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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

18/6/08

VELEFIQUE. Nuevas desventuras del Capitán Pedales.

La Peregrina dice que esta me la guarda. Que no son formas, ni modos, de tratar a una veterana. Que sus tiempos de mocedad y cometer locuras quedaron muy atrás. Tan atrás como el domingo 15, maravilloso día de Junio en el que el afamado club ciclista Tikitaka organizaba la primera subida al puerto especial de Velefique en la categoría “a ver si puedo”.

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Debo decir en mi descargo que acudí embaucado.
Que si eran sólo 45 kilómetros; que si estaba muy bien organizado; que el paraje era de una belleza extraordinaria; que tras la prueba habría una paella y cerveza en abundancia; que me echarían de menos si no acudía; que la biblia en pasta...

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>a estas reuniones suele acudir gente de todo pelo

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>y de ningún pelo.
Y allí nos presentamos La Peregrina y yo, ella tan ricamente acomodada en el portabicis del Ibiza.
Enseguida se nos vio la cara de pardillos. Enseguida La Peregrina enrojeció al reconocerse la más piltrafilla entre tanto maquinón como se exhibía en la plaza de Velefique.

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>el 16, me han dado el 16.

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>la ceremonia de colocar el dorsal a la cabalgadura.

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>siempre, el toque femenino.
Velefique es un pueblito situado en la Sierra de los Filabres, donde Cristo conoció a la Magdalena, al pie del puerto del Portillo. Doscientos cincuenta habitantes contando las cabras y las gallinas. Casas encaladas y calles limpias, muy limpias. Pizarra en los tejados, geranios en las ventanas y jazmines en los rincones. Y al estar tan alto, tan cerquita del sol, un calor del copón.
Sin hacer ruido, disimuladamente, nos acercamos al control de salida. Me pegaron en el culo el número 16. La Peregrina miraba hacia otro lado. Yo miré hacia el cartel que mostraba el trazado del paseo. Básicamente subir 1.200 metros en doce kilómetros por una carretera asfaltada y sinuosa, hasta llegar al alto del Portillo, puerto especial en la Vuelta Ciclista a España. Allí, ya por caminos, veredas, trochas y bancales, bajar esos 1.000 metros por el lado norte hasta llegar al fondo del valle. Saludar a Pascasio, que estará allí pastando sus cabras y por más caminos, veredas, trochas y bancales volver a subir al alto del Portillo. Si sobrevives, bajar hacia Velefique campo a través. Mejor dicho, sierra a través. Total, unos 45 kilómetros; en eso si tenían razón.
El maillot se me aflojó un poco. Tanto que decidí que los primeros doce kilómetros, los del tramo asfaltado, los haríamos La Peregrina y yo en el coche escoba, como así hicimos tan ricamente. La experiencia es un grado.

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>la salida

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>la vereda se empina.

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>unos suben tan ricamente.

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>y otros suben como pueden.

