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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

3/3/11

La ruta de los dos ríos, Castellar y las tagarninas de don Florentino.

A riesgo de convertir La Vidriera en una guía especializada de rutas para ciclistas piltrafillas, es preferible este mal a la ausencia absoluta de movimiento. Así, y ya que el patio no está para otras líricas, vamos a sumar uno más a la lista de los itinerarios cicleros que se recogen en este blog.

Esta vez se conforman en un pack de dos, ambas situadas en el Campo de Gibraltar y a escasos kilómetros de distancia sus puntos de partida. Como en otras ocasiones, les dejaré una buena muestra gráfica de los itinerarios, lo cual les hará bastante más agradable el viaje.

Día 1 / ruta de los dos ríos / 30 kms. aproximadamente / dificultad baja.

Fijamos el punto de partida en la barriada del Secadero, junto a San Martín del Tesorillo y cauce del río Guadiaro, que seguiremos hacía arriba. Aquí se sitúa una farmacia y un cartel explicativo que nos cuenta discurriremos por las fértiles vegas del Genal y el Guadiaro, así como que pasaremos junto a la finca Los Nogales y ermita del Rosario del Campo, donde la gente del lugar celebra la romería de la Virgen del Rosario del Campo. Ahí es ná.

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Ahora seguiremos por su margen izquierda el cauce del río Guadiaro, hacia la confluencia con el Genal, todo el recorrido es prácticamente llano.


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A la derecha nos quedará la cumbre de Sierra Crestellina, a cuyas faldas duerme Casares, parajes que ya fueron tratados en este mismo blog. Vea el lector abril de 2009 / Casares.


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Panorámica del trazado. A la derecha Sierra Crestellina (1) a la izquierda (2) la finca Los Nogales. Esta finca, casi como todo lo de por aquí, pertenece o esta gestionado por sociedades de don Florentino Pérez, presidente del Madrid pa más señas. Seguro que le conocen.


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Finca o Venta los Nogales, que dejaremos a nuestra izquierda. Ahora está deshabitada. En sus tiempos albergó una escuela y una iglesia para dar servicio a los colonos que trabajan estas tierras. Eran otros tiempos, claro. Aún conserva el vestigio de su señorío y, naturalmente, está pintada de blanco.


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A poco de rebasar la confluencia de los ríos, al otro lado del cauce del Genal, advertimos el tejado de la ermita de la Virgen del Rosario. Necesariamente hay que mojarse para llegar a sus puertas.


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Punto de confluencia de los ríos Genal y Guadiaro.- El cartel indicativo, reza:
“Está usted en un punto de encuentro. Aquí han confluido las culturas a lo largo de la historia.

En esta zona se situó un embarcadero hasta el que llegaban los barcos fenicios, desde el mediterráneo y río arriba, para comerciar con los habitantes de la zona. En aquellos tiempos el río era navegable. Un poco más al norte, siguiendo el curso del río, los romanos construyeron una ciudad, fortaleza militar, llamada Lacipo, para dominar este importante punto estratégico, que era una de las entradas a la Bética Romana. Años más tarde y justo aquí también hubo una venta de caminos, lugar de paso de viajeros y contrabandistas procedentes de Gibraltar, que llegó a albergar un pequeño destacamento estable de carabineros”.


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El intrépido viajero entre el Genal (2) y el Guadiaro (1).


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Epatante contraluz del viajero reponiendo líquidos, bajo la presencia de los innumerables molinos eólicos situados en la zona.


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Pasada la confluencia de los ríos, el camino asfáltico se vuelve de tierra compactada.


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Final del trayecto. Un puente derruido nos indica que “non plus ultra”. Con todo, aún tuvimos ganas y fuerzas para hombrear las bicicletas, salvar río y terraplén y continuar por el camino que se adivina en …

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… pero este muere apenas doscientos metros más allá. Fue, definitivamente, el punto de retorno.


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Allí quedaron los hinojos, las tagarninas, los palmitos, los cítricos y las reses bravas de don Florentino.
Desde luego, por siempre, ¡Hala Madrid!.

Día 2 / ruta de Castellar / 30 kms. aproximadamente / dificultad media.

