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DIOS TOLERA LO INTOLERABLE; ES IRRESPONSABLE E INCONSECUENTE. NO ES UN CABALLERO. (Don Jaime de Astarloa.- El Maestro de Esgrima)
ESCRIBIR ES METERSE EN CHARCOS. (Juan de Mairena.- Maestro Vidriero)

26/3/08

Mi cámara y yo.

Aprovechando que el Guadalete no pasa por Valladolid, me he regalado otra cámara fotográfica. Un salto de calidad, que diría un tío fino.
He sido indeciso, dubitativo, coñazo, pregunté a to quisqui, mire y remiré. Hacia el escaparate y hacia mi bolsillo. Dudaba entre una bridge o, puesto a lo puesto, una reflex digital. Había varias que me tentaban y yo tente a varias de ellas.
Pero cuando tuve la Nikon entre mis dedos la oí decir... “llévame a casa...” como los langostinos de Pescanova. Y me la traje.
Pese a que es lo más básico de Nikon en reflex digitales, una D-40, para mí como si fuera la mejor de la tienda.
Así que estos días, mi cámara y yo formamos una pareja inseparable; como Zipi y Zape, Mortadelo y Filemón, Tintín y Milú, Ortega y Gasset o Ramón y Cajal.
Para documentar lo que les expongo y tengan la seguridad que aquí tienen a un futuro Pulitzer o Foto-Press, me he asomado a la calle y les he traído la fota de Cuca absorta al paso del Jesús del Gran Poder.
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No me beso porque no me llego.

13/3/08

La sombra del viento.