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>no es broma… es así.
Una vez en el alto del Portillo, apretados los machos y aflojados los nervios, miré hacia el fondo del valle y tal era la distancia que no acertaba a distinguirlo. Pero allí estaba. Allí tendría que estar. Entre morir subiendo o bajando, siempre es preferible hacerlo bajando; es más rápido.
Así que... a quien Dios se la de, San Pedro se la bendiga. ¡P’abajo!.
La primera parte de la bajada no era dificultosa en exceso. Sobretodo para gente que, como el Capitán Pedales, bajaba para sobrevivir. En esas estaba cuando me sobrepasó una bicicleta a reacción que luego resultó pilotada por el irresponsable que ganó la prueba, sacando más de dos horas de ventaja a los piltrafas como yo. Sé que era una bicicleta porque un pastor la vio cuando subía el puerto, algo más despacio.
Cuando el límite de la bruma quedó atrás, el camino se convirtió en una ciénaga pantanosa más propia de los cocodrilos del Dundee que de una prueba ciclista. Aquí presencie, divertido, el primer talegazo de la mañana. Mientras la gente de orden pasaba la ciénaga/camino pie a tierra y tirando como buenamente se podía del ciclo, un inconsciente atolondrado pretendió hacerlo a lomos de su montura y a todo gas. Su cabalgadura debió meter la rueda delantera en una oquedad del terreno, el atolondrado voló sobre el manillar de la bicicleta y unos diez metros más allá aterrizó en el charco con gran estrépito, salpicar de lodo y regocijo de las ranas del lugar.
-¿Tas hecho algo?, pregunté aguantándome la risa.
-Na... no m’hecho na, respondió mientras se tocaba los riñones para ver si los tenía los dos.
Arrancó su bicicleta del barro, volvió a montar en ella y partió disparado como si lo persiguiese el diablo.
-¿Adónde irá con tanta bulla?, me pregunté.
En esos instantes eche de menos haber colocado en el bolso mi pequeña cámara fotográfica, pues aparte de fotografiar muerdecardos como este, en las verdes laderas que más parecían de Cantabria que de Almería se situaban, de cuando en cuando, coquetos abrigos de pastores construidos todos ellos con pizarra y muy bien conservados, abrigos que me hubiera gustado colgar en mi álbum.

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>subida pronunciada.

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Llegado al fondo del valle, y como no vi al Pascasio por ningún lado, inicie la subida por una pista forestal, que hace de cortafuegos en el bosque de pinos y que aparecía muy presentable tanto en el firme como en la inclinación. Por unos kilómetros hice el ciclismo de paseo que me gusta. Oía cantar los pájaros, silbar el aire en el pinar y podía entretenerme viendo correr lagartos y lagartijas por aquellos caminos tan poco hollados por los bichos de dos patas.
Pero la alegría dura poco en casa del pobre. No llevaba recorridos ni tres kilómetros cuando una banda blanquiroja cortaba el camino y un cartel con fecha incluida me anunciaba que debía abandonar el camino y continuar la subida por entre los pinos del bosque. “Subida Pronunciada” rezaba el cartelito. Traducido al cristiano aquello significaba que el que trazó el itinerario de la prueba era un hijo de puta. Con lo bien que íbamos por el camino.
La bicicleta a los lomos, jurando en arameo, sudando hasta por las uñas, retornamos al fin a la pista forestal algo así como 1.200 metros más arriba. Otros cuatro o cinco kilómetros más de pista forestal y llegamos al segundo punto de avituallamiento, otra vez en el alto del Portillo. Que aburrimiento, tú.

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>lo que he de hacer para contaros algo.
Quedaba bajar a Velefique. “Bajada Técnica” avisaba el cartelito. ¡Los muy cabrones!.
Bajada Técnica significa que aquello no lo bajan ni las cabras de Cazorla.
Iniciamos el descenso por una vereda, y lo de vereda es un decir, formada por riscos pizarrosos sueltos y amarraos que hacían imposible el paso de nada que llevara ruedas. En otros tramos, definitivamente, la vereda desaparecía y la sustituía la dichosa cinta blanca y roja con la que la organización señalaba el lugar donde debería estar el camino. Pero como por la cinta no puedes rodar, no te quedaba otra que echarte la bici al lomo o metértela debajo del brazo e intentar bajar, juntos pero sin despeñaros. Unos tres kilómetros de bajada técnica.

