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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

2/4/14

la historia según Mairena: Juntos, por una vez

Trujillo-4

Sudáfrica, verano del 2010. La selección española de fútbol, la Roja, ha conseguido lo que ningún rey, ni político, ni gobernante, ni cristo que los menee, consiguió desde los tiempos en que Napoleón paseaba por España como si fuese el patio de su casa; que todos se sintieran parte de un algo común.
Bueno… todos menos los cuatro de siempre, aunque parezcan cuatrocientos dado el ruido que hacen.
Por generación espontánea aparecen los balcones engalanados con banderas nacionales y… verlo para creerlo, se afirma ser español casi sin venir a cuento.
Hasta la pata del caballo de Francisco Pizarro, allá en su Trujillo natal, aparece engalanada con la roja y gualda. Todo a mayor gloria de un albaceteño que, al batir al meta holandés Maarten, prendió la tan ansiada estrella no sólo del pecho de sus compañeros de equipo, sino de 35 millones de españoles.

Foto: Monumento a Francisco Pizarro, Trujillo, Cáceres.

4/2/14

obituario

… y si vives, aún cuando su mano
me dé la Muerte, campanero hermano,
haz doblar por mí ánima tus bronces.
(Ramón López Valverde, el campanero)


El pasado 26 de enero, al filo del mediodía, nos dejó mi amigo Esteban. Esteban M Imbarato, que a mí me gustaba llamarle; que no hay muchos Imbaratos por estos mundos del demonio.
Pequeño y redondo, mitad venezolano y español, amable y socarrón, Esteban definía la cualidad de amigo.

Se fue al borde de la cincuentena, segado por la hoz clemente del infarto dulce, pero traicionero. Ese mismo que uno tiene apalabrado con la póliza del Ocaso. Se fue cuando hacía senderismo acompañado de su hermano y se lamentaba que había olvidado el tabaco en el bar donde habían estado desayunando. De tener el cigarrillo en la mano, ahora diríamos que fue él quien le había matado.

Esto, amigo Esteban, no son sino unas línea de obituario.
Unas líneas que, de todas todas, ni te harán justicia ni estarán a la altura de la calidad de tu persona, pero que es muestra de mi cariño y de mi respeto.
Que eras, ante todo, una buena persona sonará a estas alturas al consabido latiguillo que se dice de todo aquel que cruza el umbral. Pero de ninguna manera para nadie que tuviera la suerte de conocerte.

Mi amigo Esteban, tan agnóstico como yo, era una criatura de Dios. Y cuando cito a Dios, él y yo sabemos a qué nos estamos refiriendo. Nunca, en el tiempo que le conocí, lo vi preocupado por nada. Quiero decir preocupado más allá de lo estrictamente razonable. Lo que tenga que ser será y no hace falta darle más vueltas al molino, era su modus vivendi. ¡Y mira que le he conocido ocasiones de pasarlas putas!.
Esto, que es una filosofía de vida, no es aprendible; se lleva en las entrañas. Hoy es hoy, y mañana la providencia dirá. Y si no dice, como el pasado 26, pues hasta aquí hemos llegao; sin alterar el semblante y sin desdibujar la sonrisa.

Como decía tu mujer en la despedida, habrás sido muchas cosas, buenas o menos buenas, pero en una de ellas te salías; en la de amigo. AMIGO con mayúsculas y hasta la eternidad. Así que dicho esto, conocido el despego que le tenemos a la iglesia y a sus representantes, seguro que te alegraste que en vez de entrar al templo para asistir a tu funeral –montado para tranquilidad de tus familiares-, cruzara la plaza del pueblo y me entrara en el bar La Tertulia a tomar un café a la honra de tu memoria.

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Un bar, La Tertulia, hecho a nuestra medida, de tradición y solera, de apego y conversación, de buen vino y mejor comida, de tapa para el aperitivo y café de sobremesa, de punto de encuentro para abrazarnos.

