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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

10/4/15

Aventuras del Capitán Pedales: el Puerto del Alacrán.

Mi buen amigo y compañero de fatigas deportivas AA me había planteado un reto ciclero; se trataba de marchar desde los Altabacales Altos al Puerto del Alacrán; y regreso, claro. Era algo que permanecía anotado en la agenda y que ya empezaba a oler.
Desde su particular perspectiva de los desniveles, aquello sería coser y cantar. Algo así como la vida en rosa, pero en bicicleta.
Así que fijamos el domingo de resurrección, nunca peor elegido, como fecha para terminar de una vez por todas con esta tontería.

Uno, previsor, se había entrenado unos días antes recorriendo la ribera del Palmones. Ruta esta que se hace bajo la atenta mirada de los muchos toros bravos que por allí pastan. Tierra feraz sembrada de palmitos, espárragos, hinojos y tagarninas. Algo llanito como la palma de la mano y paso previo para desentumecer y tonificar los músculos.

¿Amigos?

Mientras subíamos hacía la cumbre de Sierra Bermeja, las monturas sobre la baca del coche, mi buen amigo debió pensar que algo de sal había que poner a tan descafeinada jornada, y en vez de detenerse a la altura de los Altabacales siguió marcha hasta el mismo puerto de Peñas Blancas, confluencia de caminos a Jubrique y Genalguacil, y punto donde se situó una meta de la Vuelta Ciclista a España en el año 2013. De ello da constancia el monumento que allí se erigió y que recuerda, al que no sube a pedales, que triscar estas cuestas es algo parecido a la muerte a pellizcos.

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Esta ocurrencia significa que nuestra ruta la comenzaríamos con un descenso de dos kilómetros. Traducido al cristiano, significa… no más, que para terminar tendríamos que hacer el mismo tramo pero… subiendo. O sea, de postre.

Pinos, pinos y más pinos. Una vereda serpenteante entre las cumbres. Una vista infinita hasta la costa. Cabras asalvajadas entre las rocas. Un lujo de paisaje y un lujo el respirar aires que nadie más respira.

Pese a la supuesta ausencia de desniveles –la madre que lo parió-, la aventura mereció la pena y estoy dispuesto a repetirla. Máxime cuando, sabiendo lo que me espera, ya llevaré hecho el cuerpo… y la piernas.

Parece oportuno añadir que el trayecto de ida y vuelta son unos veinte kilómetros y que no es aconsejable hacerla ni en pleno verano, por los calores, ni en invierno… porque te puedes helar en la cumbre.

Les dejo fotillos y el enlace a la ruta del Runtastic.

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… y finalmente,
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¡pa habernos matao!

https://www.runtastic.com/es/usuarios/juan-dominguez-1-5/sesiones-deportivas/429194784

17/3/15

el Lignum Crucis

Una de las pamplinas que llamó de forma especial mi atención, en el reciente guacabaud a tierras murcianas, fue la que paso a relatarles.
Murcia, como Almería, es una de las regiones que se llevan a matar con el agua. O mueren de sed, o se ahogan en la crecida. Al parecer, no acostumbran a quedarse en el término medio.

Tal es así que en tiempos remotos, antes de que se encauzara el recorrido del Segura a su paso por la capital murciana, no era infrecuente que alguna crecida se llevara por delante a murcianos y gitanos –es una broma- y terminaran estos en la costa de Mazarrón, con gran quebranto de la sociedad de la época.
Era por eso que los pobres murcianicos se echaran a temblar cuando veían el cielo nublarse más de lo debido.
Y como entonces, y ahora, persisten algunos individuos en creer que el grifo del agua de los cielos está en manos de ese ente confuso y abstracto al que llaman Dios, les faltaba tiempo para coger de la oreja al prebistero de la catedral y subirlo encima de la torre, lignum crucis* en mano, para que desde allí convocara a los espíritus que alejaran los nubarrones.

Imagínense la escena, que es para espatarrarse:
El cielo tronando, el agua que arrecia, y el cura en el balcón recitando jaculatorias con la cruz y el hisopo en las manos.
Como no podía ser de otra manera, a Dios siempre le pillaba mirando para otro lado y no era infrecuente que un relámpago descarriado terminara haciendo carbonilla aquel pararrayos ocasional que le provocaba desde tan alto balcón.
Tan alto tan alto que, de allí al cielo, pasaba el religioso sin darse apenas cuenta.

