el almacén de carga, justo en el lugar donde se ven apilados los montones de grava.

1/2/17

doña Concha -capítulo 1-

Mi abuelo Bartolomé tenía ordenanza. Juan Parra, se llamaba.
El abuelo Bartolomé era ferroviario. Sobrestante; que viene –o venía- a ser el responsable del mantenimiento y las obras en un tramo, generalmente amplio, de la vía férrea.
Como el hombre recto y legalista que era, el abuelo procuraba muy mucho y tenía indicado que su ordenanza, esto es Juan Parra, no fuese ocupado en otras labores que no fueran las propias de la Renfe. Pero el sobrestante propone y la sobrestanta dispone.

La sobrestanta era Doña Concha, mi abuela, a la que frecuentemente cito en este lugar. Porque era doña Concha la que de verdad ejercía mando en plaza. Si de mi abuelo puedo decir que era un buen hombre, un hombre justo, de mi abuela sólo recuerdo que ejercía el mando. Si recuerdo alguna vez haber visto reír o sonreír a mi abuelo –pocas, es cierto-, no puedo decir lo mismo de mi abuela. No era la risa algo que se prodigara mucho en tiempos de posguerra. Lo que decía doña Concha, iba a misa, y a donde tuviera que ir.

Cada mediodía, como si fuese un rito ancestral, Juan Parra el ordenanza accedía a la cocina de mi abuela donde se le había preparado un vaso de vino, unas aceitunas, un trozo de queso y un poco de pan. Mientras consumía el aperitivo, el señor Parra recibía de doña Concha las instrucciones para el día. Necesariamente, las que antes había recibido del sobrestante quedaban en un segundo plano. No hacía falta decir una palabra más. La mano derecha no tenía por qué estar al tanto de lo que hacía la izquierda.
La casa del sobrestante, en cualquiera de los destinos que tuvo, siempre estaba situada a pie de vía. Teba, Setenil, Almargen, Ronda, en cualquiera de ellos Juan Parra acompañaba al sobrestante, como si fuera una extensión del mismo.

Un día, Juan Parra salvó la vida de doña Concha.
Resultó que daba buena cuenta de su diario tentempié cuando la abuela se llevó una aceituna a la boca. Se le atragantó el hueso en la garganta. Doña Concha se ahogaba, pero se ahogaba de verdad de la buena. En un acto de desesperación, el ordenanza le pegó tal tortazo en la espalda que al tiempo que escupía el hueso asesino, la estrellaba de morros contra la pila del fregadero. Aquello terminó de unirles de por vida. Parra, desde el prisma del mocoso de diez años que les escribe, era uno más de la familia; alguien intemporal y cercano.

Don Bartolomé dispondría lo necesario entre raíles, pero en su seis hijos, en aquella casa y en sus aledaños, la que partía el bacalao era la abuela.
Como cuando decidió trasperlear con el tabaco que, proveniente de Gibraltar, se distribuía por toda Andalucía.
Pero esa es otra historia que les contaré en el próximo capítulo.

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-Imagen de doña Concha y don Bartolomé.

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-Y esta de sus años mozos.

4/12/16

nihil prius fide

Hoy, 1º de diciembre de 2016, he hecho testamento.
Que no es que entre dentro de mis planes inmediatos morir de aquí ha pasado mañana, pero era algo pendiente a lo que ya dejé de dar largas.

A partir de esta mañana, mis herederos lo tendrán un poquito más fácil a la hora de sustraer de las garras de Hacienda los derechos sobre los cuatro cortijos, el chalet de Matalascañas, el de Puente Romano, el piso del Paseo de la Castellana con derecho a palco en el Bernabéu y las acciones del Club de Golf de Sotogrande. No entran en esta relación los medios de locomoción (el jet privado, el yate y los coches) porque funcionan todos en modo renting.

La cosa sería mucho más fácil si bastara con un papelito firmado por mí en el que yo te lo dejara a tí. Pero se trata de complicar el asunto. Complicarlo hasta la exageración. Y eso, doy fe, sólo lo puede hacer un notario.
Porque sólo un notario puede enrevesar la digna lengua de Cervantes hasta el punto que no logres entender nada de lo que allí hay escrito. Eso sí, te tienes que fiar porque para eso lo ha escrito el notario.
A cambio de tamaño enrevesamiento, el notario te sopla cincuenta euros del ala y te desea larga vida y prosperidad.

