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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

24/9/10

crónicas batuecas (3) / el charco de las nutrias.

A mi amigo Antonio Atienza, a mi hermano José Antonio, porque con ellos todo resultó, sino más fácil… si más entretenido.

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Bien es verdad que la aventura que hoy les vengo a contar, no se corresponde en el espacio con el título que la cobija, pero si en el tiempo, y me ha parecido oportuno trastear lo imprescindible los recovecos de los recuerdos no fuera a ser que, con las pamplinas, se perdieran los hechos por el desagüe de la memoria.
El caso es que coincidimos Lagartija y este que les cuenta en las faldas de Sierra Bermeja cuando una tarde de sopor, mientras huíamos del calor de agosto a la sombra de una tasca del puerto pesquero y con la excusa de tomarnos un café que sabía a rayos, oímos a un lugareño contar sobre lo ordinario y extraordinario de un lugar que él conocía por “el charco de las nutrias”, paraje este donde no había estado jamás… pero que debía ser la leche.

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Así que esta vez, para huir de la amenaza del aburrimiento, acordamos Lagartija y yo que sería bueno salir de guacabaud y llegar a la maravilla esa de Las Nutrias, algo así como Eldorado para el lugareño aquel que dejaba sobre la barra aluminizada de La Escollera, con la ceniza de su cigarro, un espeso sudor impregnado del aroma rancio de una lonja vespertina.

Como todo explorador que se precie, preguntamos y nos documentamos. Por llevar, hasta llevábamos en la mochila –con una brújula regalo del Coronel Tapioca- un primoroso mapa extraído del Internet. Mapa este que nos debía acercar, sin posibilidad de error, al destino programado.

Hasta el límite del territorio civilizado la cosa fue más o menos bien. Algunos dislates en el kilometraje marcado, pero el norte seguía siendo el norte y el sur seguía siendo el sur. Con todo, el mapa debía de estar hecho con el culo, porque rebasado el acueducto sobre la autovía, principio del ignoto territorio, aquello fue Babel.
La brújula marcaba el este y el sentido común el norte, el mapa decía bajar y la ruta sólo hacía subir… y subir… y subir…
La hora del ángelus, agosto, un calor del copón, ni pájaros en el aire, los lagartos emigraron hace tiempo, el mapa en una mano, la brújula en la otra, las gafas –de ver- en la punta de la nariz y una cara de tonto que te cagas.
Pensé en hacer una llamada para contar por donde andaba, pero el móvil no tenía cobertura. Así que asumí que, si por fin sobrevenía el zamacuco, me encontraría el próximo explorador de pacotilla que pasara por allí.


Tanto subimos que coronamos el Puerto de la Mentira, llamado así porque a cualquiera que se lo cuentes te dice que es mentira que tú hubieras estado allí. Y menos en bicicleta.
Coronado el puerto, sin rastro ni de las nutrias ni del charco, observamos que un camino forestal caía al lado norte de la montaña. Nos sentamos a debatir Lagartija y yo y debatimos que, si bajábamos al otro lado… y luego no había salida, y había que volver a subir, lo que subirían serían nuestros restos cuando los levantara el juzgado de guardia de turno.

Así pues, intento fallido, desde allí mismo nos descolgamos en sentido inverso y cuando escribo “nos descolgamos”, pueden interpretarlo en el sentido literal de la expresión.

Incompetentes pero tozudos, el segundo día de guacabaud, una vez utilizado el mapa para limpiarnos el culo y nuevamente documentados con testimonios de gente que una vez oyó, una vez leyó, una vez quiso ir, nos pusimos de nuevo en el camino. Esta vez por otra ruta. Esta vez… también nos perdimos.
Perdidos andábamos cuando vimos acercarse un ciclero en sentido contrario al que seguíamos. Nos contó, mira tú que cosas, que él también andaba extraviado, que venía ni dios sabía de donde, que llevaba dos días con el bañador y la toalla en la mochila y, pese a ser aborigen del lugar, aún no había podido meter las patitas en el agua.

