La Vidriera del Mairena


-Dios tolera lo intolerable; es irresponsable e inconsecuente.
No es un caballero.
(Don Jaime de Astarloa. El maestro de esgrima.)

-Escribir es meterse en charcos.
(Juan de Mairena.- Maestro Vidriero).


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12/5/11

Corpus Christi custodiam meam in vitam aeternam.

Que por mayo, era por mayo,
cuando hace la calor...


Como quiera que es mayo, como quiera que se retrasa el reportaje sobre la Ruta de El Quijote (por mor de las obligaciones de mi colega Recesvintus), como quiera que ya el año pasado hablamos de las mayas, y que estos días asaltó las páginas de los medios de comunicación social el asunto ese de las “comuniones civiles”, haremos tiempo tratando en tono jovial tan espinoso asunto. Espinoso para cualquiera que no esté ya de vuelta de unas cuantas cosas.

Así que, para no empantanar a nadie, voy a hablar de la que mejor conozco; de la mía. Luego sus mercedes añadirán, si lo creen oportuno, lo que fuera menester.

He de empezar por decir, en un definitivo afán de evitar confusiones y fijar posturas desde el principio, que uno no comulgó por lo civil sino por lo militar. Si, he dicho bien, por lo militar. Porque a lo religioso de la ceremonia se añadió, como no podía ser de otra manera, el tinte de milicia que por aquel entonces era cotidiano en la gente de bien.

Y uno, lo miren por donde lo miren, era gente de bien. Tan de bien que era el nieto del sobrestante, su primer nieto, y aunque por aquellas fechas una desgracia se abatió sobre la familia hasta el punto que la festividad hubo de aplazarse unas fechas, la ceremonia se llevó a cabo –cuando se llevó- con toda la pompa y boato que la ocasión requería.

Tanta pompa y boato se repartió en aquel beaterio que si no vino el propio obispo en persona para administrame el sacramento, fue porque unas viruelas traicioneras le mantuvieron atado a la cama episcopal. Eso si, de la confirmación no le libró ni las viruelas, ni la caló, ni san pedro bendito que hubiera bajado.

Recuerdo que los preparativos fueron de lo más alucinantes. Yo, el nieto del sobrestante, no podía sacramentar vestido de cualquier manera. Así que se me vistió de Almirante de todas las Españas, cágate lorito, y a falta de modistos –que en aquel tiempo no se estilaban- el uniforme salió de los talleres de la muy sabia y prestigiosa sastra de Teba, que le decía “vetetúpallá” a todos los vitorios y luquinos que en aquellos tiempos pudiera haber habido; que eran ninguno.

Mi abuela, la sobrestanta, no podía pasar con menos y -desde luego- a su cargo corrieron todos los gastos de tan asombroso y recordado en la comarca acontecimiento.

Uno, para corresponder, ejercía –a veces- de monaguillo en la parroquia y quedó el primero -con diferencia-, en un concurso organizado por el vicario sobre los conocimientos religiosos de todos los catequistas de aquel año.

Cuando, como vencedor absoluto del concurso, se me permitió acercarme al estrado donde se encontraban los regalos ofrecidos por la Curia para que cogiera el más apetecible, no crean sus mercedes que fue de mi preferencia el tren Payá, o un balón de reglamento, o el juego de revólveres de El Coyote y la placa de sheriffe, ni siquiera el patín sideral, no; mis manos se posaron sobre un libro que narraba la biografía de San Tarsicio… que ya tiene cojones la cosa.

Aquel día quedó meridianamente claro que uno era un rarito.

A Dios gracias aquella tontería se me pasó y fui poseído, sucesivamente, por otras muchas tonterías, pero ninguna tan peligrosa como aquella.

Mi abuela, la sobrestanta, erró en sus pronósticos y se quedó con las ganas de que su nieto fuera Papa. A lo más que llegó es a ser papá y sin duda se debió a una confusión, que no una conjunción, astral.

Aquí les dejo la prueba documental de todo cuento he relatado.

Observen la pose marcial, el tupé, la firmeza en la mirada y la serenidad en el rostro, el largo de los pantalones –debía ser la moda-, el mobiliario… a juego con la nobleza y la prosapia del protagonista. Observen la cara de niño bueno.

Y es que yo, que coño, por aquel entonces, era un niño bueno.

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