Siempre que duermo a la sombra del Peñón de la Ignominia suelo cafetear –animal de costumbres- entre las paredes de La Maestranza. La Maestranza, como su propio nombre indica, es una cafetería con hondas reminiscencias taurinas. Sus paredes la llenan decenas de fotografías tomadas en la plaza de Ronda, la de los toreros machos, y los huecos que quedan con reproducciones de pinturas de Julio Romero de Torres.
Viene al caso decir ahora que siempre me pareció que las modelos del cordobés solían ser más feas que Picio, y con más vello que la Pantoja. Pero esta es una apreciación personal, recogida a vuela pluma, que no debería distraernos del tema principal… el sacro-santo lugar de La Maestranza.
Lugar donde el desayuno se eleva a la categoría de arte. Churros, manteca colorá con zurrapa, manteca blanca, chicharrones, tostadas con aceite andaluz, pastelería varia y exquisita; manjares todos muy indicados para el paladar y el espíritu animoso y nada convenientes para colesterosos melindres.
Pasado el mediodía, los cafeses y mantecas varias dejan su sitio a la cerveza helada, el vino manzanilla bien fresquito y un surtido de exquisitas tapas que van saliendo de los fogones que Carmen maneja con absoluta maestría… que aquí todo es arte y hondura.
Otra de las bondades de tan señalado lugar es que abre de amanecida. Tan de amanecida que allí encuentran cobijo tanto los desheredados que acuden a su trabajo como los que, con la resaca de la fiesta encima, aún no encuentran el momento oportuno de recogerse.
Esta última es una fauna pintoresca y digna de estudio en pieza separada… sobre manera en el género femenino. Que tiene tela… marinera.
Esta mañana, mientras disfrutaba de la retransmisión del tercer encierro de los sanfermines, ocuparon la mesa de al lado tres individuas que, por su aspecto, deberían venir del encierro… de ayer. Que me gusta la gente sin complejos.
Pero ese es otro tema que, como dije, trataremos en otra ocasión.
10/7/18
2/7/18
la Torre de la Testa
Esta le hubiera gustado a mi amigo el Sherpa.
No excesivamente alejada de la civilización, solitaria, empinada y agreste, se me antoja como un caramelito para el excursionista de fin de semana.
El Cerro de la Testa, donde el viento da la vuelta, es el vértice de la península por el sureste. A sus pies, el faro de Cabo de Gata, define lo mismo cuando la visibilidad tiende a que no distingas un hilo blanco de un hilo negro.
Sobre la cima de este cerro, en el año 1570, Antonio del Berrio y Luis Machuca propusieron hacer una torre. Hacer una torre en lugar tan elevado e inhóspito es un proyecto cuya motivación se nos escapa, como no sea el de poseer un mirador inigualable sobre el mediterráneo.
El caso es que la finalizaron en 1584 los hermanos Diego y Gregorio García, albañiles granadinos, con un coste de 431.250 maravedíes. Los últimos detalles se los dio en 1593 otro granadino, Sebastián de Castro, carpintero y avalista de los albañiles citados.
El 31 de diciembre de 1658 la torre quedó arruinada por un terremoto. Posteriormente, en fecha indeterminada, sufrió el impacto de un rayo.
Habilitada por el reglamento de 1764, José Crame la rehabilitó en 1767 con un presupuesto de 2.301 reales de vellón.
Después de la Guerra de la Independencia sufrió un importante deterioro, para terminar siendo demolida al terciar el siglo XX, durante la Guerra Incivil.
En 1932 el arqueólogo alemán Adolf Schulten intentó localizarla pero no la encontró. Es evidente que no buscó como debía porque sus restos continúan en la cima del Cerro.
A día de hoy, el Cerro de la Testa se ha convertido en un lugar totémico y telúrico. Y a 343 metros sobre el nivel del mar, continúan expuestas a quien las quiera visitar las ruinas de la torre.
