
18/5/24
... tras los pasos de Brenan

6/5/24
el Jazmine
Un buen día de 1964 el actor Richard Burton regaló a la también actriz Liz Taylor -por quien estaba colado- un barquito (34 metros de eslora) que antes había pertenecido a un tal Aristóteles Onassis. Sobre su cubierta, y en la frescura de sus camarotes, los dos pavos vivieron un tórrido romance.
Dicen las lenguas de doble filo que la Taylor, sólo tocada con una pamela para que el sol no le diera en la cara, gustaba de pasearse en pelotas por la cubierta del yate, para deleite de toda la tripulación. Era el paraíso.
Pero el amor es caprichoso y voluble y el Burton y la Taylor terminaron tarifando y el Jazmíne que así se llama el barquito, atracado en el puerto de Santa Pola.
El Richard terminó vendiendo el barco a unos narcotraficantes que lo rematricularon en Málaga y se dedicaban con él a las cosas propias de su sindicato. Eso fue hasta que la Guardia Civil les echó el guante; los narcos terminaron en la cárcel y el Jazmine en el puerto de Águilas y a disposición de la Agencia Tributaria.
Como las cosas de palacio van despacio y las de la justicia casi no van, malos tiempos llegaron para el Jazmine. En el puerto de Águilas, ante la desidia general, estuvo a punto de hundirse y hubo que reflotarlo de urgencia.
Así las cosas la Agencia Tributaria se dio prisa en subastarlo y fue adquirido por un empresario que lo traslado al varadero del puerto de Garrucha con el fin de acondicionarlo y volver a ponerlo en servicio. En servicio decente, se entiende.
Eso fue en el año 2018, 50 años después de aquel día de 1964 en que el Burton lo usara como anillo de compromiso. Luego vino la pandemia, y luego la incompetencia, y luego el olvido. El Jazmine se pudre lentamente en un rincón del astillero como una ballena varada en la última playa de la última isla desierta.
Ni rastro de los tiempos felices. Ni rastro del amor mediterráneo de aquellos dos locos. Ni rastro de alguien que sepa, quiera… pueda.
Una pura ruina que ayer me encontré, como quien no quiere la cosa, y que me ha tocado contar.
14/4/24
el Padrino
Viviendo el pasado Lunes de Pascua, alguien me recordó la antiquísima costumbre, en algunos pueblos de España, de consumir la llamada Mona… o Mona de Pascua. La Mona es un alimento típico de la repostería española compuesto por un hornazo o torta adornado con huevos.
En algunos lugares, como en Olvera… mi pueblo, el lunes de Pascua -o de Quasimodo- se reúnen las familias o amigos para ir a comerse la Mona al aire libre, siendo costumbre de cascar el huevo de la Mona en la frente de otra persona.
El gasto de la Mona siempre corría a cuenta del Padrino. Y es sobre esa figura, EL PADRINO, con la que quería moldear este cristalito. Pero no el Padrino mafioso siciliano que tan bien encarnaron Marlon Brando y Al-Pacino, sino esa figura antaño tan importante y ahora tan superflua que nos acercó a la pila del bautismo a los que profesamos la religión católica.
Y es que, caí en la cuenta, no conozco quienes fueron mis padrinos. Si bien recuerdo perfectamente que los de mi hermano eran Antonio Villalba y su mujer Dolores, amigos de mis padres a quien en casa nos referíamos como “el padrino” o “la madrina”, de los míos sólo recordaba vagamente que, en un tiempo, fueron amigos de mis padres en la localidad de Olvera. Mi padre ya no vive y, desgraciadamente, mi madre no recuerda siquiera quien es ella.
Los padrinos, habrán caído en la cuenta, eran personas muy cercanas a los padres del bautizado y antiguamente adquirían una responsabilidad real sobre el futuro del recién nacido. A día de hoy, aunque en la teoría es lo mismo, me da que en la práctica los padrinos son más adorno que otra cosa. Afortunado el que sea excepción de la regla.
Para remediar esta laguna documental en mi propia familia, paso con premura a dejar constancia que los padrinos de David, mi hijo mayor, fueron su abuelo Pepe (q.e.p.d.) y su abuela Mariana. Y los de Víctor, mi hijo pequeño, fueron su tío Juan González y su tía Isabel (q.e.p.d. ambos). Las dos ceremonias de bautismo fueron oficiadas en la iglesia de San José, en Estepona, por el sacerdote D. Diego Gil Biedma, que posee otro cristalito en este blog por derecho propio (enero de 2016).