No voy a llorar tu muerte porque sé que te ibas a cabrear. Además sólo te tocará esperarnos un rato. Así, mientras el reloj de la torre de la iglesia marcaba la hora de tu marcha, y los bronces del campanero ponían banda sonora a la vaina, procuré poner mi maltrecha espalda lo más derecha que pude –ya sabes que me pasó el lunes- para levantar la taza del café y decirte: Conocerte fue la leche, tío; a cualquier lado que vayas, espero volver a verte.

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7/1/14

como un lobo

Esta vez les voy a proponer una excursión por el Parque Natural Entinas-Sabinar. Ya tenían alguna referencia en este mismo blog, pero fue una especie de broma tejida a la sombra del aburrimiento. Nada que ver, desde luego, con la verdadera enjundia del paisaje.

Al ciclero cualificado recomiendo inicie la andadura en el puerto deportivo de Aguadulce. Desde allí, a través de su paseo marítimo conectará con la Puerta Verde de Roquetas de Mar y desde aquí, bordeando el castillo de Santa Ana y la Urba - siempre sin salir del carril bici que tan bien acondicionó el ayuntamiento roquetero-se pondrá a las puertas del parque.


La DGT...

Lagartija y yo lo hemos vuelto a recorrer esta mañana. Otra vez, como lobo salvaje y estepario, volvimos a poner la Torre del Cerrillo en el horizonte. El camino a la Torre del Cerrillo es una invitación permanente a rodar en bicicleta. El suave crujir de la arena bajo los neumáticos se convierte en un musical murmullo que adormece todos los estreses habidos y por haber y excita los sentidos del viajero.
Mientras lo hacía, he convenido acercarles a este paraje, acostado en el Mediterráneo entre Roquetas de Mar y el puerto de Almerimar.


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Desde la última vez que estuvimos aquí lo único que ha cambiado es la humedad del camino, acentuada por las últimas lluvias, y un ligero helorcillo que bajaba de las cumbres de Sierra Nevada, mitigado eso si por los 17 grados de esta bendición del sol sureño.

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El paisaje lo forman una sucesión de dunas móviles entre las que se acomodan una serie de lagunas fósiles –espumeros naturales donde cuajaba la sal- que sirven de hábitat a flamencos, fochas, azulones, corregimos, culebras bastardas y lagartos ocelados.
En un tiempo no lejano estas lagunas sirvieron como base para la obtención de sal. Ahora han quedado prácticamente en desuso.
Si lo suyo es la botánica, sobre los suelos arenosos podrá encontrar carrizales, sosas, sabina negra, alacraneras, margaritas de mar, cambroneras y lentisco.


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Creo que no les había referido, de mis anteriores visitas, que a unos cien metros de la torre se encuentra un vértice geodésico y junto a él una cruz de mármol erigida a la memoria de Asdrúbal Ferreiro y Alfonso Blanch, pilotos del SVA cuyo helicóptero se estrelló en el mar de Alborán –y ya van dos en los últimos años- el 15 de diciembre de 1989. Un pesquero de Roquetas de Mar encontró el cuerpo sin vida de Asdrúbal Ferreiro, el copiloto. Del piloto y de la aeronave nunca más se supo a pesar de haberse buscado, con ahínco, y todos los medios de que se disponía en aquel tiempo.

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La Torre del Cerrillo, la joya de la corona de esta ruta, ocupa casi el centro geográfico del Parque Natural, a medio camino entre las últimas edificaciones de la urbanización de Roquetas y la bocana del puerto de Almerimar.
Es una edificación circular de una sola planta que data del siglo XIV pero que fue reconstruida en el XVI, con los dineros de Felipe II, para proteger la costa del ataque de los piratas berberiscos. No tenía más misión que acoger a un par de vigías que pudieran dar la voz de alarma si veían asomar las orejas del lobo.


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Protegida desde 1944 y declarada Bien de Interés Cultural desde 1993, es una muestra, sangrante, de lo poco que le importa a la Administración todo aquello que no le reporta beneficio.
Indefensa, a merced de las inclemencias meteorológicas, del paso del tiempo, y de la mano del hombre, la desolada Torre del Cerrillo es un ejemplo –de libro- de ruina y abandono.
Su futuro más inmediato, al igual que tantos otros edificios de interés histórico y cultural, es que se venga definitivamente abajo el día menos pensado. A ello habrán contribuido, de forma generosa, los lugareños que emplearon sus venerables piedras en pilares de sus cortijos.