Debió existir en su día un camino zigzagueante que llegaba hasta la torre, única forma de subir –a lomos de mulos o caballerías- los enormes pilares que encontramos entre sus escombros.
Del camino no quedan más que las trazas y la cima debe ser atacada por la vaguada que limita el cerro por el este. Imprescindible llevar calzado adecuado por la cantidad de riscos y piedras sueltas que encuentras en la subida y pantalones de treking –o pantorrillas a prueba de todo- que te defiendan las piernas de la hojarasca y la maleza. Ojo, sobremanera, a la bajada, bastante más complicada que la subida… como suele suceder.
Y allá que nos fuimos mi hijo Víctor y el Capitán Pedales, a mayor gloria de mis nietos, que se divertirán leyendo estas aventuras. Agradezco a mi hijo, desde luego, que buscara un hueco en su agenda para satisfacer –otra vez- un capricho de su inquieto padre.
Esta vez no fue devoción, sino obligación. Un proyecto que tengo entre manos acerca de las torres vigías del litoral almeriense tuvieron la culpa.
Y no es primeros de julio la fecha más idónea para atacar esta cima pero le buscamos las vueltas a Lorenzo y a las siete de la mañana ya estábamos ascendiendo hacia La Testa.
Dos horas tardamos en subir y bajar, incluidos los veinte minutos que dedicamos a fotografiar todo lo fotografiable desde aquel mirador incomparable.
Las ruinas no son más que eso… ruinas, pero las vistas merecen el esfuerzo que supone coronar el cerro.
La idea era bañarnos en el mar al bajar de los riscos, pero lo impidió –cosa habitual en estos lares- un acentuado temporal de poniente que desaconsejaba el plan por muy acalorados que bajáramos. A cambio nos fuimos a desayunar al cruce de Torre Marcelo donde se ubica una cafetería del mismo nombre con un escaparate de pastelería y unas tostadas que quitan el hipo… y el hambre.
Después de rozar el cielo, poner los pies en la tierra no suele ser mala cosa.
-doña Luna no se quiso perder nuestra subida.
-el viejo aljibe es otro punto de referencia.- Ya casi en la cima, llegados a él hay que tomar a la izquierda.
-lo que queda de la antigua Torre de la Testa y que el arqueólogo alemán no supo encontrar.
No excesivamente alejada de la civilización, solitaria, empinada y agreste, se me antoja como un caramelito para el excursionista de fin de semana.
El Cerro de la Testa, donde el viento da la vuelta, es el vértice de la península por el sureste. A sus pies, el faro de Cabo de Gata, define lo mismo cuando la visibilidad tiende a que no distingas un hilo blanco de un hilo negro.
Sobre la cima de este cerro, en el año 1570, Antonio del Berrio y Luis Machuca propusieron hacer una torre. Hacer una torre en lugar tan elevado e inhóspito es un proyecto cuya motivación se nos escapa, como no sea el de poseer un mirador inigualable sobre el mediterráneo.
El caso es que la finalizaron en 1584 los hermanos Diego y Gregorio García, albañiles granadinos, con un coste de 431.250 maravedíes. Los últimos detalles se los dio en 1593 otro granadino, Sebastián de Castro, carpintero y avalista de los albañiles citados.
El 31 de diciembre de 1658 la torre quedó arruinada por un terremoto. Posteriormente, en fecha indeterminada, sufrió el impacto de un rayo.
Habilitada por el reglamento de 1764, José Crame la rehabilitó en 1767 con un presupuesto de 2.301 reales de vellón.
Después de la Guerra de la Independencia sufrió un importante deterioro, para terminar siendo demolida al terciar el siglo XX, durante la Guerra Incivil.
En 1932 el arqueólogo alemán Adolf Schulten intentó localizarla pero no la encontró. Es evidente que no buscó como debía porque sus restos continúan en la cima del Cerro.