Tomamos buena nota de sus desventuras y rectificamos nuestra ruta en base a lo que nos contaba. Colocamos al Lebrijano en la banda sonora, calle arriba… calle abajo, y seguimos camino. Al llegar al cauce seco del río, vinimos a dar con quien Lagartija dio en llamar “el último mohicano”, y ello en base a su tez aceitunada, su vestimenta tipo “el corte chino”, su gorro modelo Cocodrilo Dundee, y porque detrás de donde él vive ya no vive nadie.

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Fue allí donde tuve que dejar a Lagartija. Hay parajes que ni las más intrépidas bicicletas pueden hollar. La deje oculta entre unos arbustos, le acaricié la rueda trasera y me perdí cauce arriba, saltando entre matas y roquedal.
A los trescientos metros de escalada el agua salió a mi encuentro. Primero tímidamente, luego saltando con alegría, finalmente de modo torrencial y desinhibido. A unos dos kilómetros de donde dejé a Lagartija, me sorprendió la naturaleza. Al coronar un alto de roca de unos dos metros de altura, me asaltó la belleza agreste, silenciosa y solitaria, de lo que yo creí mi destino; una piscina natural de agua de montaña.

Como no tenía quien inmortalizara el momento, quien diera memoria de mi logro, coloque la mochila a la orilla del agua, le acomodé la gorra y las gafas de sol… y disparé la cámara. Valdría para documentar que yo, piltrafilla pero tenaz, había estado allí. Fue algo así como clavar el piolet y la bandera en la cima del Everest.

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Y volví sobre mis pasos.
Y se lo conté primero a Lagartija. Y después a todo el que me quiso escuchar.

Y entre los que me escucharon, estaba quien sabía. Quien sabía más que yo… que deben ser muchos; pero este estaba en el lugar y tiempo adecuado, no perdiendo tiempo en chafarme la ilusión.
Así que no tuvo reparo en contarme que lo que yo creía el charco de las nutrias no era más que el charco de las extranjeras. También de admirar, pero ni mucho menos el afamado paraje natural que yo perseguía.

Nos vimos en la necesidad de programar una nueva salida, un nuevo itinerario, unas nuevas ganas y un renovado afán para descubrir la luna.
Esta vez viajamos acompañados de mi amigo Antonio Atienza, tenista cualificado pero igual de ciclero piltrafilla que el que les cuenta, y del Bosco Chico… que le ha cogido gusto a esto de explorar a golpe de pedal.

A estas alturas ya he consumido la mitad de las letras de que disponía, como entonces la mitad de las fuerzas a emplear… así que habrá que resumir.

Está lejos, bastante lejos, no viene en los mapas –en ningún mapa-, no es aconsejable subir en agosto pero… ojo… en invierno puede ser peor. También hubo un punto en que tuvimos que abandonar las bicicletas y continuar a golpe de zapatilla.

Hubimos de caminar.
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Hubimos de escalar, descender, vadear, nadar.
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Pero mereció la pena. Lo que hicimos no es sino el precio, rebajado al día del espectador, de lo que nos esperaba al final… EL CHARCO DE LAS NUTRIAS.

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Y para que sus mercedes no piensen que les estoy contando milongas, me he permitido –con sumo gusto- dejarles el adjunto reportaje fotográfico.

Para que metan el dedo en la llaga… y se mueran de la envidia.

He vuelto al lugar el 1 de septiembre de 2012.

Ha sido reconfortante porque pude comprobar que han limpiado –a conciencia- la zona. La última vez que visité el lugar, hará ocho o diez meses, aquello se había convertido en un estercolero gracias a la sensibilidad de los senderistas del todo a cien, aquellos que llegan con el coche hasta la orilla misma del río Castor, donde ya es imposible continuar más arriba y no tienen más remedio que echar las patitas –nunca mejor dicho- abajo. Veremos cuanto dura.


Llegar hasta el corazón mismo de la Charca de las Nutrias viene a ser una experiencia religiosa, que cantaría el Iglesias; aunque aconsejo no hacerlo nunca solo… por si los accidentes.

