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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

29/11/07

Igor Mitoraj.

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IGOR MITORAJ, sobre ser un escultor polaco que nació en Alemania, se formó en Cracovia y trabaja en Italia, me parece un imprudente. Es lo que tiene no sentir raíces bajo los pies, a veces puede parecer que te caes del guindo. Las más, te caes.

Porque lo que no dicen sus biografías, pero se nota a la legua, es que el tal Mitoraj debió sufrir en sus carnes los prejuicios atávicos de un matriarcado despótico.
El resultado es que con su obra, ahora expuesta en la Rambla de mi pueblo, nos ha puesto a los pies de los caballos. A los hombres, digo.

Dos obsesiones alimentan la obra del don Igor; la de descabezar a los hombres y hacer ostentación de sus atributos varoniles.
Dirán sus mercedes que no es pa tanto. Lo es.
Y lo es porque su obsesivo planteamiento de representarnos con la cabeza cortada y en los pies y la aparatosidad en la sexualidad, dicho sea en cristiano y pa que me entiendan, con más cojones que el caballo de Espartero, ha dado pie y razones a los colectivos feministas a reivindicar, una vez más, aquello que vienen repitiendo desde el 6 de marzo de 1910: -“Cada cabeza en su sitio”.

Porque si no es de extrañar que la dichosa escultura haya sido visitada por todas las faldas de Almería para admirarla, celebrarla, envidiarla y comentarla, da mucho por culo que entre esos comentarios se cuele el de que ya quisieran en su casa, o entre sus piernas, los abalorios que el descabezado ostenta.

Así que me cisco en la madre que parió al Igor, al mito perdido, al hijo de puta que lo perdió y a la Concejala de Cultura del Ayuntamiento.

¿Conocen sus mercedes una canción de Javier Krahe que asegura que “la Jacinta mucho más?. Pues eso, que yo me quedo con la Jacinta.

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2/11/07

El caso de la pescaera.

La cosa tuvo su miga.
Y lo contaré a sus mercedes en forma de sainete, acto dramático con tintes cómicos y populares, de modo que sirva de color de mufla y emplomado al resto de los cristalitos de esta vidriera.
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Primero lo primero, los personajes:
a) La Pescaera: Es la estrella del sainete. Mujer joven y rubia, racial, sin compromisos conocidos, algo más que de buen ver, que dedica las mañanas de los días laborables a vender pescado en un puesto del centro de la capital. Mis lectores, gente perdida toda, la definirían, sin más dilaciones, como "una tía buena".
b) El Maromo: Su oponente. Varón en edad de merecer, cuajao, con más tiros que la tapia del cementerio de mi pueblo y menos escrúpulos que Torrente (versión 3).
c) El Melenas: Conocido de la Pescaera, aunque no consta si bíblicamente. Dispuesto a hacerle un favor. O dos. O los que se tercien… siempre que se tercien por la parte que se tienen que terciar, claro.

-En aquella casa todo es de calidad.

d) Los Municipales: El Romerales y la Asun. Vestidos de azul, con su gorrita a cuadros blancos y azules y un 092 pintado en las motos.
e) El clan: Compuesto por paseantes varios, jubilados, gente de la calle, y marías en número indeterminado, afines a la Pescaera, que para eso le compran el pescado todos los días y, de vez en cuando, reciben dos sardinas y cuatro boquerones sobre el peso. Detalle este que hace corporativismo y crea lazos íntimos de unión.
El escenario:
Calle del centro de la capital, estrechita, de un solo sentido de circulación, donde el aparcamiento se paga más caro que el bacalao fresco, con un tráfico que te cagas y, mira tu por donde, hora punta. Allí mismico se sitúa la pescadería.
La trama:
La Pescaera, cuando llega cada mañana, y lo de mañana es un decir porque madruga menos que el ángelus, no encuentra aparcamiento para su vehículo. Ello le obliga a dejar el coche en el quinto pino, o encima de la acera, o debajo del mostrador de la pescadería. Así, mientras dispensa las merluzas y los salmonetes, la pobre vive con un ojo en el mostrador y el otro en la calle, a la espera que un milagro deje hueco libre donde ella pueda meter su cochecico.
En esas estábamos hace unos días cuando, loada sea la Virgen del Rascacio, ve la Pescaera que justito enfrente de la pescadería va a quedar un aparcamiento vacío. En un suspiro terminó de despachar a la Encarna tres cuartos kilos de almejas y sin ni siquiera quitarse el delantal, ya estaba en la calle con las llaves del coche en la mano. Al salir de la pescadería, en su impulso agónico, casi arrolla al Melenas, que pasaba por allí camino de su trabajo. El Melenas, sépanlo sus mercedes, es guardia civil, pero de los de la brigadilla, de ahí su nombre y sus pintas. La Pescaera, que conoce al Melenas -aunque no consta si bíblicamente-, le pide que haga de gorrilla y le guarde una miajica el sitio mientras ella acerca su coche. El Melenas, que conoce a la Pescaera –aunque no consta si bíblicamente- le dice que si, que vale, que París bien vale una misa y que pa eso están los amigos.
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-Los justicias debieron llegar por la acera.- Hasta el monigote de la columna se muetra sorprendido.
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Estaba el Melenas aplicado en su nuevo oficio, haciendo méritos para mejor conocer –quizás bíblicamente- a la Pescaera cuando quiso el infortunio que llegase el Maromo al volante de su Audi 3, harto de dar vueltas a la manzana y más quemao que el palo un churrero. El Maromo vio el hueco libre como el naufrago que avista el rescate en lontananza, y abocó la proa del Audi a puerto. En su ceguera casi se lleva al Melenas por delante, que muy torero había salido al centro del redondel y le hacía señales con el dedo de que allí no, allí aparcaba la Pescaera.
El Maromo, sin creérselo, apeóse del coche y miró de muy malas maneras al Melenas, pidiéndole al tiempo explicaciones. El Melenas no tuvo tiempo de dárselas porque en ese momento llegaba la Pescaera con su Opel Corsa y clavaba el morro justo sobre la popa del Audi, imposibilitándole de todo movimiento ni atrás ni adelante. No hizo falta que el Melenas abriera el pico; la Pescaera, llana y muy sucintamente, sobre todo sucintamente, explicó al Maromo que aquel lugar estaba reservado para ELLA porque ELLA lo había visto antes y porque ELLA trabajaba allí.
El Maromo, muy educadamente, se dirigió a la Pescaera para explicarle que no, que la cosa no funcionaba así, que los estacionamientos no se podían "pillar" y que él había llegado antes y, por lo tanto, olé ahí su gracia, iba a dejar allí su coche.
La Pescaera, menos educadamente, preguntó al Maromo si sabía lo que estaba diciendo, de qué guindo se había caído y si sabía en el fregao en que se estaba metiendo. Para apuntillar su tesis, le repitió que ella traba
jaba allí.

