La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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30/3/18

todos buscamos a Gabriel

El día de Andalucía se torció antes de llegar al ángelus. Fue cuando nos enteramos que en la tarde de la víspera se había perdido Gabrielito.

Gabriel, de 8 años, había salido de casa de su abuela para ir a jugar a la de sus primos, apenas un centenar de metros en una cortijada cuyo nombre no viene al caso. Pero Gabrielito no llegó a casa de sus primos.
A la hora de la merienda, ante la tardanza, su abuela dio la voz de alarma.
Y todo el pueblo se echó a la calle. Y pasó la tarde y la noche buscándolo.
Y al día siguiente fue toda la provincia, toda la Comunidad. Y en los días que siguieron fue todo el país.
La sonrisa de Gabrielito, en las fotos que inundaron las calles, y las lágrimas de su madre, hicieron de la desaparición una causa de estado.

A Gabrielito –al Pescaíto, como le solía llamar su madre- se le buscó, angustiosamente, por tierra, mar y aire. Debajo de las piedras. Por todos los rincones y en los lugares más insospechados. Sin descanso. A Gabriel lo buscamos todos, con los pies, con los ojos, con el corazón. Pero Gabriel no aparecía.

Un movimiento de solidaridad se extendió por la nación. Los colegios se llenaron de dibujos de peces que reclamaban la pronta aparición del niño. Los escaparates. Las lunas de los coches. Los medios de comunicación social. Los informativos.
El lado oscuro de la canallesca ocupó su lugar, extendiendo el morbo como se extiende la mermelada sobre una rebanada de pan. Daños colaterales.

Durante doce días se prolongó el sufrimiento, la agonía, la desesperanza. Doce días tardaron los de verde –los que siempre hacen su trabajo- en encontrar el cuerpo inerte del niño que tenía escondido la bruja mala del cuento, de la que no daremos detalles porque como decía Patricia, la madre de Gabrielito, no debe tener espacio en este cuento.

A Gabriel, se lo llevó la bruja mala, de negras manos y corazón más negro aún. Quiero creer que se pudrirá en la cárcel y que el pescaíto nadará, libre, feliz y tranquilo, en el lugar a donde van las almas limpias, inocentes; un lugar mucho mejor que este.

La Dársena de la Ballena, a la sombra del Cable Inglés, se convirtió de forma espontánea en un lugar de peregrinación donde la gente depositó sus sentimientos en forma de flores, de dibujos, de velas encendidas, de juguetes.

Esta historia sólo puede terminar, pasada ya la vorágine de la pérdida, con el deseo de que alguien, o algo, dé fuerzas a sus padres, a su abuela, a su gente, para superar esta tragedia. Así sea.

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Y de firma, el deseo de que no haya más Gabrielitos ni en nuestra vida ni en la de nadie.

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