Si aún le da el tiempo para extenderse un poquito más adelante, llegará al Charcón del Flamenco y a las Salinas de Cerrillos, donde encontrará una vieja noria, mudo esqueleto de la actividad que, un día no muy lejano, ocupó estos charcones.


la vieja noria

Tras de ellas ya divisa la enhiesta estructura del faro de Punta Entinas, mudo testigo que contempla, con su ojo de cíclope, el sereno y despacioso discurrir del tiempo por entre estas lagunas.

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Es hora de regresar; le quedan unos veinte kilómetros de vuelta. Pero aún puede detenerse en alguna de las cafeterías del puerto deportivo de Roquetas, para tomar una cerveza mientras recupera el resuello, perdida la mirada en el azul del mar que tiene enfrente. Su bicicleta, seguro que le espera.

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24/10/13

la Fuente de los Ocho Caños, o una de bandoleros

La foto que hoy les traigo corresponde a la Fuente de los Ocho Caños, situada en el antiguo barrio del Mercadillo, allá donde confluyen las calles Real y Santa Cecilia, cerca del Puente Viejo y frente a la iglesia de Padre Jesús, en Ronda, Málaga.

La fuente data del año 1741 y, como su propio nombre indica, en la parte norte esta dotada de ocho hermosos chorros que cubrían las necesidades no sólo del barrio, sino casi de la ciudad entera. Los grifos, que antaño fueron de caída libre, ahora son de pulsador; se pierde encanto, pero se ahorra agua.
A la parte sur se sitúa un abrevadero para las bestias, elemento este indispensable en las ciudades antes que las calles empezaran a oler a gasolina y en las esquinas se instalaran semáforos y pasos de cebra.
Fue mandada construir por Carlos III con dineros reales, de piedra y cantería rondeña, para paliar las necesidades del gentío que acudía al mercadillo de la ciudad antes de construirse el Puente Nuevo.

Cuenta la leyenda –urbana- que sobre el poyo de tan real fuente fue requerida de amores María Yañez, la esposa del corregidor. La cosa no hubiera tenido otra trascendencia –María era muy dada para acoger amantes en su lecho- si el requerimiento no hubiese partido de Diego Mena (a) Caraguapa, lugarteniente del bandolero Roque Amador –la más mala canalla que nunca hubo según cronistas de la época- y al que el Corregidor tenía una especial ojeriza.
Enterado del amorío el Corregidor, ya entrado en años y poco dispuesto a levantar mástil alguno, pero con la mala uva intacta, ordenó capturar al bandolero y le torturó hasta la muerte. La crónica cuenta que le obligó a beber tanta agua que finalmente reventó; potomanía, se llama esto. Luego arrojó el cuerpo al abrevadero para advertencia y ejemplo de otros posibles pretendientes.
Retirado el cuerpo por los lugareños, la fuente estuvo manando sangre durante ocho días seguidos, uno por cada uno de los caños que la adornan. Al noveno día María Yañez saltó al vacío desde el balcón del Tajo y fue a reunirse con el bandido, donde quiera que se reúnan esta gente enamorada.

Quedó la fuente y quedó la leyenda. Trescientos años contemplan la grandeza y sobriedad de esta construcción. Otra leyenda, esta mucho más actual, cuenta que quien bebe de la fuente consigue el favor de su amada por mucho que las circunstancias obren en su contra.

Espero que les haya satisfecho el cuento. No es sino el soporte en que sujetar la foto.

Fuente de los Ocho Caños

30/8/13

el culebrón del verano

El término “culebrón del verano” lo acuñó mi primo Alfonsito en el verano de 1963, cuando pasábamos unos días en casa de mi abuela, doña Concepción, de quien ya les he hablado otras veces.