-Los rascacios, con la boca abierta, siguen atentos el curso de la pajarraca montada.

El Maromo se apretó los machos y contestó a la Pescaera que por él como si trabajaba en el Vaticano. Y que en vez de tanto palique lo que podía hacer era eso, irse a trabajar.
A la Pescaera le subieron todos los colores del arco iris a la cara (pero seguía igual de buena) y un fuego volcánico empezó a derramarse de sus ojos.
El Melenas, visto el cariz que tomaban los acontecimientos, optó por la inteligente medida –pa eso era de la brigadilla- de quitarse de en medio sin hacer ruido, pues para ciertos polvos no son necesarios espinosos lodos.
La Pescaera, con los brazos en jarras y el delantal arremangao, le dijo al Maromo que "sobre su cadáver", al tiempo que le llamaba caradura, machista, cobarde y poco hombre. Al Maromo, lo de poco hombre le llegó al alma.

A todo esto, hora punta, calle de sentido único, la cola de coches daba la vuelta a la manzana y el embotellamiento se hacia notar hasta el extraradio. Un inmenso coro de cláxones irritados hacía coro a la diatriba entre la Pescaera y el Maromo. También hacían coro el clan de las marías, que visto lo visto, y como todavía era temprano, habían salido de la pescadería para apoyar a su pescaera y darle la razón por activa y por pasiva, mirando al Maromo de mu mala manera y diciéndole cosas mu feas, pero que mu feas.
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-Un rape, dispuesto a morder al Maromo en los huevos.

El Maromo, se dirigió nuevamente a la Pescaera y le exigió, con dos cojones, que echara su coche patrás y le permitiera acomodar el suyo en el aparcamiento.
La Pescaera le dijo que le iba a rajar y a sacarle la cabeza como a los pescaos, e hizo ademán de irse pa él.
El Maromo, visto como cazaba la perra, pero firme en su deseo de hacer valer su derecho, se encerró en el coche y tomó el móvil para llamar a la policía. No hizo falta que marcara ningún número. En esto llegaban, atraídos por el monumental jaleo y las motos por las aceras, el Romerales y la Asun, los policías municipales de esta historia.
La Pescaera, las marías, el clan de los jubilaos y un panaero que pasaba por allí, pusieron a los justicias en antecedentes, todos a la vez, de lo que allí se cocía. La Asun se echo mano a la porra. El Romerales golpeó con los nudillos el cristal del Audi 3 y conminó al Maromo para que saliese. El Maromo le contestó que nones, que amarraban a la Pescaera o que él de allí no se movía, que moriría en su refugio "como un machote".
El Romerales y la Asun hicieron un aparte. Se les notaba incómodos, agitados, revulsos, discrepantes.
A la Pescaera le iba a dar algo.
Finalmente el Romerales se acercó a la Pescaera e intentó hacerle ver que una cosa era la educación y otra el derecho, y que si bien el Maromo aparecía como un gentuzo por,
a) No ser considerado con una mujer.
b) No ser galante.
c) No ser lo suficientemente sensible a la belleza femenina.
d) No gustarle el pescao.
No había en justicia razón alguna para quitarle el aparcamiento que ya medio tenía y que si no tenía entero era porque el coche de la Pescaera no le dejaba tirar una miajilla patrás.
A la Pescaera se le cayeron dos lagrimones como puños, se arrancó el delantal, se lo tiró al Romerales a la cara y se encerró en la pescadería seguida del clan de las marías que corrieron a consolarla. Alguna se quedó en la acera e increpaban agriamente a las fuerzas del orden público.
-Porqués una mujer; gritaba una cliente airada.
-Eso a un tío no se lo hacen; acentuaba otra que tal.
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-Mudo testigo de la tragedia, el delantal quedó abandonado sobre la acera.

Entre la Asun y el Romerales empujaron un poco hacia atrás el Opel Corsa de la Pescaera permitiendo el movimiento del Audi y que este, de una vez por todas, quedara acomodado en el estacionamiento.
Otro conocido de la Pescaera –no consta si bíblicamente- se llevó el Opel Corsa de nuevo al quinto pino.
El Maromo, una vez estacionado el coche, fue identificado muy escrupulosamente por los de la porra, que le hicieron sentir como un tío sin corazón, un egoísta, un macho engreído y un individuo asocial.
El tráfico, poco a poco, se fue restableciendo. La multitud se disolvió mientras hacían comentarios por lo bajini, la mayor parte de ellos sobre los cojones que tuvo el Maromo y lo buena qu'estaba la Pescaera.
Y yo, vendido el pescao, me vine a contárselo a sus mercedes.

11/10/07

¡Maricón el último!

Tanta gente ni pa la guerra.
Tenía razón mi abuela cuando aseguraba que los buenos cocidos se hacen con pocos ingredientes.

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¿Dónde está Wally?

El proyecto había surgido como un invento lúdico-festivo enmarcado dentro de los actos a celebrar con motivo de la festividad de La Pilarica, patrona de los hispanos, de los maños, de los costaleros de Sevilla, de los submarinistas de España entera, de los carteros y de los civiles, sobre todo de los civiles. Paseo en bici de montaña entre Almería y el Cabo de Gata, a pie de Mediterráneo, 56 kms. de na –ida y vuelta-.
Como la inscripción era libre, el tiempo acompañaba y se repartían viandas y bebidas-con y sin-, la participación superó con creces las más halagüeñas expectativas de la organización.