No puedo ni quiero sustraerme al placer de traerles dos nuevas fotos de esta excursión, acompañadas del ruego de que protejamos el lugar.

yo estuve aquí

coronando el charco de las nutrias

crónicas batuecas (2) / la torre de Aliseda.

Hoy tocan documentales de la 2. No es bueno que todo sean pedaladas y aventuras tipo tras el corazón verde.
Así que les hablaré de torres; de una torre en particular, la última que llamó mi atención.
Yo la bauticé como la Torre de Aliseda, pero en realidad se denomina Torre de la Higuera, a medio camino entre Malpartida y Aliseda.
Su ruina se levanta en un páramo desprotegido, fuera de elevación alguna que no sea una formación rocosa de muy baja altura y más baja situación estratégica. En su base se adivina el opus incertum*, propio de los campamentos romanos, lo que hace pensar que pudo ser un puesto defensivo, o una torre vigía, en el camino de Medellín a Alcántara cuando las legiones romanas pacificaban Iberia como ahora las nuestras pacifican Afganistán, sólo que entonces no salía en la CNN.

Por la poca o nula documentación encontrada sobre la torre, parezco deducir que tanto a la administración, como a su actual propietario –formó parte de varios señoríos- como a los lugareños, les importa un huevo de pato. O sea, que de aquí a tres días de la torre no quedarán mas que los sillares (si colaboran las cigüeñas, uno y medio). Y quedarán los sillares si, como en otros sitios ya ocurrió, no son expoliados para emplearlos en otras construcciones más del tipo casita de fin de semana.

Las torres vigías, como las ruinas, son algo que siempre han llamado mi atención. Ustedes, muy suspicaces, enseguida lo relacionarán con el impulso fálico tan tópico de la gente primitiva. Por aquí, por el sur del sur, tenemos innumerables muestras de ellas… aunque de distinto origen pues casi todas se levantaron como defensa a las incursiones piratas de los seguidores de Alá. Les he dejado repetidas muestras en el lugar de la red donde colecciono estampitas.

¿Que porqué les cuento esto?
Muy posiblemente porque nunca vuelva a pasar por el lugar, el tiempo cada vez da para menos.
Y si no lo cuento… dentro de unos años –pocos ya- encontraré la fotografía en una caja de cartón y mis conocimientos sobre la torre de Aliseda se habrán ido por el desagüe de la memoria.

(*) Del latín, obra irregular. Que venía a ser, traducido al cristiano, que la obra se hacía con la colocación de sillares irregulares ordenados como Júpiter les fuera dando a entender.

la Torre de la Higuera

15/9/10

crónicas batuecas / el cementerio alemán

Hace unos días, mientras peregrinaba hacia Yuste con el único objeto de comprobar, sobre el terreno, si lo que había sido bueno para Carlos V podía ser bueno para mí, tope de bruces con el cementerio.
A escasos metros del lugar donde el emperador entregó la cuchara, disimulado a la salida de una curva, se encuentra el cementerio más original de los que yo hubiera podido visitar hasta ahora.

Una placa situada junto a la cancela herrumbrosa de la entrada, abierta de par en par, no deja dudas sobre lo que tenía ante mis ojos: DEUTSCHER SOLDATENFRIEDHOF, o lo que es lo mismo, Cementerio Militar Alemán.
Con el respeto que la cosa merecía me adentre por la senda que lleva a su interior hasta quedar atónito con lo que se ofrecía a mis ojos. En una explanada rodeada de olivos, de aproximadamente 80 metros de largo por 50 de ancho se alinean, en marcial formación, 180 cruces de granito negro bajo cada una de las cuales descansan los restos de soldados alemanes que, por una u otra causa, vinieron a morir en territorio español durante la primera o la segunda guerra mundial.

