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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

11/1/11

la leyenda de Aisa, o la ruta de Al-Yaman

Tengo pendiente, lo sé, la crónica de la Vía Verde de Serón; la Vía Sosa la llamaré.
Pero va quedando atrás por aburrida, por sosita… ya digo. Y otras de más enjundia se atropellan por salir al escaparate de La Vidriera.
Tal es el caso.

Cuenta la leyenda, digo bien… la leyenda, que corría el año 826 cuando el califa pechinero Urs Al-Yaman conoció los encantos de Aisa (no confundir con la mora Ascia, de Tras los pasos de Edurne), una doncella cristiana que tenía su morada en lo que hoy conocemos como Los Baños de Sierra Alhamilla. Cuenta también la leyenda que cada noche, mientras Aisa peinaba sus cabellos junto al pozo, los reflejos del agua termal le devolvían la hermosura perdida, por lo que esta permanecía siempre intacta.

El caso es que, habiendo bajado Aisa al mercado de Pechina, enamoró y se enamoró del califa pechinero, que ya no pensó en otra cosa que hacerla parte de su harén. En esas estaba cuando una buena mañana, ahíto ya de ausencia el pechinero, decidió ponerse en camino y presentarse ante los padres de la doncella. Como no encontró caballo en sus cuadras, y el deseo le urgía, inició la marcha a pie. El pedirla, o raptarla, sería cosa que se vería según se sucedieran los hechos.

Pero lo que sucedió fue que el califa, delicado de salud y –como hombre de letras- poco entrenado en el ejercicio físico, no pudo con la pronunciada cuesta que separa Pechina de Los Baños, teniendo que desistir a mitad de la subida. Así, llegado al lugar que hoy ocupa un antiguo transformador eléctrico y entonces la fragua de un fabricante de alfanjes, el pechinero abandonó la escalada y se encaminó a un frondoso oasis dormido a la falda de la sierra, lugar más acomodado para esperar a su princesa… si es que su princesa llegaba.

Pasaron días en que el califa sólo se alimentó de los dátiles de las palmeras y la leche de las cabras que por allí pastaban en estado salvaje. Aisa nunca acudió. Las lenguas de doble filo cuentan que, entre dátil y dátil, sucumbió a los encantos de un cristiano de Cantoria que le hizo olvidar a sus padres, las aguas termales y al califa pechinero.
Este, repleto de aburrimiento, incapaz ya de volver sobre sus pasos subiendo la cuesta a la fragua del alfanjero, puso rumbo al sur, alcanzando la rambla de San Indalecio, el barranco Espinaza y finalmente el camino del Llano de la Salvaora -llamado así desde entonces-, que le regresó a Pechina más muerto que vivo.

Esta es la ruta de Al-Yaman, la que siguió el califa en su periplo tras los encantos de Aisa. Cual un windown’s para torpes, pretende mostrar al ciclista piltrafilla el itinerario que siguió el moro. Son quince kilómetros para disfrutar de la leyenda… y del paisaje.
Espero que les aproveche.


c-304
km. 0
Que situamos en el estacionamiento del club de tenis Indalo. Siga la flecha amarilla y tome el camino de La Norieta en dirección a Pechina.


c-307
km. 0’300
Camino de La Norieta. Si continuas todo recto llegarás a la plaza del pueblo. Algún tramo hay de dirección prohibida; queda a elección de tu espíritu transgresor el dar un rodeito para llegar al mismo sitio. Yo no aconsejo, yo informo.


c-309
km. 1’320
Plaza del Ayuntamiento de Pechina. De obligado paso para imbuirse del espíritu califal. Deberá tomar, para salir del pueblo, la calle del obispo Casanova, señalada con la flecha.


c-310
km. 1’640
Acceso a la carretera AL-3117
Acceda por la izquierda y una vez en la carretera tome a la derecha, dirección Rioja.


c-312
km. 2’460
Abandone la AL-3117 y tome el desvío a la derecha para acceder a la AL-3100. Hasta el antiguo transformador eléctrico, ya todo será subida, una rampa del copón, un martirio. Plato pequeño, piñón grande, grandes dotes de músculo y paciencia… y p’arriba.
Si no puedes con la bici, te bajas y continuas andando. No te sientas avergonzado; si no pudo el califa… y era califa, porqué vas a poder tú.
En cualquier caso… ¡a mí qué me cuentas!


