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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

12/7/10

Una pica en Flandes, otra vez.


-Señor, Flandes es un infierno; llueve sobre mojado y el sol es negro.

-Sin Flandes no hay nada, capitán. ¡Necesitamos ese infierno!
(Alatriste al Conde Duque de Olivares).

Han pasado ya dos años, desde la lluviosa noche del 29 de junio de 2008, en que vi proclamarse a la selección española de fútbol campeona de Europa.
Aquella noche, en la plaza del torico de Teruel, tras el gol de Fernando Torres, el cielo se echó a llorar –vamos a suponer que de alegría- y cayó la de dios es cristo en forma de diluvio universal. Nunca nos habíamos mojado tan a gusto como aquella noche. Lo dejé contado aquí en forma de cristalito (junio-2008).

Hasta anoche. Anoche, a lomos de una Babieca adornada con la del “a por ellos”, paseamos las calle de la ciudad remojados en el agua de las cien fuentes ocupadas por gente con el corazón tan henchido como el mío. Por la parte que me tocaba.

No encuentro mejor cita para describirlo que la apuntada en el encabezamiento. Flandes volvió a ser un infierno, volvió a llover sobre mojado y el sol ni siquiera apareció.
Carlos V ya no estaba, pero la bandera tenía las mismas hipotecas y se sustentaba con los mismos mojados corazones.
Si contra los alemanes ganamos a caballeros, ahora lo hicimos sobre la zafiedad y la marrullería, contra macarras mal encarados y barriobajeros vestidos de naranja mecánica y amparados por un árbitro –infame calvo y sajón- que, en lugar de mandarlos a la caseta, se dedicaba a charlar con ellos. Triunfó el buen gusto, el trato exquisito al balón, la elegancia y el arte.
Y si, fueron los nuestros, esta vez fueron los nuestros. Esta vez nosotros fuimos los mejores. Esta vez la pica la clavó uno de Albacete.
Perdonarán sus mercedes que no me extienda más en la crónica; poco más queda que decir y aún perdura la resaca. Después del partido la gente de mi ciudad, como las de tantas otras, se echó a la calle. Fue como en San Juan, pero no a la orilla del mar. Salimos a la calle para gritarnos que podemos, que somos dedos de la misma mano. No ya en esto del fútbol, que viene a ser meramente anecdótico, sino en cualquier otra cosa.
Ojalá sepamos conservar los mismos valores para aplicarlos a otro orden de cosas, en esa otra vida que sigue, ajena a festejos e igual de amarga que siempre.
Esta vez, que nos quiten lo bailao, los nuestros fueron los más listos, los más guapos y los más guay. Esta vez, fuimos nosotros los que besamos a la guapa de la película pasándonos el guión por las entretelas.
Anoche, loado sea el altísimo, volvimos a poner una pica en Flandes.
Otra vez.

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28/6/10

tras los pasos de Edurne.

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Lo mío con las Vías Verdes va a ser algo así como lo de Edurne Pasaban con los catorce ochomiles.
Salvando las distancias, claro. Pero si tiene en cuenta su merced que uno no es de Bilbao, y que tira a friolero, sustituir cumbres nevadas por desheredados trazados ferroviarios, son diferencias tan sutiles que ni el lector más avezado reparará en ellas.
Algo mágico se enreda en los senderos de las Vías Verdes; desde la recuperación para la vida de pueblos que languidecían en la rutina y el aburrimiento, al milagro de encontrar a Caperucita Roja cruzando el bosque a golpe de pedal.

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Le tocó el turno ahora a la vía verde de la Sierra Norte de Sevilla. Y con esta ya llevo cuatro. Espero que antes de que la vejez me arrumbe definitivamente, haya podido completar las catorce. Talmente como la Pasaban, pero con menos alboroto publicitario y mediático. Justificable esta última circunstancia en que, verdaderamente, ella es bastante más guapa que yo.

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Así que esta vez, que nos juntamos ciento y la madre porque el Bosco chico le ha cogido el gusto y se adjuntó el toque femenino, establecimos nuestro cuartel general en Cazalla de la Sierra, pueblo famoso por sus anises y sus cigüeñas, elementos ambos con sobrada cantidad y calidad.

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Iremos despacio para no caernos. Parece oportuno, antes de subirnos a la bici, dejar memoria de algunas consideraciones sobre el entorno. Tiempo habrá luego de recrearnos en la parte técnica.