Sobre cada una de las cruces el nombre del soldado, su rango militar, y las fechas de nacimiento y muerte.
Allí no veréis más capillas, más jardines ni más monumentos funerarios. Un sencillo porche y un espartano banco de madera es todo el cobijo que se ofrece al visitante. Los que allí reposan no necesitan de ninguna otra comodidad.
Ya de puestos, y dado que no puedo dejar de lado mi vena cotilla, vine al conocimiento que los que allí descansan son 26 soldados alemanes fallecidos en la primera guerra mundial y 150 de la segunda, por lo general tripulación de barcos hundidos frente a las costas españolas o aviones derribados en nuestro cielo; entre ellos los 36 tripulantes del submarino U-77 que el 29 de marzo de 1943 fue hundido frente a la costa de Calpe por dos aviones británicos con base en Gibraltar.
Como el resto de sus compañeros todos andaban desperdigados por suelo español hasta que en 1980, algún desocupado alemán se ocupó en reunirlos a todos y trasladarlos a un lugar común.

¿Porqué Yuste?
Supongo que, estando donde ya estaban, por cercanía al que fue su emperador, porque el desocupado alemán resultó hispanófilo y porque, definitivamente, como el sol español no hay sol que caliente los huesos.


los alemanes de Cuacos

6/9/10

el vicio solitario.

Uno sólo debería asomarse a este lugar, pegar cristalitos, cuando tiene alguna buena fotografía que mostrarles, algo que les pinte una sonrisa, les ilumine el día o sirva, como poco, para contarles algún cotilleo tipo La Noria que les ponga en la pista de que en todas las casas hay un cuadro ladeao. Se ahorraría con ello un buen número de pamplinas escritas y una no menos considerable merma en su prestigio como escritor, si es que alguna vez tuvo de eso.
Si ello no es así, las más de las veces, es porque la fotografía ha quedado impresa en la tarjeta dt –desastre total- del alma y no en la sd de la Nikon. En uno y en otro caso, mal que nos pese a ustedes y a mí, me veo en la necesidad de exponerlas.
Otros van al psicólogo y yo pego cristalitos pero, sin lugar a equivocarme, es la misma cosa.

El caso es que hoy creo que está justificada mi presencia aquí. Hoy les traigo cotilleo de primera calidad. Podía haberla titulado de otro modo, algo más genérico, pero estoy muy influenciado por Don Camilo y se me pegan con facilidad todas las guarradas.
La descubrí hace unos días en un lugar muy frecuentado de mi barrio.
A mí no me parece ni mal ni bien, más bien que mal, pero no deja de sorprenderme que con la cantidad de meapilas y de tiquismiquis tipo “me la agarro con papel de fumar” que hay en mi ciudad, aún no haya puesto nadie el grito en el cielo.
Máxime cuando el graffiti, una verdadera obra de arte por lo expresivo, se encuentra en el obligado paso hacia uno de los colegios más importantes de la zona.

Quizás sea que nos vamos sacudiendo viejos prejuicios o que aún no la haya visto el tonto de turno (pa mi que va a ser lo segundo), pero este año va a comenzar el curso con una clase gratuita de educación sexual.

En cualquier caso lo que si me parece estupendo es la invitación al disfrute, al gozo y a la vida sana. Porque… ¿sabe su merced?... resulta que eso de que se te caen los ojos o te quedas tontito, como tantas otras cosas, ha resultado ser purita mentira… cosas de curas.

el vicio solitario


NOTA DEL AUTOR: Desgraciadamente, el graffiti sobrevivió pocos días. El censor de turno no podía permitir semejante impudicia. Su sentido de la moralidad, y su spray de pintura negra, hicieron el resto. No me voy a tomar la molestia de mostrarles como quedó tan original dibujo.

23/7/10

Mira que está lejos Japón.

Esta vez, a falta de fotografía que les ayude a tragar la píldora, les voy a dejar banda sonora. Para que les acaricie los oidos mientras se tragan el tocho de rigor. Que les sea leve. 





Al hilo de mi crónica Cazallera, me apuntaba un amigo sospechoso, a micrófono cerrado, que cuento mis viajes a cualquier parte cual si el destino hubiera sido la luna. Y que yo, al fin y al cabo a pedales, lo más lejos que había estado era en Ceuta. Tiene ese amigo sospechoso mucho de razón… pero no toda. Se le escapa al sospechoso un detalle sustancial. A mi modo de ver las cosas, que no digo que sea ni mejor ni peor… pero es el mío, lo fundamental de cada viaje no es el destino, sino el camino. 