c-313
km. 3’450
Rotonda sobre la autovía. Todo tieso. La flecha señala el lugar por donde debes continuar subiendo. A ser posible con la bicicleta debajo del culo.


c-315
imagen 315
Tu esfuerzo será recompensado con paisajes como este.


c-316
km. 6`580
Ya tienes a la vista el transformador (1). Deberás dejar la carretera –aquí fue donde lo hizo Al-Yaman- y tomar el camino de tierra que sale a la derecha (2).


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Vista del transformador, antigua fragua del alfanjero.


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imagen 319
Donde se te muestra una panorámica del lugar a donde te diriges. (1) es el camino que debes seguir, (2) el oasis y (3) humo de una hoguera que han encendido los indios alhamillos. Si están de buenas, no tendrás nada que temer.


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imagen 328 y 330
Idílicas tomas del oasis-palmeral


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imagen 324 y 327
¡Es la guerra!
Cuando yo hice el recorrido, al llegar al oasis, me vi sorprendido por una legión –que no LA legión- de indocumentaos que jugaban a la guerra… que ya tiene mandanga la cosa; tan grandes y jugando con pistolitas.

Ahí los tenéis, como prueba documental, todos ellos disfrazados de Rambo, pegándose tiritos como si fuesen chiquillos.
Se me ocurrió sacar una bandera blanca y colocarla sobre Lagartija, pasando entre las líneas enemigas sin lesión ni deterioro físico.


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imagen 331
A mi espaldas el oasis palmeral, toca fijar rumbo sur, hacia la rambla de San Indalecio.


c-333
km. 9’490
Barranco de La Espinaza. Aquí también suelen jugar a las guerras; quede advertido el intrépido viajero.


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imagen 335
Rebasado el barranco La Espinaza, rambla pura y dura. Desierto tabernario en su más genuina expresión.


c-338
km. 11’320
Se abandona la rambla de San Indalecio y se toma el camino de la derecha. La presencia de Lagartija, independientemente de que es coqueta y le gusta posar, es el testimonio gráfico de la autoría de este panfleto.


c-339
km. 11’700
Acceso al camino de Llano de la Salvaora, que se toma a la izquierda, sentido descendente.


c-340
km. 12’330
Volvemos a la rambla de San Indalecio, a la altura del viaducto bajo la autovía, que debemos rebasar por el ojo más a la izquierda –marcado con la flecha-.
Haciéndolo así accederemos a Pechina por el llamado Camino Alto, que nos llevará hasta la misma Plaza de Buenavista.


c-341
km. 13’040
Plaza Buenavista. Aquí deberemos tomar la calle el Turco –a la izquierda- que nos llevará otra vez al Camino de la Norieta y por él a nuestro punto de partida.

Supongo que su merced lo habrá pasado bien. ¿Le duelen las piernas?. Si ello es así, no habrá hecho más que verificar, en sus propias carnes, el refrán popular de... amores duelen.

10/1/11

teoría del frio relativo

Su merced, que es gente leída, conoce que la llamada teoría de la relatividad, formulada por el tío de los pelos ese, trata sobre los conceptos de tiempo y espacio en relación a posibles observadores. Su merced conocerá también, y si no ya se lo digo yo, que la precitada teoría no tiene efecto ni incidencia alguna sobre nuestra vida cotidiana. Dicho sea de otro modo, que conozca o no los principios de la relatividad esa, su vida transcurrirá absolutamente igual hasta que se acueste esta noche.

Planteado el necesario preámbulo, debo contarles que uno, que es macho hasta el aburrimiento, suele andar en moto tanto en verano como en invierno. Anoche, cuando me dirigía a mi club de tenis para jugar el partido de los miércoles, el termómetro exterior de la bosco-moto marcaba la friolera, y nunca mejor dicho, de siete grados centígrados.