A día de hoy, el Cerro de la Testa se ha convertido en un lugar totémico y telúrico. Y a 343 metros sobre el nivel del mar, continúan expuestas a quien las quiera visitar las ruinas de la torre.
Debió existir en su día un camino zigzagueante que llegaba hasta la torre, única forma de subir –a lomos de mulos o caballerías- los enormes pilares que encontramos entre sus escombros.
Del camino no quedan más que las trazas y la cima debe ser atacada por la vaguada que limita el cerro por el este. Imprescindible llevar calzado adecuado por la cantidad de riscos y piedras sueltas que encuentras en la subida y pantalones de treking –o pantorrillas a prueba de todo- que te defiendan las piernas de la hojarasca y la maleza. Ojo, sobremanera, a la bajada, bastante más complicada que la subida… como suele suceder.
Y allá que nos fuimos mi hijo Víctor y el Capitán Pedales, a mayor gloria de mis nietos, que se divertirán leyendo estas aventuras. Agradezco a mi hijo, desde luego, que buscara un hueco en su agenda para satisfacer –otra vez- un capricho de su inquieto padre.
Esta vez no fue devoción, sino obligación. Un proyecto que tengo entre manos acerca de las torres vigías del litoral almeriense tuvieron la culpa.
Y no es primeros de julio la fecha más idónea para atacar esta cima pero le buscamos las vueltas a Lorenzo y a las siete de la mañana ya estábamos ascendiendo hacia La Testa.
Dos horas tardamos en subir y bajar, incluidos los veinte minutos que dedicamos a fotografiar todo lo fotografiable desde aquel mirador incomparable.
Las ruinas no son más que eso… ruinas, pero las vistas merecen el esfuerzo que supone coronar el cerro.
La idea era bañarnos en el mar al bajar de los riscos, pero lo impidió –cosa habitual en estos lares- un acentuado temporal de poniente que desaconsejaba el plan por muy acalorados que bajáramos. A cambio nos fuimos a desayunar al cruce de Torre Marcelo donde se ubica una cafetería del mismo nombre con un escaparate de pastelería y unas tostadas que quitan el hipo… y el hambre.
Después de rozar el cielo, poner los pies en la tierra no suele ser mala cosa.
-doña Luna no se quiso perder nuestra subida.
-la Piedra del Lobo es punto de referencia al inicio de la subida.
-el viejo aljibe es otro punto de referencia.- Ya casi en la cima, llegados a él hay que tomar a la izquierda.
-un lujo para la vista
-lo que queda de la antigua Torre de la Testa y que el arqueólogo alemán no supo encontrar.
-Vale… no es el Aconcagua; pero era lo que tocaba.
-Nosotros también dejamos nuestro particular hito de señales cuando iniciábamos la subida.
7/5/18
las Cruces
-Cruz de Mayo en el Patio de Luces de la Diputación de Almería / 2018
Ya es mayo… cuando jase la caló.
Y con mayo vienen las cruces. Esta es tierra de cruces. Córdoba, Granada, Almería, llenan sus patios y rincones con estas floridas cruces que se forman, siempre, con claveles rojos o blancos. Las pueden ver en otros materiales, pero ni es lo usual, ni es lo correcto.
Los orígenes de las Cruces de Mayo se diluyen en la noche de los tiempos. Y cada uno le dará razón de ellos según su escuela. A poco que bichee en internet encontrará ciento y un antecedentes para tan antigua tradición. A día de hoy no es sino un motivo folklórico para reunirse los amigos en torno a un ambiente festivo en el que comer y beber sin más razón que la de estar vivos… que es la mejor de las razones. Así no es raro que cante y baile se unan a la liturgia de las cruces.
Uno de los detalles que el curioso espectador -no avezado en estas lides- observará en estos escenarios es la presencia de unas tijeras –casi siempre rotas- clavadas en una manzana. No es asunto de superstición, sino de observación.
En Andalucía, a las manzanas, se les llama también peros. No peras, sino peros.