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Y como la reunión no era competitiva, hubo la organización de hacer un esfuerzo extra para intentar compaginar las capacidades de los cuasi-profesionales (léase Martínez Oliver) con la de los declaradamente-piltrafillas (léase Capitán Pedales), tos revueltos y en el mismo saco.
Para no calentarse mucho los cascos, el ente organizador se dirigió a los participantes con aquello de “chicos... vamos a portarnos bien.... qu’esto es un paseo... nos esperamos los unos a los otros... disfrutamos del camino... nos divertimos... sacamos fotos... y el año que viene, más”. Una bendición de teoría. La práctica, na más alzarse la bandera verde... ¡MARICÓN EL ÚLTIMO!... y aquello fue la de Dios es Cristo.

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Pero, hagamos la ruta pedalada a pedalada, y no se queden atrás sus mercedes.
Que la concentración era una manifestación de todo tipo y condición salta a la vista y queda demostrada con los ejemplares que, al azar, aparecen salpicados entre estas lineas...

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pastelitos... ella, claro.

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piratas

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gente de peso

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... y pesos pesados.

Para empezar, lo de siempre, La Peregrina abochornaita de codearse con tanta máquina imponente, tanta amortiguación, tanto freno de disco, tanto turbo, tanto Shimano, tanto Campagnolo y tanto Pinarello. Lo que en mi casa se gasta en raquetas y bolas de tenis en otras se gasta en ciclismo. Yo intentaba consolarla con aquello de que “en peores plazas hemos toreao” y que “no se pue tener pa to”. Al final, como casi siempre, más vale querer que poder y La Peregrina llegó al Cabo de Gata con el grupo cabecero y volvió a Almería como la señora que es. Faltaría más.

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Ya en la primera rampa con exigencias, y la única dicho sea de paso, vadeando el cauce del río Andarax, la rueda trasera se nos fue a tomar por culo. Loado sea el Altísimo que un mecánico biciclero rodaba a nuestro lado y pudo deshacer el entuerto en un pis-pas. ¡Que susto!. Nos veíamos en el furgón escoba a las primeras de cambio. Repuestos del sobresalto y con la confianza que da el ver la cola del pelotón nos dispusimos a triunfar.
Y tanto triunfamos que pasada Costacabana y la torre del Perdigal estábamos entre los primeros de la comitiva a pesar de haber tenido que echar pie a tierra en más de una ocasión.

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Tanta confianza en nuestras posibilidades nos hizo detenernos un ratillo a tomar el sol y fotografiarnos junto a uno de los componentes del SEPRONA que velaban porque no nos desmandásemos en el interior del parque natural.

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Pero como a camarón que se duerme se lo lleva la corriente, a nosotros nos llevó tanta displicencia a colocarnos otra vez de farolillo rojo y descolgao. Más descolgao que las tetas de la Montiel.
Afortunadamente el grueso del grupo se había detenido en Torregarcía para el avituallamiento, y allí que los enganchamos La Peregrina y yo. Coca-Cola, pastelitos varios, plátano de Canarias y sombra al fresco consiguieron traernos otra vez el aire a los pulmones.

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Esta vez no les voy a contar del entorno y de las vistas porque, a estas alturas, de disfrutar el paisaje y el camino.... ¡una mierda!. Eso se hace en solitario, o en grupos pequeñitos y acompadraos. Aquí, en el pelotón, seguía imperando el grito guerrero y marcial de ¡maricón el último! y que a mediodía había que estar de vuelta, por lo que todo el grupo se afanaba en tirar millas por un tubo. De cualquier manera, algo bonico siempre queda prendido en la retina.

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Tanto afán y tanta leche habían ocasionado que un ciclero de los que andaba a mi vera clavara la rueda delantera en una duna traicionera y volara sobre el manillar para darse una costalada épica.
A la chica que viajaba en tandem -el pastelito- le reventó la rueda trasera y aquello sonó como un disparo... ¡cuerpo a tierra!... no ha pasao na... están vivos... así que no me dio vergüenza no mirar ni para atrás... que se los coma un cuervo... total, nosotros somos pobres y antes nos tocó bailar con la fea. Que se ocupen los que saben.

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Encelaos en el camino, escarmentados en lo más hondo, de distracciones las mínimas y de aplicación la máxima, nos metimos en el grupo cabecero y sin levantar la vista del manillar ni pa tomar aire, el culo del ciclero a proa como única referencia, alcanzamos gloriosamente el paseo marítimo de San Miguel de Cabo de Gata.

Vueltos al redil, cada uno como pudo y quiso –¿pa que entrar en detalles?- nos prometimos el mar... y volver el año próximo.
Nueva ración de plátanos y pastelitos. Nuevas risas. Sorteo de regalos.
Unos calcetines para mi.
Y el culo dolorido hasta finales de Octubre.

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4/10/07

Músicas, letras.

Vengo leyendo en distintos medios de comunicación social que, no sé quien, se ha empeñado en ponerle letra al himno nacional. Es más, nos amenazan con que ya está hecho, que no hay vuelta atrás, que el himno tendrá letra sí o también.
Miedo me da.
En un país, este, en el que los cursis, los rojos, los azules y los tontos del culo superan en mucho el nivel máximo aconsejado por metro cuadrado, puede pasar cualquier cosa. Y la cosa siempre será a peor.
En menudo fregao se han metido por no estarse quietecicos. Si ya de por sí es difícil de cojones conjugar literatura, música, sentimientos de todos los bandos, historia y buen gusto, visto el desprecio, la apatía, la desgana hacia lo nuestro, y la saña con que aquí nos atizamos unos a otros, se me antoja una tarea incómoda por no decir imposible. Algo así como la cuadratura del circulo; lo que nos falte por un lado nos sobrará por otro.
Yo, en mi ignorancia, dejaba las cosas como están. Tampoco es que tengamos que cantar aquello de “Franco, Franco, tenía el culo blanco porque su mujer, lavaba con Ariel....” pero siempre podemos tararear el na-na-na o quedarnos callaitos porque, total, pa lo mal que cantamos.

24/8/07

ZAFRAMAGÓN.- Nuevas aventuras del Capitán Pedales.