Es aquí donde entra en juego la teoría preambulada. Porque no es lo mismo, a la vista del observador, siete grados en Sotillo del Rincón (Soria), que siete grados en el Cabo de Gata (Almería), y ello por mas que se le encrespen los pelos al Einstein relativo.

Allá por el paleolítico, cuando uno era joven y tenía una mata de pelo en el pecho y un rabo de metro y medio (siempre tieso, dicho sea de paso), campeaba por tierras de Soria y tal era su ardor guerrero que los hielos del Duero se fundían con sólo acercarme a su orilla. Pero ya, ah… cruel destino, no es lo mismo. Los siete grados de anoche son más que suficientes para fundirme los plomos y relativizar huevos de tigre en huevos de codorniz.

Para colmo de males, ayer decidí cortarme el pelo y uno siempre se lo corta a lo apache. Esto es, siempre termina pareciendo un indio. Un indio helado desde la planta de los pies a la tonsura clerical.
Resumiendo, que si en un tiempo cabalgaba el puerto de Piqueras aferrando la espada con el mismo vigor del Campeador, anoche era incapaz de sostener la raqueta con un mínimo de decencia. Y las dos circunstancias enmarcadas en el mismo contexto, siete cochinos grados de temperatura.

¿Entiende ahora su merced la relatividad de la circunstancia en relación al tiempo y al espacio?

No sé que coño sería de ustedes sin mí.

soria1

Documento histórico extraído de la hemeroteca de mi memoria. Al fondo, un R-8 de mi amigo Marcos y un R-5 de mi propiedad, dan fe que éh lo que éh.
El tiempo, todo lo descompone.

20/12/10

La Habana

habana

Se llama Ramón. Ramón Sánchez, abundando en lo documental. Lo sé porque lo pone una plaquita que sujeta en el bolsillo de su camisa.
Y es el encargao.
Desde el otro lado de la barra, gestiona, desde siempre, los intereses comerciales del café La Habana. Hoy, que llueve y la parroquia acude mojada y somnolienta, parece que Ramón durmiera aquí.
Es el único que no viste uniforme, aunque siempre lo hace casi de la misma manera; pantalón oscuro y camisa de manga corta en tonos pálidos.

Ramón, el encargao, parece no hacer nada; sólo mira. Únicamente cuando los suyos se ven desbordados, que es casi nunca, echa una mano con lo que tercie.
Los camareros, todos de uniforme, blanco-negro y lila, todos con pajarita, deambulan cada uno a lo suyo. Uno a la cafetera… y sólo a la cafetera -solo para presing, le cantan-, otro a la barra, otro a las mesas, otro a la terraza. Yo, que no conozco sus nombres, les he bautizado por su referencia; el flaco, el nervioso, el joven, el calvo, el pistolero. Caminan siempre presurosos, aunque el local esté vacío, y no sonríen casi nunca.
Si alguno de ellos duda entre azúcar o sacarina, no lo pregunta al cliente sino a Ramón si anda cerca. Ramón sentencia si una cosa u otra, que lo sabe porque es el encargao.

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La Habana es una cafetería de estilo colonial, anclada en una esquina de la Avda. de Cabo de Gata, en el barrio del Zapillo, allá cerca del mar. Las paredes están recubiertas de madera, la iluminación la proporcionan quinqués de colorines y del techo cuelgan originales pai-pais que oscilan pausados para refrescar el ambiente. La atmósfera, calida y decadente, tiene algo que me atrae.
Alguna vez vi una mujer, guapa, ausente e igualmente decadente, que apoyada en la barra entabló una conversación amistosa con Ramón. Hay algo entre ellos dos.

En la cocina, gorrito reglamentario sobre las cabezas, otro hombre y otra mujer se ocupan de servir las tostadas y churros del desayuno, las tapas del aperitivo o los pasteles de la merienda. En la planta de arriba, cerrada al público, se encuentra el obrador en el que elaboran sus propios productos y repostería.