Carlos Ruiz Zafón > Editorial Planeta > 2002

Esto es una nueva forma de leer un libro. Apta para los que siempre vamos con el tiempo pegado al culo.
Que otro lo lea por ti. Y que luego te lo cuente, claro.
Este novedoso sistema, novedoso por lo oportuno que no por lo original, aparece con una gran ventaja y un pequeño inconveniente. La ventaja es que te pones al día de lo que va el tocho en un pis-pas (luego tu decides si profundizas o no); el inconveniente, que debes fiarte de lo que el lector te diga.
Además resulta, y por eso me traigo esta historieta aquí, que Blogger sortea entre sus asociados con más de 500/visitas mes, un viaje a la Patagonia en la compañía de una mulata masajeadora de pies. A mí el viaje me da igual, que a ciertas edades ya no está uno pa que lo muevan mucho, pero lo de la mulata acariciándome los pinreles supone una exquisitez de la que no me quisiera privar.
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Sea pues.
La sombra del viento es la historia de una búsqueda. La que protagoniza el pequeño Daniel, hijo de librero, para encontrar el misterioso autor de una novela que le seduce y roba el ánimo y el sueño.
La sombra del viento es una historia de antihéroes, de villanos, de traiciones y lealtades, de miedos y esperanzas, de odios viscerales… y de una ternura infinita. Me atrapó entre sus páginas como hacía tiempo que no ocurría con ningún otro libro.
Aunque el protagonista es el niño-adolescente-hombre que responde como Daniel, no es menos cierto que su personaje queda las más de las veces eclipsado, bien por el de Fermín Romero de Torres, un paria tan brillante como sólo pueden llegar a serlo los parias, bien por el del malvado inspector Fumero, tan maquiavélico que las páginas en las que aparece te queman las yemas de los dedos y huelen a azufre.
Pero La sombra del viento es sobre todo una novela de mujeres, y quizás sea por esto por lo que tanto me gustó.
Clara Barceló, Sophie Carax, Beatriz, Penélope Aldaya, Nuria Monfort, Irene Marceau, Merceditas e incluso la Bernarda, forman el entramado, el armazón sobre el que Zafón va colgando la trama de una historia misteriosa y subyugante.
La novela se lee sin dificultad y el estilo es limpio y claro, a veces brillante y en ocasiones, aún en la tragedia, divertido.
Por ponerle alguna pega, la adicción que el autor demuestra por el vocablo "vapor" cuando de describir atmósferas o climas se trata. Tanto es así que lo repite en las páginas 7, 8, 39, 320, 402, 423, 427, 437, 445… y probablemente alguna quedó perdida en los rincones de mi memoria.
O la que supone poner en boca de un niño de diez años ideas o expresiones que no las imagino ni siquiera en una mayoría de adultos. Y menos en un niño de la posguerra, tiempo aquel en que todavía no comían yogures, ni queso ni Cola-Cao. Otra cosa sería hoy día, en que los niños, de niños, sólo tienen la estatura… y algunos ni eso.
A cambio de estas nimiedades, el novelista nos regala con pasajes deslumbrantes; d'esos que se releen una y otra vez hasta contarles los puntos… y las comas.
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Como aquel en que Daniel, enamorado hasta el flequillo de Clara Barceló, ciega y diez años mayor que él, la sorprende siendo evangelizada por su maestro de música. Lean, lean….
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“El cuerpo desnudo de Clara yacía sobre sábanas blancas que brillaban como seda lavada. Las manos del maestro Neri se deslizaban sobre sus labios, su cuello y su pecho. Sus ojos blancos se alzaban hacia el techo, estremeciéndose bajo las embestidas con que el profesor de música la penetraba entre sus muslos pálidos y temblorosos. Las mismas manos que habían leído mi rostro seis años atrás en las tinieblas del Ateneo aferraban ahora las nalgas del maestro, relucientes de sudor, clavándole las uñas y guiándole hacia sus entrañas con un ansia animal, desesperada. Sentí que me faltaba el aire. Debí de permanecer allí, paralizado, observándolos por espacio de casi medio minuto, hasta que la mirada de Neri, incrédula al principio, encendida de ira después, reparó en mi presencia. Jadeando todavía, atónito, se detuvo. Clara le aferró sin comprender, restregando su cuerpo contra el suyo, lamiéndole el cuello.
-¿Qué pasa? –gimió-. ¿Por qué te paras?
Los ojos de Adrian Neri ardían de furia.
-Nada –murmuró-. Ahora vuelvo.
Neri se incorporó y se lanzó hacia mí como un obús, apretando los puños. Ni le vi venir. No podía apartar los ojos de Clara, envuelta en sudor, sin aliento, las costillas dibujándose bajo su piel y los pechos temblando de anhelo.....”
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O aquel en que Daniel, sorprendido por el sacrificado regalo de una pluma Montblanc que le hace su padre, le insta a que la devuelva pues cree no merecerlo.
“-Los regalos se hacen por gusto del que regala, no por méritos del que lo recibe”, le contesta su padre.
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O la definición de amor que hace el paria Romero de Torres... “ con el tiempo verá que lo que cuenta a veces no es lo que se da, sino lo que se cede”.
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O sobre el sentido que de la opinión personal de los demás muestra uno de los personajes...
“-Me decepcionas Miguel. Confiaba en que el tiempo y la desgracia te habrían hecho más sabio.
-Hay decepciones que honran a quien las inspira.”
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O aquella en que Fermín Romero de Torres, siempre Fermín, agarra por la solapa de la sotana a un cura...
“El párroco de la iglesia, al enterarse de que la novia llegaba preñada al altar, se había negado en redondo a celebrar el matrimonio y amenazó con conjurar a los hados de la Santa Inquisición para que impidiesen el evento. Fermín montó en cólera y lo sacó a rastras de la iglesia, gritando a los cuatro vientos que era indigno del hábito, de la parroquia, y jurándole que como se le ocurriese levantar una pestaña le iba a montar un escándalo en el obispado del que lo menos resultaría desterrado al peñón de Gibraltar a evangelizar a las monas por mezquino y miserable”.
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También podría contarles como termina la historia, pero voy a ser prudente y voy a dar a su merced la ocasión de leer el libro. De verdad que merece la pena.
Si declina la invitación, si de verdad quiere que le cuente el final, hágamelo saber enviándome un correo electrónico y yo, de mil amores, se lo cuento.

23/1/08

Me quiere.