Me lo contó con mucha gracia y sabiduría, Cristina, la más galana de las guías que conoce de Murcia lo que no está escrito.
Ahora, un poquito más, también su merced.

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el balcón desde el interior de la torre
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(*) Cada iglesia que se precie tiene su lignum crucis particular.

10/2/15

el Clio

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¿Bonico, verdad?
Pues más bonico es su corazón de 100 caballos con turbo, en un motor de gasolina. Capaz de volar sobre la carretera… pero sólo en caso necesario. Su dueño, o sea el menda, prefiere ver pasar la vida bastante más despacio.
De cualquier manera, un estreno así, bien merece un cristalito en La Vidriera.

Me dio pena, mucha pena, dejar el Ibiza en el concesionario para carne de desguace. Lo creerán o no, pero me despedí de él con un beso sobre su capó, aun calentito por el desplazamiento.
No es para menos, durante quince años, quince, me ha servido fielmente.
300.000 kilómetros, sin un disgusto, y para un motor de gasolina, entiendo que es cumplir escrupulosamente con lo que de él se esperaba.
Cierto es que lo traté bien, que siempre durmió a cubierto, que las revisiones periódicas le llegaron puntualmente y que a menudo recibió un plus de cariño, como todas las cosas y personas que me rodean, pero él cumplió su parte y la cumplió bien.
He comentado a un amigo común que debería haber una especie de edén, de refugio, de paraíso, para aquellas cosas que nos facilitaron la vida. Algo así como un parque temático… un museo… qué se yo.
Lo del desguace se me antoja un sacrilegio, una puñalada trapera en el corazón de quien siempre fue tu amigo y te sirvió con lealtad.
Cualquiera que me lea pensará que no estoy hablando de un coche.
Lo digo sin arrepentimiento; cada cual debe ser libre de cargar con sus propias tonterías.

De este espero lo de aquel, lealtad y servicio.
Aunque… no sé… las cosas de la tecnología no siempre van a mejor.
Para empezar, hay que hacer un curso antes de ponerte al volante. Ni que fuera el coche fantástico. La revolución tecnológica. Una muestra; no tiene llave.

Para conocernos, y presentarle a Nikita, ayer me lo llevé al faro de Mesa Roldán. Sobre el acantilado, el viento de poniente en el rostro y el frío en los huesos pese al sol, nos presentamos nuestras credenciales. La Torre Artillada del XVI sirvió de testigo.
De hecho estoy pensando mandar las fotos al concesionario; lo mismo me las compran.

Al volver, por ver si era verdad lo que me contaban, deje caer un poco de más el pie sobre el acelerador. Lo levanté –me entró miedo- cuando el cuenta marcaba 170.
No hace falta llegar a ningún sitio tan de prisa.

Otrosí:
Hoy, 1º de agosto de 2.024, me ha llamado por teléfono mi amigo el Sherpa. Para contarme que me tuvo presente cuando esta mañana, 25 años después y casi 400.000 kms. en su motor, dejó su viejo Opel Corsa en el concesionario para sacar un coche nuevo. Y que fue como yo decía, que sintió como si traicionara a aquel que tan bien y fielmente le sirvió. Un abrazo, amigo; ya ves, la edad nos va colocando -antes o después- a cada uno en su sitio.

22/1/15

A la Charca por la cuesta del Atanasio.

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Ante unas tazas de café humeante y una bandeja de churros –made in Cordobesa-, mi amigo Antonio Atienza y yo convinimos que las pistas estaban chorreando y no estaba la mañana para tenis. Aunque el sol estaba fuera, la nieve caída en las montañas próximas –que parece mentira que esto sea la costa del sol- y el viento suave del norte impedía que el termómetro superara los ocho grados –frío polar, en cualquier caso-.

-Qué hacemos?
-Yo voy a por Julieta y me voy de guacabaud; la temperatura irá subiendo conforme avance el día.
-Vamos a la Charca de las Extranjeras.
-El río estará crecido, boquerón.
-Mejor nos vamos por la Cuesta de Atanasio, llegamos donde podamos y aluego… ya vemos…
-En la rotonda de San José, dentro de media hora.