Doña Concepción, con seis hijos a sus espaldas, tenía en nómina una caterva de nietos cuyos irresponsables padres no tenían otra ocurrencia, llegadas las calores estivales, que mandarlos a casa de la abuela para que desfogaran un poco mientras ellos se sacudían de tan molesta compaña. La abuela Concepción, que no era precisamente la abuela de verano que tan bien interpreta Rosa María Sardá, imponía la ley marcial en sus territorios como único medio de controlar a tanto incontrolado y era Parra, el ordenanza del abuelo, su más fiel lugarteniente para salvaguardar un mínimo de disciplina.

Fue en aquellos días cuando mi prima Conchi, otra Conchi, ocupó con alevosía la cabaña que con tanto esmero yo había construido en el patio cubierto. Fue cuando ante mis intenciones de desalojo corrió con el cuento a la abuela, que le concedió el usufructo de la cabaña con la única argumentación de que era "más chica", decisión aquella que me ocasionó trauma y dejó marcado para toda la vida. Fue entonces cuando la rabia y la impotencia llevó mi inocente y frágil brazo a coger una papa de un montón que allí se oreaba y tirársela a mi prima, con la desdicha que vino a impactarle en un ojo y el resultado de un hematoma que le duró días y a mí se me condenara al azote público y –lo que más me dolió- al derribo de la cabaña.

Maremoto de emociones que sólo se diluyó un poco, unos días mas tarde, cuando a otro de mis primos se le ocurrió colocar la diana de los dardos sobre la cabeza del tal Alfonsito –jugábamos a Guillermo Tell-, con el resultado que le clavaron el dardo en la coronilla –esta vez no fui yo- y Parra, el lugarteniente, hubo de correr en busca de una asistencia médica que en el lugar era prácticamente inexistente… la partera, y poco más.

En el juicio sumarísimo que siguió al caso, el autor de la fechoría alegó en su descargo que la prudencia había guiado siempre sus pasos. Colocó al portador de la diana de espaldas, y no de frente, con lo que se había evitado que el dardo se le clavara en un ojo, circunstancia esta por la que todos debían estarle muy agradecidos.

Bien, pues les decía que Alfonsito, en uno de sus guacabaud por la inmensa casona, vino diciendo haber visto una serpiente en el primero y más grande de los patios que se situaban tras el edificio. Nadie dejó de haber visto la enorme culebra… pero nadie la vio en realidad. Eso si, desde aquel día, todo el que entraba en el patio, Doña Concepción incluida, lo hacia girando repetidas veces sobre su eje –como los planetas-, con los ojos a punto de salirse de las órbitas y las piernas prietas y el culo apretao pa salir corriendo a las primeras de cambio. Aquello se recuerda, en la historia familiar, como el culebrón del verano.

Es lo que pasa ahora con la pantera de Almería. Todos la han visto, desde Adra a San José, pero a nadie se le ha ocurrido afotarla. Empezó siendo negra y ya va por rosa con mechas de pistacho. En el colmo del ridículo han tomado huellas y cagarrutas para analizarlas. Los vecinos de la zona primero se mosquearon… por si los acasos, pero luego andan ilusionados con ser el foco de la noticia, en lo que han desbancado al Bale ese… que dicen que va a venir al Madrid. Por el contrario, los civiles y los de protección civil están ya hasta los huevos de darle vueltas al monte. Nadie ha pensado –y si lo piensan no lo dicen, porque se chafa la historia- que si alguien hubiera perdido una pantera, lo primero en hacer sería denunciarlo; que una cosa es que te empapelen por no tenerla legalizada y otra por homicidio imprudente.

Pero… va… aquí estamos. Como no tenemos otras historias que contar, incendios no hay, trabajo tampoco, y la caló atosiga… pues nos inventamos la vaina esta de la pantera y estamos tos entretenios.