La clientela de La Habana es fija. Y numerosa. Son mayoría las personas de edad avanzada, pasados los cuarenta, y con evidente poder adquisitivo.
Porque el café, en La Habana, es treinta céntimos más caro que en cualquier otro sitio de los alrededores. No es que sea mejor, ni que proceda directamente de Cuba –como cuenta una leyenda zapillera-, pero si es más caro.
Una de las voces de mi conciencia diría que es el precio a pagar porque tengan empleo ocho personas en vez de cuatro, razón suficiente para que siga acudiendo al lugar.
La Habana está decorada con originales y rebuscados detalles. Radios y teléfonos antiguos, fotos en blanco y negro, maquetas de barcos, objetos de cartografía y un piano de cola al fondo del salón.
Y entre todos esos objetos, adusto, serio y vigilante, Ramón… el encargao.

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22/11/10

crónicas batuecas (... y 4) / la cama m'echó p'atrás.


La idea no era mala. En los umbrales de la senectud, se trataba de explorar nuevos territorios, dar un paseo a la parienta y descubrir diferentes enclavamientos en los que acomodar, si llegara el caso, los muchos años.

Oí hablar de Yuste, a las puertas de Las Batuecas, y hacia allí que encamine el Ibiza, tan viejo ya como el que escribe pero, como este, con las itv’s ajustadas a derecho, a mayor gloria de los vinos con solera. Bien es verdad que, tanto al uno como al otro, no les vendría mal el cambio de la correa de distribución.

Si Yuste fue digno retiro para un emperador, mandamás de todas las españas que en el mundo eran, y eran muchas por aquel entonces, también lo podría ser para un tarugo nacido a la sombra de la serranía de Cádiz, tierra esta que sin desmerecer la Extremadura conquistadora ya había colocado el non plus ultra una miajilla más allá de Chiclana.

Así que plantada la tienda a la sombra de la torre del Bujaco, pasé unos días, el abanico en una mano y la Nikon en la otra, recopilando datos con los que documentar el “informe Retiro”.

Y resultó que las Batuecas, exploradas al calor del verano, se asemejan a los hornos de Pedro Botero, sólo comparable en lo extremo –al decir de los lugareños- a lo frío que puede resultar el invierno.
Cuacos, a tiro de piedra de la conquistadora Plasencia, en el corazón mismo de La Vera, no es sino el resumen de aquella tierra, verde y canela, frío y calor, a partes iguales.

Averigüe así que el emperador en cuestión debió ser hombre en extremo religioso, hasta el punto que, postrado en cama por su enfermedad, no tuvo el menor reparo en abrir un hueco en la pared de su dormitorio para desde el lecho poder seguir la celebración de la santa misa.
Luego quiso enterrarse mitad dentro mitad fuera bajo el altar de la basílica, una cosa bastante rara, pero terminó enterrado en El Escorial porque de todos es sabido que, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y el vivo, que fue su hijo Felipe II (a) el Prudente, dispuso que se enterrase más cerquita de Madrid. Es que Cuacos, digan lo que digan, queda bastante lejos de todas partes.

Soleado al fín por todos los soles cacereños, pateados la totalidad de los caminos batuecos y recogido finalmente en el pequeño y enlutado dormitorio que fue testigo último del último suspiro del emperador, tanteado con reparo el colchón que fue depositario del cuerpo abandonado del alma, convine conmigo mismo en que aquello no era para mí.

Y es que, si bien podría enumerar ciento y un detalles que desaconsejan mi retiro a tan afamado lugar, a mí, lo que de verdad m'echó p’atrás… fue la cama.


yuste
Vista personalizada de la alcoba del Emperador.
Gentileza de mi amigo Rafael (a) el Séneca, a quien habré de pagarle el detalle en especias sacadas de mar. A ser posible, a la sombra de La Fabriquilla.



24/9/10

crónicas batuecas (3) / el charco de las nutrias.

A mi amigo Antonio Atienza, a mi hermano José Antonio, porque con ellos todo resultó, sino más fácil… si más entretenido.

1-nutrias

Bien es verdad que la aventura que hoy les vengo a contar, no se corresponde en el espacio con el título que la cobija, pero si en el tiempo, y me ha parecido oportuno trastear lo imprescindible los recovecos de los recuerdos no fuera a ser que, con las pamplinas, se perdieran los hechos por el desagüe de la memoria.
El caso es que coincidimos Lagartija y este que les cuenta en las faldas de Sierra Bermeja cuando una tarde de sopor, mientras huíamos del calor de agosto a la sombra de una tasca del puerto pesquero y con la excusa de tomarnos un café que sabía a rayos, oímos a un lugareño contar sobre lo ordinario y extraordinario de un lugar que él conocía por “el charco de las nutrias”, paraje este donde no había estado jamás… pero que debía ser la leche.