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>por ahí se ha de bajar.
Aprovecho el momento para advertir a mis muy queridos Tikitakeros de la irresponsabilidad técnica que supuso esta bajada. Supongamos que un escorpión cabreao por las visitas sale de debajo de una lasca de aquellas y te pica en un huevo. Digamos que el huevo se te inflama y te impide seguir andando y, mucho menos sentarte en la bicicleta. ¿Quién saca de allí a la víctima? ¿Tenían apalabrao algún helicóptero? ¿Cuál era la estrategia de rescate? ¿Cuál el plan B?. ¿Cuál es el precio real de un huevo?. Estoy seguro que para próximas excursiones tendrán en cuenta nimiedades como esta.
Al tramo de bajada técnica le sustituyo otro de “bajada peligrosa”. Bajada peligrosa significa que ya no hay cantos sueltos, ni rocas que impidan rodar, ni matojos que se te puedan clavar en el ojo. Bajada peligrosa significa que ya hay camino, pero con una pendiente superior al 15% que más invita al despeñamiento que a la bajada. Como La Peregrina carece de frenos que puedan sujetarla ante tamaña pendiente, hube de sujetarla a golpe de brazo, riñón y clavada de rodillas. Me dolían los dedos de tirar de las riendas del caballo. También me dolían los brazos, las rodillas, el pelo, los ojos y las espinillas por detrás. De tanto montar y desmontar, del roce de los pedales metálicos en las espinillas, las ramas y las piedras sueltas, me habían dejado las piernas como las del santo cristo. Y el cogote me lo había quemado el sol.

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>creando afición
Cuando al fin doble la última curva que daba vista al pueblo convine que Dios existe y que no es ciclista. Las primeras calle me acogieron como al hijo pródigo. En la meta me esperaban los míos, mitad incrédulos mitad angustiados.
Al verme aparecer gritaron:
-Es él, es él, -como si de una aparición se tratase, pues todos me daban ya por perdido.


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>es él, es él.

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>¡p’haberse matao!
Mi aspecto debía mover a la compasión, y rápidamente me pusieron a la sombra y me ofrecieron un té con hielo.
Luego un arroz ofrecido por la organización, al que le sobró sol.
Luego entrega de trofeos a los ganadores y sorteo en el que no resulté favorecido.
Mientras yo me comía el arroz, las moscas se comían la sangre pegada a mis piernas. Un alma caritativa hizo ademán de espantarlas. Daba igual, si no me había matado el camino no me iba a matar una mosca más o menos. Eso si, un poco guarro quedaba.

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Esta noche he dormido mal. El cansancio ha espantado el sueño y he soñado que me despeñaba por un tajo y mi cadáver era velado por las cabras del Pascasio, que sentado bajo un pino se escojonaba de la risa. Con todo, no he amanecido muy perjudicado. Ya no me duelen más que cuatro o cinco cosillas.

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>están ustedes locos.
De cualquier forma, ya he jurado a La Peregrina que no nos volvemos a apuntar a ninguna otra en que las cabras anden cerca.
Lugares donde te acaricie la brisa del mar y lo único que veas tendido al sol sean las titis de caderas ondulantes es lo que nos conviene.
Lo nuestro, decididamente, es el paseo marítimo.

20/5/08

Los Pirineos.