Los padrinos de Toñi, la madre de los niños fueron Antonio Gil y su esposa Celia, amigos del abuelo Pepe, de los que poco después nunca más se supo.
Y ya sólo quedaba averiguar quiénes fueron los padrinos del Maestro Vidriero. Se me encendió la luz. Unas gestiones por internet me permitieron dar con la Parroquia de la Encarnación, en Olvera, y por ende con Moisés, su párroco. Lo demás todo es gracias al buen hacer y mejor disposición del sacerdote, que en muy breve tiempo me envió la joya documental que les muestro:
Gracias a ella pude averiguar que mi sobrenombre, del que nunca nadie me habló, es Del Sagrado Corazón, y que mis padrinos fueron FRANCISCO SERRANO PERNÍA y DOLORES GÓMEZ MUÑOZ, muy amigos en aquellos entonces de mi padre y de los que, al salir del pueblo, les perdimos el rastro definitivamente. En aquellos tiempos, años 50/60, viajar no era actividad común en la clase trabajadora.
Y les voy a dejar con una imagen de la pila bautismal de la aldea del Pozuelo, pedanía de Zalamea la Real, en la que sin lugar a dudas fue inscrito al catolicismo el abuelo Vélez.
15/3/24
el lavadero
En el corazón del barrio del Realejo, según bajas andando -o subes- desde la Alhambra a la céntrica plaza de Isabel la Católica, se encuentra la placeta de la Puerta del Sol y en ella un lavadero del siglo XVI cuya contemplación justifica el esfuerzo; sólo podrás llegar hasta aquí andando.
El lavadero, recién restaurado, está protegido por seis columnas toscanas realizadas con piedra de la Sierra de Elvira, y un techo artesanal de madera y teja árabe. En él acostumbraban a lavar las granaínas cuando aún no había agua corriente en la ciudad.
La placeta, además, constituye un mirador único para contemplar la puesta del sol, pese a que el día anotado en mi agenda para fotografiarlo caían chuzos de punta. Ni la imponente borrasca que se cernía sobre la ciudad aquel día y que dejó completamente nevado los alrededores de Granada y mojado como sopa al imprudente cronista, desmereció un ápice la belleza del monumento en cuestión.
Disculpen mis clientes la brevedad de este cristalito. Valga en mi descargo que sólo puedo escribir con la mano derecha. La izquierda, aún, sólo me sirve para señalar. Las izquierdas, sabido es, siempre han tenido mucha malaje.
París bien vale una misa, que dijo Enrique IV. La visita al rincón que les muestro valió el aguacero que tuve que soportar.
13/2/24
en el andén
Al hilo del hilo anterior, quizás para cerrar el circulo, ahora mi hijo mayor se ha hecho fanático del modelismo ferroviario. Voy a querer creer que puse la semilla cuando le regalé su primer Ibertren.
Esto me ha hecho pensar que antiguamente, muy antiguamente, la gente de los pueblos que tenían estación de ferrocarril solía pasearse, en los ratos de asueto, por el andén de la estación. No hacía falta que fuesen a emprender algún viaje, ni siquiera que esperasen el regreso de alguien.
El andén de las viejas estaciones, por sí solo, constituía un punto de encuentro, un nexo sociológico que se instalaba en torno a los habitantes de las poblaciones que tenían la suerte de contar con el ferrocarril.
La llegada y la partida de un tren siempre ha constituido un evento singular, algo mágico, un encantamiento que atraía como un potente imán las vidas de los pueblerinos carentes de otros espectáculos.
Y cuando al fin se divisaba en la lejanía la silueta de la locomotora acercándose era como si se nos quitase un peso de encima, la llegada del Mesías, el alumbramiento de lo que había de ser… y era.
A eso se sucedía la despedida de los que marchaban o la sonrisa franca de los que bajaban del tren para quedarse; sin importar que fueran nuestros o no.
Finalmente, cumpliendo con la liturgia, salía el jefe de estación con su gorra roja y hacía sonar la campana colgada en el andén. Se dirigía con paso firme y pausado hacia la locomotora, levantaba el banderín plegado y hacía sonar su silbato. El maquinista le respondía con un prolongado pitido. El tren comenzaba lentamente a moverse y partía dejando siempre una sensación de vacío, de nostalgia, de abandono.
Y como mi infancia son los recuerdos de una estación de pueblo, de cuando en cuando -como ahora- procuro volver a ellos para volver a sentir el palpitar de lo ferroviario en mi sangre.