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Cazalla de la Sierra, ya me perdonarán los cazalleros, es un pueblo tirando a serrano por definición y a sosito por vocación. Y digo lo de sosito porque, excluyendo la feria, la romería de la Virgen del Monte y las propias vivencias de esta sobresaliente Vía Verde, aquí el más principal evento parece consistir en reunirse en torno al kiosco de las papas situado en la plaza del Carmen y, bolsa de papas va… bolsa de papas viene, como en las ferias antiguas, 2.50 euros la ración, el personal se arremolina cual si fuese un botellón cualquiera para comentar las vivencias del cada día.
Alanís queda fuera del trazado de la Vía Verde, a mitad de camino entre Cazalla de la Sierra y San Nicolás del Puerto, pero recomiendo un paréntesis para visitarlo. No se puede uno ir de aquí sin poner los pies en Alanís, lo que pueden hacer en la víspera del bicicleo y mientras reconocen el terreno. Es un pueblito que nos ofrece un estupendo y conservado castillo en el alto, la ermita de San Juan a su vera y una fuente, la de las Pilitas, con una leyenda a la que cuesta trabajo sustraerse


http://www.alanis.es/index.php/Turismo/Monumentos/fuente-de-las-pilitas.html

Si la visitan la noche de San Juan, aún pueden tener la suerte o el hechizo –otro milagro- de encontrar sentada en su brocal a la mora Ascia, Ana María pa los cristianos, llorando por la eternidad el asesinato de su doncel la misma noche en que iban a tomar las de Villadiego y el doncel la iba a evangelizar definitivamente.
Ya casi al final, junto a la vía y a escasos cinco kilómetros del Cerro del Hierro, el punto intermedio de nuestra etapa –que luego queda la vuelta-, se encuentra San Nicolás del Puerto, caserío dividido en dos por el río Galindón, el cual se salva con un espectacular puente romano a cuya sombra han construido una poza-piscina y un rebalaje que constituyen el núcleo central de la afamada playa de San Nicolás.


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Eso si, a pesar de los chavales que alborotan en la prueba gráfica que se les adjunta, les juro que el agua permanece fría de cojones en cualquier época del año, por lo que se recomienda abstenerse a los cicleros acostumbrados a climas más cálidos.
Por si lo anterior fuera poco, podemos encontrar en San Nicolás una cuidada área recreativa, allá donde nace el río Huéznar. Tiene de todo; por tener hasta tiene un chiringuito al uso, lugar ideal para reponer fuerzas, sorprenderse por la presencia –un nuevo milagro- de cangrejos en el río y hacer ánimos de emprender el camino de vuelta.


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El Cerro del Hierro, a diecinueve kilómetros en pedales de la estación de Cazalla, es el punto de retorno en nuestro viaje. Natural y monumento, lo conforman los restos del antiguo poblado minero, ahora reconvertido en segunda residencia de la mayoría de los que allí se cobijan. Unos doscientos metros más adelante, se sitúa la enorme hoya que da testimonio de la gloria minera de este paisaje. Hoya que se circunda por una corona de escarpadas rocas, remedo de un pétreo órgano ya para siempre silenciado.
Como en todas las minerías de nuestro país allá por el año 1900, fueron los ingleses los que metieron mano en la tajada. Los ingenieros ingleses ni que decir tiene que vivían como ingenieros ingleses. De aquel colonialismo fundamentalista nos han quedado como prueba la escuela inglesa (mitad iglesia, mitad escuela) y las casas de los ingenieros, ya en ruinas.
Valgan como anécdotas añadidas, para que su merced acuda documentado cuando decida el viaje, que las minas se empezaron a explotar sobre el año 1900 –a manos inglesas, claro-; que el ferrocarril que unía la explotación con la de Cazalla era de vía ancha, en contra de la costumbre de la época; que la explotación se detuvo durante la guerra civil española; que se reanudó acabada esta, ya explotada por una empresa española –las migajas-; que con hierro extraído de este lugar se construyó el puente de Triana en Sevilla y que cerraron definitivamente en el año 1966.


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Tanto al inicio, en Cazalla, como aquí en el Cerro, hemos echado en falta un punto de información en condiciones y un garito donde sentarnos y tomar un refresco –aunque fuera pagando- .
Si es entre uno y otro punto donde necesitas asistencia, que San Cucufato te ayude; no vimos ni un solo agente dedicado a este menester.
Toca ahora pasar a la parte técnica, al pedaleo, suum quisque por el que nos pagan.