pirineos

Carne con tomate, carne al ajillo, conejo, costilla, alitas de pollo, lomo, tocineta, hamburguesa, ajo blanco, orza, arroz, migas, salmonetes, jureles, gambas, cigalitas, jibia en salsa, jibia a la plancha, caracola, chopitos, chipirones, calamares, ensaladas varias, cherigans de todo, jamón, queso, mojama, pulpo espeluznao, pulpo a la gallega, pulpo a la marinera, pulpo, pescao de la barca, pollitos, almejas, aceitunas verdes, colorás, aceitunas, tapa de la casa y las que se me olvidan.
Tapas que son platos, y platos que te cobran al precio de la cerveza, te la comas o no. Que te la comes, claro.
¿Entienden sus mercedes porqué en Almería se come en los bares?.
Los Pirineos no están en Andorra. Y Rioja no está en el norte. Rioja está en Almería y Los Pirineos están en Rioja.
Y en Los Pirineos, se tapea de puta madre. Por eso es un establecimiento recomendado por la Guía Tarugo’s.
No hace muchos años la N-340 pasaba por la puerta de Los Pirineos. Ahora también pasa, pero ya no se llama –ni es- N-340. Era un bar de carretera, y siempre estaba lleno. Luego vino la circunvalación, la soledad absoluta, la barra vacía de clientes. Pero a grandes males grandes remedios, debió pensar Maruja.
Llenó su cocina y su barra de tapas exquisitas. Exquisitas y abundantes. Y Los Pirineos se volvieron a llenar de clientes a mediodía y a la hora de cenar. No hacen falta circunvalaciones para comer bien. Eso sí, absténganse delicados y pijos con y sin titulación; aquí los cinco tenedores suelen sustituirse por los cinco dedos.
Además, por si no hubieran acumulado méritos suficientes, son del Madrid, como atestiguan las banderas que cuelgan de sus paredes, y los goles se cantan entre pi
nchito de chipirón y chupetón de cabeza gambuna.
Lo único que se echa en falta, para ser un tugurio 10, es un apartaillo donde poder dormir la siesta con la camarera. Pero no ha lugar. No ha lugar de ninguna de las maneras. Así que para dormir la siesta habrá su merced de marchar a casa o hacerla debajo del puente. Del afamado puente de Rioja, antaño cruz e infierno de los automovilistas que llegaban o se iban de este precioso culo del mundo.
Si viene a verme, recuérdeme que le de un paseo por Los Pirineos.
Paga usté, claro.

12/5/08

Juanma Trueba.

Enganchado a la lectura por seguir en la niñez las aventuras de Tintín, el Capitán Trueno y Roberto Alcázar, un día no muy lejano soñé poder expresarme en el papel no ya como Cervantes o Lope, ni siquiera como Cela, sino alguien bastante más cercano como el Pérez-Reverte, con quien hubiera guerreado en Flandes o buscado pecios frente a las costas de Cartagena.
Pasado el tiempo, las páginas y los libros, bastante desilusionado con ladrillos como El pintor de batallas o Un día de cólera, ladrillos pese a la crítica babosa, amable, partidista y untada, bodrios perpetrados con la impunidad y alevosía que dan el estar sentado en el sillón T mayúscula de la Real Academia, me perdí en las páginas de un diario deportivo y allí encontré, de sopetón, al tal Juanma Trueba.
Y a día de hoy, el Trueba, que no se sienta en ningún sillón aterciopelado, sino en una raída silla de la redacción del diario As, es mi escritor favorito.
Porque cada lunes, con su crónica sobre lo que hizo el Madrid, convierte un partido de fútbol en una batalla épica, un crisol de emociones, un chaparrón de sensaciones, risas y lágrimas, angustias y alegrías, triunfos y fracasos... la vida misma.
El Madrid debería hacerlo socio honorario.
Y yo se lo recomiendo a sus mercedes. Puede que no les guste el fútbol, pero seguro que reconocen los talentos. Y este lo es.
Hasta que lo sienten en la RAE... si es que lo sientan.

8/5/08

El árbol que cobija mi nido.

Uno, que creció sin gentilicio por aquello del desarraigo, el nomadismo y el rechazo a pagar tributo de reconocimiento a quien le ofrecía cama, comida y asiento a la lumbre.
Uno, que vivió su juventud sin pueblo, sin peña, quinta, colega ni perrito que le ladrara.
Uno, que traspasada con creces la frontera de la juventud y ya en los umbrales de la vejez sin haber madurado lo bastante, echa la vista atrás cada vez con más frecuencia, porque cada vez es menos lo que queda por delante.
Uno, se ve en la necesidad de estimar en lo que vale, y si fuese menester sobreestimar, el hecho nada infrecuente de pertenecer al club de los que se vieron en la necesidad de acogerse bajo el techo de quien le abrió las puertas sin exigirle pasaporte, referencias, visa en la cartera ni, lo que es más importante, gratitud de por vida.
Es por eso que, sin olvidar otros cariños –que nunca son bastantes y siempre agradecidos-, escogí este árbol para cobijar mi nido.