Me conoció a primeros de Enero. Llego con el año. Un amor a primera vista; eso que mal llaman flechazo.
Fue casual, nadie nos había presentado, pero le guste –que ya es gustar- y se quedo conmigo. Día y noche. A la sombra y al solano, en la dicha y en la adversidad, pan y cebolla...
Debe quererme con firmeza porque no se separa de mi ni un momento. Me agobia, me atosiga, memoria de otros agobios y otros atosigos. La noto en mi estomago, en mi paladar, en mi respiración, en mis ojos. Se ha unido a mí por lo civil y lo militar. Por lo religioso no, porque el menda no es para nada religioso, y menos que para nada para la galería.
He intentado, por activa, por pasiva y por reflexiva, incluso acudiendo a sesudos especialistas y a brujos de pueblo, quitármela de en medio, pero “que si quieres arroz Catalina....”
Llegue a decirle a la cara que me aburre, que unos días estuvo bien pero que ya cansa. Dio igual, por lo que sospecho debe ser un amor desinteresado, d’esos que solo vemos en las películas con guionista borracho y director apamplao.
Me acompaña a todos sitios. En los pocos días de Enero que llevamos subidos he jugado dos torneos de tenis. El primero fue el de los Reyes Magos. Los Magos no jugaban, pero soltaban la pasta. Se empeño en entrar conmigo a la pista. Una pena. Me tiraron en semifinales tras protagonizar el bochornoso espectáculo de ver a un abuelote que perdía la respiración y los calzones corriendo tras bolas imposibles y que dejo la cancha perdida de kliness y de mocos. ¡Que asco!. Como algunos de los partidos jugados en ese torneo ya era anochecido y la humedad notable, viéndome enfermo y febril, me quiso mas si cabe.
Un hombre sabio, que seguro descansa al lado de los justos, decía que un hombre, para ser un señor, debía tener coche o caballo, casa en el campo y querida. En las noches de delirio que siguieron alucinaba mi mente con alcanzar la señoría, para lo cual ya solo me debería faltar la casa en el campo. Y veía encinas y alcornoques a los alrededores, y una parra en el porche. Y bajo la parra una hamaca en la que se mecía ella. Algunas veces la hamaca se mecía sola, no la ocupaba nadie, pero igualmente se balanceaba.
Al despertar me sorprendía resacoso, empapado, torpe, nublado, espeso, pero ni rastro de la señoría perseguida. Eso sí, ella a mi lado.
Este fin de semana he jugado otro torneo de tenis. Pese a las adversidades, pese a tenerla sentada en la silla del juez de línea, lo he ganado, por lo que malicio debía ser el torneo de los torpes, de los desahuciados, o de los que nunca llegaran a ser un señor. Me han entregado un trofeo, el primero del año, que he recogido escéptico, receloso, mientras miraba entre los presentes para ver si ella se había marchado o es que se estaba celebrando una nueva edición del 28 de Diciembre. También me han regalado un balón de colorines que, este si, he recogido alborozado para entregarle a mi nieto. Y un sombrero de paja que sustituya el de mi avatar, ya ajado, que deja caer al suelo las alucinaciones de mi alucinada cabeza. Y un diploma, y un bolso, y un ...
Ella no es ni morena ni rubia, ni alta ni baja, ni delgada ni gordita. Es constante, tenaz, habla poco pero se hace notar mucho.
Se llama Angustias. Se apellida GRIPE. Y, definitivamente, me quiere.


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29/11/07

Igor Mitoraj.

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IGOR MITORAJ, sobre ser un escultor polaco que nació en Alemania, se formó en Cracovia y trabaja en Italia, me parece un imprudente. Es lo que tiene no sentir raíces bajo los pies, a veces puede parecer que te caes del guindo. Las más, te caes.

Porque lo que no dicen sus biografías, pero se nota a la legua, es que el tal Mitoraj debió sufrir en sus carnes los prejuicios atávicos de un matriarcado despótico.
El resultado es que con su obra, ahora expuesta en la Rambla de mi pueblo, nos ha puesto a los pies de los caballos. A los hombres, digo.

Dos obsesiones alimentan la obra del don Igor; la de descabezar a los hombres y hacer ostentación de sus atributos varoniles.
Dirán sus mercedes que no es pa tanto. Lo es.
Y lo es porque su obsesivo planteamiento de representarnos con la cabeza cortada y en los pies y la aparatosidad en la sexualidad, dicho sea en cristiano y pa que me entiendan, con más cojones que el caballo de Espartero, ha dado pie y razones a los colectivos feministas a reivindicar, una vez más, aquello que vienen repitiendo desde el 6 de marzo de 1910: -“Cada cabeza en su sitio”.