Establecimos el punto de salida en el aparcamiento del “Guerrero & Blount – Real Estate SL”, donde dejamos el vehículo y cabalgamos las bicicletas. Para acceder a este recinto hay que dejar la autovía E-15 en la salida 130, Guadiaro-Castellar-Sotogrande.


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Este itinerario tiene poco misterio; casi ocho kilómetros de subida -la suficiente para que el poco preparado eche el bofe- y otros tanto de bajada hasta llegar a Castellar de la Frontera (el nuevo), con la misma partitura en la vuelta. Todo ello en un carril bici estupendamente acondicionado y seguro, que discurre paralelo junto a la carretera A-2100.

Yo les dejo las fotos y ustedes se hacen su composición de lugar. Siempre se ha dicho que una imagen vale más que mil palabras y… esta vez… además había poco que contar.

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El viajero se sorprenderá con la presencia de numerosos pastos de reses bravas.


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Detalles del camino, absolutamente separado de la carretera y en optimas condiciones de seguridad.


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Prueba superada; estamos en Castellar.


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Original campanario de la iglesia de Castellar de la Frontera.


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Un respiro; monumento al agricultor. El agricultor es el que está detrás… advierto.

9/2/11

de caballos, borricos y otros rucios.

Hoy toca, arrastrado por la fotografía, hablar de caballos. Si, esos bichos con cuatro patas, grandes, pesados y que huelen… a caballo. El domingo pasado salí de guacabaud con Lagartija y encontré la imagen que les traigo. No la podía guardar sin más; así que la expongo aquí a la consideración pública.

No es un tema por el que yo sienta especial predilección. Los caballos y yo nunca nos hemos llevado bien. Siempre he preferido el caballo mecánico, aquel que funciona en base a primera, segunda, tercera y cuarta, y que corre según le aprietas la oreja derecha. Ese caballo, el mecánico, no tiene más pensamiento que el tuyo. Dos seres, un solo pensamiento.

El otro, el natural, el que huele a caballo, es bastante más jodido. Estos bichos piensan, deciden, y a veces –las más de las veces- sus pensamientos y decisiones no tienen que ver nada con los tuyos. El resultado, absolutamente previsible, es que tú terminas en el suelo.

Mi primer contacto con los equinos se remonta a la niñez. Mi tío Emilio, allá por Zalamea la Real, aún conservaba un pollino que le ayudaba en las tareas del campo. Con ocasión de una visita veraniega, me invitó a dar un paseo en el asno. Uno, ya muy machito, declinó el ofrecimiento para subir sobre el animal. Mi tío Emilio, prudente, me explicó el mecanismo. Tomas impulso y… gracilmente… arriba. Tanto impulso tomé, tan gracilmente quise hacerlo, que terminé espatarrao al otro lado del borrico; el animal lo dejé atrás.

Luego vendría mi formación profesional. Recuerdo, con amargura, mis pasos obligados por las escuelas de equitación. Los bichos esos enseguida me calaban y me las hacían pasar cainita. Siempre me costó un triunfo superar esos periodos.
En mi memoria, de por vida, Macarrón, un rucho de 1’80 de alzada, con pelos en las patas y más mili que la bandera (en el infierno de los caballos estará ardiendo). ¡La de veces que Macarrón me pudo enviar al albero sin miramiento ni consideración alguna!.
En una de esas, desmontado yo sin el más mínimo respeto por el que debía ser mi amigo y compañero, se acercó el instructor y me dijo, con mucha malaje y suficiencia, que estaba arrestado el fin de semana por desmontar sin permiso. Hideputas, Macarrón, el instructor y la madre que los parió a todos.

Tan mal me iba en aquellos tiempos que opté, para no ser descabalgado, por asir las riendas con la mano izquierda y aguantar sobre el lomo del equino sujetándome en la silla de montar con la derecha. Resultado de tan ingeniosa maniobra fue una distensión en ese brazo que me impidió levantarlo durante quince días. Hasta de comer hube con la mano izquierda.
Pero lo peor era cuando me tenía que limpiar el culo.
¿Han probado ustedes a limpiarse el culo con la mano izquierda?
¡Ah… cuan ingratos eran aquellos ratos! Además de apestando a caballo, casi siempre terminaba rebozado en la arena.