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Suponiendo que tomes como punto de partida la estación de Cazalla-Constantina, suponer muy aconsejable porque harás en primer lugar el sentido ascendente, has de estar muy enterado que entre la susodicha estación y el pueblo más cercano –Cazalla- distan 8 kilómetros como ocho soles. Ocho kilómetros de carretera, curva sobre curva, con un desnivel medio del 6’5 % o, lo que es lo mismo, una cuesta del copón.
Ello hace imprescindible que el traslado desde Cazalla a la estación lo debas hacer en coche y con la bici como equipaje. La causa es muy simple: Cuando acabes el recorrido, a ver quién tiene huevos de subir esos ocho kilómetros hasta el pueblo a golpe de pedal. Desde luego yo no, que soy un ciclista piltrafilla e indocumentado.
Bueno, pues situados ya en la estación, la bike a punto y el culo y tus piernas también, hubimos de recapitular para ver por dónde leches empezábamos. La Vía no comienza propiamente en la estación, sino unos metros más abajo. Lo fácil es rebasar el paso a nivel –cuando no venga el tren- y bajar hasta la siguiente curva –unos cien metros- donde se ubica una casa rural denominada “El Paraíso del Huéznar”. Es un lugar donde deben alquilar bicicletas y servir de alojamiento. Y digo “deben” porque estaba cerrada a cal y canto. Tenemos mala suerte nosotros con los servicios.
Así que nos olvidamos del Paraíso del Huéznar y tenemos dos opciones; o seguir unos ochocientos metros por la antigua carretera a San Nicolás del Puerto y luego, al llegar a la altura de isla Margarita, cruzarla y entrar ya en el corredor verde; o tomar a la derecha la carretera para Constantina, cruzar el puente, e inmediatamente de cruzarlo tomar a la izquierda el inicio del ya mentado corredor verde.
Recomiendo la primera de las opciones porque así tienes la oportunidad de patear el recinto de isla Margarita, área recreativa estupendamente acondicionada y lugar ideal para ir a comer la tortilla de patatas.
Llaman a este tramo el corredor verde para distinguirlo de la propia vía verde, que encontraremos unos 4’5 kilómetros más adelante. El corredor no la desmerece; el firme es de tierra compactada y a la izquierda queda la ribera del Huéznar, con inmensos chopos que te dan sombra la mayor parte del tiempo. A la derecha queda la dehesa, prado, pastos, encinas y alcornoques, cochinos de pata negra y ganado bravo suficiente para llevar toros a Barcelona hasta el año 2054.


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Acabado este corredor volvemos a cruzar el Huéznar por un puentecillo con deliciosa umbría y, tras superar una corta cuestecilla, ya ponemos las ruedas sobre la Vía Verde propiamente dicha.
Y de verdad, lo juro por la memoria del Capitán Trueno, que es una pasada. El firme, de slurry, transcurre durante muchos kilómetros por el corazón del bosque, lo que te proporciona sombra y te quita viento. La pendiente es muy suavita, casi inapreciable, se cruzan dos puentes con firme amaderado y un diseño espectacular, así como un túnel que no se encuentra iluminado porque ni puñetera falta que le hace. Durante casi todo el trayecto te acompaña como música de fondo el arrullo del río y los sonidos del bosque y te dará la impresión de haberte sumergido en otro mundo.
A mi se me hizo corto y hubiera querido quedarme a vivir allí por unos meses. Pero el lunes tenía que trabajar…


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Por poner algunos peros:
1. Falta de atención y servicios antes, durante y después. Esto quiere decir que si pinchas, averías o te da un calambre, o te ayudas por ti mismo o yo recogeré tus restos la próxima vez que haga esa vía.
2. Ten especial cuidado al cruzar alguno de los caminos rurales que dan servicio a las fincas del lugar. Los ganaderos y agricultores del lugar van a lo suyo y no entienden de líricas ni de bicicletas.
3. Lleva abrigo sea cual sea la época del año en que la haces. Nosotros la hemos hecho a finales de junio y tanto al amanecer como al caer la noche, vestidos de verano como íbamos, temblábamos como zamacucos. Claro que nosotros somos gente del sur, que si se la meten llora y si se la sacan gritan. Un espeluzno de gente, vamos. Luego nos hemos enterado que al paraje le conocen como la Siberia Sevillana. No van mu descaminaos, no.


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Ya dije que van cuatro. La próxima, si el destino lo permite, será la Vía Verde del Almanzora, que me pilla mucho más cerca.
Acompañado o en solitario, espero tenerle ahí para contárselo. Y es que, si no lo cuento, la cosa pierde parte de su gracia.



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No te vayas sin disfrutar esto; enciende los altavoces y ...


26/5/10

la Maya.