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Corría el año de gracia de 1.926, año en el que nacieron Fidel Castro y Marilin Monroe –buena pareja hubieran hecho estos dos- cuando el ministro de Fomento de la dictadura de Primo de Rivera, que por entonces nos gobernaba –y es un decir-, cayó en la cuenta que sería buena cosa construir un ferrocarril entre Jerez de la Frontera y Almargen. Con ello conseguiría enlazar la campiña jerezana con el corredor Algeciras-Madrid, al tiempo que revitalizaría toda la comarca de la sierra gaditana.
Dicho y hecho. Pico, pala... y al tajo.

El proyecto no llegó a buen fin porque Primo de Rivera y sus secuaces duraron en el gobierno lo que un helado a la solana, pues han de saber sus mercedes que, antiguamente, los gobernantes no se perpetuaban en las poltronas como lo hacen en la actualidad. El caso es que a la caída de la dictadura siguió un periodo de retraimiento económico que dejo el proyectado ferrocarril compuesto y sin novia. Esto es, se realizó el perfil, la explanación, los desmontes, los túneles, los viaductos, las estaciones, pero ni un solo carril ni una palada de balasto ocuparon aquel trazado. Ningún tren recorrió jamás aquella soñada vía.
Pasaron los años, muchos años, tantos como setenta y cuatro. Ese fue el tiempo necesario para que alguien reparase en que al trabajo, con tanto esfuerzo realizado, habría que darle una utilidad, un fin, un aprovechamiento. Y como los tiempos no están para ferrocarriles, acertaron a construir, dicho con más propiedad... a reacondicionar, el tramo comprendido entre Olvera y Puerto Serrano. Una vía verde para andariegos, bicicleros y caballistas, constituyéndose entonces la Fundación Vía Verde de la Sierra.
Al Capitán Pedales, biciclero acomodaticio, peregrino de sueños y caminos, vinieron a darle en la diana del gusto. Conocido el itinerario a través de internet

http://www.fundacionviaverdedelasierra.com/

... llevaba mucho tiempo recorriendo los 38 kms. que separan Olvera de Puerto Serrano en la bicicleta de la imaginación. Pero como quien la sigue la consigue, he aprovechado unos días vacacionales de este Agosto para cumplir una parte del sueño. Justo la parte que separa Olvera de la estación de Coripe aunque, lo confieso, me faltó la encina milenaria. Queda en el debe.

De cualquier manera, sepa el lector que no es agosto el mejor mes para aventuras cicleras, pero... a la fuerza ahorcan; ahora o nunca. Así que eché La Peregrina al coche y carretera y manta.

La cosa no empezó nada bien porque ya en el trayecto de Almería a Calahonda nos topamos con el infortunio. Habíamos parado a desayunar. Café y churros. Bueno el café, buenos los churros. Pero al volver a la carretera... la pajarraca.

Un cabrón se paró de repente ante un semáforo en ámbar. Yo andaba distraído con la radio. Un grito de advertencia. Un frenazo en seco. Chirrido de neumáticos y el coche que no se detiene. El pedal está en el piso pero el Ibiza continúa deslizándose y termina alcanzando al cabrón en la popa. Resultados: Un leve arañazo en el paragolpes trasero del cabrón. El ibiza con el faro delantero izquierdo hecho trizas y el capó, la aleta y el paragolpes delantero seriamente tocados. Aún así, pudimos continuar. La Peregrina, la dueña de mi honra y yo, ilesos. Al mal tiempo buena cara.

El cabrón resultó ser un chico muy simpático que regresaba con su novia, desde Almería, donde habían pasado unos días de vacaciones. La novia también resultó ser muy simpática. Y era dueña de unas piernas para recorrer despacito. Como era la primera vez que se veían en algo parecido -el chico, no la novia-, no me quedó más que quitarme el antifaz, pedirle los papeles del seguro y rellenar -por los dos- un parte amistoso. Quedamos amigos pa toa la vida.
Apretón de manos a él y repetidos besos a ella. Con esa sonrisa, incapaz de hacerse enemigos.
La travesía de Málaga fue un suplicio. El inicio de la Feria, los veraneantes, la caló y la biblia en verso hicieron que recorrer la circunvalación nos costara casi cuarenta y cinco minutos. Al fin, en casa. Preparemos lo que sea de preparar.

El lunes 13 de agosto, a las 6.00 de la mañana. Ya estaba el tío camino de Ronda, paso previo al inicio de la etapa. Etapa que, dado el poco entrenamiento, la caló, que a la hora de comer tenía que estar de vuelta en Ronda y un sinfín de porquerías más, decidimos que se extendiera entre Olvera y Coripe, vuelta incluida, o sea, una mitad que viene a ser un todo. Treinta y ocho kilómetros de pedales.

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Paramos a desayunar en venta La Parrilla, a las afueras de Ronda. Este lugar es conocido por su buen surtido de mantecas y chacinas de Arriate. Nada mejor para afrontar un largo día de esfuerzos y emociones.
Entre Ronda y Olvera, inicio del camino, apenas media hora de una carretera que más parece camino, dadas las estrechuras, trazado y pocos viandantes. Prevengo al viajero que, si le sobra el tiempo, se detenga en Setenil de las Bodegas y recorra a pie el centro del pueblo. Se estremecerá de la emoción.

Una vez en Olvera hay que dejar el pueblo y bajar a la estación, ahora reconvertida en alojamiento rural. Por ser lunes el bar-restaurante estaba cerrado. La máquina expendedora de bebidas que hay a la puerta está averiada los lunes, los martes y todos los días de la semana. Mientras sacaba a La Peregrina del coche, ya serian las 9.00 de la mañana, acertó a llegar un ciclero que finalizaba su andadura. Olvereño, se llamaba Alfredo, y me puso en antecedentes de lo que iba a encontrar. Al mismo tiempo me dió noticia y memoria de mis ancestros porque, sépanlo sus mercedes, yo nací en Olvera. Circunstancialmente, pero en Olvera, cuyo escudo rodea y orna el lema “De mi saldrá la paz”. También accedió, muy amable el paisano, a inmortalizar el momento con mi cámara fotográfica.

Ya puestos, más bonito que un San Luis, bajo la imponente presencia de la iglesia de la Encarnación y del castillo árabe iniciamos la andadura. Aseguran los dichos populares que “Olvera, ni por la vera” y que “Olvera es una calle, una iglesia y un castillo". Pero, amigos, que calle, que iglesia y que castillo.

