Como es igualmente tradicional, suelo formar pareja con mi hijo para jugar en la modalidad de dobles.
Uno, ya lo he contado otras veces, abomina de esa especialidad que viene a ser al tenis lo que el padel a los deportes de raqueta, esto es, una mariconada. Pero una no escrita obligación paternal me obliga, un año tras otro, a cometer el mismo disparate con tal de tener a mi niño contento. Mi niño, sépanlo sus mercedes, ronda ya los 35 tacos.
Aún se humedecen mis ojos cuando recuerdo como el año pasado nos ganó la final un cojo. Y los chascarrillos que hubimos de soportar hasta bien entrada la primavera a cuenta de tan sonado descalabro.
http://vidri.blogspot.com/2008/10/feos-torpes-y-malos.html
Pues este año, para no ser menos, pintan los mismos bastos. Quince iguales, que digo yo.
Mi niño, sigo informándoles, es un cualificado monitor de tenis. A uno, innecesaria modestia aparte, tampoco se le da mal la cosa. Acostumbro a decir que soy el mejor de los malos. Y, bajo estas premisas, ayer iniciábamos un nuevo experimento tenistico-paterno-filial.
El primer partido no debía suponernos más quebraderos de cabeza ante rivales claramente inferiores.
Las calamidades aparecieron cuando antes de iniciar el calentamiento, de tapadillo, David –así se llama- me enseñó la palma de su mano derecha, la de agarrar. Una lacerante y sangrante llaga se mostraba en todo su esplendor.
-Apaga y vámonos. Ya jugamos otro año.
-Que no… que no… que yo puedo. Me pongo un apósito, o una venda, o algo.
-O la madre que te parió… ¿se puede saber cómo te has hecho eso?
-Se puede. Llevo todo el verano si tocar una raqueta, hace dos días que comenzamos las clases y llevo dieciséis horas seguidas con la raqueta en la mano. Resultado… una heridita.
-Una heridita dices? Y me duele a mí de verla.
-Anda ya, viejo. Que nosotros podemos.
Pudimos, pero con los ojitos de la cara.
A la llaga sangrante, para acompañar, mi niño le unió una desesperante caraja pre otoñal.
Perdimos, de largo, el primer set.
Gané veinte o treinta años de indulgencia plenaria aguantándome las ganas de soltar exabruptos. Porque, sépanlo también, en estas circunstancias hay que poner buena cara, sonrisa profidén y ternura a espuertas, que mi niño es muy sentio y cualquier mal modo le deja la moral en la arcilla.
En uno de los lances del encuentro, al acercarme a la grada, uno de mis amigos que seguía el partido me susurró bajito:
-Porque es tu hijo, si no ya lo habías matao.
-To se andará, contesté yo mu contenío.
Ganamos los dos siguientes sets, y el partido, porque la Virgen existe y a mi me tiene ley.
Pero esto pinta mal… muy mal.
Estas cosas, estos sinsabores, ustedes lo saben, sólo se entienden desde el cariño.