Las tijeras clavadas en la manzana pretenden cortar, de raíz, las supuestas críticas que los espectadores pongan a la Cruz.
-Está muy bien, pero si hubieran puesto… pero si…
Pero si te quedarás en tu casa, todos estaríamos más tranquilos.
Y con mayo, y sus cruces, vienen las mayas… de las que ya hemos hablado aquí en otras ocasiones. Para el lector curioso que no se haya cansado de leer, le recuerdo que en mayo de 2010 puede encontrar más información sobre ellas -columna índice a la izquierda-.

Alegoría del comer y beber, en buena compañía
Siempre se agradece una propina para la organización

De lo que se trata es de darle gusto al cuerpo. Y vestidos, esto es lo mejor.
-Te ha quedado el cristalito super-chulo, pero… pero…
17/4/18
Diógenes
El cristalito de hoy va precedido de una advertencia. Seria. No sigas leyendo si tienes el estómago delicado, si eres de natural apocado, tiquismiquis. Vete al youtube y te ves, otra vez, la chilena del Ronaldo. Avisaico quedas.
Éramos pocos, y parió la abuela.
El piso que linda con el de doña Mariana, era el de María Teresa y Manolo. Manolo, mecánico de automóviles, medró en la época en que la Costa del Sol sufrió su particular boom y tanto lo hizo que pudo costear un bloque completo para él y para sus hijos; cinco viviendas en total. Su antiguo piso, el que linda con el de doña Mariana, pasó –con mejor y peor fortuna- a ser habitado por un sinfín de individuos en régimen de alquiler.
Con los dos últimos, de cinco años para acá, las han tenido de todos los colores. Finalmente, tras un largo proceso judicial, hace unas semanas los últimos inquilinos abandonaron el piso y su legal propietario pudo, por fin, tener acceso al mismo.
Casi mejor no haberlo hecho.
Ayer tarde los operarios de una empresa especializada que va a tratar de volverlo a hacer habitable nos advirtieron que tuviéramos herméticamente cerradas puertas y ventanas… y tapados todos los desagües de fontanería.
Esta mañana, cuando salía para el club de tenis, los vi que se disponían a entrar envueltos en unos buzos blancos y con mascarillas. Cuando he vuelto… a mediodía… la situación era surrealista. Les he pedido autorización para hacer fotos porque no se creerían lo que les estoy contando. Diógenes, al lado de los tiparracos que habitaron el piso, era el Marqués de Medina Sidonia. Ellos, que tampoco deben estar muy acostumbrados a este tipo de situaciones, me han invitado a pasar a los dormitorios para que documentara… pero he declinado la invitación; con lo visto me sobraba.
La pregunta es… ¿cómo una persona puede vivir en esas condiciones?
Pues nada… primero tendrán que desalojar la vivienda de todos los enseres, que van directamente a unos grandes contenedores de basura que han puesto en la calle, luego fumigarán y desinfectarán, picarán las paredes y levantarán el suelo… que es irrecuperable, puertas, ventanas e instalaciones eléctrica y de fontanería… todo nuevo. Un pastón.
Pero lo peor, para los vecinos, no deja de ser el peligro de infecciones que un nido de inmundicias como ese genera en un edificio.
Y luego nos extrañábamos de ver, de cuando en cuando, alguna cucaracha errante por las escaleras.
Anda que si esto nos pilla en verano.
Epílogo:
Han pasado unos días desde el episodio que les relato. Pensaba en un principio incluir un completo reportaje fotográfico… pero luego he pensado que la inmundicia no merece protagonismo. Va a bastar con una muestra…
Éramos pocos, y parió la abuela.
El piso que linda con el de doña Mariana, era el de María Teresa y Manolo. Manolo, mecánico de automóviles, medró en la época en que la Costa del Sol sufrió su particular boom y tanto lo hizo que pudo costear un bloque completo para él y para sus hijos; cinco viviendas en total. Su antiguo piso, el que linda con el de doña Mariana, pasó –con mejor y peor fortuna- a ser habitado por un sinfín de individuos en régimen de alquiler.