La ventaja de que el camino discurra por un trazado ferroviario es que no encontraremos pendientes pronunciadas, lo que para un ciclista piltrafilla como el que les cuenta no deja de ser un alivio. Por lo demás, la ruta se confirmará como una gozada, en todos los sentidos que quieran. Encinas, olivos, madroños, lentiscos y jaras jalonan los márgenes de la vía, cuidada con mimo por la Junta de Andalucía. Por una vez, y sin que sirva de precedente, algo bien hecho.

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A la salida de Olvera me encuentro con cuatro “Marías” que se afanan en recorrer su particular senda de los elefantes. Me paro con ellas. Charlamos. Me cuentan. Les cuento. Me piropean. Son cuatro contra uno. Y me hacen el favor de hacerme otra foto con La Peregrina; a nuestra espalda el primero de los muchos túneles que encontraremos.

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Lo de los túneles es una gozada. Si son de longitud considerable –y algunos lo son- están iluminados. Y no hará falta que, como reza el cartelito, se pulse el botón correspondiente. Algún sensor sabiamente colocado hace que el túnel se ilumine a tu paso y se vaya abriendo la luz como se abrieron las aguas del mar Rojo a los judíos. Si el tramo es asfaltado, una franja al margen permanece terriza, para el paso de las cabalgaduras. Además en su interior se está fresquito y te acompaña el eco. Así que muchos de ellos los recorrí a grito pelao, jugando con la reverberación del sonido. La Peregrina, yo y mi locura. Vaya tres patas pa un banco.

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En las proximidades de la estación de Navalagrulla, aún no restaurada, me tope con Mercedes. Mercedes es una santanderina, rondando la setentena, que hacía la vía a pie. Me contó que, en compañía de una amiga, se estaban haciendo todas las vías verdes de España. En esta ocasión su amiga no le había podido acompañar por el fallecimiento de un familiar pero, pa cojones los suyos; como ya tenía hecha la reserva de alojamiento no había querido perder la ocasión y se había lanzado igualmente al camino. Ya lo ven, hay gente pa to.

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En algunos tramos, el olivar o la encina dejan sitio a amplias dehesas en las que pastan, más a gusto que guarros en charcos, oscuros toros bravos que esperan su encuentro con un tío vestio de colorines que ponga fin a sus días. Mis investigaciones señalan que pertenecen a la ganadería de El Navazo.

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A unos siete kilómetros de la estación de Coripe nos topamos con la majestuosa mole del peñón de Zaframagón, reserva natural del buitre leonado. El Zaframagón es un escarpe calizo de unos 600 metros de altura en el que andan, como perico por su casa, unas doscientas parejas de buitres. Antiguamente, cuando el campo era campo y no tenía puertas, estos buitres se alimentaban del ganado que fallecía naturalmente en la campiña. Borricos, mulos, vacas y otros bichos de cuatro patas eran su sustento. Pero los borricos fueron sustituidos por tractores y las vacas por tetra-bricks de Pascual, y ninguna de las dos cosas son del gusto de las rapaces, así que es el personal de la Junta de Andalucía el que se ve obligado a mantener a los animalicos para que estos continúen coronando los riscos del Zaframagón. A más abundancia de cuidados, se ha construido a la sombra del peñón un centro de interpretación que no debería dejar de visitar el caminero.

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Fue sobre el viaducto que se extiende sobre el cauce del Guadalporcún donde me encontré a Pablo y Elena, cicleros muy preparados ellos, residentes en el inhóspito Madrid y desplazados puntualmente con el único objetivo de hacer la vía. Se encontraban alojados en el albergue de Puerto Serrano y era el tercer día, consecutivo, que se hacían los 38 kilómetros del trazado, 76 ida y vuelta, algo fuera del alcance del Capitán Pedales. No desaproveché la ocasión para pedirles que me hicieran una fotografía con la garganta del Zaframagón a mis espaldas y una bandada de buitres sobre nuestras cabezas.

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¿Sabían sus mercedes que el buitre es un ave carroñera? ¿Qué comen por riguroso orden jerárquico? ¿Qué la hembra sólo incuba un huevo al año? ¿Qué baten las alas solamente al despegar y tomar tierra pues son maestros del planeo? ¿Qué es un pajarraco habitualmente silencioso pero que llega a dar bufidos?

Cuando llegaba a la estación de Coripe, vaya mierda de ciclista, reparé en que había olvidado en el coche las herramientas propias de un ciclero que se precie. De pinchar, tendría que hacer el resto del camino a pie o, lo que es más vergonzoso, en el coche de atención al viajero que la Junta de Andalucía mantiene en el recorrido para el auxilio a desvergonzados como yo.

La estación de Coripe, a la mitad del camino, suponía el punto de regreso de mi etapa. Como la de Olvera y la de Puerto Serrano ha sido reconvertida en alojamiento rural y dispone de una zona de recreamiento aledaña donde te puedes sentar a comerte el bocadillo, beber agua de la fuente y recrearte en la contemplación del hermoso paisaje que te rodea. Una delicia para los sentidos.

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A partir de aquí, vuelta sobre mis pasos. El calor comenzaba a apretar, una ligera brisa soplaba en contra, mi culo protestaba, las piernas también. Y yo sin gota de agua. Me imaginaba víctima de un golpe de calor, tendido sobre el camino más tieso que la mojama. Los últimos diez kilómetros se me hicieron pesaicos, muy pesaicos. Cuando ya estaba hasta el punto com avisté el tejado de la estación de Olvera. Cosas para contar.

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No me podía ir del pueblo sin visitar a la señora Remedios. La señora Remedios habita en las afueras de Olvera, hacia Setenil, en la que probablemente sea la mejor y más grande casa de la comarca. Está al tanto de la vida y hacienda de todos los vecinos del lugar, que la veneran hasta la exageración. La casa huele a cera e incienso. Y Remedios, otra vez, me mira como a quien se conoce de siempre, con la misma expresión de siempre...
-No pasa nada, Juanito. Nada importa aquí abajo.

26/7/07

Bichos.