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14/8/13

la casa del alcalde

Música azul para acompañar,



Atribuyo el término la hora azul al fotógrafo almeriense Domingo Leiva -relea Domingo Leiva, en abril de 2012-; un artista como la copa de un pino, nada que ver con este eterno aprendiz cazador de imágenes.
Responde, el término, al lapsus de tiempo que discurre entre que el sol se pone -se encienden las farolas- y se hace definitivamente de noche. Más concretamente, un micro espacio incluido dentro de ese período en el que las cosas, la vida, tinta al color azul antes de perderse definitivamente en el negro.
El maestro Leiva es un portento en el tratamiento de las imágenes obtenidas en este período de tiempo; de hecho, casi siempre fotografía en esos minutos.

Con el afán de emularlo, ayer tarde anduve a la caza de la hora azul esa. La dichosa hora se hace esperar, como mujer que se precie, y da el tiempo suficiente para que dudes hasta de tus orígenes. Luego debes andar espabilao, porque tal y como llega se va y puede darse el caso –frecuente- de encontrarte abandonado antes siquiera que hubieras hecho intención de levantarle las faldas.

Así que allí me tenían. Al acecho, montado el trípode –imprescindible-, el bloc de notas y las gafas de ver a mano, objetivo y encuadre asegurados, mando a distancia dispuesto y toda la paciencia del mundo. Ante Nikita, y mis propios ojos, el objeto de nuestra codicia: la casa del alcalde.

El edificio que ven a la izquierda, blanco, es el museo de arte moderno. Imposible de obviar; otra vez aquello de la antítesis. Lo que está detrás, no es sino la mole del hotel NH. Esto viene a ser como un exquisito anillo colocado en la mano de un rudo labrador.

La hora azul llegó, despacito, sin hacer ruido; y tal como vino se fue.
Una veintena de veces se abrió el objetivo, de las que sólo tres o cuatro he considerado aprovechables.

Sus mercedes dirán si mereció la pena mi desvelo.
Lo que si mereció la pena, lo que podré contarle a mis nietos, es que poco después de insertar la fotografía en un conocido foro fotográfico, el maestro Leiva dejó bajo ella el siguiente comentario:
-Excelente la composición y el encuadre. Un abrazo, Juan.

Francamente creo que es mejorable.
Pero Nikita ni yo llegamos más allá. Y quien hace lo que puede…

la casa del alcalde

El enlace de la foto en su tamaño original,
http://farm6.staticflickr.com/5338/9508717940_abf7ed18d5_b.jpg

12/8/13

la cueva de Alí Babá

Hoy si toca; pero esto no pasa de ser una opinión personal sujeta a crítica.
Y esto puede valer como banda sonora; espero no le distraiga de lo principal,



Cada tarde, al toque de oración, una sección del cuartel de infantería situado a escasos 300 metros, con escuadra de gastadores y banda, se dirigía en formación militar hasta el lugar de La Verja donde ondeaba la bandera española. Allí, con el debido protocolo, la bandera era arriada y trasladada al cuartel, donde permanecía hasta la mañana siguiente, en que era izada con igual ceremonia. Así un día tras otro, de lunes a domingo.

Les estoy hablando del año 1976. El acto era seguido por una multitud de curiosos que se congregaba en el lugar para asistir al singular rito.
Uno, que por entonces vivía en Algeciras, vivió algunas de aquellas tardes.
Personalmente, lo que más curioso me resultaba de toda aquella parafernalia, era como los bobby’s del otro lado de la verja, que momentos antes habían retirado la bandera británica sin más historias, se cuadraban y permanecían firmes y en la primera posición del saludo hasta que la bandera española bajaba de su mástil. Cortesía británica, supongo.

Luego venía la comunicación, a voz en grito, entre familiares y amigos residentes a uno u otro lado de la frontera, tierra de nadie de por medio. Este espectáculo, al contrario del que les contaba, no sólo no me gustaba… sino que me deprimía. La razón de la sinrazón. Los mismos pañuelos que servían para hacerse ver, luego valían para secarse las lágrimas.

