La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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14/5/10

Pepe el Largo

José Padilla Esparza, Pepe el Largo pa los de su pueblo, cumplidos los sesenta, se prejubiló en una factoría de la Volwswagen, allá por Wolfsburg y regresó a su pueblo de la serranía de Ronda; donde quema el sol en verano y el frío hiere en invierno.
Atrás dejó 40 años de emigrante, callos en las manos, madrugones de ponerse malo, dos hijos casados en Alemania y una esposa descansando en el cementerio de Kostorf.

Con todo eso a las espaldas, Pepe el Largo decidió que era preferible ver acercarse la vejez en la tierra en la que creció y que un día, recién acabada la mili, le vio alejarse con una maleta de madera en la mano y un nudo muy gordo en el estómago.

No le fue fácil volver a empezar aquí.
De Alemania se trajo el Largo un montón de libros de poemas, una jubilación casi decente y una leve cojera en la pierna izquierda, recuerdo del mal día en que un soporte motor vino a desprenderse del torno que lo sujetaba y caer sobre su rodilla.
Por un tiempo se debatió en tierra de nadie, sin conocerse rondeño ni alemán, ausente de amigos y sensaciones, extraño en su propia tierra, otra vez emigrante a su pesar.

Y fue en ese tiempo cuando El Largo conoció a Teresa.
Teresa era la cartera del pueblo, la que casi cada día le llevaba cuentas de sus últimos intereses en Alemania. Veinte años más joven que Pepe, casada y con algún crío esperándola en casa. Y no es que Teresa, poco o mucho sino nada, prestara una especial atención al Largo, pero donde hay poco para escoger, escoger ya es una victoria.

Sus hijos, los alemanes, pronto dejaron de escribirle tan a menudo como él hubiera querido. Ya se sabe que cada uno tiene su propia vida y es difícil ocuparse de la vida de los demás. Aunque ese demás sea tu padre que, por añadidura, eligió libremente la responsabilidad de la vuelta.

Y fue en esa dejación del cariño filial cuando el Largo empezó a echar de menos a Teresa. La cartera ya no iba, casi cada día, a dejarle las noticias traídas desde tan lejos. Para más inri la calle del Largo era, y es, una calle sin salida. Sólo entra en ella quien algo en ella busca. No había cartas, no había cartera.

Tan de menos la echaba El Largo que convino, a regañadientes, que se había enamorado como un parvulito.
Dicen, los que saben de eso, que no se manejan muy bien los enamoramientos; no estaba en sus propósitos pero sucedió.
También dicen los que saben que los enamoramientos de la vejez son casi tan irracionales como los de adolescencia, y que no son necesario dos para que una pasión se encienda. El caso es que, loco o cuerdo, Pepe el Largo vivía en un sinvivir con la ausencia de su Teresa.

El resultado de esa confluencia de ausencias y desasosiegos encontró remedio en el refranero: A grandes males, grandes remedios.
Un buen día, el Largo comenzó a recibir otra vez correo. Prácticamente a diario Teresa dejaba en su buzón un sobre de color azul y sin remite.
Ya habrán adivinado sus mercedes que era el propio Pepe el que se escribía a si mismo. Esta chalaura infantil, impropia de un hombre maduro que diría la gente que maduró en demasía, le garantizaba la visita diaria de la repartidora.

A veces, junto al buzón, Teresa encontraba una flor cortada y bajo su tallo un papelito doblado con unos versos que, si no eran buenos, que no lo eran, asomaban ternura, deseo y carencias; días, meses y años de carencias acumuladas.
Casi cuatro meses duró aquel intercambio socio-epistolar; porque ella siempre retiraba la flor y el papelito, si es que lo había.
Un sobre vacío a cambio de un saludo y una sonrisa apresurada. La vez que más, un comentario intrascendente sobre el estado del tiempo, los problemas para respirar de Teresa por una desviación congénita del tabique nasal o alguna historia del pueblo.

Una mañana Teresa no vino y fue sustituida por un muchacho larguirucho y con la cara picada de acné. A esa mañana siguió otra, y otra más. Su timidez le impedía inquirir al sustituto sobre el paradero de su cartera. A los diez días José dejó de escribir su dirección en los sobres que luego depositaba en la oficina de correos del pueblo de al lado.

Un par de meses después, Pepe el Largo se vertía sobre la camisa el café que tomaba en el Café Central, en la carretera, ... por donde para el autobús, mientras Isidro el camarero refería con la clientela la mala suerte de Teresa, la hija del Casimiro, que se había quedao en la anestesia sobre la mesa de un quirófano del Carlos Haya de Málaga cuando iban a practicarle una rinoplastia para que respirase mejor. Y es que, ¿sabe?... ser cartero y andar mucho requiere tener bien despejaos los vericuetos de ventilarse.

A los pocos meses de aquello Pepe el Largo dejó el pueblo. La cancela permanece cerrada y en el buzón ya no aparece su nombre ni dirección alguna.

Un vecino lenguaraz me contó la historia al verme fotografiar el buzón, tan deshabitado como un nido de golondrinas en invierno.
Ahora yo la cuento a sus mercedes para que convengan conmigo en que debe ser difícil pasar las horas sin que nadie llame a tu puerta, aunque sea con la excusa de poner una carta sin remite en tu buzón.
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buzón florido

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