Porque si no es de extrañar que la dichosa escultura haya sido visitada por todas las faldas de Almería para admirarla, celebrarla, envidiarla y comentarla, da mucho por culo que entre esos comentarios se cuele el de que ya quisieran en su casa, o entre sus piernas, los abalorios que el descabezado ostenta.

Así que me cisco en la madre que parió al Igor, al mito perdido, al hijo de puta que lo perdió y a la Concejala de Cultura del Ayuntamiento.

¿Conocen sus mercedes una canción de Javier Krahe que asegura que “la Jacinta mucho más?. Pues eso, que yo me quedo con la Jacinta.

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2/11/07

El caso de la pescaera.

La cosa tuvo su miga.
Y lo contaré a sus mercedes en forma de sainete, acto dramático con tintes cómicos y populares, de modo que sirva de color de mufla y emplomado al resto de los cristalitos de esta vidriera.
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Primero lo primero, los personajes:
a) La Pescaera: Es la estrella del sainete. Mujer joven y rubia, racial, sin compromisos conocidos, algo más que de buen ver, que dedica las mañanas de los días laborables a vender pescado en un puesto del centro de la capital. Mis lectores, gente perdida toda, la definirían, sin más dilaciones, como "una tía buena".
b) El Maromo: Su oponente. Varón en edad de merecer, cuajao, con más tiros que la tapia del cementerio de mi pueblo y menos escrúpulos que Torrente (versión 3).
c) El Melenas: Conocido de la Pescaera, aunque no consta si bíblicamente. Dispuesto a hacerle un favor. O dos. O los que se tercien… siempre que se tercien por la parte que se tienen que terciar, claro.

-En aquella casa todo es de calidad.

d) Los Municipales: El Romerales y la Asun. Vestidos de azul, con su gorrita a cuadros blancos y azules y un 092 pintado en las motos.
e) El clan: Compuesto por paseantes varios, jubilados, gente de la calle, y marías en número indeterminado, afines a la Pescaera, que para eso le compran el pescado todos los días y, de vez en cuando, reciben dos sardinas y cuatro boquerones sobre el peso. Detalle este que hace corporativismo y crea lazos íntimos de unión.
El escenario:
Calle del centro de la capital, estrechita, de un solo sentido de circulación, donde el aparcamiento se paga más caro que el bacalao fresco, con un tráfico que te cagas y, mira tu por donde, hora punta. Allí mismico se sitúa la pescadería.
La trama:
La Pescaera, cuando llega cada mañana, y lo de mañana es un decir porque madruga menos que el ángelus, no encuentra aparcamiento para su vehículo. Ello le obliga a dejar el coche en el quinto pino, o encima de la acera, o debajo del mostrador de la pescadería. Así, mientras dispensa las merluzas y los salmonetes, la pobre vive con un ojo en el mostrador y el otro en la calle, a la espera que un milagro deje hueco libre donde ella pueda meter su cochecico.
En esas estábamos hace unos días cuando, loada sea la Virgen del Rascacio, ve la Pescaera que justito enfrente de la pescadería va a quedar un aparcamiento vacío. En un suspiro terminó de despachar a la Encarna tres cuartos kilos de almejas y sin ni siquiera quitarse el delantal, ya estaba en la calle con las llaves del coche en la mano. Al salir de la pescadería, en su impulso agónico, casi arrolla al Melenas, que pasaba por allí camino de su trabajo. El Melenas, sépanlo sus mercedes, es guardia civil, pero de los de la brigadilla, de ahí su nombre y sus pintas. La Pescaera, que conoce al Melenas -aunque no consta si bíblicamente-, le pide que haga de gorrilla y le guarde una miajica el sitio mientras ella acerca su coche. El Melenas, que conoce a la Pescaera –aunque no consta si bíblicamente- le dice que si, que vale, que París bien vale una misa y que pa eso están los amigos.
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-Los justicias debieron llegar por la acera.- Hasta el monigote de la columna se muetra sorprendido.
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Estaba el Melenas aplicado en su nuevo oficio, haciendo méritos para mejor conocer –quizás bíblicamente- a la Pescaera cuando quiso el infortunio que llegase el Maromo al volante de su Audi 3, harto de dar vueltas a la manzana y más quemao que el palo un churrero. El Maromo vio el hueco libre como el naufrago que avista el rescate en lontananza, y abocó la proa del Audi a puerto. En su ceguera casi se lleva al Melenas por delante, que muy torero había salido al centro del redondel y le hacía señales con el dedo de que allí no, allí aparcaba la Pescaera.
El Maromo, sin creérselo, apeóse del coche y miró de muy malas maneras al Melenas, pidiéndole al tiempo explicaciones. El Melenas no tuvo tiempo de dárselas porque en ese momento llegaba la Pescaera con su Opel Corsa y clavaba el morro justo sobre la popa del Audi, imposibilitándole de todo movimiento ni atrás ni adelante. No hizo falta que el Melenas abriera el pico; la Pescaera, llana y muy sucintamente, sobre todo sucintamente, explicó al Maromo que aquel lugar estaba reservado para ELLA porque ELLA lo había visto antes y porque ELLA trabajaba allí.
El Maromo, muy educadamente, se dirigió a la Pescaera para explicarle que no, que la cosa no funcionaba así, que los estacionamientos no se podían "pillar" y que él había llegado antes y, por lo tanto, olé ahí su gracia, iba a dejar allí su coche.
La Pescaera, menos educadamente, preguntó al Maromo si sabía lo que estaba diciendo, de qué guindo se había caído y si sabía en el fregao en que se estaba metiendo. Para apuntillar su tesis, le repitió que ella traba
jaba allí.