4-nutrias

Así que esta vez, para huir de la amenaza del aburrimiento, acordamos Lagartija y yo que sería bueno salir de guacabaud y llegar a la maravilla esa de Las Nutrias, algo así como Eldorado para el lugareño aquel que dejaba sobre la barra aluminizada de La Escollera, con la ceniza de su cigarro, un espeso sudor impregnado del aroma rancio de una lonja vespertina.

Como todo explorador que se precie, preguntamos y nos documentamos. Por llevar, hasta llevábamos en la mochila –con una brújula regalo del Coronel Tapioca- un primoroso mapa extraído del Internet. Mapa este que nos debía acercar, sin posibilidad de error, al destino programado.

Hasta el límite del territorio civilizado la cosa fue más o menos bien. Algunos dislates en el kilometraje marcado, pero el norte seguía siendo el norte y el sur seguía siendo el sur. Con todo, el mapa debía de estar hecho con el culo, porque rebasado el acueducto sobre la autovía, principio del ignoto territorio, aquello fue Babel.
La brújula marcaba el este y el sentido común el norte, el mapa decía bajar y la ruta sólo hacía subir… y subir… y subir…
La hora del ángelus, agosto, un calor del copón, ni pájaros en el aire, los lagartos emigraron hace tiempo, el mapa en una mano, la brújula en la otra, las gafas –de ver- en la punta de la nariz y una cara de tonto que te cagas.
Pensé en hacer una llamada para contar por donde andaba, pero el móvil no tenía cobertura. Así que asumí que, si por fin sobrevenía el zamacuco, me encontraría el próximo explorador de pacotilla que pasara por allí.


Tanto subimos que coronamos el Puerto de la Mentira, llamado así porque a cualquiera que se lo cuentes te dice que es mentira que tú hubieras estado allí. Y menos en bicicleta.
Coronado el puerto, sin rastro ni de las nutrias ni del charco, observamos que un camino forestal caía al lado norte de la montaña. Nos sentamos a debatir Lagartija y yo y debatimos que, si bajábamos al otro lado… y luego no había salida, y había que volver a subir, lo que subirían serían nuestros restos cuando los levantara el juzgado de guardia de turno.

Así pues, intento fallido, desde allí mismo nos descolgamos en sentido inverso y cuando escribo “nos descolgamos”, pueden interpretarlo en el sentido literal de la expresión.

Incompetentes pero tozudos, el segundo día de guacabaud, una vez utilizado el mapa para limpiarnos el culo y nuevamente documentados con testimonios de gente que una vez oyó, una vez leyó, una vez quiso ir, nos pusimos de nuevo en el camino. Esta vez por otra ruta. Esta vez… también nos perdimos.
Perdidos andábamos cuando vimos acercarse un ciclero en sentido contrario al que seguíamos. Nos contó, mira tú que cosas, que él también andaba extraviado, que venía ni dios sabía de donde, que llevaba dos días con el bañador y la toalla en la mochila y, pese a ser aborigen del lugar, aún no había podido meter las patitas en el agua.

Tomamos buena nota de sus desventuras y rectificamos nuestra ruta en base a lo que nos contaba. Colocamos al Lebrijano en la banda sonora, calle arriba… calle abajo, y seguimos camino. Al llegar al cauce seco del río, vinimos a dar con quien Lagartija dio en llamar “el último mohicano”, y ello en base a su tez aceitunada, su vestimenta tipo “el corte chino”, su gorro modelo Cocodrilo Dundee, y porque detrás de donde él vive ya no vive nadie.