Y quiero contárselo a mi amigo, el sospechoso, a micrófono abierto. Para ello me va a ayudar una especie de parábola... Tengo otro amigo, este para nada sospechoso, que estuvo no hace mucho en Japón. Pongamos que se llama, mi amigo digo, Rafael. Japón, mira que está lejos Japón. ¿Se acuerdan de aquella canción de Los Chanclas? Japón es el sitio que está más lejos del mundo. No debe de haber lugar más alejado que Japón. Y allá que se fue mi amigo Rafael… con dos cojones. Y se fue, ni más ni menos, que a enseñarles Aikido a los japoneses, que ya tiene narices la cosa. 

Habrá Rafael hecho cosas importantes en su vida pero, desde el color de mi cristal, dos superan todas las demás. La primera, en el plano profesional y perdonarán sus mercedes que no me extienda en detalles, hacer una tortilla sin cascar los huevos. Y la segunda, en lo personal, irse de vacaciones al Japón y conseguir dejarse a la mujer en casa sin que eso le costara el matrimonio. Admiro yo al tío este. 

Pues bien, mi amigo Rafael, con todo y haber estado en Japón… y mira que está lejos Japón, no ha dejado –que sepamos- huellas para seguir su viaje. A lo mejor es que tampoco quería. Pero resulta, que uno, que na más ha llegao a Ceuta… parece como si hubiera pisado la luna. Y es que de eso se trataba. Eso es lo que quería contarle a mi amigo el sospechoso. Mis nietos, mis amigos, aún los sospechosos, cuando dentro de muchos años se asomen a La Vidriera sabrán que alguien que se hacía llamar Mairena estuvo en Cazalla y que disfrutó tanto pateándola como contándolo. 

Quería contarle también que uno, que empezó a colgar cristalitos en La Vidriera allá por mayo del 2007 lo hizo sin ningún ánimo preconcebido. Pero que a estas alturas, el número de visitas –clientes, les llamo yo- superas las dieciséis mil, extremo este fácilmente demostrable. Y que si, que serán pamplinas, pero que no sólo de eruditos, Lopes y Unamunos, vive el lector. Si uno, en lugar de haber ido a Ceuta hubiera podido visitar Japón –mira que está lejos el Japón-, en lugar de un cristalito hubiera colgado una vidriera entera y en vez de tener 16.000 clientes lo mismo tenía un millón. 

Pero…, ¿dónde iba yo a meter a tanta gente?

12/7/10

Una pica en Flandes, otra vez.


-Señor, Flandes es un infierno; llueve sobre mojado y el sol es negro.

-Sin Flandes no hay nada, capitán. ¡Necesitamos ese infierno!
(Alatriste al Conde Duque de Olivares).

Han pasado ya dos años, desde la lluviosa noche del 29 de junio de 2008, en que vi proclamarse a la selección española de fútbol campeona de Europa.
Aquella noche, en la plaza del torico de Teruel, tras el gol de Fernando Torres, el cielo se echó a llorar –vamos a suponer que de alegría- y cayó la de dios es cristo en forma de diluvio universal. Nunca nos habíamos mojado tan a gusto como aquella noche. Lo dejé contado aquí en forma de cristalito (junio-2008).

Hasta anoche. Anoche, a lomos de una Babieca adornada con la del “a por ellos”, paseamos las calle de la ciudad remojados en el agua de las cien fuentes ocupadas por gente con el corazón tan henchido como el mío. Por la parte que me tocaba.