Habían pasado siete años desde que don Gregorio López Bravo -con dos cojones y la anuencia de don Paco- había cerrado a cal y canto la frontera. Por un tuerto me saco un ojo, se habría dicho. En ese tiempo, que yo recuerde, sólo una vez se había abierto la verja. Y fue para permitir el paso a una ambulancia que trasladaba una británica cuya vida corría serio e inminente peligro y que fue intervenida quirúrgicamente en el hospital de La Línea.
Así de chulos éramos.

Luego vino la democracia, y la modernidad. Se abrió la valla… oh… que bien. Algunas cosas ganamos, si. Ya podíamos llenar el depósito de combustible y comprar tabaco a precio de colonia –no se les ocurra comprar cualquier otra cosa en la roca-. Pero ellos, los británicos, ganaron más. Nosotros volvimos a nuestra vieja costumbre de bajarnos los pantalones, cualidad esta que… como la de montar en bicicleta, es algo que no se olvida.

la cala
-el peñón de la ignominia, desde la playa de Estepona

Les ahorraré los detalles históricos, los pueden consultar en cualquier Wikipedia. Valga el resumen de que fue ocupada en 1704 por una escuadra anglo-holandesa, con la ayuda de una peña del Barcelona, y con el fútil pretexto de entregarla a Carlos III que por entonces hacía oposiciones a Rey de las Españas.
El Tratado de Utrecht, unos años más tarde, la cedió a la corona británica; muy lejos pues el propietario del postor original.

Si me parece conveniente recordarles algunos detalles:
Fueron los ingleses los que levantaron la barrera fronteriza, luego bautizada por los lugareños como La Verja.
Fueron los ingleses los que construyeron el aeropuerto apropiándose, unilateralmente, de parte de la zona de nadie.
Fueron los ingleses los que, ganando terreno al mar, extendieron la plataforma del Peñón adentrándose en la bahía de Algeciras.
Fueron y son los ingleses los que nos impiden pescar donde siempre lo habíamos hecho.
Han sido los ingleses los que, un día si y otro también, nos buscaron la lengua y las manos, ante nuestra proverbial incapacidad para responder. Se mueve uno mal con los pantalones en los tobillos.
Han sido los ingleses, los gibraltareños, y los propios llanitos, los que nunca nos trataron de igual a igual en un pacto llamado a ser tripartito.

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Podremos perder los pantalones, pero no el sentido del humor.

También parece oportuno recordarles que en el dichoso Tratado –único documento del que se deriva la soberanía británica- se recoje explícitamente que:
- sólo se ceden la ciudad y el castillo de Gibraltar junto con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen; España no cedió el istmo, las aguas territoriales o el espacio aéreo supra yacente.
- la cesión se efectúa sin jurisdicción territorial alguna para Gran Bretaña;
- la cesión se realiza sin comunicación alguna por tierra con el resto de España; y - España tiene un derecho preferente para recuperar este territorio en el caso en que la Corona británica decida darlo, venderlo o enajenarlo de cualquier modo.
Y finalmente que la colonia de Gibraltar, porque es una colonia, no forma parte ni de la Unión Europea ni del espacio Schengen, extremo este último muy a tener en cuenta por si algún pollinfla indocumentao viene en alegar algo sobre el paso de fronteras.

Gibraltar, lo saben, es un lugar condicionado, muy condicionado.
A Gibraltar hay que llevar hasta el agua que se beben. Por esa razón, los años de verja cerrada le costaron a Su Graciosa Majestad un buen montón de libras esterlinas.
¿Qué ganamos a cambio? Absolutamente nada. Como los macacos del Peñón, que saltan cuando les lanzas cacahuetes, nosotros saltamos cuando nos prometieron que seríamos europeos. De cuarta fila, pero europeos.

Ahora, centro financiero, paraíso fiscal, ombligo del narcotráfico y destino de un turismo añejo, rancio y limitado, muy limitado, Gibraltar no debería ser para nosotros más que la Cueva de Alí Babá.
Pero hasta Alí Babá se puede mofar con absoluta impunidad de quien sabe que no le van a perseguir.
Se corre mal con los pantalones en los tobillos.

Piedra Paloma
- la roca desde Piedra Paloma.