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Fue allí donde tuve que dejar a Lagartija. Hay parajes que ni las más intrépidas bicicletas pueden hollar. La deje oculta entre unos arbustos, le acaricié la rueda trasera y me perdí cauce arriba, saltando entre matas y roquedal.
A los trescientos metros de escalada el agua salió a mi encuentro. Primero tímidamente, luego saltando con alegría, finalmente de modo torrencial y desinhibido. A unos dos kilómetros de donde dejé a Lagartija, me sorprendió la naturaleza. Al coronar un alto de roca de unos dos metros de altura, me asaltó la belleza agreste, silenciosa y solitaria, de lo que yo creí mi destino; una piscina natural de agua de montaña.

Como no tenía quien inmortalizara el momento, quien diera memoria de mi logro, coloque la mochila a la orilla del agua, le acomodé la gorra y las gafas de sol… y disparé la cámara. Valdría para documentar que yo, piltrafilla pero tenaz, había estado allí. Fue algo así como clavar el piolet y la bandera en la cima del Everest.

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Y volví sobre mis pasos.
Y se lo conté primero a Lagartija. Y después a todo el que me quiso escuchar.

Y entre los que me escucharon, estaba quien sabía. Quien sabía más que yo… que deben ser muchos; pero este estaba en el lugar y tiempo adecuado, no perdiendo tiempo en chafarme la ilusión.
Así que no tuvo reparo en contarme que lo que yo creía el charco de las nutrias no era más que el charco de las extranjeras. También de admirar, pero ni mucho menos el afamado paraje natural que yo perseguía.

Nos vimos en la necesidad de programar una nueva salida, un nuevo itinerario, unas nuevas ganas y un renovado afán para descubrir la luna.
Esta vez viajamos acompañados de mi amigo Antonio Atienza, tenista cualificado pero igual de ciclero piltrafilla que el que les cuenta, y del Bosco Chico… que le ha cogido gusto a esto de explorar a golpe de pedal.

A estas alturas ya he consumido la mitad de las letras de que disponía, como entonces la mitad de las fuerzas a emplear… así que habrá que resumir.

Está lejos, bastante lejos, no viene en los mapas –en ningún mapa-, no es aconsejable subir en agosto pero… ojo… en invierno puede ser peor. También hubo un punto en que tuvimos que abandonar las bicicletas y continuar a golpe de zapatilla.

Hubimos de caminar.
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Hubimos de escalar, descender, vadear, nadar.
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Pero mereció la pena. Lo que hicimos no es sino el precio, rebajado al día del espectador, de lo que nos esperaba al final… EL CHARCO DE LAS NUTRIAS.

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Y para que sus mercedes no piensen que les estoy contando milongas, me he permitido –con sumo gusto- dejarles el adjunto reportaje fotográfico.

Para que metan el dedo en la llaga… y se mueran de la envidia.

He vuelto al lugar el 1 de septiembre de 2012.

Ha sido reconfortante porque pude comprobar que han limpiado –a conciencia- la zona. La última vez que visité el lugar, hará ocho o diez meses, aquello se había convertido en un estercolero gracias a la sensibilidad de los senderistas del todo a cien, aquellos que llegan con el coche hasta la orilla misma del río Castor, donde ya es imposible continuar más arriba y no tienen más remedio que echar las patitas –nunca mejor dicho- abajo. Veremos cuanto dura.


Llegar hasta el corazón mismo de la Charca de las Nutrias viene a ser una experiencia religiosa, que cantaría el Iglesias; aunque aconsejo no hacerlo nunca solo… por si los accidentes.

No puedo ni quiero sustraerme al placer de traerles dos nuevas fotos de esta excursión, acompañadas del ruego de que protejamos el lugar.

yo estuve aquí

coronando el charco de las nutrias

crónicas batuecas (2) / la torre de Aliseda.

Hoy tocan documentales de la 2. No es bueno que todo sean pedaladas y aventuras tipo tras el corazón verde.
Así que les hablaré de torres; de una torre en particular, la última que llamó mi atención.
Yo la bauticé como la Torre de Aliseda, pero en realidad se denomina Torre de la Higuera, a medio camino entre Malpartida y Aliseda.
Su ruina se levanta en un páramo desprotegido, fuera de elevación alguna que no sea una formación rocosa de muy baja altura y más baja situación estratégica. En su base se adivina el opus incertum*, propio de los campamentos romanos, lo que hace pensar que pudo ser un puesto defensivo, o una torre vigía, en el camino de Medellín a Alcántara cuando las legiones romanas pacificaban Iberia como ahora las nuestras pacifican Afganistán, sólo que entonces no salía en la CNN.