Por si creen que he exagerado un pelín siquiera el asunto, les he fotografiado una de las claúsulas del testamento en cuestión: Si de verdad hay algún cristiano que entienda lo que ahí pone, ruego encarecidamente que le den no ya una estrellita de la fama, sino el firmamento entero.
Y de título: Iluminado por la sabiduría.

16nov-200*

12/11/16

lo del Cristo

Otra vez va de sentimientos.
Tan de cerca y tan de lejos.
Al hilo de los capillitas sevillanos, del lánguido de Bécquer, hablaba el otro día con un colega allende el Guadalquivir acerca del color especial.

Esta gente, los sevillanos digo, no tienen bastante –nunca lo han tenido- con la semana santa, la feria, el rocío, la navidad, la escapada a Matalascañas y los toros en La Maestranza.

Lo de ayer fue de traca. Esas calles llenas de gente llorosa paseando el Cristo, un Cristo, por el centro de la ciudad… es pa arremangarse. La televisión andaluza, que esa es otra, subtituló el reportaje como “acontecimiento histórico”. Al día siguiente aún no había dimitido nadie. Doña Susana dice que la televisión, su televisión, es de TODOS los andaluces.

Nadie quiera ver en mi comentario una falta de respeto, ni mucho menos. Debo puntualizar que estos excesos de fe, de pasión, o de lo que ustedes quieran llamarle, a mí no me parecen mal. Es más, los respeto y casi los envidio. La pasión es algo que siempre he admirado; tanto me da que sea a la Macarena como a la camiseta del Betis. No sería yo quien les quitaría de las calles ni de las puertas de las capillas.
Pero estos arrebatos me caen tan lejos como la danza Haka de los maorí de Nueva Zelanda. Y, desde luego, le doy el mismo valor.

Seguramente por ser conocedor de eso, mi amigo, el becqueriano, me transcribió una historia real que sacó de un diario sevillano. Quiero que mis nietos la conozcan algún día.

En Sevilla, en el 2009, se ha muerto el último protagonista de una leyenda becqueriana.
Bécquer, después de muerto, siguió escribiendo en su tierra rimas de amor en forma de vencejos de la primavera y leyendas trágicas y hermosas en forma de un trozo de dolor en la vida de un gran delantero centro del Sevilla F.C.

Este último becqueriano que se ha muerto era Juan Araujo Pino, aquel 9 glorioso al que llamaron "El Pato" porque corría sobre los talones hacia el área contraria, en la mítica alineación del viejo Nervión: Bustos, Guillamón, Campanal, Valero, Ramoní, Enrique, Liz, Arza, Araujo, Domenech y Ayala.

El Pato Araujo colgó un día sus botas de delantero centro y su camiseta con cordoncillos como de pescadora playera, y puso un garaje.

Tenía una vida próspera, cuya felicidad... ay, pronto se vio truncada con la grave enfermedad de un hijo. Lo llevó a los mejores médicos, sin que hallaran remedio. Con un hilo de esperanza en su desesperación, acudió muchas tardes a la iglesia de San Lorenzo, a pedirle al Señor del Gran Poder que lo curara. Un día y otro, hasta que el pobre muchacho murió. Entonces, enrabietado por el dolor de la guerra de la vida en la que los padres entierran a sus hijos, fue de luto a San Lorenzo y, encarándose con el Gran Poder, le dijo:

-Que sepas que ya no vengo más a verte porque no has querido salvar a mi hijo. Así que si quieres verme, vas a tener que ir tú a mi casa...

Pasaron los años. Se celebró en Sevilla una Santa Misión en la que las imágenes de Semana Santa fueron llevadas a los barrios, para mover la devoción. Y llevaban al Señor del Gran Poder en modestas andas hacia Nervión cuando la noche se abrió en agua. Los hermanos que portaban al Señor buscaron inmediato refugio para la imagen bajo la tromba. Y vieron la puerta de un garaje. Llamaron. Era el garaje de Juan Araujo, quien oyó los intempestivos aldabonazos. Bajó a abrir, preguntó quién era y oyó que le decían desde el tormentón:

-Venimos con el Gran Poder, abra, por favor, para que no se moje el Señor. 

A Juan Araujo le entró por el cuerpo un repeluco de emoción muy distinto a cuando marcaba los goles de cabeza al Atlético Aviación. Recordó sus palabras encorajinadas por el dolor en la iglesia de San Lorenzo, abrió la puerta y se encontró con el Gran Poder que, como cumpliendo un desafío de Hombre, venía a verlo a su casa.