Mis relaciones con los bichos no van muy allá.
Una vez tuve uno en mi casa. A Viky, que por aquellos tiempos debería tener seis u ocho años, le dio llorona con los animales y ante la imposibilidad de ofrecerle en adopción uno que tuviera pelo –era alérgico- le regalamos una tortuga. La bautizamos con el nombre de “Milveinte”, porque mil veinte pesetas fue lo que nos costó el animalucho, incluido su alojamiento. El alojamiento era una especie de terrario en metacrilato que semejaba una laguna con una islita en el centro. La islita tenía su palmera y una escalerita para bajar al agua. Un lujazo. Nunca en la historia ninguna tortuga fue querida como aquella... por mi hijo –claro- porque el resto de la tribu pasaba olímpicamente de Milveinte, de la laguna y de la islita con su palmera.
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Pasados un par de meses desde que la tortuguilla era una más de la familia, sobrevino la tragedia. Un mediodía, al volver el niño del colegio, la encontró patas arriba bajo la palmera. Al parecer había resbalado en las escaleras, cayó en esa posición y le sobrevino la asfixia. Alguien me dijo por aquel entonces, aún no sé si puede ser o no cierto, que si estos animales quedan boca arriba y no pueden darse la vuelta, se ahogan. ¡Vete tú a saber!
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El caso, eso si lo supe, fue que al niño le costó una enfermedad. Y al resto de la familia por proximidad. Las lágrimas que pudo soltar aquel crío por su tortuga hubieran bastado para llenarle treinta lagunas en las que pudiera nadar. Aquellos días me prometí que nunca más, jamás de los jamases, ningún bichejo volvería a tener relación de parentesco conmigo. Esa promesa he estado en un tris de romperla en un par de ocasiones, pero.... ahí quedó la cosa.
Así que si mis relaciones con los bichejos amables son las de “tú en tu casa y yo en la mía”, las que me enfrentan a los bichejos asquerosos, léase aquellos que tienen más de cuatro patas –o ninguna- son sencillamente aborrecibles, de poner los pelos de punta, un espeluzno.
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Conocido esto, entenderán mucho mejor lo que viene a continuación.
Martes 24 de julio –tenía que ser martes-, estribaciones del desierto de Tabernas, caló... mucha caló, cualquier hora taurina de la tarde. Llego a mi club de tenis con la hora pegada al culo pues un asunto de faldas (.?) me entretuvo más de la cuenta. Aparco ocupando dos plazas, agarro por un pico la mochila y salgo disparao hacia los vestuarios. Al pasar frente a la zona de entrada a las pistas alcanzo a divisar mi contrincante que con cara de mu mala follá me señala su reloj.
-¡Que coño, yo también tengo reloj!, mascullo.
Vísteme despacio, que tengo prisa; no acierto con la pernera del pantalón, doy saltitos para no perder el equilibrio, lo termino perdiendo y casi m’escalabro..... ¡la hostia!.
Al forzarla, la camiseta cede por la axila..... oigo el rassss.
Bueno está, ya casi estoy. A ver... la raqueta, la codera, las bolas, el agua... el móvil, no me puedo olvidar el móvil... yo juego al tenis con móvil.... ¿pasa algo?
Voy a coger la puerta a velocidad AVE cuando algo se remueve en mi interior. Las prisas. El stress. En suma, un retortijón. Lo quiero ignorar, pero insiste.... un retortijón. Si salgo así a la pista no duro ni el primer asalto. El retortijón insiste, no da opción a que elija. Así que vuelvo sobre mis pasos y me encierro a toda prisa en el water. Lo haré en un pis-pas.... ahora si que puedo decir con propiedad eso de cagar echando leches. Y’astá. Alargó la mano para tirar del rollo de papel higiénico y la mano se queda petrificada en el aire, a escasos veinte centímetros del papel. El culo también se petrifica. Todo en mi, excepto los ojos como platos, queda petrificado. Sobre el rollo del papel higiénico, asqueroso en su inmediatez, el garfio enhiesto, se encuentra el padre de todos los alacranes.
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-Tranquilo, Juanito –me digo- si tu no te mueves él no se moverá.
De improviso el recinto del WC me parece sobrecogedoramente pequeño.
-¿Los alacranes saltan?, me pregunto en mi angustia.
El bicho me mira de mu mala manera.
Yo no acierto más que a mirarlo.
Pero el único que tiene el culo al aire soy yo.
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Entre “pa cojones los míos” y “no te mueras de la angustia” trazo planes de fuga. A y B.
A, abriendo la puerta. B, saltando la mampara. Con los pantalones en los tobillos lo más aconsejable es el A. Despacico, sin hacer ruido, el culo lo más posible pegado a la pared, los ojos fijos en el bicho, alargo la mano y voy abriendo la puerta poquito a poco, sólo lo suficiente para pasar.El WC más cercano queda como a diez metros. Teniendo el culo como lo tengo no me puedo poner los pantalones, pero.... no parece haber nadie en el vestuario.
-Venga Juanito... el mundo es de los valientes.
Termino de abrir la puerta. Saco la cabeza, miro a un lado y a otro. Silencio absoluto, nadie a la vista. Afuera. A la carrera, los pantalones en los tobillos, las muñecas de Famosa se dirigen al portal, me encamino al maldito rollo de papel. Justo cuando estoy a mitad de camino un grupo de tres o cuatro chavales irrumpe en el vestuario. La sorpresa los paraliza. No todos los días se ve a alguien cruzar el vestuario con el culo al aire y los pantalones en los tobillos. ¿Tierra porqué no me tragas?. Ni miro p’atrás. Me encierro en el nuevo WC. Miro si hay alacranes. Vuelvo a mirar si hay alacranes. Me siento en la taza y me desmadejo.
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Al rato, -ya ni me acuerdo que yo tenía que jugar tenis- me recompongo y con los pantalones en su sitio y la vergüenza en su sitio salgo al exterior. Del WC alacranizado veo que sale uno de los chavales de antes. Como si tal cosa. No dice ni pio. Yo, que tengo seca la boca, tampoco digo ni pio.
Otra vez... raqueta, codera, bolas, agua... móvil ¿pasa algo?... agarro todo y esta vez despacio, muy despacio, me dirijo a las pistas. En el camino me cruzo con alguien de mantenimiento. Le digo que en tal WC no hay papel... que lo reponga... pero que tenga cuidado al quitar el rollo... por si los bichos.
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Mi contrincante de hoy está de mu mala hostia. Pasa más de media hora de nuestra cita. Me mira con la misma mala leche que me miraba el bicho.
-¿Sabes que te digo Paco?... que m’he puesto mu malico.
-Mala cara si tienes, oye.
-Vámonos pal bar, Paquito, que me tome una manzanilla... y te voy contando... oye.... Paquito... ¿a ti te dan asco los bichos?
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laventaernabo > julio07

17/7/07

Creí que era mozuela.