el nido

Y uno, que se reconoce poseído por el irrefrenable vicio de contar más cosas de las que debiera, a ser posible juntando letras con mejor o peor estilo, inmoralidad que le ha ocasionado innumerables disgustos y quebrantos... y lo que te rondaré morena, comparece pertinaz a referir lo a gusto que aquí estoy y a presentarles, para compartir, el nuevo invento.

http://www.flickr.com/photos/boscania/sets/72157604891478054/

Si lo leído y visto no le convence, añada su merced que aquí el sol te acaricia todo el año y el mar es tu vecino y no está frío.
Que aquí, uno, es menos pobre.
Nadie pregunta de quién eres.
Aquí tengo amigos y los amigos no me agobian.
Vi nacer raíces en mis pies.
Se come en los bares y se duerme en la playa.
Este pueblo no tiene conciencia de raza ni de casta, y por eso es el mío y el de tantos otros que tampoco tenían pueblo, ni casta, ni raza.
Yo lo elegí.
Por todas esas cosas, y algunas más, puse en este árbol mi nido.
Y me gusta decirlo.

Esas son las razones, si es que tuviera que haberlas, del nuevo apartado en mi álbum fotográfico, al que les invito, para enseñarles y enseñarme, no con las vistas de cualquier postal de kiosco sino con el color de mi cristal, los rincones de este arbolico. Hay pocos, pero irá habiendo más. Cuestión de tiempo, y ganas.
Si lo piensan es una forma, como cualquier otra, de agradecimiento.

antigua estación de renfe


Esperen sus mercedes... esto...
Pienso que esta inauguración quedaría más compuesta con la ayuda de don Mario:

“No cabe duda. Ésta es mi casa
aquí sucedo, aquí me engaño inmensamente.
Ésta es mi casa detenida en el tiempo.
Llega el otoño y me defiende,
la primavera y me condena.

Tengo millones de huéspedes
que ríen y comen,
copulan y duermen,
juegan y piensan,
millones de huéspedes que se aburren
y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Ésta es mi casa.
Todos los perros y campanarios pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos y un día se va a partir en dos.
Y yo no sabré dónde guarecerme
porque todas las puertas dan afuera del mundo”.

23/4/08

Torneos, vendavales, pensamientos, diarios y otras pamplinas.

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Este invento, que nació por la necesidad de poseer un cofre donde guardar aquellas tonterías a las que tengo un especial cariño (uno está hecho de sus pamplinas), resultado de las escasas caricias que me prodigó quien decía ser la musa, se está convirtiendo, a mi pesar, en una especie del diario de Ana Frank.
Así que empecé contándoles que me gustaría parecerme a Benedetti y hoy les cuento que he jugado el anual torneo de tenis de la Mercedes, que hacía un viento del copón, y me eliminaron a las primeras de cambio, con polvo de ladrillo hasta debajo de la lengua y un cabreo del quince. Nada como ven para enmarcar.

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Y, puestos a ser puntillosos, ni siquiera como diario está a la altura. Y no está a la altura porque, como en todos los diarios de los que se sospecha que algún día terminarán cayendo en las manos inapropiadas, uno no se atreve –las más de las veces-a escribir lo que de verdad le apetecería escribir. Y tan es así que este solo pensamiento, por si mismo, ya pudiera convertirse en causa de excomunión y de hoguera. Así está el patio. Hasta los ministros, con lo espabilaos que suelen ser, han aprendido que las cosas suelen ir mejor cuando no se dice ni mú.
De manera que ni cofre, ni diario, ni puñetas... esto no va a ser otra cosa que un pasatiempo vanal y egocéntrico, un espejo narcisista, un ejercicio de realización de alguien muy por realizar. O quizás no tanto... vete tú a saber.
En esa estamos, a la espera que, un día de estos y como dice la canción, el cielo remueva el suelo y del remeneón todos quedemos mejor colocados.