Así que en cuanto pude cambié el caballo por la moto. Alguna vez me la he pegado, pero al menos podré aducir que la culpa ha sido mía.

Con todo, ya ven que no soy rencoroso, aún soy capaz de detener mi paso para retener en el objetivo una imagen como esta. Ahí lo tienen al señor, con su gorra y sus posturas; el rey del mambo.


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Definitivamente, me siento como el hombre al que no querían los caballos.

7/2/11

La Vía Sosa

Esto no puede pasar de aquí. Mi intento de coronar los taitantos ochomiles que componen las Vías Verdes, se ha visto atascado por la presentación de la Vía Verde del Almanzora hasta el punto que van a llegar otras cuando esta aún no vio la luz.

Y es que, de las que hasta ahora llevamos cicleadas, ha sido la más aburrida. La Vía Sosa la bautizamos. Algo más de once kilómetros, veintitantos ida y vuelta, de una suave y tediosa subidita que dieron poco que llevarse a los ojos y menos que llevarse a las manos.
Pero la hicimos la divina Providencia, el Bosco Chico y el que les cuenta y debemos dar testimonio de ello, sirviendo de guía a los aventureros que un día quieran seguir nuestros pasos.

Sepan, a modo documental, que la línea férrea sobre cuyo trazado discurre esta Vía Verde tuvo su época de esplendor entre 1903 y 1970. Hasta siete trenes diarios trasladaban el mineral de hierro desde las minas ubicadas en esta comarca hasta el vecino puerto de Aguilas (Murcia), donde en un embarcadero denominado El Hornillo, era acomodado en los barcos que luego lo trasladarían a distintas siderurgias para ser tratado.

El trazado por nosotros recorrido se extiende desde el cargadero de los Canos, a 2’5 kilómetros de Serón, hasta el límite con el término de Alcontar… y vuelta, claro, hasta la estación de Serón, donde habíamos dejado estacionados los vehículos.

Quizás sea mejor que el lector se vaya asomando a las imágenes que nosotros hicimos para él en su día. Pase, pase y vea.

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Desde las almenas del Castillo de Serón la tiesa torre vigilará nuestro recorrido. A falta de otros atractivos turísticos, que también los tiene, aquí podrá el viajero catar un jamón que nada tiene que envidiar al de Jabugo.

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Cargadero de los Canos, o lo que es lo mismo, inicio del trayecto.

A través de él se embarcaba el mineral procedente del Cable de Cabarga San Miguel. El Cargadero es una excelente muestra de funcionalidad. Se trata de un gran depósito superior con capacidad para 40.000 toneladas, sobre el que vertía la estación terminal del cable. Por debajo del mismo, dos túneles paralelos permitían la descarga por gravedad sobre los vagones. Su estado de conservación es excelente (extraído de la web del patrimonio andaluz).

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Despacito y buena letra, que decían los antiguos. Rumbo al viento; y nunca mejor dicho.

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Andén de la estación de Serón. Memoria de abuelos ferroviarios y patio de juegos de una chiquillería tan lejana como perdida.

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Aparcamiento en la estación de Serón. Aquí dejamos los coches y tomamos las bicicletas. El lugar está acondicionado de forma ideal. Sólo echamos de menos una cafetería en las cercanias.

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Es el momento de preparar debidamente las cabalgaduras. Todo tiene su ceremonia y protocolo. Aquí se disfruta desde un pinchazo a la hora del bocadillo.

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La bici-tren. O lo que es lo mismo, casi lo más curioso que encontramos en todo el recorrido. Un detalle amable que pone la nota de color en el entorno. Así eran las bicicletas de los guardagujas que recorrían, una y otra vez, el trayecto entre el edificio de la estación y las agujas de entrada y salida de la misma.

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Salimos de la estación de Serón y tomamos dirección a Alcontar. Suave y tediosa subida, pero el firme está bien acondicionado y la vía, en general, cuidada con esmero.

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Generalización del paisaje que encuentra el ciclista. Poquito, como veis, para contar. Y eso que nosotros ya le echamos imaginación. De cuando en cuando, molinos de viento.

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Conforme subimos nos encontramos a la derecha con la barriada de Fuencaliente, presidida por su iglesia con mirador. Un buen lugar para tomarse la merienda.