Nos vestimos de ciclista, agarramos las monturas y fuimos dejando atrás la línea de costa; el sol, empezaba a calentar un poquito.
El tal Atanasio, el mu malaje, debe estar quemándose en el infierno. Porque solo a alguien con muy malas ideas se le ocurre trazar un camino que suba donde sube este. Una vez arriba, recuperado el resuello, nos dejamos caer por un camino terrizo en buenas condiciones que lleva a la cuasi confluencia de los ríos Padrón y La Cala.

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Solo el cielo sobre nosotros

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Observe el lector, al fondo, la presencia del Peñón de la Ignominia

Lo evidente es lo evidente y no necesita muchas explicaciones. La lluvia caída estos días hace que los arroyos bajen la mar de contentos. Nada desde luego que nos pudiera echar atrás. Así que después de vadearlos unas cuantas veces, mojarnos los pies, cargar a hombros las bicis y echar unas risas, hemos llegado algo más allá del Quinto Molino, lugar donde es de todo punto imposible seguir con cabalgadura.

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Las hemos amarrado de forma segura para adentrarnos en la garganta por la que baja el arroyo. Ahora, además de los pies, también nos mojamos el culo.
En ocasiones nos valimos de las ramas de los arbustos para poder colgarnos y seguir río arriba.
Pero al fín llegamos a la famosa charca, donde por cierto no había ninguna extranjera. Ni nacional. Sólo estábamos dos tontos muy tontos, pero que se lo estaban pasando de puta madre.
Para dejar constancia de la hazaña, nos hemos afotado.

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Luego tocaba desandar el camino. En algún punto me he detenido para mangar unos cuantos limones. Antonio no ha cogido ninguno pues los lugareños tienen de sobra en sus casas. A decir verdad, la mitad de los limones que aquí se producen –una ingente cantidad- terminarán tirados en el campo o malvendidos.

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Como el camino de regreso era prácticamente en descenso, seguía haciendo frío, y el sudor y la mojada se han secado sobre mi cuerpo, ahora tengo la garganta hecha una mierda.
Ha sido el precio. Barato… desde luego.

Enlace gps del trazado,
https://www.runtastic.com/es/usuarios/juan-dominguez-1-5/sesiones-deportivas/383199647

27/11/14

la historia según Mairena: la rebelión de los moriscos

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Andando de guacabaud por La Alpujarra, di con mis cuitas en la coqueta plaza de la iglesia de Bayarcal. Allí, una ornada placa da cumplida cuenta de un episodio de la rebelión de los moriscos que me hizo profundizar sobre el tema.

La tal rebelión, que más que escaramuza fue una guerra en toda regla, no fue sino la consecuencia de que el gobierno central –léase Felipe II- les tocase los guitos más de lo prudente y sensato a la población morisca del reino de Granada.

El detonante fue la promulgación de la Pragmática Sanción de 1567, firmada por su muy serena majestad Felipe II en un descanso de la construcción del Escorial, y que limitaba un jartón las libertades culturales, religiosas y otras, de los hasta entonces moritos guapos, moritos buenos.
Esta vez, no la pudieron parar con dinero.
Llegados a este punto, con la bota en el cuello, los moros españoles se dijeron que “de perdidos al río”, y el reino de Granada entero ardió de una punta a otra.

Cuatro años duró la contienda y en ella se cometieron todo tipo de atrocidades… por uno y otro bando, como suele suceder.
Los moriscos desataron sus iras contra todo lo cristiano, especialmente contra el clero, y ellos mismos sufrieron atrocidades indescriptibles.
Si el gobierno central contaba con un avezado y profesionalizado ejército, los moriscos contaron con la ayuda de los monfíes.
¿Qué quiénes eran los monfíes?
Yo podría decirles, simplificando, que unos bandoleros con muy mala leche.