No encuentro mejor cita para describirlo que la apuntada en el encabezamiento. Flandes volvió a ser un infierno, volvió a llover sobre mojado y el sol ni siquiera apareció.
Carlos V ya no estaba, pero la bandera tenía las mismas hipotecas y se sustentaba con los mismos mojados corazones.
Si contra los alemanes ganamos a caballeros, ahora lo hicimos sobre la zafiedad y la marrullería, contra macarras mal encarados y barriobajeros vestidos de naranja mecánica y amparados por un árbitro –infame calvo y sajón- que, en lugar de mandarlos a la caseta, se dedicaba a charlar con ellos. Triunfó el buen gusto, el trato exquisito al balón, la elegancia y el arte.
Y si, fueron los nuestros, esta vez fueron los nuestros. Esta vez nosotros fuimos los mejores. Esta vez la pica la clavó uno de Albacete.
Perdonarán sus mercedes que no me extienda más en la crónica; poco más queda que decir y aún perdura la resaca. Después del partido la gente de mi ciudad, como las de tantas otras, se echó a la calle. Fue como en San Juan, pero no a la orilla del mar. Salimos a la calle para gritarnos que podemos, que somos dedos de la misma mano. No ya en esto del fútbol, que viene a ser meramente anecdótico, sino en cualquier otra cosa.
Ojalá sepamos conservar los mismos valores para aplicarlos a otro orden de cosas, en esa otra vida que sigue, ajena a festejos e igual de amarga que siempre.
Esta vez, que nos quiten lo bailao, los nuestros fueron los más listos, los más guapos y los más guay. Esta vez, fuimos nosotros los que besamos a la guapa de la película pasándonos el guión por las entretelas.
Anoche, loado sea el altísimo, volvimos a poner una pica en Flandes.
Otra vez.

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28/6/10

tras los pasos de Edurne.

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Lo mío con las Vías Verdes va a ser algo así como lo de Edurne Pasaban con los catorce ochomiles.
Salvando las distancias, claro. Pero si tiene en cuenta su merced que uno no es de Bilbao, y que tira a friolero, sustituir cumbres nevadas por desheredados trazados ferroviarios, son diferencias tan sutiles que ni el lector más avezado reparará en ellas.
Algo mágico se enreda en los senderos de las Vías Verdes; desde la recuperación para la vida de pueblos que languidecían en la rutina y el aburrimiento, al milagro de encontrar a Caperucita Roja cruzando el bosque a golpe de pedal.

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Le tocó el turno ahora a la vía verde de la Sierra Norte de Sevilla. Y con esta ya llevo cuatro. Espero que antes de que la vejez me arrumbe definitivamente, haya podido completar las catorce. Talmente como la Pasaban, pero con menos alboroto publicitario y mediático. Justificable esta última circunstancia en que, verdaderamente, ella es bastante más guapa que yo.

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Así que esta vez, que nos juntamos ciento y la madre porque el Bosco chico le ha cogido el gusto y se adjuntó el toque femenino, establecimos nuestro cuartel general en Cazalla de la Sierra, pueblo famoso por sus anises y sus cigüeñas, elementos ambos con sobrada cantidad y calidad.

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Iremos despacio para no caernos. Parece oportuno, antes de subirnos a la bici, dejar memoria de algunas consideraciones sobre el entorno. Tiempo habrá luego de recrearnos en la parte técnica.

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Cazalla de la Sierra, ya me perdonarán los cazalleros, es un pueblo tirando a serrano por definición y a sosito por vocación. Y digo lo de sosito porque, excluyendo la feria, la romería de la Virgen del Monte y las propias vivencias de esta sobresaliente Vía Verde, aquí el más principal evento parece consistir en reunirse en torno al kiosco de las papas situado en la plaza del Carmen y, bolsa de papas va… bolsa de papas viene, como en las ferias antiguas, 2.50 euros la ración, el personal se arremolina cual si fuese un botellón cualquiera para comentar las vivencias del cada día.
Alanís queda fuera del trazado de la Vía Verde, a mitad de camino entre Cazalla de la Sierra y San Nicolás del Puerto, pero recomiendo un paréntesis para visitarlo. No se puede uno ir de aquí sin poner los pies en Alanís, lo que pueden hacer en la víspera del bicicleo y mientras reconocen el terreno. Es un pueblito que nos ofrece un estupendo y conservado castillo en el alto, la ermita de San Juan a su vera y una fuente, la de las Pilitas, con una leyenda a la que cuesta trabajo sustraerse