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Sin comentarios. La única razón para que casi siempre aparezca el del maillot amarillo es que era yo el que llevaba la cámara.

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Estadio Los Donatos… ¡ahí es ná!. Ven?... adivinan?... las porterias al fondo. Casi todo, pero todo no, es proporcional.

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Cargadero del Tesorero. Es el que peor ha resistido el paso del tiempo; una pura ruina.

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Restos de lo que antes fue el antiguo trazado ferroviario. Esta señal vertical, ya en desuso, era parada o vía libre, según la viera el maquinista orientada de una forma u otra.

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Puente sobre la rambla del Ramil; fin del trayecto. A partir de aquí, aunque sigue el trazado, el firme es impracticable.

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A falta de honrado y dispuesto peregrino que nos hiciera la foto, hubimos de apañar como buenamente se pudo. Así resultó lo que resultó. Pero… bueno, en la próxima te esperamos.

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Y esta la dejamos para demostrar al personal que no sólo sabemos dar pedales. Es mar, dar pedales es de lo que peor nos sale.
Ahora, a modo de postre, os dejamos las fotografías originales con una miajilla de música para mejor trasegar.

11/1/11

la leyenda de Aisa, o la ruta de Al-Yaman

Tengo pendiente, lo sé, la crónica de la Vía Verde de Serón; la Vía Sosa la llamaré.
Pero va quedando atrás por aburrida, por sosita… ya digo. Y otras de más enjundia se atropellan por salir al escaparate de La Vidriera.
Tal es el caso.

Cuenta la leyenda, digo bien… la leyenda, que corría el año 826 cuando el califa pechinero Urs Al-Yaman conoció los encantos de Aisa (no confundir con la mora Ascia, de Tras los pasos de Edurne), una doncella cristiana que tenía su morada en lo que hoy conocemos como Los Baños de Sierra Alhamilla. Cuenta también la leyenda que cada noche, mientras Aisa peinaba sus cabellos junto al pozo, los reflejos del agua termal le devolvían la hermosura perdida, por lo que esta permanecía siempre intacta.

El caso es que, habiendo bajado Aisa al mercado de Pechina, enamoró y se enamoró del califa pechinero, que ya no pensó en otra cosa que hacerla parte de su harén. En esas estaba cuando una buena mañana, ahíto ya de ausencia el pechinero, decidió ponerse en camino y presentarse ante los padres de la doncella. Como no encontró caballo en sus cuadras, y el deseo le urgía, inició la marcha a pie. El pedirla, o raptarla, sería cosa que se vería según se sucedieran los hechos.

Pero lo que sucedió fue que el califa, delicado de salud y –como hombre de letras- poco entrenado en el ejercicio físico, no pudo con la pronunciada cuesta que separa Pechina de Los Baños, teniendo que desistir a mitad de la subida. Así, llegado al lugar que hoy ocupa un antiguo transformador eléctrico y entonces la fragua de un fabricante de alfanjes, el pechinero abandonó la escalada y se encaminó a un frondoso oasis dormido a la falda de la sierra, lugar más acomodado para esperar a su princesa… si es que su princesa llegaba.

Pasaron días en que el califa sólo se alimentó de los dátiles de las palmeras y la leche de las cabras que por allí pastaban en estado salvaje. Aisa nunca acudió. Las lenguas de doble filo cuentan que, entre dátil y dátil, sucumbió a los encantos de un cristiano de Cantoria que le hizo olvidar a sus padres, las aguas termales y al califa pechinero.
Este, repleto de aburrimiento, incapaz ya de volver sobre sus pasos subiendo la cuesta a la fragua del alfanjero, puso rumbo al sur, alcanzando la rambla de San Indalecio, el barranco Espinaza y finalmente el camino del Llano de la Salvaora -llamado así desde entonces-, que le regresó a Pechina más muerto que vivo.

Esta es la ruta de Al-Yaman, la que siguió el califa en su periplo tras los encantos de Aisa. Cual un windown’s para torpes, pretende mostrar al ciclista piltrafilla el itinerario que siguió el moro. Son quince kilómetros para disfrutar de la leyenda… y del paisaje.
Espero que les aproveche.