Una de las cosas que más curiosamente llamó mi atención, a la llegada a esta ciudad allá por el año 1985, fue la presencia en la calle de las Mayas.
Así, cuando el mes de mayo iba dejando atrás el gris del invierno, no era raro encontrar –casi en cada barrio- una escenificación infantil espontánea conocida popularmente como “la Maya”.
Una niña, engalanada cual si fuese una princesa, adornada de velos, cintas y flores, sentaba su trono en cualquier esquina mientras toda la chiquillería que le acompañaba asaltaba a los viandantes con la súplica amable de “una pesetica pa la Maya”.

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Finalizada la representación, el montante de lo recaudado era depositado, sin excusa alguna, en la tienda de chuches más cercana. En aquellos tiempos, por una peseta aún era posible comprar algunas barras de regaliz, tres o cuatro chicles y, si me apuran y por un poco más, según cuenta Eduardo D. Vicente en su artículo de La Voz del siete de mayo, unos increíbles polos de limón.

Las Mayas eran una tradición en la ciudad y aparecían por todos los rincones. Nadie se sustraía al encanto infantil de las Mayas. Se acababa el mes y se acababan las Mayas hasta el año siguiente.

La infeliz llegada del euro desplazó la peseta y desplazó también la arraigada tradición de la Maya. No hizo falta esta vez aquel bando municipal que a principios de siglo decretaba la “terminante prohibición de pedir limosna en la vía pública con ocasión de la Cruz de Mayo”. Ni siquiera la iniciativa, esta más cercana en el tiempo, de algunos sectores de la sociedad almeriense que exigían al ayuntamiento medidas para terminar con “semejantes mamarrachadas”.

Del explosivo auge de las Mayas en los años 80/90, hemos desgraciadamente pasado a una tradición cada vez más en el recuerdo y menos en las calles. Una etapa esta de oscuridad en que la celebración se inclina menos a lo infantil y lúdico y más a lo crudo y amargo, trasladándonos al tiempo penoso en que proliferaban los pedigüeños reclamando dinero al grito de “Un chavico pa la Maya, que no tiene manto ni saya”.

Este tiempo de crisis, este barro producto de aquel lodo que amasaron los que nos gobernaron y nos gobiernan, esta sociedad venida a menos, esta eclosión de la pobreza y de la tristeza, ha posibilitado que de aquella alegría infantil de la Maya, de aquella explosión de renacentista primavera, hayamos pasado a las tristes lágrimas de clown esquinero, al devenir en rana de la princesa, a la mueca amarga de la desesperanza y el hambre.

La misma mueca que a ellos les encoge el estómago y a uno, infantil donde los haya, le encoge el corazón y el ánimo al sorprenderse amargamente con el positivado del rostro que ilustra este cristalito.

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la maya del kiosco Chirivia, mayo 2010

14/5/10

Pepe el Largo

José Padilla Esparza, Pepe el Largo pa los de su pueblo, cumplidos los sesenta, se prejubiló en una factoría de la Volwswagen, allá por Wolfsburg y regresó a su pueblo de la serranía de Ronda; donde quema el sol en verano y el frío hiere en invierno.
Atrás dejó 40 años de emigrante, callos en las manos, madrugones de ponerse malo, dos hijos casados en Alemania y una esposa descansando en el cementerio de Kostorf.

Con todo eso a las espaldas, Pepe el Largo decidió que era preferible ver acercarse la vejez en la tierra en la que creció y que un día, recién acabada la mili, le vio alejarse con una maleta de madera en la mano y un nudo muy gordo en el estómago.

No le fue fácil volver a empezar aquí.
De Alemania se trajo el Largo un montón de libros de poemas, una jubilación casi decente y una leve cojera en la pierna izquierda, recuerdo del mal día en que un soporte motor vino a desprenderse del torno que lo sujetaba y caer sobre su rodilla.
Por un tiempo se debatió en tierra de nadie, sin conocerse rondeño ni alemán, ausente de amigos y sensaciones, extraño en su propia tierra, otra vez emigrante a su pesar.

Y fue en ese tiempo cuando El Largo conoció a Teresa.
Teresa era la cartera del pueblo, la que casi cada día le llevaba cuentas de sus últimos intereses en Alemania. Veinte años más joven que Pepe, casada y con algún crío esperándola en casa. Y no es que Teresa, poco o mucho sino nada, prestara una especial atención al Largo, pero donde hay poco para escoger, escoger ya es una victoria.

Sus hijos, los alemanes, pronto dejaron de escribirle tan a menudo como él hubiera querido. Ya se sabe que cada uno tiene su propia vida y es difícil ocuparse de la vida de los demás. Aunque ese demás sea tu padre que, por añadidura, eligió libremente la responsabilidad de la vuelta.