Pero en el San Google he encontrado esto:
“Los monfíes fueron, originalmente, personas huidas a los montes como consecuencia de los desórdenes y la represión asociados a la conquista de Granada por los Reyes Católicos en 1492, y su número aumentó en décadas posteriores conforme aumentaba la presión ejercida por las nuevas autoridades castellano-aragonesas contra los súbditos granadinos de religión musulmana.
Los monfíes, de extracción eminentemente rural, formaron en ocasiones comunidades en los montes en las que practicaban libremente los ritos de su fe, al contrario que los moriscos de los núcleos de población, obligados a mostrar adhesión a las creencias y rituales católicos.
Se dedicaron en gran medida al bandolerismo contra cristianos, y tuvieron en los pastores a sus mejores aliados.
El monfí es, según el diccionario de la Real Academia Española, el moro o morisco que forma parte de las cuadrillas de salteadores de Andalucía después de la Reconquista.
Esta equivalencia no es casual; en los textos de la época se emplea salteador o monfí para designar a cualquier bandido. Se llega a calificar a los piratas de salteadores o monfíes, lo que induce a cierta confusión e indica sin duda el conocimiento de los vínculos existentes entre unos y otros. Pero lo importante es el empleo de la palabra monfí -la más utilizada en Andalucía- procedente del árabe munfi, que designa a un hombre desterrado o exiliado.
Los españoles, pues, adoptaron una palabra cuyo sentido alteraron; para ellos, el monfí es un criminal y sólo eso, por lo que no se distingue en absoluto del salteador.
El monfí es un héroe de la libertad para los moriscos, y quizá hasta un hombre santo a los ojos de los musulmanes; de ahí el prestigio de que gozan muchos de ellos”.

Los monfíes, sin lugar a dudas, fueron los pioneros y el trazo a seguir por las ilustradas y gloriosas hornadas de bandoleros que, desde entonces, han sido protagonistas de la historia de España.
Hasta tal punto es ello cierto que Richard Ford, escritor e hispanista, llegó a escribir: "Una olla sin tocino es tan insípida como un libro sobre España sin bandoleros".
Aún nos dura.

El episodio que nos ocupa sucede la nochebuena de 1568.
Los moros en pie de guerra, declaran caza sin cuartel a los cristianos; pocos y mal preparados.
Huyendo de la quema, unos cincuenta de ellos, vecinos de Laroles y Bayarcal, se refugian en la torre de la iglesia de Bayarcal, por ser la más protegida; entre ellos se encuentran cinco beneficiados del rey.
La torre es cercada por quince escuadras de monfíes lideradas por Farax Aben Farax, jefe de la tribu de los Abencerrajes y el más hijo de puta de los bandoleros monfíes.
Cinco días después –el día de los santos inocentes-, diezmados por el hambre y las penurias, engatusados por las buenas palabricas de los parlamentarios monfíes, los cristianos se rinden. Fueron inmediatamente sacrificados en la placita que está frente a la iglesia, cuya tierra quedó empapada por muchos días con la sangre derramada. Alá es grande y Mahoma su profeta.

Fueron cuatro años de pesadilla. Cuentan los cronistas:
“Apenas quedó sacerdote, sacristán o fraile de la Apujarra y tierras vecinas libre de terribles crueldades. A los curas y frailes les escarnecían recordándoles la severidad con que llevaban la cuenta de los que no asistían a misa y las penas que imponían por esto, las admoniciones que dirigían a las mujeres porque no se descubrían la cara o seguían practicando las antiguas costumbres. Una de las preocupaciones de los sublevados (como buenos musulmanes) era, sin embargo, la de hacer abjurar a los prisioneros, y en los casos de resistencia, que fueron todos, según los historiadores, era cuando iniciaban los tormentos. [...] Los lugares de culto fueron incendiados y saqueados de modo sistemático... Los moriscos expoliaban las sacristías, las casas de los curas y las de los cristianos en general. Como las iglesias sirvieron de refugio a los cristianos... a los asedios siempre se sumaron las rapiñas y profanaciones. [...]
"Iuan a la Iglesia de cualquier lugar, derribauan los retablos, arrastrauan las imágenes, las despedaçauan y quebrauan las pilas del bautismo y sagradas Aras, vestíanse los ornamentos sacerdotales con irrisión y burla dellos" .

Los cristianos tampoco les fueron a la zaga. Pero como la historia las escriben los vencedores, tenemos bastantes menos testimonios de sus desmanes. Que los hubo… y a cientos… como los que originaron la revuelta.

Fue don Juan de Austria en 1571, entrando en Las Alpujarras a sangre y fuego, quien acabó con tanta tontería. Como suele suceder, y no estoy señalando a nadie, el pez grande se comió al chico.
Al sometimiento siguió la deportación. Hubo esperrio de moriscos y pagaron justos por pecadores; se les midió a todos con la misma vara. 
De esta medicina ya había probado con anterioridad  mi buen amigo Alabez, rey de Mojacar, asunto este que ya tratamos en otro episodio de esta divertida Historia de España (mayo 2007).