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km. 0
Que situamos en el estacionamiento del club de tenis Indalo. Siga la flecha amarilla y tome el camino de La Norieta en dirección a Pechina.


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km. 0’300
Camino de La Norieta. Si continuas todo recto llegarás a la plaza del pueblo. Algún tramo hay de dirección prohibida; queda a elección de tu espíritu transgresor el dar un rodeito para llegar al mismo sitio. Yo no aconsejo, yo informo.


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km. 1’320
Plaza del Ayuntamiento de Pechina. De obligado paso para imbuirse del espíritu califal. Deberá tomar, para salir del pueblo, la calle del obispo Casanova, señalada con la flecha.


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km. 1’640
Acceso a la carretera AL-3117
Acceda por la izquierda y una vez en la carretera tome a la derecha, dirección Rioja.


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km. 2’460
Abandone la AL-3117 y tome el desvío a la derecha para acceder a la AL-3100. Hasta el antiguo transformador eléctrico, ya todo será subida, una rampa del copón, un martirio. Plato pequeño, piñón grande, grandes dotes de músculo y paciencia… y p’arriba.
Si no puedes con la bici, te bajas y continuas andando. No te sientas avergonzado; si no pudo el califa… y era califa, porqué vas a poder tú.
En cualquier caso… ¡a mí qué me cuentas!


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km. 3’450
Rotonda sobre la autovía. Todo tieso. La flecha señala el lugar por donde debes continuar subiendo. A ser posible con la bicicleta debajo del culo.


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Tu esfuerzo será recompensado con paisajes como este.


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km. 6`580
Ya tienes a la vista el transformador (1). Deberás dejar la carretera –aquí fue donde lo hizo Al-Yaman- y tomar el camino de tierra que sale a la derecha (2).


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Vista del transformador, antigua fragua del alfanjero.


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Donde se te muestra una panorámica del lugar a donde te diriges. (1) es el camino que debes seguir, (2) el oasis y (3) humo de una hoguera que han encendido los indios alhamillos. Si están de buenas, no tendrás nada que temer.


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imagen 328 y 330
Idílicas tomas del oasis-palmeral


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imagen 324 y 327
¡Es la guerra!
Cuando yo hice el recorrido, al llegar al oasis, me vi sorprendido por una legión –que no LA legión- de indocumentaos que jugaban a la guerra… que ya tiene mandanga la cosa; tan grandes y jugando con pistolitas.

Ahí los tenéis, como prueba documental, todos ellos disfrazados de Rambo, pegándose tiritos como si fuesen chiquillos.
Se me ocurrió sacar una bandera blanca y colocarla sobre Lagartija, pasando entre las líneas enemigas sin lesión ni deterioro físico.


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A mi espaldas el oasis palmeral, toca fijar rumbo sur, hacia la rambla de San Indalecio.


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km. 9’490
Barranco de La Espinaza. Aquí también suelen jugar a las guerras; quede advertido el intrépido viajero.


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Rebasado el barranco La Espinaza, rambla pura y dura. Desierto tabernario en su más genuina expresión.


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km. 11’320
Se abandona la rambla de San Indalecio y se toma el camino de la derecha. La presencia de Lagartija, independientemente de que es coqueta y le gusta posar, es el testimonio gráfico de la autoría de este panfleto.


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km. 11’700
Acceso al camino de Llano de la Salvaora, que se toma a la izquierda, sentido descendente.


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km. 12’330
Volvemos a la rambla de San Indalecio, a la altura del viaducto bajo la autovía, que debemos rebasar por el ojo más a la izquierda –marcado con la flecha-.
Haciéndolo así accederemos a Pechina por el llamado Camino Alto, que nos llevará hasta la misma Plaza de Buenavista.


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km. 13’040
Plaza Buenavista. Aquí deberemos tomar la calle el Turco –a la izquierda- que nos llevará otra vez al Camino de la Norieta y por él a nuestro punto de partida.

Supongo que su merced lo habrá pasado bien. ¿Le duelen las piernas?. Si ello es así, no habrá hecho más que verificar, en sus propias carnes, el refrán popular de... amores duelen.