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26/3/08

Mi cámara y yo.

Aprovechando que el Guadalete no pasa por Valladolid, me he regalado otra cámara fotográfica. Un salto de calidad, que diría un tío fino.
He sido indeciso, dubitativo, coñazo, pregunté a to quisqui, mire y remiré. Hacia el escaparate y hacia mi bolsillo. Dudaba entre una bridge o, puesto a lo puesto, una reflex digital. Había varias que me tentaban y yo tente a varias de ellas.
Pero cuando tuve la Nikon entre mis dedos la oí decir... “llévame a casa...” como los langostinos de Pescanova. Y me la traje.
Pese a que es lo más básico de Nikon en reflex digitales, una D-40, para mí como si fuera la mejor de la tienda.
Así que estos días, mi cámara y yo formamos una pareja inseparable; como Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Tintín y Milú, Ortega y Gasset o Ramón y Cajal.
Para documentar lo que les expongo y tengan la seguridad que aquí tienen a un futuro Pulitzer o Foto-Press, me he asomado a la calle y les he traído la fota de Cuca absorta al paso del Jesús del Gran Poder.
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No me beso porque no me llego.

13/3/08

La sombra del viento.

Carlos Ruiz Zafón > Editorial Planeta > 2002

Esto es una nueva forma de leer un libro. Apta para los que siempre vamos con el tiempo pegado al culo.
Que otro lo lea por ti. Y que luego te lo cuente, claro.
Este novedoso sistema, novedoso por lo oportuno que no por lo original, aparece con una gran ventaja y un pequeño inconveniente. La ventaja es que te pones al día de lo que va el tocho en un pis-pas (luego tu decides si profundizas o no); el inconveniente, que debes fiarte de lo que el lector te diga.
Además resulta, y por eso me traigo esta historieta aquí, que Blogger sortea entre sus asociados con más de 500/visitas mes, un viaje a la Patagonia en la compañía de una mulata masajeadora de pies. A mí el viaje me da igual, que a ciertas edades ya no está uno pa que lo muevan mucho, pero lo de la mulata acariciándome los pinreles supone una exquisitez de la que no me quisiera privar.
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Sea pues.
La sombra del viento es la historia de una búsqueda. La que protagoniza el pequeño Daniel, hijo de librero, para encontrar el misterioso autor de una novela que le seduce y roba el ánimo y el sueño.
La sombra del viento es una historia de antihéroes, de villanos, de traiciones y lealtades, de miedos y esperanzas, de odios viscerales… y de una ternura infinita. Me atrapó entre sus páginas como hacía tiempo que no ocurría con ningún otro libro.
Aunque el protagonista es el niño-adolescente-hombre que responde como Daniel, no es menos cierto que su personaje queda las más de las veces eclipsado, bien por el de Fermín Romero de Torres, un paria tan brillante como sólo pueden llegar a serlo los parias, bien por el del malvado inspector Fumero, tan maquiavélico que las páginas en las que aparece te queman las yemas de los dedos y huelen a azufre.
Pero La sombra del viento es sobre todo una novela de mujeres, y quizás sea por esto por lo que tanto me gustó.
Clara Barceló, Sophie Carax, Beatriz, Penélope Aldaya, Nuria Monfort, Irene Marceau, Merceditas e incluso la Bernarda, forman el entramado, el armazón sobre el que Zafón va colgando la trama de una historia misteriosa y subyugante.
La novela se lee sin dificultad y el estilo es limpio y claro, a veces brillante y en ocasiones, aún en la tragedia, divertido.
Por ponerle alguna pega, la adicción que el autor demuestra por el vocablo "vapor" cuando de describir atmósferas o climas se trata. Tanto es así que lo repite en las páginas 7, 8, 39, 320, 402, 423, 427, 437, 445… y probablemente alguna quedó perdida en los rincones de mi memoria.