Y fue en esa dejación del cariño filial cuando el Largo empezó a echar de menos a Teresa. La cartera ya no iba, casi cada día, a dejarle las noticias traídas desde tan lejos. Para más inri la calle del Largo era, y es, una calle sin salida. Sólo entra en ella quien algo en ella busca. No había cartas, no había cartera.

Tan de menos la echaba El Largo que convino, a regañadientes, que se había enamorado como un parvulito.
Dicen, los que saben de eso, que no se manejan muy bien los enamoramientos; no estaba en sus propósitos pero sucedió.
También dicen los que saben que los enamoramientos de la vejez son casi tan irracionales como los de adolescencia, y que no son necesario dos para que una pasión se encienda. El caso es que, loco o cuerdo, Pepe el Largo vivía en un sinvivir con la ausencia de su Teresa.

El resultado de esa confluencia de ausencias y desasosiegos encontró remedio en el refranero: A grandes males, grandes remedios.
Un buen día, el Largo comenzó a recibir otra vez correo. Prácticamente a diario Teresa dejaba en su buzón un sobre de color azul y sin remite.
Ya habrán adivinado sus mercedes que era el propio Pepe el que se escribía a si mismo. Esta chalaura infantil, impropia de un hombre maduro que diría la gente que maduró en demasía, le garantizaba la visita diaria de la repartidora.

A veces, junto al buzón, Teresa encontraba una flor cortada y bajo su tallo un papelito doblado con unos versos que, si no eran buenos, que no lo eran, asomaban ternura, deseo y carencias; días, meses y años de carencias acumuladas.
Casi cuatro meses duró aquel intercambio socio-epistolar; porque ella siempre retiraba la flor y el papelito, si es que lo había.
Un sobre vacío a cambio de un saludo y una sonrisa apresurada. La vez que más, un comentario intrascendente sobre el estado del tiempo, los problemas para respirar de Teresa por una desviación congénita del tabique nasal o alguna historia del pueblo.

Una mañana Teresa no vino y fue sustituida por un muchacho larguirucho y con la cara picada de acné. A esa mañana siguió otra, y otra más. Su timidez le impedía inquirir al sustituto sobre el paradero de su cartera. A los diez días José dejó de escribir su dirección en los sobres que luego depositaba en la oficina de correos del pueblo de al lado.

Un par de meses después, Pepe el Largo se vertía sobre la camisa el café que tomaba en el Café Central, en la carretera, ... por donde para el autobús, mientras Isidro el camarero refería con la clientela la mala suerte de Teresa, la hija del Casimiro, que se había quedao en la anestesia sobre la mesa de un quirófano del Carlos Haya de Málaga cuando iban a practicarle una rinoplastia para que respirase mejor. Y es que, ¿sabe?... ser cartero y andar mucho requiere tener bien despejaos los vericuetos de ventilarse.

A los pocos meses de aquello Pepe el Largo dejó el pueblo. La cancela permanece cerrada y en el buzón ya no aparece su nombre ni dirección alguna.

Un vecino lenguaraz me contó la historia al verme fotografiar el buzón, tan deshabitado como un nido de golondrinas en invierno.
Ahora yo la cuento a sus mercedes para que convengan conmigo en que debe ser difícil pasar las horas sin que nadie llame a tu puerta, aunque sea con la excusa de poner una carta sin remite en tu buzón.
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buzón florido

4/5/10

la abuela Esperanza

Alguna vez me da en pensar que somos un pelín raros. La rareza es una forma suave de explicar, o justificar, que tuvieran que pasar casi sesenta años para que reparase en ella, en mi abuela Esperanza.
Nunca, al menos que yo recuerde, estuvo la abuela Esperanza en mi vida. La distancia y, supongo, los posibles, nos mantuvieron alejados el año escaso que coincidimos en este planeta de vivos. Luego, sencillamente, nadie se preocupó de que yo hiciera memoria de ella.

Así que he tenido que plantarme en los umbrales de la vejez, más vale tarde que nunca, para hacer gala de esta afición mía a nadar contra corriente y subvertir lo que se daba por natural; que era vivir en el desconocimiento.
Es cierto, desde luego, que en igual situación se encuentra el abuelo Eugenio, pero sólo sé salvar una memoria de cada vez.
Y no conozco mejor manera de remediar el entuerto, de presentar a mi abuela las excusas que merece, que traerla a La Vidriera, lugar donde no sólo será recordada por mí, sino por sus nietos, biznietos y tataranietos, si es que tienen a bien asomarse algún día a contemplar estos cristalitos.


No sé si será serio mezclar a mi abuela con los indios, pero aquel año pocas cosas más importantes pasaron y tampoco yo soy un tipo serio.