Juan cayó de rodillas y lloró. Como habrá llorado ahora, en los verdes campos del Nervión definitivo, cuando se haya encontrado de nuevo al Gran Poder y, esta vez sí, con aquel hijo que murió.


Hay veces en que la muerte es una devolución de visita.


13sevilla-28ph
-un Cristo sevillano

Otro amigo allende el Betis, al hilo de este Cristalito, me hizo llegar esta foto del Garaje Araujo -ya derribado- allá por el año 1973. Lo inserto a modo de documentación y fe notarial de lo que contamos. Si, listillo, me pregunta cómo pretendían meter la imagen por la puerta del garaje, les diré que en aquella ocasión -como quedó dicho- el Cristo era trasladado no en su trono, sino en andas o parihuelas que facilitaran su paso por los barrios de Sevilla.

gar-araujo*

... de bien nacido, es ser agradecido.

Lo decía mi abuela, doña Concha.

Ha muerto Leonard Cohen. Un artista dicen que genial, pero un mejor hombre.
Y su muerte –por ecos del pasado- me ha traído a la memoria, otro tipo, un ingrato patético llamado Fernando Trueba que no ha mucho me insultó públicamente como persona y como español.
Alguna de sus mercedes dirá que no fue para tanto, y estará en su derecho. Yo también estoy en el mío, de sentirme ofendido. Aún perdura la ofensa… digo.
No les voy a remitir a la vomitona del tal Trueba, pero sí al discurso de Cohen el día que recogió su Príncipe de Asturias.
Hoy, en que los cielos se cierran sobre mí, terminando una etapa de mi vida, apenas sin tiempo para rezar por él un PadreNuestro al dios en el que no creo, sin música y sin foto, les leo…


"Excelentísimas e Ilustrísimas autoridades,
Miembros del Jurado,
Distinguidos premiados,
Señoras y señores,

Es un gran honor estar aquí ante ustedes esta noche. Quizás, como el gran maestro Riccardo Muti, no estoy acostumbrado a estar ante un público sin orquesta tras de mí, pero lo haré lo mejor que pueda como artista en solitario hoy.

Anoche me quedé en vela, pensando qué podía decir aquí, en esta asamblea de distinguidas personas. Y después de comerme todas las chocolatinas, todos los cacahuetes del minibar, garabateé unas pocas palabras. No creo que tenga que hacer referencia a ellas. Obviamente, estoy muy emocionado por ser reconocido por la Fundación. Pero he venido aquí esta noche para expresar otra dimensión de mi gratitud; creo que puedo hacerlo en tres o cuatro minutos y voy a intentarlo.

Cuando estaba haciendo el equipaje en Los Ángeles, tenía cierta sensación de inquietud porque siempre he sentido cierta ambigüedad sobre un premio a la poesía. La poesía viene de un lugar que nadie controla, que nadie conquista. Así que me siento como un charlatán al aceptar un premio por una actividad que yo no controlo. Es decir, si supiera de dónde vienen las buenas canciones, me iría allí más a menudo.

Mientras hacía el equipaje, cogí mi guitarra. Tengo una guitarra Conde que está hecha en el gran taller de la calle Gravina, 7, en España. Es un instrumento que adquirí hace más de 40 años. La saqué de la caja, la alcé, y era como si estuviera llena de helio, era muy ligera. Y me la acerqué a la cara, miré de cerca el rosetón, tan bellamente diseñado, y aspiré la fragancia de la madera viva. Ya saben que la madera nunca llega a morir. Y olí la fragancia del cedro, tan fresco como si fuera el primer día, cuando la compré. Y una voz parecía decirme: «Eres un hombre viejo y no has dado las gracias, no has devuelto tu gratitud a la tierra de donde surgió esta fragancia». Así que vengo hoy, aquí, esta noche, a agradecer a la tierra y al alma de este pueblo que me ha dado tanto. Porque sé que un hombre no es un carnet de identidad y un país no es solo la calificación de su deuda.