La mañana había empezado mal y continuado peor. El motor de babor de la L-116, al navegar a poca profundidad, había engullido una piedra y la turbina del hidrojet había saltado hecha añicos. Un mecánico, en su intento de remediar lo irremediable, había sufrido la amputación de un dedo de la mano derecha y ya corría hacia el hospital.

Pensó, con amargura, que en ese momento le preocupaba más el motor de la embarcación que el dedo de su compañero. Esta profesión me está haciendo un hijo de puta, musitó para sí. 
La avería del dichoso motor suponía que de cuatro embarcaciones que tenían en la base, tres se encontraban inoperativas, y tres tripulaciones en tierra. La inmigración irregular y el tráfico de hachís no daban tregua, exigiéndoles dedicación continua, apoderándose de sus horas de sueño, de ocio, de familia, para intentar suplir la carencia de los medios que los presupuestos del Estado les negaban, sin que por ello disminuyese la exigencia de resultados. Cavilaba sobre el tiempo necesario para que una al menos de las tres patrulleras en dique seco se hiciera a la mar, intentando conjugar hechos y deseos, rogando a la Virgen del Carmen que, al menos, vientos de fuerza siete levantaran en el estrecho olas de 5 metros que impidiera navegar al mismísimo Nelson resucitado. Una galerna en condiciones les daría el tiempo necesario para poner sobre el mar dos de las patrulleras ahora varadas. 
En ocasiones como esta pretendía autoconvencerse de haber equivocado la carrera. Si como le decía su madre hubiera estudiado magisterio, ahora estaría cómodamente sentado en el aula de un instituto de enseñanza secundaria, a resguardo de fríos y calores, con tapones en los oídos para no oír a los cafres de los alumnos, la mente en las vacaciones de....... en las vacaciones, e importándole un higo el contrabando de hachís, los moros y los subsaharianos, el estado del mar y la madre que los parió a todos.

El sonido del radioteléfono le sacó de sus cuitas. El Coronel Jefe de la base quería verle. Aún no lo conocía, pero su fama de cascarrabias le precedía. Había llegado hacía una semana, según radio-macuto despotricado de Madrid por un asunto político. Su anterior contacto había sido de cinco minutos y meramente protocolario, al presentarse a los Oficiales de la base el día de su llegada. Para esa misma noche, recordó, se había organizado una cena de bienvenida en el Club de Oficiales, a la que debían de asistir con sus esposas. Como tantas otras cosas en aquel pequeño mundo, esto no era un acto a decidir, era “con sus esposas” y punto.

- Con su permiso mi Coronel?
- Pase, Abrego.
- Me han dicho que quería verme, mi Coronel?
- Tengo entendido que usted es el Oficial de mantenimiento.
- Así es mi Coronel.-
- Y quiere explicarme, si no ofende su sensibilidad, porqué de las cuatro patrulleras de alcance medio que se alojan en esta base, tres se encuentran fuera de servicio.
- Si, mi Coronel. Una de ellas está pasando la revisión anual, impuesta desde Madrid, quiero decir que no elegimos nosotros la fecha.....
- Eso ya lo sé, Teniente, no soy tonto.
- ....bien, pues le decía que una está en revisión, la L-118 está esperando un motor que debe llegar de Santander y la tercera, la L-116, se ha averiado esta noche al engullir el turbojet una piedra de la playa.
- Y me quiere explicar usted, Teniente, porqué cojones opera una patrullera de mas de un metro de calado tan cerca de la playa.
- Pues, mi Coronel, un número indeterminado de inmigrantes de una patera fueron arrojados al agua desde la misma y, ante la evidencia de que no alcanzarían la playa fue necesario acercarse prácticamente hasta la línea de tierra para recogerlos.
- Bien Teniente, pues le voy a explicar algo que le va a quedar meridianamente claro. Yo no he venido al culo del mundo para ser el hazmerreír de nadie y que ustedes manejen esta base como si fuera un cortijo. Eso quiere decir que esta noche una de las embarcaciones que están en tierra deberá estar en la mar, con motor, sin motor o a remos, con la mar como un espejo o con un ciclón soplando. ¿Me ha entendido, Teniente?
- Le he entendido, mi Coronel, pero no sé si ello va a ser posible.
- Pues si no es posible, mañana quiero ver sobre mi mesa una papeleta de petición de destino con su nombre en la misma, ya que sospecho que su incompetencia no está a la altura de las metas que me he fijado para esta Unidad. Puede irse a trabajar. Y transmita al personal a sus ordenes que esta base ya tiene quien la dirija. Nada más.
- Bien, mi Coronel.

Dio media vuelta, salió del despacho y cerró la puerta. Un color le venía y otro se le iba. Cabrón, hijo de puta, tío mierda, ignorante, los descalificativos se le agolpaban en la boca y en la tripa. Un puntapié a una papelera del pasillo le ayudó a mitigar su ira. 
Salió al exterior. Su primera intención fue dirigirse al muelle pero luego pensó que en su estado era mejor dejar pasar un rato antes de hablar con nadie. Se dirigió al aparcamiento, buscó su coche y lo abrió de forma violenta. Al sentarse se golpeó la cabeza con el marco de la puerta. ¡Coño, coño y coño! ¡Me cago en San Petenene bendito! ¡Será cabrón! ¡Será hijo de puta!. 
Se miró la mano tras tocarse la cabeza esperando ver sangre en los dedos. No la vio. Arrancó de forma violenta, salió de la base casi llevándose por delante la barrera del control de salida y enfiló una carretera angosta, de firme irregular, que comunicaba la base con la autovía. Dibujaba en su cabeza el camino más corto para llegar al hospital donde habían llevado a su marinero cuando percibió, malamente arrimado al arcén derecho, un Citroen 2 CV, de color celeste y aspecto desvencijado. Maniobró para evitarlo y continuar cagando leches hacia el hospital. 
Cuando lo hacía la vio a ella. Agachada junto a la rueda delantera del 2 CV, la visión de una falda subida hasta la mitad del muslo hizo que un instintivo acto reflejo le hiciera pisar el freno y detenerse delante del Citroen. Bajó y se acercó. 
Ella continuaba manejando sobre la rueda y sus muslos continuaban a la vista. ¡Joder, que piernas!, pensó. Al acercarse, ella se incorporó. Pudo advertir entonces que puesta de pie, el vestido le llegaba ligeramente por encima de las rodillas y que sus caderas eran de matrícula de honor.
Se abrió de brazos, como intentando explicar lo que no entendía:
-He pinchado y no puedo sacar la rueda.