Con los dos últimos, de cinco años para acá, las han tenido de todos los colores. Finalmente, tras un largo proceso judicial, hace unas semanas los últimos inquilinos abandonaron el piso y su legal propietario pudo, por fin, tener acceso al mismo.
Casi mejor no haberlo hecho.
Ayer tarde los operarios de una empresa especializada que va a tratar de volverlo a hacer habitable nos advirtieron que tuviéramos herméticamente cerradas puertas y ventanas… y tapados todos los desagües de fontanería.
Esta mañana, cuando salía para el club de tenis, los vi que se disponían a entrar envueltos en unos buzos blancos y con mascarillas. Cuando he vuelto… a mediodía… la situación era surrealista. Les he pedido autorización para hacer fotos porque no se creerían lo que les estoy contando. Diógenes, al lado de los tiparracos que habitaron el piso, era el Marqués de Medina Sidonia. Ellos, que tampoco deben estar muy acostumbrados a este tipo de situaciones, me han invitado a pasar a los dormitorios para que documentara… pero he declinado la invitación; con lo visto me sobraba.
La pregunta es… ¿cómo una persona puede vivir en esas condiciones?
Pues nada… primero tendrán que desalojar la vivienda de todos los enseres, que van directamente a unos grandes contenedores de basura que han puesto en la calle, luego fumigarán y desinfectarán, picarán las paredes y levantarán el suelo… que es irrecuperable, puertas, ventanas e instalaciones eléctrica y de fontanería… todo nuevo. Un pastón.
Pero lo peor, para los vecinos, no deja de ser el peligro de infecciones que un nido de inmundicias como ese genera en un edificio.
Y luego nos extrañábamos de ver, de cuando en cuando, alguna cucaracha errante por las escaleras.
Anda que si esto nos pilla en verano.
Epílogo:
Han pasado unos días desde el episodio que les relato. Pensaba en un principio incluir un completo reportaje fotográfico… pero luego he pensado que la inmundicia no merece protagonismo. Va a bastar con una muestra…
30/3/18
todos buscamos a Gabriel
El día de Andalucía se torció antes de llegar al ángelus. Fue cuando nos enteramos que en la tarde de la víspera se había perdido Gabrielito.
Gabriel, de 8 años, había salido de casa de su abuela para ir a jugar a la de sus primos, apenas un centenar de metros en una cortijada cuyo nombre no viene al caso. Pero Gabrielito no llegó a casa de sus primos.
A la hora de la merienda, ante la tardanza, su abuela dio la voz de alarma.
Y todo el pueblo se echó a la calle. Y pasó la tarde y la noche buscándolo.
Y al día siguiente fue toda la provincia, toda la Comunidad. Y en los días que siguieron fue todo el país.
La sonrisa de Gabrielito, en las fotos que inundaron las calles, y las lágrimas de su madre, hicieron de la desaparición una causa de estado.
A Gabrielito –al Pescaíto, como le solía llamar su madre- se le buscó, angustiosamente, por tierra, mar y aire. Debajo de las piedras. Por todos los rincones y en los lugares más insospechados. Sin descanso. A Gabriel lo buscamos todos, con los pies, con los ojos, con el corazón. Pero Gabriel no aparecía.
Un movimiento de solidaridad se extendió por la nación. Los colegios se llenaron de dibujos de peces que reclamaban la pronta aparición del niño. Los escaparates. Las lunas de los coches. Los medios de comunicación social. Los informativos.
El lado oscuro de la canallesca ocupó su lugar, extendiendo el morbo como se extiende la mermelada sobre una rebanada de pan. Daños colaterales.