Ustedes saben de mi profunda conexión y confraternización con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era joven, un adolescente, y buscaba una voz en mí, estudié a los poetas ingleses y conocí bien su obra y copié sus estilos, pero no encontraba mi voz. Solamente cuando leí, aunque traducidas, las obras de Federico García Lorca, comprendí que tenía una voz. No es que haya copiado su voz, yo no me atrevería a hacer eso. Pero me dio permiso para encontrar una voz, para ubicar una voz, es decir, para ubicar el yo, un yo que no está del todo terminado, que lucha por su propia existencia. Y conforme me iba haciendo mayor comprendí que con esa voz venían enseñanzas. ¿Qué enseñanzas eran esas? Nunca lamentarnos gratuitamente. Y si uno quiere expresar la grande e inevitable derrota que nos espera a todos, tiene que hacerlo dentro de los límites estrictos de la dignidad y de la belleza.
Y entonces ya tenía una voz, pero no tenía el instrumento para expresarla, no tenía una canción.
Y ahora voy a contarles muy brevemente la historia de cómo conseguí mi canción.

Porque era un guitarrista mediocre, aporreaba la guitarra, solo sabía unos cuantos acordes. Me sentaba con mis amigos, mis colegas, bebiendo y cantando canciones, pero en mil años nunca me vi a mí mismo como músico o como cantante.
Pero un día, a principios de los 60, estaba de visita en casa de mi madre en Montreal. Su casa está junto a un parque y en el parque hay una pista de tenis y allí va mucha gente a ver a los jóvenes tenistas disfrutar de su deporte. Fui a ese parque, que conocía de mi infancia, y había un joven tocando la guitarra. Tocaba una guitarra flamenca y estaba rodeado de dos o tres chicas y chicos que le escuchaban. Y me encantó cómo tocaba. Había algo en su manera de tocar que me cautivó. Yo quería tocar así y sabía que nunca sería capaz.
Así que me senté allí un rato con los que le escuchaban y cuando se hizo un silencio, un silencio apropiado, le pregunté si me daría clases de guitarra. Era un joven de España, y solo podíamos entendernos en un poquito de francés, él no hablaba inglés. Y accedió a darme clases de guitarra. Le señalé la casa de mi madre, que se veía desde las pistas de tenis, quedamos y establecimos el precio de las clases.

Vino a casa de mi madre al día siguiente y dijo: «Déjame oírte tocar algo». Yo intenté tocar algo, y él dijo: «No tienes ni idea de cómo tocar, ¿verdad?». Yo le dije: «No, la verdad es que no sé tocar». «En primer lugar déjame que afine la guitarra, porque está desafinada», dijo él. Cogió la guitarra y la afinó. Y dijo: «No es una mala guitarra». No era la Conde, pero no era una guitarra mala. Me la devolvió y dijo: «Toca ahora». No pude tocar mejor, la verdad.
Me dijo: «Deja que te enseñe algunos acordes». Y cogió la guitarra y produjo un sonido con aquella guitarra que yo jamás había oído. Y tocó una secuencia de acordes en trémolo, y dijo: «Ahora hazlo tú». Yo respondí: «No hay duda alguna de que no sé hacerlo». Y él dijo: «Déjame que ponga tus dedos en los trastes», y lo hizo «y ahora toca», volvió a decir. Fue un desastre. «Volveré mañana», me dijo.

Volvió al día siguiente, me puso las manos en la guitarra, la colocó en mi regazo, de manera adecuada, y empecé otra vez con esos seis acordes –una progresión de seis acordes en la que se basan muchas canciones flamencas–. Lo hice un poco mejor ese día. Al tercer día la cosa, de alguna, manera mejoró. Yo ya sabía los acordes. Y sabía que aunque no podía coordinar los dedos para producir el trémolo correcto, conocía los acordes, los sabía muy, muy bien.
Al día siguiente no vino, él no vino. Yo tenía el número de la pensión en la que se hospedaba en Montreal. Llamé por teléfono para ver por qué no había venido a la cita y me dijeron que se había quitado la vida, que se había suicidado.

Yo no sabía nada de aquel hombre. No sabía de qué parte de España procedía. Desconocía porqué había venido a Montreal, porqué se quedó allí. No sabía porqué estaba en aquella pista de tenis. No tenía ni idea de porqué se había quitado la vida. Estaba muy triste, evidentemente.
Pero ahora desvelo algo que nunca había contado en público. Esos seis acordes, esa pauta de sonido de la guitarra han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música. Y ahora podrán comenzar a entender las dimensiones de mi gratitud a este país.
Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra.

Y, por tanto, les agradezco enormemente esta cálida hospitalidad que han mostrado a mi obra, porque es realmente suya, y ustedes me han permitido añadir mi firma al final de la página.
Muchas gracias, señoras y señores".