Cuando aún no se habían apagado en los mentideros los ecos de que el general Custer y su séptimo de caballería –fíjese su merced de que tiempos le estoy hablando- habían sido aniquilados por 2.500 indios de varias tribus comandados por el jefe Caballo Loco, venía al mundo en la aldea de El Pozuelo, la noche del 5 de Octubre de 1876, la abuela Esperanza.

Doy por seguro que sus padres, Nicolás y Matilde, ni nadie en El Pozuelo, ni en Riotinto, ni siquiera en Huelva entera, estaban muy al tanto de quien era Custer y sus trajines con los indios, cosa de no tener telediarios, pero son dos importantes sucesos que ocurren paralelos en el tiempo y no es cosa baladí dejar de relacionarlos.
-La abuela Esperanza a los 26 años.

Como por aquellos tiempos se bautizaba todo lo que era capaz de moverse, no iba a ser menos la niña y en la iglesia de El Pozuelo, ante una tal Patricia Delgado que consta en acta da fe de su nacimiento, le fue impuesto el nombre de María Isabel Esperanza Vélez de la Banda. Luego en el registro civil le quitarían el Maria Isabel y se quedaría en Esperanza, a secas, que tanto nombre era un lujo para aquella época de penuria. Sirvieron de padrinos, a ver que remedio, Emilio y Eugenia, vecinos de Riotinto y firmaron como testigos Juan y Eulogia Domínguez.


La infancia de la abuela Esperanza, su niñez, se nos ha perdido en el tiempo; como se perdieron el general Custer, sus soldados del séptimo de caballería y los propios indios, pero nos consta que toda ella, como su vida entera, transcurrió en El Pozuelo.

No me cuesta trabajo imaginarla al contemplar las fotografías, cercanas para mí, de Gustavo Gillman, un ingeniero de minas inglés que fotografío la vida rural de Almería a finales del siglo XIX.

La niña se casó no ya tan niña, a los 31 años. El elegido fue Eugenio Francisco Domínguez García, hijo de José y de Rita, y cinco años más joven que ella, cosa extraña de imaginar en aquellos tiempos. El 4 de febrero de 1907, en la iglesia de El Pozuelo –cómo no- y tras pronunciar los protocolarios “si quiero” ante el cura don Pedro Ramos Lagares y su Jefe, y de que firmaran como testigos Francisco Feria Conejo y Leopoldo Vélez de la Banda, este último hermano de la novia, fue día de boda y celebración en la aldea.
No es de extrañar que, el arroz a punto de pasarse, los recién casados se aplicaran de lleno a sus deberes, resultado de los cuales irían viniendo al mundo Manuel (que moriría en la guerra civil), Teodora, José y Andrés, al que todo el mundo llamaba Emilio..., supongo que por cosas de los pueblos. Luego ya no hubo lugar a más arroz, o este se pasó definitivamente.

La memoria de la gente la recuerda como una mujer alta y delgada, vestida de negro y con un pañuelo a la cabeza, costumbre de los tiempos.

También la recuerdan extremadamente alegre, y a la que siempre se la veía con una cesta de mimbre en la mano y las llaves de la iglesia del pueblo en la otra. Recuerdan igualmente que se levantaba a las 5.00 de la mañana para aviar los animales y la casa. A las 7.00 anunciaba “el alba” en las campanas de la iglesia, se iba al campo a trabajar con las bestias y sobre las 12.00 volvía al pueblo para tocar “angelus”. Marchaba de nuevo a sus quehaceres y a las 14.00 horas volvía a la iglesia para tocar “vísperas”.
Sus tardes transcurrían ocupada con nuevas faenas y a las 20.00 horas de nuevo estaba en la iglesia para tocar “el rosario”. Acabado de rezar el rosario tocaba “ánimas” y… hasta el día siguiente.
Tanta campana, tanta iglesia y tanto rosario hacía decir a la gente que era más beata que el cura.

Dado su carácter jovial, cuando llegaban los carnavales era de las primeras en disfrazarse. Lo hacía vistiéndose de gitana de las que pedían por los pueblos, y se adornaba con una trenza larga que fue de su madre. A los niños les tiznaba la cara con carbón para disfrazarlos y solía llevar en la cesta un pedazo de pan y un trozo de chorizo. Cuando alguno decía que tenía hambre les refregaba el chorizo por la boca, pero no permitía que ninguno de ellos le diera un bocado, única manera de conseguir que el trozo de chorizo durara todo el carnaval.