El caso es que, mientras paseaba mis ojos por los olmos que rodean la placita de la iglesia de Bayarcal, un pensamiento vino a acompañar mi desazón:
No aprendemos… es que no aprendemos.

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24/11/14

Crossing of the dessert

El problema del google maps es que todo es plano.
El mundo es plano. Como la palma de la mano.
Y así claro, visto desde el aire, las dificultades brillan por su ausencia.
Luego, vueltos a la realidad, pasa que entre el punto A y el punto B hay una barranquera del demonio y el demonio te espera allá abajo para comerte. Al demonio no le importa que estés pellejuo y correoso; te come igual.

También se recomienda no ir solo.
Y esta recomendación se basa en el más simple principio de supervivencia.
Si te pasa algo en esas gargantas, cárcavas o desfiladeros, no te encuentran ni los cuervos. Así que se hace imprescindible llevar alguien al lado que avise si te escalabras. Además ese alguien cumple la función de darte charla, hacer que no te sientas solo, en lugares donde la sensación de soledad abruma.

Crossing of the desert. Son apenas treinta kilómetros con salida y regreso en el pueblo de Tabernas. Sales del pueblo, te introduces en la rambla y comienzas a bajar como unos ochos kilómetros. Cuando divisas la muralla natural que supone el trazado de la autovía A-7 tomas otro desfiladero situado a la derecha y comienzas a ascender, la brújula apuntando el norte. Las altas paredes te impedirán ver otra cosa que no sean farallones y cielo, azul o nubloso según esté el día.
Si la predicción meteorológica anuncia tormenta tampoco es aconsejable hacer esta ruta. Lo que está más seco que el ojo Perico, en caso de avenida, puede alcanzar metros de altura en minutos y arrastrar con todo lo que se ponga por delante. Y, créame, según el sitio, no hay salida.
Dejas el desfiladero, rodeas el poblado indio de Fort Apache, saludas a Pluma Estropeá y tomas rumbo sur por un camino de ensueño para ciclear. Encontramos un tractor abandonado con el que jugamos un rato.
De pronto te encontraras el camino cercado. Si no quieres volver sobre tus pasos, cosa de todo punto imposible, toca saltar la cancela y hacer saltar las monturas. Cuando estas al otro lado, carteles sobre la valla te hacen ver que donde no tenías que estar era de donde vienes, y que el recinto está fuertemente alarmado. Te entra la risa floja y dices que te toca los…

Sigues hacia el sur, cruzas por el puente bajo la autovía y comienzas el camino de regreso. Cuando llegas al Mini-Holliwood, la cartografía vuelve a jugarte una pesada broma. Allí debía haber un camino que no encuentras. Así que toca dejarse caer por un terraplén con la bici a la espalda. Te pinchas con las aliagas, te resbalas, te caes, te estrozas y te despellejas un pelín, pero vuelves a pisar terreno ciclable. Y ahora toca subir; sin prisas… pero sin pausas. La bici y tú ya lleváis encima el suficiente barro y polvo para que no te conozcan en casa, así que poco importa un poco de polvo más.

El camino, la rambla desértica, te vuelve a dejar a las puertas de Tabernas, ahora en el lado sur. Pero te reserva una última sorpresita. Para ascender a la plataforma del pueblo hay que subir un cuestón corto, pero contundente. De la categoría pa cagarse. A estas alturas, ciclistas piltrafillas como nosotros solo pueden hacerlo con la bicicleta de la mano, el corazón saliéndote por la boca y el viento por el tubo escape.

La aventura ha durado tres horas y media. Te duelen el culo y los brazos; y los desollones de las piernas.
Lo sucio que estás es proporcional al hambre que tienes.
Pero una sonrisa se pinta en tu cara mientras añades otra muesca al currículum del Capitán Pedales.

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11/11/14

Anica la de Ronda

Pastora Imperio le regaló una bata de cola.
La reina Victoria Eugenia un mantón de Manila; agradecimiento por su actuación en una fiesta íntima familiar.
Y Federico García Lorca la citó como una de las grandes del cante.

Me invisto en modo conferenciante para hablarles de Ana Amaya Molina (a) Anica la de Ronda (1855-1933).

Una vez tuve una foto de ella. Mejor sea dicho, de la estatua que por suscripción popular se erigió en la calle Santa Cecilia, según se baja a la iglesia de Padre Jesús y a la fuente de Los Ocho Caños. Era una foto de la que me sentía –me siento- particularmente orgulloso. Pero poseía escasa documentación sobre la misma. Mis conocimientos en Ronda tampoco contribuyeron mucho a mitigar mi ignorancia sobre el personaje.