http://www.alanis.es/index.php/Turismo/Monumentos/fuente-de-las-pilitas.html

Si la visitan la noche de San Juan, aún pueden tener la suerte o el hechizo –otro milagro- de encontrar sentada en su brocal a la mora Ascia, Ana María pa los cristianos, llorando por la eternidad el asesinato de su doncel la misma noche en que iban a tomar las de Villadiego y el doncel la iba a evangelizar definitivamente.
Ya casi al final, junto a la vía y a escasos cinco kilómetros del Cerro del Hierro, el punto intermedio de nuestra etapa –que luego queda la vuelta-, se encuentra San Nicolás del Puerto, caserío dividido en dos por el río Galindón, el cual se salva con un espectacular puente romano a cuya sombra han construido una poza-piscina y un rebalaje que constituyen el núcleo central de la afamada playa de San Nicolás.


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Eso si, a pesar de los chavales que alborotan en la prueba gráfica que se les adjunta, les juro que el agua permanece fría de cojones en cualquier época del año, por lo que se recomienda abstenerse a los cicleros acostumbrados a climas más cálidos.
Por si lo anterior fuera poco, podemos encontrar en San Nicolás una cuidada área recreativa, allá donde nace el río Huéznar. Tiene de todo; por tener hasta tiene un chiringuito al uso, lugar ideal para reponer fuerzas, sorprenderse por la presencia –un nuevo milagro- de cangrejos en el río y hacer ánimos de emprender el camino de vuelta.


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El Cerro del Hierro, a diecinueve kilómetros en pedales de la estación de Cazalla, es el punto de retorno en nuestro viaje. Natural y monumento, lo conforman los restos del antiguo poblado minero, ahora reconvertido en segunda residencia de la mayoría de los que allí se cobijan. Unos doscientos metros más adelante, se sitúa la enorme hoya que da testimonio de la gloria minera de este paisaje. Hoya que se circunda por una corona de escarpadas rocas, remedo de un pétreo órgano ya para siempre silenciado.
Como en todas las minerías de nuestro país allá por el año 1900, fueron los ingleses los que metieron mano en la tajada. Los ingenieros ingleses ni que decir tiene que vivían como ingenieros ingleses. De aquel colonialismo fundamentalista nos han quedado como prueba la escuela inglesa (mitad iglesia, mitad escuela) y las casas de los ingenieros, ya en ruinas.
Valgan como anécdotas añadidas, para que su merced acuda documentado cuando decida el viaje, que las minas se empezaron a explotar sobre el año 1900 –a manos inglesas, claro-; que el ferrocarril que unía la explotación con la de Cazalla era de vía ancha, en contra de la costumbre de la época; que la explotación se detuvo durante la guerra civil española; que se reanudó acabada esta, ya explotada por una empresa española –las migajas-; que con hierro extraído de este lugar se construyó el puente de Triana en Sevilla y que cerraron definitivamente en el año 1966.


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Tanto al inicio, en Cazalla, como aquí en el Cerro, hemos echado en falta un punto de información en condiciones y un garito donde sentarnos y tomar un refresco –aunque fuera pagando- .
Si es entre uno y otro punto donde necesitas asistencia, que San Cucufato te ayude; no vimos ni un solo agente dedicado a este menester.
Toca ahora pasar a la parte técnica, al pedaleo, suum quisque por el que nos pagan.