25/12/23
la estación de Setenil

La estación a día de hoy. Han desaparecido las casas de los ferroviarios que se situaban entre este edificio y el muelle de carga que se ve al fondo.
Al otro lado de las vías se encontraba este cortijo, hoy pura ruina. También sirvió de Cuartel para la Guardia Civil.
Una vista de la estación desde el lado Ronda/Algeciras. Un tren de cercanías se encuentra detenido en el andén.
15/11/23
... y que salga el sol por Antequera.
Llevaba tiempo con la intención de conocer Antequera, ciudad por cuya puerta había pasado decenas de veces -incluido el aparcamiento de su hospital- sin que el conocimiento llegara a ser íntimo.
La cosa se fue aplazando primero por un inoportuno catarro, luego por obligaciones adquiridas con anterioridad, más tarde porque la previsión del tiempo no acompañaba… total, que fue la segunda semana de noviembre cuando los planetas se alinearon y puse el Clio rumbo al Sueño del Indio, que los más cursis llaman también el Peñón de los Enamorados.
A ver ahora si soy capaz, ayudado de algunas fotografías de las muchas que obtuve, contarles mi versión de los hechos sin caer en la rutina de un guía de turismo.
Todo el mundo conoce de Antequera dos típicos tópicos, el Torcal y la Peña de los Enamorados. El primero lo excluí de mi visita y del segundo ya dije que prefiero llamarle el Indio, que me parece más auténtico.
Antequera me sorprendió agradablemente. Es una ciudad señorial en el fondo y en la forma. Y los antequeranos, al menos aquellos con los que traté, una gente la mar de simpática.
Los 41.000 antequeranos que registra el censo están orgullosos de su pueblo, no en vano es Patrimonio Mundial de la Unesco. A ello contribuyen sus cinco bibliotecas, sus decenas de iglesias y museos, y sus calles limpias y repletas de edificaciones singulares.
Ligada a los inicios del nacionalismo andaluz, en la ciudad se redactó en el año 1883 la Constitución Federal de Antequera y en 1978 el pacto autonómico que condujo a la creación de la Autonomía Andaluza, pujando por ser la capital de la comunidad andaluza hasta el último momento. Méritos no le faltaban, pero padrinos sí. Los padrinos los tenían los sevillanos.
Si en lo cultural la ciudad rebosa actividad hasta el punto que pude disfrutar de una exposición de Rafael Zabaleta, mi pintor favorito, en lo carnal no me privé de desayunar molletes de Antequera con zurrapa colorá y almorzar la sin par porra antequerana, placer de dioses.
Comencemos por el principio, el alojamiento. El Parador parece una buena opción.
Ya colocados, amaneciendo sobre la silueta del indio, vayamos a explorar…
Contempla la Peña del Indio desde el mirador Michael Hoskin, a los pies de la Alcazaba, es un clásico…
Como iglesias, conventos y museos tienes para aburrir, yo recomiendo no dejar de visitar la Plaza de Toros y el museo de arte taurino que contiene. La terraza del bar que los días sin corrida profana el ruedo es opcional…
Otro clásico, la Puerta de Estepa. Si, desde el año 2011 aquí gobierna el PP.
La alcazaba, desde la calle principal del pueblo…
Ingente catálogo de casas señoriales y patios andaluces donde se enseñorean las pilistras…
Les dije que disfruté una exposición de mi admirado Rafael Zabaleta…
No dejes de subir a la Alcazaba, aunque para ello hayas de sufrir la Cuesta de Judas…
Y no olvides, para terminar, hacerte una foto entre Fernández y Muñoz, dos antequeranos de pro.
Los tesoros que guarda para ti la ciudad es mejor que los vayas descubriendo por ti mismo.
POR SU AMOR… reza el lema de la ciudad, y no me pregunten el motivo. Yo prefiero acabar con el más castizo de “y que salga el sol por Antequera”, en testimonio vivo, lacerante y tan actual de que conseguido el sillón, poco importan las consecuencias. Así nos va.
La coletilla no es de ahora. Fraguada en el campamento cristiano que cercaba Granada, hacía mención a lo improbable de que el sol viniera a salir por un lugar situado al oeste. A mí esta coletilla, inevitablemente, me lleva a otra igual de contundente: A cada cerdo le llega su San Martín.
