Durante doce días se prolongó el sufrimiento, la agonía, la desesperanza. Doce días tardaron los de verde –los que siempre hacen su trabajo- en encontrar el cuerpo inerte del niño que tenía escondido la bruja mala del cuento, de la que no daremos detalles porque como decía Patricia, la madre de Gabrielito, no debe tener espacio en este cuento.
A Gabriel, se lo llevó la bruja mala, de negras manos y corazón más negro aún. Quiero creer que se pudrirá en la cárcel y que el pescaíto nadará, libre, feliz y tranquilo, en el lugar a donde van las almas limpias, inocentes; un lugar mucho mejor que este.
La Dársena de la Ballena, a la sombra del Cable Inglés, se convirtió de forma espontánea en un lugar de peregrinación donde la gente depositó sus sentimientos en forma de flores, de dibujos, de velas encendidas, de juguetes.
Esta historia sólo puede terminar, pasada ya la vorágine de la pérdida, con el deseo de que alguien, o algo, dé fuerzas a sus padres, a su abuela, a su gente, para superar esta tragedia. Así sea.
Y de firma, el deseo de que no haya más Gabrielitos ni en nuestra vida ni en la de nadie.
Gabriel, de 8 años, había salido de casa de su abuela para ir a jugar a la de sus primos, apenas un centenar de metros en una cortijada cuyo nombre no viene al caso. Pero Gabrielito no llegó a casa de sus primos.
A la hora de la merienda, ante la tardanza, su abuela dio la voz de alarma.
Y todo el pueblo se echó a la calle. Y pasó la tarde y la noche buscándolo.
Y al día siguiente fue toda la provincia, toda la Comunidad. Y en los días que siguieron fue todo el país.
La sonrisa de Gabrielito, en las fotos que inundaron las calles, y las lágrimas de su madre, hicieron de la desaparición una causa de estado.
A Gabrielito –al Pescaíto, como le solía llamar su madre- se le buscó, angustiosamente, por tierra, mar y aire. Debajo de las piedras. Por todos los rincones y en los lugares más insospechados. Sin descanso. A Gabriel lo buscamos todos, con los pies, con los ojos, con el corazón. Pero Gabriel no aparecía.
Un movimiento de solidaridad se extendió por la nación. Los colegios se llenaron de dibujos de peces que reclamaban la pronta aparición del niño. Los escaparates. Las lunas de los coches. Los medios de comunicación social. Los informativos.
El lado oscuro de la canallesca ocupó su lugar, extendiendo el morbo como se extiende la mermelada sobre una rebanada de pan. Daños colaterales.
Durante doce días se prolongó el sufrimiento, la agonía, la desesperanza. Doce días tardaron los de verde –los que siempre hacen su trabajo- en encontrar el cuerpo inerte del niño que tenía escondido la bruja mala del cuento, de la que no daremos detalles porque como decía Patricia, la madre de Gabrielito, no debe tener espacio en este cuento.
A Gabriel, se lo llevó la bruja mala, de negras manos y corazón más negro aún. Quiero creer que se pudrirá en la cárcel y que el pescaíto nadará, libre, feliz y tranquilo, en el lugar a donde van las almas limpias, inocentes; un lugar mucho mejor que este.
La Dársena de la Ballena, a la sombra del Cable Inglés, se convirtió de forma espontánea en un lugar de peregrinación donde la gente depositó sus sentimientos en forma de flores, de dibujos, de velas encendidas, de juguetes.
Esta historia sólo puede terminar, pasada ya la vorágine de la pérdida, con el deseo de que alguien, o algo, dé fuerzas a sus padres, a su abuela, a su gente, para superar esta tragedia. Así sea.
Y de firma, el deseo de que no haya más Gabrielitos ni en nuestra vida ni en la de nadie.
22/3/18
Katalina
Les he tenido unos días abandonados. Tenía razones; hemos adoptado.
Habiéndose producido la alineación de tres planetas misteriosos, esto es, Yatocaba, Seteaparereciólavirgen y Tulovales, apareció en casa para día del Padre, del Abuelo, del Jubilado. En cualquier caso, ya duerme en mi garaje.