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Suponiendo que tomes como punto de partida la estación de Cazalla-Constantina, suponer muy aconsejable porque harás en primer lugar el sentido ascendente, has de estar muy enterado que entre la susodicha estación y el pueblo más cercano –Cazalla- distan 8 kilómetros como ocho soles. Ocho kilómetros de carretera, curva sobre curva, con un desnivel medio del 6’5 % o, lo que es lo mismo, una cuesta del copón.
Ello hace imprescindible que el traslado desde Cazalla a la estación lo debas hacer en coche y con la bici como equipaje. La causa es muy simple: Cuando acabes el recorrido, a ver quién tiene huevos de subir esos ocho kilómetros hasta el pueblo a golpe de pedal. Desde luego yo no, que soy un ciclista piltrafilla e indocumentado.
Bueno, pues situados ya en la estación, la bike a punto y el culo y tus piernas también, hubimos de recapitular para ver por dónde leches empezábamos. La Vía no comienza propiamente en la estación, sino unos metros más abajo. Lo fácil es rebasar el paso a nivel –cuando no venga el tren- y bajar hasta la siguiente curva –unos cien metros- donde se ubica una casa rural denominada “El Paraíso del Huéznar”. Es un lugar donde deben alquilar bicicletas y servir de alojamiento. Y digo “deben” porque estaba cerrada a cal y canto. Tenemos mala suerte nosotros con los servicios.
Así que nos olvidamos del Paraíso del Huéznar y tenemos dos opciones; o seguir unos ochocientos metros por la antigua carretera a San Nicolás del Puerto y luego, al llegar a la altura de isla Margarita, cruzarla y entrar ya en el corredor verde; o tomar a la derecha la carretera para Constantina, cruzar el puente, e inmediatamente de cruzarlo tomar a la izquierda el inicio del ya mentado corredor verde.
Recomiendo la primera de las opciones porque así tienes la oportunidad de patear el recinto de isla Margarita, área recreativa estupendamente acondicionada y lugar ideal para ir a comer la tortilla de patatas.
Llaman a este tramo el corredor verde para distinguirlo de la propia vía verde, que encontraremos unos 4’5 kilómetros más adelante. El corredor no la desmerece; el firme es de tierra compactada y a la izquierda queda la ribera del Huéznar, con inmensos chopos que te dan sombra la mayor parte del tiempo. A la derecha queda la dehesa, prado, pastos, encinas y alcornoques, cochinos de pata negra y ganado bravo suficiente para llevar toros a Barcelona hasta el año 2054.


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Acabado este corredor volvemos a cruzar el Huéznar por un puentecillo con deliciosa umbría y, tras superar una corta cuestecilla, ya ponemos las ruedas sobre la Vía Verde propiamente dicha.
Y de verdad, lo juro por la memoria del Capitán Trueno, que es una pasada. El firme, de slurry, transcurre durante muchos kilómetros por el corazón del bosque, lo que te proporciona sombra y te quita viento. La pendiente es muy suavita, casi inapreciable, se cruzan dos puentes con firme amaderado y un diseño espectacular, así como un túnel que no se encuentra iluminado porque ni puñetera falta que le hace. Durante casi todo el trayecto te acompaña como música de fondo el arrullo del río y los sonidos del bosque y te dará la impresión de haberte sumergido en otro mundo.
A mi se me hizo corto y hubiera querido quedarme a vivir allí por unos meses. Pero el lunes tenía que trabajar…


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Por poner algunos peros:
1. Falta de atención y servicios antes, durante y después. Esto quiere decir que si pinchas, averías o te da un calambre, o te ayudas por ti mismo o yo recogeré tus restos la próxima vez que haga esa vía.
2. Ten especial cuidado al cruzar alguno de los caminos rurales que dan servicio a las fincas del lugar. Los ganaderos y agricultores del lugar van a lo suyo y no entienden de líricas ni de bicicletas.
3. Lleva abrigo sea cual sea la época del año en que la haces. Nosotros la hemos hecho a finales de junio y tanto al amanecer como al caer la noche, vestidos de verano como íbamos, temblábamos como zamacucos. Claro que nosotros somos gente del sur, que si se la meten llora y si se la sacan gritan. Un espeluzno de gente, vamos. Luego nos hemos enterado que al paraje le conocen como la Siberia Sevillana. No van mu descaminaos, no.


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Ya dije que van cuatro. La próxima, si el destino lo permite, será la Vía Verde del Almanzora, que me pilla mucho más cerca.
Acompañado o en solitario, espero tenerle ahí para contárselo. Y es que, si no lo cuento, la cosa pierde parte de su gracia.



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No te vayas sin disfrutar esto; enciende los altavoces y ...