-Los rascacios, con la boca abierta, siguen atentos el curso de la pajarraca montada.

El Maromo se apretó los machos y contestó a la Pescaera que por él como si trabajaba en el Vaticano. Y que en vez de tanto palique lo que podía hacer era eso, irse a trabajar.
A la Pescaera le subieron todos los colores del arco iris a la cara (pero seguía igual de buena) y un fuego volcánico empezó a derramarse de sus ojos.
El Melenas, visto el cariz que tomaban los acontecimientos, optó por la inteligente medida –pa eso era de la brigadilla- de quitarse de en medio sin hacer ruido, pues para ciertos polvos no son necesarios espinosos lodos.
La Pescaera, con los brazos en jarras y el delantal arremangao, le dijo al Maromo que "sobre su cadáver", al tiempo que le llamaba caradura, machista, cobarde y poco hombre. Al Maromo, lo de poco hombre le llegó al alma.

A todo esto, hora punta, calle de sentido único, la cola de coches daba la vuelta a la manzana y el embotellamiento se hacia notar hasta el extraradio. Un inmenso coro de cláxones irritados hacía coro a la diatriba entre la Pescaera y el Maromo. También hacían coro el clan de las marías, que visto lo visto, y como todavía era temprano, habían salido de la pescadería para apoyar a su pescaera y darle la razón por activa y por pasiva, mirando al Maromo de mu mala manera y diciéndole cosas mu feas, pero que mu feas.
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-Un rape, dispuesto a morder al Maromo en los huevos.

El Maromo, se dirigió nuevamente a la Pescaera y le exigió, con dos cojones, que echara su coche patrás y le permitiera acomodar el suyo en el aparcamiento.
La Pescaera le dijo que le iba a rajar y a sacarle la cabeza como a los pescaos, e hizo ademán de irse pa él.
El Maromo, visto como cazaba la perra, pero firme en su deseo de hacer valer su derecho, se encerró en el coche y tomó el móvil para llamar a la policía. No hizo falta que marcara ningún número. En esto llegaban, atraídos por el monumental jaleo y las motos por las aceras, el Romerales y la Asun, los policías municipales de esta historia.
La Pescaera, las marías, el clan de los jubilaos y un panaero que pasaba por allí, pusieron a los justicias en antecedentes, todos a la vez, de lo que allí se cocía. La Asun se echo mano a la porra. El Romerales golpeó con los nudillos el cristal del Audi 3 y conminó al Maromo para que saliese. El Maromo le contestó que nones, que amarraban a la Pescaera o que él de allí no se movía, que moriría en su refugio "como un machote".
El Romerales y la Asun hicieron un aparte. Se les notaba incómodos, agitados, revulsos, discrepantes.
A la Pescaera le iba a dar algo.
Finalmente el Romerales se acercó a la Pescaera e intentó hacerle ver que una cosa era la educación y otra el derecho, y que si bien el Maromo aparecía como un gentuzo por,
a) No ser considerado con una mujer.
b) No ser galante.
c) No ser lo suficientemente sensible a la belleza femenina.
d) No gustarle el pescao.
No había en justicia razón alguna para quitarle el aparcamiento que ya medio tenía y que si no tenía entero era porque el coche de la Pescaera no le dejaba tirar una miajilla patrás.
A la Pescaera se le cayeron dos lagrimones como puños, se arrancó el delantal, se lo tiró al Romerales a la cara y se encerró en la pescadería seguida del clan de las marías que corrieron a consolarla. Alguna se quedó en la acera e increpaban agriamente a las fuerzas del orden público.
-Porqués una mujer; gritaba una cliente airada.
-Eso a un tío no se lo hacen; acentuaba otra que tal.
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-Mudo testigo de la tragedia, el delantal quedó abandonado sobre la acera.