No era la abuela Esperanza mujer de penas, aunque las tuviera como todo el mundo. Por el contrario, era frecuente verla contando chascarrillos. De tener alguna aflicción, su confidente era su vecina Isabel; pero poco dada al chismorreo, cuando la hacía partícipe de alguna confidencia, siempre le añadía: “Y de esto chitón, que está padre en el cajón”.

Una hepatitis crónica acabó con su vida el 2 de Noviembre de 1954, con 78 años, en El Pozuelo. Tenía yo algo   menos de dos años y no pudo llegar a conocerme. A su lado estaban su yerno Emilio Delgado, marido de la tía Teodora, y José Domínguez, uno de sus hijos.
-Descanse en paz, susurró en voz baja don Manuel Pérez Rivera, el cura que le dio sepultura.

Con el último “intro” de mi portátil al escribir esta crónica pretendo reparar, en lo posible, dos dolores de corazón; el de mi abuela y el mío propio.
¡Va por ti, abuela!

-A los 65 años.




Agradecimiento:
Este cristalito no hubiera podido subir a La Vidriera sin la colaboración, absolutamente indispensable, de mi prima Elena, tan diligente como guapa, a quien agradezco de veras se tomara la molestia de recopilar –por un capricho de su primo- la totalidad casi de los datos que se ofrecen.

Apunte para ratones de biblioteca:
Investigando por la otra parte del árbol genealógico, he dado en averiguar –gracias al tío Antonio Moreno… el único que guarda memoria a estas alturas- que mis bisabuelos, los padres del abuelo –por parte de madre- Bartolomé, se llamaban Juan Moreno Rubio e Isabel Téllez Vega.- Ambos eran de Jiméra de Libar (Málaga) pero vivieron mucho tiempo en Teba, con último domicilio en calle Antequera nº 9. Él era capataz de Vía y Obras de Renfe.- Marchaba al tajo en un borrico y completaba jornadas de trabajo de sol a sol durante quince días.- Volvía a casa para apañar ropa y cuerpo y regresaba de inmediato al tajo.- La abuela Isabel tuvo seis hijos (Bartolomé, Juan, Isabel, Dolores, Francisca y Francisco) y todos trabajaron en la Renfe.



16jul-122*
Aquí teneis una foto de los dos, facilitada igualmente por el tío Antonio.

4/3/10

La Vía Breve

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Cuando el ayuntamiento de Lucainena decidió anunciar a bombo y platillo, en enero de 2010, la puesta en escena de su Vía Verde, equivocaron a todas luces el adjetivo de calificación.
Y esto es así porque si algo la caracteriza es su brevedad. Tan breve como cinco kilometrillos de nada. Así que antes que hayas ajustado plato y piñón, ya estas divisando a babor la noria de sangre del Cortijo las Tejas, o lo que es lo mismo, el final de la vía como tal.

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Bien es cierto que estos cinco kilómetros están cuidados como un jardín pero, como de mejorar se trata, haremos aquí mención a lo francamente mejorable, que de disfrutar el breve paseo ya dará su merced cumplida cuenta.

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Declaro pecado imperdonable, causa de excomunión y azote público, dejar fuera del circuito las minas propiamente dichas y los ocho hornos de calcinación, santo y seña de la minería en el lugar. Quedan a pocos metros y hubiera supuesto poco esfuerzo anexarlos al recorrido. Trazado que, dicho sea de paso, debiera incluir un recorrido por el casco urbano. Conforme está trazado en la actualidad, el ciclero puede iniciar el recorrido por la Vía sin poner los pies en Lucainena. Y eso, señores concejales de la cosa, es un fallo garrafal por muy temprano que ustedes quieran levantarse.

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Los cinco kilómetros de trazado, que se inician al amparo del pueblo y del peñón a cuya sombra duerme, se hacen en sentido descendente; ciento cuarenta metros de desnivel. A nuestras espaldas quedará la torre vigía, principal de las siete que protegían el emplazamiento urbano, a la izquierda la ermita de Nta. Señora del Rosario y, un poco más adelante, el nuevo cementerio.

El firme se conforma por gravilla y albero compactado. Es de hacer notar que, a pocas fechas de su puesta en servicio, ya se encuentra resquebrajado en algunos puntos. Alegará el abogado defensor que nunca ha llovido como este año; y le responderá el fiscal que como excusa… vale, pero que o lo arreglan o a no mucho tardar habrá que cambiar la calificación de breve por la de ruina.