10/1/11

teoría del frio relativo

Su merced, que es gente leída, conoce que la llamada teoría de la relatividad, formulada por el tío de los pelos ese, trata sobre los conceptos de tiempo y espacio en relación a posibles observadores. Su merced conocerá también, y si no ya se lo digo yo, que la precitada teoría no tiene efecto ni incidencia alguna sobre nuestra vida cotidiana. Dicho sea de otro modo, que conozca o no los principios de la relatividad esa, su vida transcurrirá absolutamente igual hasta que se acueste esta noche.

Planteado el necesario preámbulo, debo contarles que uno, que es macho hasta el aburrimiento, suele andar en moto tanto en verano como en invierno. Anoche, cuando me dirigía a mi club de tenis para jugar el partido de los miércoles, el termómetro exterior de la bosco-moto marcaba la friolera, y nunca mejor dicho, de siete grados centígrados.

Es aquí donde entra en juego la teoría preambulada. Porque no es lo mismo, a la vista del observador, siete grados en Sotillo del Rincón (Soria), que siete grados en el Cabo de Gata (Almería), y ello por mas que se le encrespen los pelos al Einstein relativo.

Allá por el paleolítico, cuando uno era joven y tenía una mata de pelo en el pecho y un rabo de metro y medio (siempre tieso, dicho sea de paso), campeaba por tierras de Soria y tal era su ardor guerrero que los hielos del Duero se fundían con sólo acercarme a su orilla. Pero ya, ah… cruel destino, no es lo mismo. Los siete grados de anoche son más que suficientes para fundirme los plomos y relativizar huevos de tigre en huevos de codorniz.

Para colmo de males, ayer decidí cortarme el pelo y uno siempre se lo corta a lo apache. Esto es, siempre termina pareciendo un indio. Un indio helado desde la planta de los pies a la tonsura clerical.
Resumiendo, que si en un tiempo cabalgaba el puerto de Piqueras aferrando la espada con el mismo vigor del Campeador, anoche era incapaz de sostener la raqueta con un mínimo de decencia. Y las dos circunstancias enmarcadas en el mismo contexto, siete cochinos grados de temperatura.

¿Entiende ahora su merced la relatividad de la circunstancia en relación al tiempo y al espacio?

No sé que coño sería de ustedes sin mí.

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Documento histórico extraído de la hemeroteca de mi memoria. Al fondo, un R-8 de mi amigo Marcos y un R-5 de mi propiedad, dan fe que éh lo que éh.
El tiempo, todo lo descompone.

20/12/10

La Habana

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Se llama Ramón. Ramón Sánchez, abundando en lo documental. Lo sé porque lo pone una plaquita que sujeta en el bolsillo de su camisa.
Y es el encargao.
Desde el otro lado de la barra, gestiona, desde siempre, los intereses comerciales del café La Habana. Hoy, que llueve y la parroquia acude mojada y somnolienta, parece que Ramón durmiera aquí.
Es el único que no viste uniforme, aunque siempre lo hace casi de la misma manera; pantalón oscuro y camisa de manga corta en tonos pálidos.

Ramón, el encargao, parece no hacer nada; sólo mira. Únicamente cuando los suyos se ven desbordados, que es casi nunca, echa una mano con lo que tercie.
Los camareros, todos de uniforme, blanco-negro y lila, todos con pajarita, deambulan cada uno a lo suyo. Uno a la cafetera… y sólo a la cafetera -solo para presing, le cantan-, otro a la barra, otro a las mesas, otro a la terraza. Yo, que no conozco sus nombres, les he bautizado por su referencia; el flaco, el nervioso, el joven, el calvo, el pistolero. Caminan siempre presurosos, aunque el local esté vacío, y no sonríen casi nunca.
Si alguno de ellos duda entre azúcar o sacarina, no lo pregunta al cliente sino a Ramón si anda cerca. Ramón sentencia si una cosa u otra, que lo sabe porque es el encargao.

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La Habana es una cafetería de estilo colonial, anclada en una esquina de la Avda. de Cabo de Gata, en el barrio del Zapillo, allá cerca del mar. Las paredes están recubiertas de madera, la iluminación la proporcionan quinqués de colorines y del techo cuelgan originales pai-pais que oscilan pausados para refrescar el ambiente. La atmósfera, calida y decadente, tiene algo que me atrae.
Alguna vez vi una mujer, guapa, ausente e igualmente decadente, que apoyada en la barra entabló una conversación amistosa con Ramón. Hay algo entre ellos dos.