Entre la Asun y el Romerales empujaron un poco hacia atrás el Opel Corsa de la Pescaera permitiendo el movimiento del Audi y que este, de una vez por todas, quedara acomodado en el estacionamiento.
Otro conocido de la Pescaera –no consta si bíblicamente- se llevó el Opel Corsa de nuevo al quinto pino.
El Maromo, una vez estacionado el coche, fue identificado muy escrupulosamente por los de la porra, que le hicieron sentir como un tío sin corazón, un egoísta, un macho engreído y un individuo asocial.
El tráfico, poco a poco, se fue restableciendo. La multitud se disolvió mientras hacían comentarios por lo bajini, la mayor parte de ellos sobre los cojones que tuvo el Maromo y lo buena qu'estaba la Pescaera.
Y yo, vendido el pescao, me vine a contárselo a sus mercedes.

11/10/07

¡Maricón el último!

Tanta gente ni pa la guerra.
Tenía razón mi abuela cuando aseguraba que los buenos cocidos se hacen con pocos ingredientes.

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¿Dónde está Wally?

El proyecto había surgido como un invento lúdico-festivo enmarcado dentro de los actos a celebrar con motivo de la festividad de La Pilarica, patrona de los hispanos, de los maños, de los costaleros de Sevilla, de los submarinistas de España entera, de los carteros y de los civiles, sobre todo de los civiles. Paseo en bici de montaña entre Almería y el Cabo de Gata, a pie de Mediterráneo, 56 kms. de na –ida y vuelta-.
Como la inscripción era libre, el tiempo acompañaba y se repartían viandas y bebidas-con y sin-, la participación superó con creces las más halagüeñas expectativas de la organización.

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Y como la reunión no era competitiva, hubo la organización de hacer un esfuerzo extra para intentar compaginar las capacidades de los cuasi-profesionales (léase Martínez Oliver) con la de los declaradamente-piltrafillas (léase Capitán Pedales), tos revueltos y en el mismo saco.
Para no calentarse mucho los cascos, el ente organizador se dirigió a los participantes con aquello de “chicos... vamos a portarnos bien.... qu’esto es un paseo... nos esperamos los unos a los otros... disfrutamos del camino... nos divertimos... sacamos fotos... y el año que viene, más”. Una bendición de teoría. La práctica, na más alzarse la bandera verde... ¡MARICÓN EL ÚLTIMO!... y aquello fue la de Dios es Cristo.

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Pero, hagamos la ruta pedalada a pedalada, y no se queden atrás sus mercedes.
Que la concentración era una manifestación de todo tipo y condición salta a la vista y queda demostrada con los ejemplares que, al azar, aparecen salpicados entre estas lineas...

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pastelitos... ella, claro.

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piratas

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gente de peso

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... y pesos pesados.

Para empezar, lo de siempre, La Peregrina abochornaita de codearse con tanta máquina imponente, tanta amortiguación, tanto freno de disco, tanto turbo, tanto Shimano, tanto Campagnolo y tanto Pinarello. Lo que en mi casa se gasta en raquetas y bolas de tenis en otras se gasta en ciclismo. Yo intentaba consolarla con aquello de que “en peores plazas hemos toreao” y que “no se pue tener pa to”. Al final, como casi siempre, más vale querer que poder y La Peregrina llegó al Cabo de Gata con el grupo cabecero y volvió a Almería como la señora que es. Faltaría más.