Ahora, la casualidad, ha hecho que esa documentación rebose sobre la mesa de mi escritorio. No desperdiciaré la oportunidad de aprovecharlo.

Anita, gitana, cantaora y guitarrista, compositora, vivió su vida entre el flamenco, el contrabando y el desamor.
Amante de El Lagartijo y del General Contreras, entre otros de menos ascendencia, fue preguntada un día sobre la paternidad de su hijo. Anita, contestó:
Rafael Molina fue mi amigo mío, verdad. Pero el hijo que tengo no e del, ni del general Contreras. Se lo pedí yo a la Virgen de los Dolores y me lo concedió. Créame, señorito de mi arma. Lo demás son crítica, chumba y esas cosas…

Desgranó su arte en los cafés Chinitas o el Sin Techo, de Málaga; y en El Burrero, de Sevilla, cuando Ronda se le había quedado chica, personificando en ellos el origen de su casta arisca y vagabunda, traducida en lo bohemio del gitano.

Ya anciana fue la figura más admirada de la Semana Andaluza en la Exposición de Barcelona, donde bailó y cantó arropada por la guitarra de Ramón Montoya.

De ella, un periodista catalán escribía por aquellos días:
“La casa donde vive Anita Amaya, en Ronda, es un lugar de peregrinación. El juez, el alcalde, el boticario, el registrador, damas de alta y baja alcurnia, todos desfilan por su vivienda, archivo de sabiduría popular. Diariamente, desde Barcelona, se telegrafía al secretario del Ayuntamiento de Ronda, diciendo que la anciana gitana come bien, duerme poco y bebe mucho. También se telegrafía a los gitanos, que, impacientes ya, piden que regrese. Pero ella no quiere marcharse”.

El escritor Nuñez de Prado, en su obra Cantaores Andaluces, dice de Anita:
“Siente el Arte como el corazón que más lo sienta, concibe la belleza como el cerebro constituido para concebirla mejor, siente las grandiosidades de ese arte, como el alma que con más intensidad pueda sentirlas, pero su corazón, su cerebro y su alma, absolutamente humanos, en toda la hermosa acepción de esta palabra, sólo ven en su arte un vehículo para enviar desde sus entrañas al infinito toda la expresión de su exquisita ternura, de sus ansias de goces, de sus sueños de amor, de su ambición de cariño. Ambición que guarda la primera y tal vez la sola finalidad de su vida, ambición que mueve todos sus actos, que impulsa los resortes de su organismo. Eso es lo que la ha hecho más simpática, aún más que sus mismas cualidades para el cante, y a eso se debe, en primer término, los triunfos artísticos que ha logrado y los aplausos que ha obtenido”.

Y dejo para el final un fragmento del poema El Cristo de los Gitanos, de José Carlos de Luna, recogido en la Historia del Flamenco, tomo 2, editorial Tartessos 1995, p.p. 328-329, en el que nuestra amiga Anita no sale tan bien parada. Y es que esto del artisteo siempre tuvo mucha envida entre bastidores.
“Esta gitana vieja, más vieja que el castillo que arrebola su cara con polvo de ladrillo y luce chamuscados los pelos del bigote, aun con la guitarrilla se gana su guisote, arrastrando orgullosa la bata de lunares por inmundos garitos y tristes lumpares.
Con el alba, borracha, camino de su choza, entre perros sarnosos que le ladran con furia, contonea su cuerpo como cuando era moza y a sus pies se rendían el oro y la lujuria.
Yo quise rodearte de pan y de respeto, porque eres relicario de exquisitos joyeles; pero adoras al vicio, porque él es tu amuleto, y al hambre y la miseria, porque son tus caireles.
Y como a ti te debo mucho de lo que escribo, porque fluyó vibrante por tu caucona boca, al bajar de mi jaca y soltar el estribo, saludo con respeto tus perjeños de loca”.

Ana Amaya, Anita la de Ronda, flamenca y gitana, se nos murió el 1 de noviembre de 1933, hace ahora 81 años, y para nuestra desgracia no dejó ningún documento sonoro.
Ni falta que hace.
Desde el respeto que me merecen todos los flamencos, sirvan estas líneas, doña Ana, de homenaje.

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