O la que supone poner en boca de un niño de diez años ideas o expresiones que no las imagino ni siquiera en una mayoría de adultos. Y menos en un niño de la posguerra, tiempo aquel en que todavía no comían yogures, ni queso ni Cola-Cao. Otra cosa sería hoy día, en que los niños, de niños, sólo tienen la estatura… y algunos ni eso.
A cambio de estas nimiedades, el novelista nos regala con pasajes deslumbrantes; d'esos que se releen una y otra vez hasta contarles los puntos… y las comas.
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Como aquel en que Daniel, enamorado hasta el flequillo de Clara Barceló, ciega y diez años mayor que él, la sorprende siendo evangelizada por su maestro de música. Lean, lean….
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“El cuerpo desnudo de Clara yacía sobre sábanas blancas que brillaban como seda lavada. Las manos del maestro Neri se deslizaban sobre sus labios, su cuello y su pecho. Sus ojos blancos se alzaban hacia el techo, estremeciéndose bajo las embestidas con que el profesor de música la penetraba entre sus muslos pálidos y temblorosos. Las mismas manos que habían leído mi rostro seis años atrás en las tinieblas del Ateneo aferraban ahora las nalgas del maestro, relucientes de sudor, clavándole las uñas y guiándole hacia sus entrañas con un ansia animal, desesperada. Sentí que me faltaba el aire. Debí de permanecer allí, paralizado, observándolos por espacio de casi medio minuto, hasta que la mirada de Neri, incrédula al principio, encendida de ira después, reparó en mi presencia. Jadeando todavía, atónito, se detuvo. Clara le aferró sin comprender, restregando su cuerpo contra el suyo, lamiéndole el cuello.
-¿Qué pasa? –gimió-. ¿Por qué te paras?
Los ojos de Adrian Neri ardían de furia.
-Nada –murmuró-. Ahora vuelvo.
Neri se incorporó y se lanzó hacia mí como un obús, apretando los puños. Ni le vi venir. No podía apartar los ojos de Clara, envuelta en sudor, sin aliento, las costillas dibujándose bajo su piel y los pechos temblando de anhelo.....”
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O aquel en que Daniel, sorprendido por el sacrificado regalo de una pluma Montblanc que le hace su padre, le insta a que la devuelva pues cree no merecerlo.
“-Los regalos se hacen por gusto del que regala, no por méritos del que lo recibe”, le contesta su padre.
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O la definición de amor que hace el paria Romero de Torres... “ con el tiempo verá que lo que cuenta a veces no es lo que se da, sino lo que se cede”.
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O sobre el sentido que de la opinión personal de los demás muestra uno de los personajes...
“-Me decepcionas Miguel. Confiaba en que el tiempo y la desgracia te habrían hecho más sabio.
-Hay decepciones que honran a quien las inspira.”
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O aquella en que Fermín Romero de Torres, siempre Fermín, agarra por la solapa de la sotana a un cura...
“El párroco de la iglesia, al enterarse de que la novia llegaba preñada al altar, se había negado en redondo a celebrar el matrimonio y amenazó con conjurar a los hados de la Santa Inquisición para que impidiesen el evento. Fermín montó en cólera y lo sacó a rastras de la iglesia, gritando a los cuatro vientos que era indigno del hábito, de la parroquia, y jurándole que como se le ocurriese levantar una pestaña le iba a montar un escándalo en el obispado del que lo menos resultaría desterrado al peñón de Gibraltar a evangelizar a las monas por mezquino y miserable”.
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También podría contarles como termina la historia, pero voy a ser prudente y voy a dar a su merced la ocasión de leer el libro. De verdad que merece la pena.
Si declina la invitación, si de verdad quiere que le cuente el final, hágamelo saber enviándome un correo electrónico y yo, de mil amores, se lo cuento.