Muy cuidadas, aunque por la extensión de la vía casi innecesarias, las áreas de descanso. A izquierda y derecha observaremos cortijos rurales, campos de labor y otros de secano. Rebasado el kilómetro 4, en un alto a la derecha, la casa rural de El Saltador, y un poco más adelante, a la izquierda y ya al final de la vía, la noria de tiro (o de sangre) del cortijo Las Tejas.
Se trata de un claro ejemplo del aprovechamiento del agua. La componen dos grandes ruedas, una horizontal que movía una caballería y otra vertical, engranada en la anterior, que llevaba colgada una maroma con arcaduces para sacar el agua del pozo.
Según la documentación recogida sobre el lugar, el mecanismo se situaba sobre un pozo alargado. El agua caía sobre un cajón de madera, de donde partía una acequia hasta una balsa cercana donde se acumulaba para el regadío.

Acabado el camino, que tan a poco sabe, nos queda la alternativa de seguir por lo que se ha dado en llamar “vía compartida” hasta la aldea de Polopos. Son 8 kilómetros más en los que la carretera ocupó la antigua plataforma del ferrocarril, lo que la hace irrecuperable. El eufemismo “compartida” viene a señalar que puede ser utilizada por cualquier vehículo con ruedas o sin ellas, y si bien es cierto que por aquí no circulan ni los zorros, también lo es el que cualquiera puede darte un susto, máxime si te haces a la equivocada idea de que to el monte es orégano.

A destacar, en este último tramo, el único túnel del trazado y los puentes derruidos de La Rafaela –u Olivillos, más próximo a Lucainena- y el del Molinillo, ya cercano a Polopos, llamado así porque a unos doscientos metros se ubicaba un molino, desgraciadamente ya en desuso.

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Al final, a falta de mejor abrevadero en Polopos, siempre se pueden recuperar fuerzas en la cercana Venta del Pobre, a cuyo mostrador podremos dar cuenta de las peripecias del camino.
Mientras nos tomamos una cerveza fresquita que nos reponga del sofoco del camino, podemos soñar lo estupendo que hubiera sido el que, por una vez, se hubieran hecho las cosas bien y del tirón. Esto es, treinta y tantos kilómetros en exclusividad de vía verde entre la mina de Lucainena y el cargadero de Aguamarga.
Claro que eso ya sería la leche. Aquí no se trabaja así.



4/2/10

Asedios.

Ha caído estos días en mis manos, a modo de viaje introspectivo ante la avalancha de muertos que estamos dejando en Afganistán, la biografía del Cabo Suceso Terrero.

El Cabo Suceso, que hay que joderse ya con el nombrecito, era un vecino de Hormilla (La Rioja), legionario de los de antes de profesión, que el destino puso con quince de los suyos en el blocao de Dar Hamed, el 16 de septiembre de 1921. El referido blocao, o posición defensiva para que me entiendan, también era conocido por El Malo, y desde aquel día por el de La Muerte.
Por aquellos días no había talibanes, pero había harqueños –también llamados moros mierda-, que al igual que los afganos nos la tenían jurada por Alá y su santa madre y se habían empecinao, mira tú, en echarnos de África como los talibanes nos quieren botar de Afganistán. La diferencia, sutil, estriba en que a los muertos –entonces muchos más- no iba a enterrarlos una señora vestida de Vittorio Luquino.
El caso es que al Cabo Suceso le habían ordenado defender el blocao y para un legionario, de los de antes, eso significaba cumplir o diñarla.
Les voy a ahorrar detalles; tras varios días de asedio, con todos sus superiores muertos, sin munición con que responder a los ataques, sin agua desde hacía muchas horas y sin medio de defensa posible, el Cabo Suceso y sus quince compañeros vieron sin poder impedirlo como los rifeños colocaban un cañón apenas a cien metros de la posición del blocao. El primer impacto alcanza de lleno la posición y eleva al cielo el fulgor de una gran llamarada en la que se consume la vida de todos los defensores.

El año pasado falleció en Masnou (Barcelona), su pueblo natal, el legionario de segunda Francisco Pagés Millet; le faltaban dos meses para cumplir los cien años.
El legionario Pagés, fue el primero en entrar al blocao de La Muerte una vez abandonado por los moros. Sobre los escombros encontró al Cabo Suceso y, cuadrándose ante su cuerpo, el rostro bañado en lágrimas, sólo acertó a decir:
-Perdóneme mi Cabo, por no haber llegado a tiempo para salvarle.

Yo no tengo fotos del blocao de Dar Hamed, ni siquiera de Afganistán, pero si tengo de Numancia. Los españoles, Flandes de por medio, siempre hemos sido especialistas en dejarnos el pellejo en las guerras de otros.

A riesgo que los adalides de la modernidad me llamen facha, toca hoy dejar constancia de mi respeto por todo aquel que se deja matar en una guerra que no es la suya.

numancia