En la cocina, gorrito reglamentario sobre las cabezas, otro hombre y otra mujer se ocupan de servir las tostadas y churros del desayuno, las tapas del aperitivo o los pasteles de la merienda. En la planta de arriba, cerrada al público, se encuentra el obrador en el que elaboran sus propios productos y repostería.

La clientela de La Habana es fija. Y numerosa. Son mayoría las personas de edad avanzada, pasados los cuarenta, y con evidente poder adquisitivo.
Porque el café, en La Habana, es treinta céntimos más caro que en cualquier otro sitio de los alrededores. No es que sea mejor, ni que proceda directamente de Cuba –como cuenta una leyenda zapillera-, pero si es más caro.
Una de las voces de mi conciencia diría que es el precio a pagar porque tengan empleo ocho personas en vez de cuatro, razón suficiente para que siga acudiendo al lugar.
La Habana está decorada con originales y rebuscados detalles. Radios y teléfonos antiguos, fotos en blanco y negro, maquetas de barcos, objetos de cartografía y un piano de cola al fondo del salón.
Y entre todos esos objetos, adusto, serio y vigilante, Ramón… el encargao.

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22/11/10

crónicas batuecas (... y 4) / la cama m'echó p'atrás.


La idea no era mala. En los umbrales de la senectud, se trataba de explorar nuevos territorios, dar un paseo a la parienta y descubrir diferentes enclavamientos en los que acomodar, si llegara el caso, los muchos años.

Oí hablar de Yuste, a las puertas de Las Batuecas, y hacia allí que encamine el Ibiza, tan viejo ya como el que escribe pero, como este, con las itv’s ajustadas a derecho, a mayor gloria de los vinos con solera. Bien es verdad que, tanto al uno como al otro, no les vendría mal el cambio de la correa de distribución.

Si Yuste fue digno retiro para un emperador, mandamás de todas las españas que en el mundo eran, y eran muchas por aquel entonces, también lo podría ser para un tarugo nacido a la sombra de la serranía de Cádiz, tierra esta que sin desmerecer la Extremadura conquistadora ya había colocado el non plus ultra una miajilla más allá de Chiclana.

Así que plantada la tienda a la sombra de la torre del Bujaco, pasé unos días, el abanico en una mano y la Nikon en la otra, recopilando datos con los que documentar el “informe Retiro”.

Y resultó que las Batuecas, exploradas al calor del verano, se asemejan a los hornos de Pedro Botero, sólo comparable en lo extremo –al decir de los lugareños- a lo frío que puede resultar el invierno.
Cuacos, a tiro de piedra de la conquistadora Plasencia, en el corazón mismo de La Vera, no es sino el resumen de aquella tierra, verde y canela, frío y calor, a partes iguales.

Averigüe así que el emperador en cuestión debió ser hombre en extremo religioso, hasta el punto que, postrado en cama por su enfermedad, no tuvo el menor reparo en abrir un hueco en la pared de su dormitorio para desde el lecho poder seguir la celebración de la santa misa.
Luego quiso enterrarse mitad dentro mitad fuera bajo el altar de la basílica, una cosa bastante rara, pero terminó enterrado en El Escorial porque de todos es sabido que, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Y el vivo, que fue su hijo Felipe II (a) el Prudente, dispuso que se enterrase más cerquita de Madrid. Es que Cuacos, digan lo que digan, queda bastante lejos de todas partes.

Soleado al fín por todos los soles cacereños, pateados la totalidad de los caminos batuecos y recogido finalmente en el pequeño y enlutado dormitorio que fue testigo último del último suspiro del emperador, tanteado con reparo el colchón que fue depositario del cuerpo abandonado del alma, convine conmigo mismo en que aquello no era para mí.

Y es que, si bien podría enumerar ciento y un detalles que desaconsejan mi retiro a tan afamado lugar, a mí, lo que de verdad m'echó p’atrás… fue la cama.


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Vista personalizada de la alcoba del Emperador.
Gentileza de mi amigo Rafael (a) el Séneca, a quien habré de pagarle el detalle en especias sacadas de mar. A ser posible, a la sombra de La Fabriquilla.