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Ya en la primera rampa con exigencias, y la única dicho sea de paso, vadeando el cauce del río Andarax, la rueda trasera se nos fue a tomar por culo. Loado sea el Altísimo que un mecánico biciclero rodaba a nuestro lado y pudo deshacer el entuerto en un pis-pas. ¡Que susto!. Nos veíamos en el furgón escoba a las primeras de cambio. Repuestos del sobresalto y con la confianza que da el ver la cola del pelotón nos dispusimos a triunfar.
Y tanto triunfamos que pasada Costacabana y la torre del Perdigal estábamos entre los primeros de la comitiva a pesar de haber tenido que echar pie a tierra en más de una ocasión.

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Tanta confianza en nuestras posibilidades nos hizo detenernos un ratillo a tomar el sol y fotografiarnos junto a uno de los componentes del SEPRONA que velaban porque no nos desmandásemos en el interior del parque natural.

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Pero como a camarón que se duerme se lo lleva la corriente, a nosotros nos llevó tanta displicencia a colocarnos otra vez de farolillo rojo y descolgao. Más descolgao que las tetas de la Montiel.
Afortunadamente el grueso del grupo se había detenido en Torregarcía para el avituallamiento, y allí que los enganchamos La Peregrina y yo. Coca-Cola, pastelitos varios, plátano de Canarias y sombra al fresco consiguieron traernos otra vez el aire a los pulmones.

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Esta vez no les voy a contar del entorno y de las vistas porque, a estas alturas, de disfrutar el paisaje y el camino.... ¡una mierda!. Eso se hace en solitario, o en grupos pequeñitos y acompadraos. Aquí, en el pelotón, seguía imperando el grito guerrero y marcial de ¡maricón el último! y que a mediodía había que estar de vuelta, por lo que todo el grupo se afanaba en tirar millas por un tubo. De cualquier manera, algo bonico siempre queda prendido en la retina.

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Tanto afán y tanta leche habían ocasionado que un ciclero de los que andaba a mi vera clavara la rueda delantera en una duna traicionera y volara sobre el manillar para darse una costalada épica.
A la chica que viajaba en tandem -el pastelito- le reventó la rueda trasera y aquello sonó como un disparo... ¡cuerpo a tierra!... no ha pasao na... están vivos... así que no me dio vergüenza no mirar ni para atrás... que se los coma un cuervo... total, nosotros somos pobres y antes nos tocó bailar con la fea. Que se ocupen los que saben.

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Encelaos en el camino, escarmentados en lo más hondo, de distracciones las mínimas y de aplicación la máxima, nos metimos en el grupo cabecero y sin levantar la vista del manillar ni pa tomar aire, el culo del ciclero a proa como única referencia, alcanzamos gloriosamente el paseo marítimo de San Miguel de Cabo de Gata.

Vueltos al redil, cada uno como pudo y quiso –¿pa que entrar en detalles?- nos prometimos el mar... y volver el año próximo.
Nueva ración de plátanos y pastelitos. Nuevas risas. Sorteo de regalos.
Unos calcetines para mi.
Y el culo dolorido hasta finales de Octubre.

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4/10/07

Músicas, letras.

Vengo leyendo en distintos medios de comunicación social que, no sé quien, se ha empeñado en ponerle letra al himno nacional. Es más, nos amenazan con que ya está hecho, que no hay vuelta atrás, que el himno tendrá letra sí o también.
Miedo me da.
En un país, este, en el que los cursis, los rojos, los azules y los tontos del culo superan en mucho el nivel máximo aconsejado por metro cuadrado, puede pasar cualquier cosa. Y la cosa siempre será a peor.
En menudo fregao se han metido por no estarse quietecicos. Si ya de por sí es difícil de cojones conjugar literatura, música, sentimientos de todos los bandos, historia y buen gusto, visto el desprecio, la apatía, la desgana hacia lo nuestro, y la saña con que aquí nos atizamos unos a otros, se me antoja una tarea incómoda por no decir imposible. Algo así como la cuadratura del circulo; lo que nos falte por un lado nos sobrará por otro.
Yo, en mi ignorancia, dejaba las cosas como están. Tampoco es que tengamos que cantar aquello de “Franco, Franco, tenía el culo blanco porque su mujer, lavaba con Ariel....” pero siempre podemos tararear el na-na-na o quedarnos callaitos porque, total, pa lo mal que cantamos.