Como viene siendo costumbre, quiero hoy presentarla en sociedad.
Se llama Katalina Jota Jota y es de ascendencia nipona; es por eso que tiene los ojos rasgados. Lo más de lo más en su segmento; y eso no lo digo yo –que también- lo dice la prensa especializada, que algo debe saber de eso.
En color azul y plata, posee un motor de cuatro tiempos refrigerado por agua, sistema de frenado con abs, arranque sin llave –tarjeta- Smart Key, sistema Start&Stop -se para el motor cuando te detienes-, iluminación por led’s, un maletero donde cabe la compra del Mercadona y un consumo de 2.1 litros a los cien, lo que hace que de un repostaje a otro te olvides de por dónde cae la gasolinera.
Publicita el fabricante que han puesto el alma en cada detalle; lo iremos viendo.
Estos días andamos conociéndonos. Bíblicamente.
Ahora viene lo divertido… el viento en la cara.
24/2/18
Casa Ferrera
El cristalito de hoy va de arquitectura y urbanismo, de historia, de sensibilidad y dejación.
Hoy, antes que sus muros acaben en los contenedores de basura que alguien de exquisito gusto colocó delante de su fachada o, lo que es peor, bajo la piqueta del demoledor, les voy a hablar de Casa Ferrera.
En la confluencia de la calle Martínez Campos con el Parque Nicolás Salmerón pueden admirar –todavía- este edificio pura historia de Almería. Fue construido en el año 1913 por Trinidad Cuártara –arquitecto, Casa de las Mariposas- y su inauguración supuso un acontecimiento en la vida local. Aquello era como el Corte Inglés de la época, un almacén de ultramarinos y coloniales en que le podían vender desde canela de Ceilán hasta el ancla de su barco.
El impulsor de su construcción fue Emilio Ferrera, cartagenero acomodado y emprendedor, componente de una familia dedicada al negocio de la compra-venta de hierros y herramientas que vino a enamorarse hasta el desconsuelo de una mocita de 13 años, hija del representante para España de la multinacional francesa Portland (cementos y demás) con negocios en las minas murcianas y filial de las del Alquife: Gustave Giraud Brobic. Cuando en 1892 destinaron al padre de la muchacha a Almería, Emilio se vino tras ella, dispuesto a emprender lo que hiciera falta.
Y entre lo que emprendió, extensión del negocio de su familia, estaba la construcción de este edificio, que sería la sede de su empresa en la capital. Eso luego de casarse, claro está, con Luisa Giraud de la Roque, que así se llamaba la niña.
A título de curiosidad, y entre las muchas cosas que la ciudad debe agradecer a Emilio Ferrera, está que fue el promotor de la primera cabalgata de Reyes que se celebró en Almería. Fue el 30 de diciembre de 1916.
Pero el señor Ferrera murió relativamente joven. Se lo llevó por delante la epidemia de gripe de 1918, con poco más de cuarenta años. La contrajo en un viaje que, como cada año, hacía con su esposa a Barcelona y Valencia, donde se encontraban el grueso de sus proveedores. Emilio Ferrera murió el 5 de junio de 1918 y su cadáver llegó a Almería dos días después, en el tren-correo. Esa tarde no abrió ningún comercio y la ciudad entera se volcó en la calle.
La modernidad no le ha sentado nada bien al edificio. La desidia y la dejadez, tampoco. En la actualidad la primera planta está ocupada por el Colegio Oficial de Arquitectos de la Provincia –en alquiler- y la planta baja por una sucesión de negocios a cual más desgraciado e inconveniente.
Ante un futuro que se nos antoja incierto, visto lo visto, Nikita y yo hemos querido traerles este singular edificio para que tengan memoria de lo que fue… de lo que es. La próxima vez que pases bajo sus magníficos azulejos, piensa que un siglo de historia te contempla.
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