Tendría unos 40 años, pelo muy corto de tono rojizo, los ojos verdes, los labios finos y muy bien dibujados, una sonrisa contagiosa y pecas, muchas pecas sobre el rostro. Se fijo además que no tenía pecas ni en el nacimiento de sus pechos, ni en las piernas que antes había saboreado. Llevaba puesto un vestido muy ligero, blanco con florecitas naranjas o algo parecido, algo muy propio para los 42 grados que a esa hora, y en aquel sur del sur, marcaba el termómetro. Luchó con la rueda durante 20 minutos. La condenada estaba bien ajustada. Cuando terminó, su uniforme estaba empapado de sudor y sus manos empapadas de grasa. Estaba pensando volver a la base cuando le escuchó decir:
-No puede irse así, mi casa está unos metros más abajo. Si le parece vamos para que se asee y se quite la grasa de las manos.

Aún no sabía como, pero dijo que sí. Cuando salió del cuarto de baño ella le estaba esperando con un vaso de limonada en cada mano y una sonrisa que le llenaba la cara.
-Siento haberlo puesto así. No sé como pagárselo.

Mientras decía “no sé como pagárselo” ya le estaba desabrochando los botones de la camisa, aún empapada de sudor. El roce de sus manos encendió la luz de alarma. Aquello no iba a tener remedio, la hoguera había empezado a arder.

-Qué quieres de mi?
-Todo.
-¿Qué es todo?
-Estoy sola y no quiero estarlo. Quiero agradecer tu esfuerzo y quiero hacerlo bien. ¿Me vas a rechazar?

Aquello no podía estar pasándole a él. Esas cosas sólo pasan en las pelis. La acercó y la beso suavemente en los labios, casi con miedo, esperando despertar de un sueño. Que bien olía. La abrazó. Su cuerpo era pequeño, frágil, delicado. Aflojó la presión de sus brazos y cogiéndola del culo la levantó en peso. De esta manera su sexo, duro como la biela de un motor, se acomodó sobre la pelvis de ella. Acarició su culete bajo las braguitas. Ella se desprendió de su abrazo y se arrodilló junto a él, desabrochó despacio su pantalón y lo bajó, con el slip, hasta las rodillas. El pene le iba a estallar. No había hecho ella más que meterselo en la boca cuando se corrió.
-Lo siento, exclamó. No estoy acostumbrado a esta clase de regalos.
-No lo sientas, compénsame.

Le agarró de la mano y le arrastró hacía el sofá al tiempo que dejaba caer el vestido. Su cuerpo le deslumbró. Estaba como drogado. Dejó que se recostara en el sofá y metió la cara entre sus piernas. Pudo percibir como su vagina estaba empapada y el flujo brillaba sobre la parte interior de los muslos. Esta sola visión le bastó para empalmarse otra vez. Comenzó a lamer muy despacio su clítoris al tiempo que ella comenzaba dulcemente a quejarse y le masajeaba el cabello. Acarició sus pechos con ambas manos. En poco tiempo ella comenzó a jadear más intensamente y supo que se venía. Arqueó su pelvis hacia él y le aprisionó en un abrazo brutal al tiempo que dejaba exclamar un ¡Diooooooossssssssss! muy bajito. Quedó ella traspuesta y él borracho. Por cinco minutos se dieron un respiro, mirándose sin decir nada, sonriéndose, acabando los refrescos. Nuevamente ella le tomó de la mano y dijo:
-Tendremos que acabar esto.

Se arrodilló en el sofá con las manos apoyadas en el respaldo, ofreciéndole las nalgas. Él se acerco y le separó suavemente las piernas. Metió su mano entre los muslos y le acarició de adelante a atrás. La mezcla de semen y flujo la mantenían empapada. Puso el pene a la entrada de la vagina y empujó sin dificultad alguna al tiempo que con los dedos inició un baile de caricias sobre el clítoris. En escasos segundos un temblor los envolvió a los dos y cayeron desmadejados sobre el sofá. Se había hecho tardísimo. Cuando se despedía le preguntó:
-Cómo te llamas?
-Lucía, respondió. ¿Y tu?
-Jaime. ¿Nos volveremos a ver?
-No lo creo. Ya he pagado tu servicio y soy una mujer ocupada. Sola, pero ocupada.

La tarde que siguió fue frenética. Hospital, talleres, otra vez hospital, otra vez talleres. Lo imposible suele ser imposible y ninguna de las embarcaciones averiadas podría ser puesta en servicio en menos de 48 horas pero, sin pretenderlo, advirtió que eso se la traía al pairo. Si tenía que perder de vista al cabrón del Coronel, lo tomaría como una bendición del cielo. Llegó a su casa con el tiempo justo de darse una ducha rápida y cambiarse de uniforme. Su mujer ya le estaba esperando arreglada. Guapa, su mujer era, sencillamente, guapa. 
El recuerdo de lo vivido durante la mañana le estalló de improviso en los ojos y en el pene que, repentinamente, cobró vida. La premura de tiempo le hizo desechar hacerlo con su mujer. Llegaron, con la lengua fuera, y mas que en punto. A la puerta del salón donde se celebraría la cena, recibiendo a los que llegaban, se encontraban el cabrón del Coronel y su esposa. Cuando se acercó a ellos lo que vio le aflojó las piernas.

Enfundada en un elegante traje azul, su sonrisa luciendo espléndida, relajada, una mano cogida de la de su marido, mil pecas sobre su cara, se encontraba Lucía.