Por la poca o nula documentación encontrada sobre la torre, parezco deducir que tanto a la administración, como a su actual propietario –formó parte de varios señoríos- como a los lugareños, les importa un huevo de pato. O sea, que de aquí a tres días de la torre no quedarán mas que los sillares (si colaboran las cigüeñas, uno y medio). Y quedarán los sillares si, como en otros sitios ya ocurrió, no son expoliados para emplearlos en otras construcciones más del tipo casita de fin de semana.

Las torres vigías, como las ruinas, son algo que siempre han llamado mi atención. Ustedes, muy suspicaces, enseguida lo relacionarán con el impulso fálico tan tópico de la gente primitiva. Por aquí, por el sur del sur, tenemos innumerables muestras de ellas… aunque de distinto origen pues casi todas se levantaron como defensa a las incursiones piratas de los seguidores de Alá. Les he dejado repetidas muestras en el lugar de la red donde colecciono estampitas.

¿Que porqué les cuento esto?
Muy posiblemente porque nunca vuelva a pasar por el lugar, el tiempo cada vez da para menos.
Y si no lo cuento… dentro de unos años –pocos ya- encontraré la fotografía en una caja de cartón y mis conocimientos sobre la torre de Aliseda se habrán ido por el desagüe de la memoria.

(*) Del latín, obra irregular. Que venía a ser, traducido al cristiano, que la obra se hacía con la colocación de sillares irregulares ordenados como Júpiter les fuera dando a entender.

la Torre de la Higuera

15/9/10

crónicas batuecas / el cementerio alemán

Hace unos días, mientras peregrinaba hacia Yuste con el único objeto de comprobar, sobre el terreno, si lo que había sido bueno para Carlos V podía ser bueno para mí, tope de bruces con el cementerio.
A escasos metros del lugar donde el emperador entregó la cuchara, disimulado a la salida de una curva, se encuentra el cementerio más original de los que yo hubiera podido visitar hasta ahora.

Una placa situada junto a la cancela herrumbrosa de la entrada, abierta de par en par, no deja dudas sobre lo que tenía ante mis ojos: DEUTSCHER SOLDATENFRIEDHOF, o lo que es lo mismo, Cementerio Militar Alemán.
Con el respeto que la cosa merecía me adentre por la senda que lleva a su interior hasta quedar atónito con lo que se ofrecía a mis ojos. En una explanada rodeada de olivos, de aproximadamente 80 metros de largo por 50 de ancho se alinean, en marcial formación, 180 cruces de granito negro bajo cada una de las cuales descansan los restos de soldados alemanes que, por una u otra causa, vinieron a morir en territorio español durante la primera o la segunda guerra mundial.

Sobre cada una de las cruces el nombre del soldado, su rango militar, y las fechas de nacimiento y muerte.
Allí no veréis más capillas, más jardines ni más monumentos funerarios. Un sencillo porche y un espartano banco de madera es todo el cobijo que se ofrece al visitante. Los que allí reposan no necesitan de ninguna otra comodidad.
Ya de puestos, y dado que no puedo dejar de lado mi vena cotilla, vine al conocimiento que los que allí descansan son 26 soldados alemanes fallecidos en la primera guerra mundial y 150 de la segunda, por lo general tripulación de barcos hundidos frente a las costas españolas o aviones derribados en nuestro cielo; entre ellos los 36 tripulantes del submarino U-77 que el 29 de marzo de 1943 fue hundido frente a la costa de Calpe por dos aviones británicos con base en Gibraltar.
Como el resto de sus compañeros todos andaban desperdigados por suelo español hasta que en 1980, algún desocupado alemán se ocupó en reunirlos a todos y trasladarlos a un lugar común.

¿Porqué Yuste?
Supongo que, estando donde ya estaban, por cercanía al que fue su emperador, porque el desocupado alemán resultó hispanófilo y porque, definitivamente, como el sol español no hay sol que caliente los huesos.


los alemanes de Cuacos